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Relatos Ardientes

El conductor me llevó a su choza al caer la noche

Antes del polvo rojo y el olor a cabra quemada, estaba el otro mundo. El mío.

Tenía treinta y cuatro años y vivía en un ático de Ruzafa, en Valencia, con más plantas que libros. La palabra «compromiso» me sonaba a algo que pasaba en las bodas, no en mi vida. Nunca me había faltado nada: ni dinero, ni afecto, ni oportunidades. Crecí entre internados en Inglaterra y veranos en Mallorca, y las ONG eran para mí una anécdota con final ético que contaba mientras me servía otro gin-tonic.

Mi padre, Jordi, sí se lo tomaba en serio. Empresario, millonario, con más fundaciones que trajes de lino: pozos de agua, becas, clínicas móviles. Yo lo admiraba con una mezcla de respeto e incomodidad, porque su vida dejaba la mía en evidencia. Mientras él negociaba escuelas en campos de refugiados, yo salía de un after a las siete de la mañana buscando un kebab abierto.

Durante años me dio igual. Compartía fotos indignadas en redes y, cinco minutos después, ya estaba mirando vuelos para escaparme a Córcega con el último lío de una app de citas. Hasta que mi madre se murió. Fue rápido, devastador, y me dejó flotando. De repente, el sueldo cómodo y las cenas de degustación se volvieron huecos, ridículos, una maqueta bonita de algo que no importaba en absoluto.

Una noche de insomnio entré en la web de una ONG sanitaria que mi padre financiaba. Había un formulario para voluntariado logístico y lo rellené casi sin pensar, como quien tira una botella al mar. En menos de una semana me llamaron: necesitaban manos en el norte de Tanzania, cerca de la frontera. Vendí la bici, regalé las plantas y compré un billete solo de ida.

***

Lo último que vi al despegar fue el mar, esa franja azul oscuro como una frontera líquida entre lo que había sido y lo que venía. Después fueron dos días de aviones, escalas y avionetas de juguete, hasta una pista de tierra roja sin torre de control. Luego, cinco horas en un todoterreno sin suspensión por un paisaje marciano: acacias secas como esqueletos, cabras cruzando sin mirar, mujeres caminando por la nada con bidones amarillos en equilibrio sobre la cabeza.

El campamento eran cuatro tiendas de lona blanca plantadas junto a un pozo seco. Cuarenta y dos grados a la sombra. La tierra, roja como sangre vieja, se pegaba a las botas y se metía en todo: en la ropa, en los dientes, debajo de las uñas. Bajé del coche con las piernas temblando y pensé dos cosas seguidas: que había cometido un error, y que ya era tarde.

La primera noche fue como tragarme una piedra. Cené arroz frío con lentejas y sin sal, con las manos, porque nadie me dio cubiertos y me dio vergüenza pedirlos. Dentro de la tienda, la lona ardía como una tostadora. Me tumbé boca arriba, de lado, boca abajo. Nada. Las piedras se clavaban en la espalda a través de la colchoneta fina, y el calor era un enemigo paciente que no se iba. En algún momento, sin querer, se me saltaron las lágrimas; no por nada concreto, sino por todo a la vez: por mi madre, por el vértigo, por el polvo. Así terminó mi primera noche, sudado, sucio, despierto y, por raro que suene, más vivo que nunca.

***

Pasaron tres semanas. Aprendí a montar sistemas de recogida de agua con bidones azules y lonas, a hacer el inventario del pequeño almacén farmacéutico, a clasificar pacientes en las salidas a aldeas más aisladas con la ayuda de Amani, la enfermera local. Me corté, me quemé, me manché. Quim, el coordinador catalán, flaco como un hilo y curtido como un neumático viejo, me ladraba las órdenes a las seis de la mañana y casi nunca me miraba a la cara.

Poco a poco, la barrera con la gente del lugar no desapareció, pero se adelgazó. Aprendí cuatro palabras en el idioma de la aldea, me sentaba en el suelo y no en la silla, callaba cuando tocaba callar. Y entonces, por primera vez, alguien empezó a fijarse en mí de otra manera.

Se llamaba Baraka. Era el conductor: mecánico, guía informal, traductor ocasional. Tenía veintiocho años y medía casi dos metros. El cuerpo le brillaba de sudor permanente, los músculos marcados en cada centímetro, los brazos gruesos, el pecho ancho. Nunca llevaba camiseta. Cuando cargaba las cajas de suministros, las venas le serpenteaban bajo la piel y yo fingía estar muy concentrado en el inventario.

