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Relatos Ardientes

Bajo la luna me rendí ante el lobo que me dominaba

Aliento de Niebla aguardaba en el borde del bosque, transformado en lobo. Había elegido aquel punto a propósito: lo bastante lejos de su manada y de cualquier aldea humana como para que nadie sospechara nada. Cada luna llena repetía el mismo viaje, y cada luna llena el estómago se le encogía igual.

Se citaban allí desde hacía dos inviernos. Ambos se excusaban ante los suyos con la misma mentira gastada: necesitaban un tiempo a solas para correr, para cazar, para aclarar la cabeza. Ninguno había reunido todavía el valor de confesar lo que de verdad los arrastraba hasta ese claro mes tras mes.

Entre los licántropos, acostarse con otro macho era tabú. Acostarse con otro de su misma especie, doblemente. Trescientos años atrás los habrían descuartizado a los dos en la plaza del clan. Ahora, quizá, solo los desterrarían. Quizá incluso los toleraran, porque las tribus eran cada vez menos rígidas. Pero «quizá» no era una palabra sobre la que apostar la vida, y por eso seguían escondiéndose bajo la luna.

No siempre había sido así. Se conocieron en un cónclave entre manadas, dos jóvenes obligados a compartir tienda durante tres noches de tregua. La primera la pasaron en silencio, espalda contra espalda. La segunda hablaron hasta el amanecer. La tercera, Zarpa de Obsidiana le sujetó la muñeca cuando él se levantaba, y no hizo falta nada más. Desde entonces, la luna llena dejó de ser una maldición para convertirse en una cita.

Su olfato captó el aroma antes de oír las pisadas. Adrenalina, espesa y caliente, mezclada con tierra removida. Zarpa de Obsidiana venía corriendo desde lejos, como siempre, devorando la distancia para no llegar tarde. El olor era tan denso que un par de ciervos salieron despavoridos de la espesura.

En menos de un minuto, lo tuvo delante.

No olía solo a carrera. Bajo la adrenalina latía otra cosa más oscura: deseo. Aliento de Niebla sabía que su amante llevaba un mes entero sin tocarse, que se imponía esa abstinencia para llegar a cada encuentro al borde del desquicio. Solo de imaginarlo, un cosquilleo le trepó por el vientre y las patas traseras le temblaron.

Hoy tampoco voy a ponérselo fácil.

Aunque su cuerpo entero pedía que lo sometieran, no soportaba entregarse sin pelea. Sabía que iba a perder; lo sabía desde antes de empezar. Pero rendirse de entrada no le daría nada. El placer estaba en resistir, en obligar al otro a arrancarle la victoria a mordiscos. Y, con suerte, en humillarlo un poco por el camino: que un simple bardo hiciera sudar a un guerrero era una afrenta que Zarpa de Obsidiana no perdonaba.

Ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta. Comenzaron a alterar sus cuerpos sin mediar palabra, alargando los colmillos, curvando las garras, afilando cada herramienta hasta convertirla en un instrumento pensado para someter más que para matar.

Saltaron a la vez.

Los dos buscaron el cuello del otro en el primer envite. Sus mandíbulas chocaron, sus dientes resbalaron sobre el pelaje y se hundieron en la carne mientras las garras se clavaban en los costados. Un dolor agudo le recorrió el flanco a Aliento de Niebla, intenso y constante, que cedía a ratos sin llegar a desaparecer nunca del todo.

Sanaban rápido, demasiado rápido para que una herida normal significara algo. Bastaba con medir la fuerza, con no asestar el golpe que sí mataba. Zarpa de Obsidiana dominaba ese arte mejor que nadie: sabía exactamente cuánto dolor administrar a alguien a quien quería sin cruzar la línea.

Aliento de Niebla peleaba bien, pero no estaba a su altura, y lo notaba en cada intercambio. Su amante recibía golpes a propósito. Dejaba que le clavara los colmillos en el cuello cuando habría podido esquivarlos con un giro perezoso. Era lo bastante masoquista como para disfrutar del castigo. Pero en cuanto el bardo apretaba lo suficiente para hacerle daño de verdad, el guerrero le hincaba las zarpas en el lomo y lo obligaba a soltar.