Hablaba algo de inglés, lo había aprendido de unos misioneros años atrás. Cada vez que sujetábamos la misma caja, sus dedos rozaban los míos. Me clavaba unos ojos oscuros, profundos, y sonreía con unos dientes blanquísimos.

—Tú nuevo —me dijo el primer día, señalándome.

—Sí. Llegué hace tres semanas —respondí, intentando no mirarle el pecho.

—Tú solo —añadió. No era una pregunta. Era una afirmación, como si supiera exactamente quién era yo.

Durante dos días me siguió como una sombra. Me traía agua del pozo en una garrafa de plástico, se sentaba a mi lado cuando comía el arroz insípido. Cada vez más cerca. Demasiado cerca. Y yo llevaba tres semanas sin tocar a nadie, tres noches enteras imaginándomelo en mi saco de dormir.

***

El tercer día, al caer la noche, cuando el sol se hundía como una bola de fuego detrás de las acacias retorcidas, Baraka apareció junto a mi tienda.

—Ven —dijo, señalando hacia la aldea—. Mi casa. Te enseño.

Hablaba bajo, pero había algo urgente en su voz, como si no fuera una invitación sino un mandato envuelto en cortesía. Miré alrededor. Quim se había ido a revisar el generador. Los demás cenaban en sus tiendas. Solo quedaba ese cielo morado, una luna perezosa asomando tras una nube de polvo, y él.

Asentí. No dije nada. Lo seguí.

Caminamos entre arbustos bajos y cabras medio dormidas que levantaban la cabeza al pasar. Él iba descalzo, como si flotara, y apenas levantaba polvo. Su choza era pequeña y redonda, con techo de ramas trenzadas. Dentro hacía calor y olía a humo seco, a cuero viejo, a tierra. Una lámpara de aceite proyectaba una luz amarilla y temblorosa sobre las paredes de barro agrietadas como venas.

Nos sentamos en cuclillas sobre una estera. Me señaló una pared y me explicó, con palabras sueltas, cómo la había construido con su padre, muerto hacía dos estaciones de lluvia. Me mostró una pulsera de alambre que le hizo su hermana antes de marcharse con un hombre a la ciudad. Hablaba poco, y cuando lo hacía parecía que cada palabra le costaba la vida entera.

Entonces, sin previo aviso, me puso la mano en la rodilla. Fue un gesto de afirmación, como diciendo: estás aquí, te veo, ya eres de los míos.

—¿Por qué yo? —pregunté al fin—. ¿Por qué me enseñas tu casa?

Me miró serio. Se encogió de hombros.

—Tú no hablas mucho. Tú miras.

El silencio entre nosotros era espeso, pero no hostil. Solo nuevo, como una lengua que todavía no había aprendido.

Se giró hacia mí. La luz amarilla le encendía la piel y las gotas de sudor del pecho parecían diamantes. Bajó la vista, despacio, hasta el bulto que se marcaba en mis pantalones.

—Tú querer —dijo. No era una pregunta. Lo sabía, y yo también.

No contesté. No podía. El corazón me golpeaba en la garganta. Cerró la puerta con un pestillo de madera y, de pronto, el único sonido era el crepitar de la lámpara y mi propia respiración acelerada.

Dio dos pasos. Me sacaba una cabeza entera. Sus manos enormes encontraron mi cinturón y lo desabrocharon de un tirón seco. Me bajó los pantalones y la ropa interior de un solo movimiento, y se rió bajo, una risa grave y satisfecha, cuando vio cómo estaba ya.

Se quitó el pantalón militar sin prisa. No llevaba nada debajo. Se agarró la polla con una mano y se la sacudió dos veces, y la vi crecer ante mis ojos, gruesa, oscura, curvándose ligeramente hacia arriba. Tragué saliva.

—Túmbate —me ordenó, con una autoridad que no admitía discusión, señalando la estera.

Obedecí. Me quité la camiseta empapada, las botas, los calcetines sucios, y quedé desnudo sobre el suelo de tierra, la piel pálida brillando bajo la lámpara. Se arrodilló entre mis piernas y me las separó con las palmas rosadas. Me levantó las caderas con una facilidad que daba un poco de miedo.

—Apretado —murmuró, sin apartar la vista.

—No soy virgen —protesté, casi sin voz.

—Aquí sí —respondió, y algo en cómo lo dijo me hizo temblar de arriba abajo.

Escupió en la mano y se untó la polla con esa saliva escasa. Presionó el glande ancho contra mí. «Relaja», dijo. No me dio tiempo. Empujó, y entró, y el dolor me partió por dentro como si me desgarraran. Me mordí el antebrazo para no gritar. Mi cuerpo entero se tensó a su alrededor, protestando, mientras él seguía hundiéndose hasta el fondo.

—Para… —supliqué en español.

No me entendía. Y aunque me hubiera entendido, no creo que hubiera cambiado nada. Se quedó quieto un instante, clavado hasta dentro, dejándome respirar. Después empezó a moverse, con embestidas largas y profundas que llenaban la choza de un sonido húmedo y rítmico.

Dolía tanto que veía estrellas. Y, sin embargo, yo estaba durísimo, goteando sobre mi propio estómago. Él lo vio y volvió a sonreír.

—Tú gustar —dijo.

No podía negarlo. Me agarró los tobillos y me dobló en dos, las rodillas contra el pecho, su peso aplastándome, la penetración aún más profunda en ese ángulo nuevo. Cada embestida golpeaba un punto dentro de mí que me hacía ver colores. El sudor le caía del pecho sobre el mío. Olía a hombre, a trabajo duro, a tierra caliente.

Me folló así durante lo que parecieron quince minutos eternos, sin cansarse, sin perder el ritmo, mientras yo me deshacía debajo de él. El dolor se había transformado en otra cosa, una mezcla sucia y desconocida que no había sentido jamás.

—Voy a llenarte —avisó por fin, el inglés roto ahogado entre gruñidos.

No me preguntó si podía correrse dentro. Ni se planteó sacarla. Empujó una última vez hasta el fondo y se quedó quieto. Sentí la polla palpitar dentro de mí, una vez, dos, tres, y el calor de su corrida inundándome mientras gruñía grave y largo, como un animal, los dedos clavados en mis muslos.

Cuando terminó, se retiró sin cuidado, con un sonido obsceno, y se quedó arrodillado mirándome con una satisfacción tranquila. Yo seguía tirado en la estera, temblando, vacío y lleno a la vez.

—Tú volver mañana —dijo mientras se vestía. No era una invitación. Era una orden.

***

Me acompañó hasta mi tienda bajo un cielo estrellado que parecía a punto de caerse encima.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas noches, Baraka.

Mis compañeros cenaban alrededor de una hoguera. Me preguntaron dónde había estado. Mentí.

Esa noche el insomnio se apoderó de mí, pero ya no por el calor. Tenía la cabeza llena de imágenes y el cuerpo aún sensible, ardiendo, recordándome cada detalle. Me toqué en la oscuridad pensando en él, en su peso, en su voz ronca, y me corrí sobre el saco de dormir con un gemido que ahogué contra la ropa enrollada que me servía de almohada. Luego me quedé quieto, exhausto y saciado, hasta que el sueño me reclamó.

Me desperté con el saco pegajoso y, durante un segundo, no entendí dónde estaba. No era la oscuridad amable de mi habitación de Valencia, sino una oscuridad opaca, caliente, viva, como si la tienda transpirara. Una parte de mí lo achacó al calor, a la tensión, al agotamiento acumulado. La otra parte, más callada y más honesta, sabía que eso no era todo.

Afuera ya cantaba un gallo y el cielo empezaba a clarear. Hoy tocaba salir a repartir vacunas a una aldea que estaba a más de dos horas por pista. Pero todo eso parecía lejos, ajeno, irreal. Estaba en medio de algo que no sabía nombrar todavía. Solo sabía una cosa con certeza: ya no podía volver atrás.

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Comentarios (5)

DiegoViajero

Tremendo arranque, qué manera de meterme en la historia desde la primera linea. Sigo leyendo...

Cintia_BA

Por favor que haya segunda parte, me dejaste con demasiadas ganas de saber como termina todo esto!!

Mateo_Cba

Me recordó a un viaje largo que hize por el norte hace años. Ese silencio del camino tiene algo que no se puede explicar con palabras.

Viajera_Sola

increible como transmite la mezcla de miedo y emoción. se siente real.

PasajeroNoc77

una amiga mía dice que algo parecido le paso en un viaje y que fue la noche mas memorable de su vida jaja. a veces la vida sorprende

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