Lucharon durante varios minutos. Un testigo inexperto habría jurado que se mataban. El pelaje de Zarpa de Obsidiana estaba empapado de sangre, propia y ajena, y aun así seguía avanzando impasible, absorbiendo cada zarpazo como si lo alimentara. Aliento de Niebla, en cambio, empezaba a jadear. Le ardía el cuerpo entero, las patas le pesaban, cada respiración le costaba más que la anterior.

***

En el último asalto, notó la impaciencia del otro. El miembro de Zarpa de Obsidiana, ignorado durante toda la pelea, estaba tan duro y con las venas tan marcadas que dolía mirarlo. El guerrero ya no quería jugar.

Cayó sobre él con todo su peso y lo aplastó contra la tierra húmeda, las cuatro patas dobladas, el vientre pegado al suelo. Cerró la mandíbula sobre su nuca y apretó, esta vez sin intención de aflojar, con una presión que dejaba claro quién mandaba allí.

Aliento de Niebla aguantó diez segundos que se le hicieron eternos. Diez segundos de orgullo terco antes de soltar un gemido lastimero, agudo, inequívoco. La rendición. No podía seguir peleando, y tampoco lograba contener el balanceo impaciente de sus caderas, que se mecían solas de un lado a otro. Perder lo encendía más que ganar. Se sentía como el botín de una batalla, una pieza que el vencedor podía usar a su antojo.

Zarpa de Obsidiana relajó la mandíbula y le lamió un costado de la cara, casi con ternura, mientras se recolocaba sobre él. Aliento de Niebla sintió la presión contra su entrada y trató de respirar hondo, de aflojar cada músculo. Relájate. Déjalo entrar.

Entró de una sola embestida.

El golpe de placer fue tan repentino que un escalofrío lo recorrió de la nuca a la cola, y de su garganta volvió a escaparse un gemido que la propia vergüenza de oírse así volvió más intenso. El guerrero se acomodó una vez más, ajustó el ángulo y arrancó un vaivén frenético, mordisqueándole el lomo con dientes pequeños, sujetándolo con las zarpas, asegurándose de mantener su cuerpo bien clavado contra la tierra.

A pesar del mes de castidad autoimpuesta, Zarpa de Obsidiana tenía una resistencia que parecía no tener fondo. Empotró durante un tiempo larguísimo, cambiando el ritmo —lento y profundo primero, después rápido y brutal—, pero sin detenerse jamás, sin sacarla del todo ni una sola vez. El asalto constante, sumado a la fricción de su propio miembro aplastado contra el suelo, hizo que Aliento de Niebla se corriera antes de llegar a la mitad.

El resto fue una neblina. Sobreestimulado, incapaz de hilar un pensamiento, se dejó usar sin oponer ya ninguna resistencia, complacido hasta el tuétano de ser la presa elegida por el vencedor. Cada embestida lo vaciaba un poco más, lo dejaba más blando, más entregado, más suyo.

***

Tras un rato que se le antojó interminable, Zarpa de Obsidiana llegó por fin con un gruñido grave que vibró contra su espalda.

Se transformó antes de quedar atrapado, deshaciendo el cuerpo de lobo para evitar el «anudamiento», ese reflejo canino que ninguno de los dos encontraba placentero y que ambos preferían esquivar. La piel reemplazó al pelaje, las uñas a las garras, unos dientes humanos a los colmillos.

Quedaron tendidos en el claro, los dos en forma de hombre, sucios de sangre y tierra y sudor, abrazados sin decir nada. Por encima de las copas, la luna llena seguía colgada en su sitio, testigo muda de lo que el clan habría llamado pecado y ellos llamaban, sencillamente, amor.

—La próxima vez no te lo pondré tan fácil —murmuró Aliento de Niebla contra su hombro.

Zarpa de Obsidiana soltó una risa ronca y lo apretó más fuerte.

—Eso mismo dijiste el mes pasado.

Cuando por fin se separaron, cada uno para regresar con los suyos antes del alba, ninguno de los dos pensaba en el riesgo, ni en el destierro, ni en los trescientos años de clanes que los habrían matado por aquello. Los dos pensaban únicamente en la próxima luna llena.

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Comentarios (4)

SolDeNoche77

tremendo!!! me tuvo pegada de principio a fin

NandoCba

Por favor seguí con esto, la atmosfera que creaste es increible. Quede con muchísimas ganas de saber que pasó después.

LobaNocturna

Me encanto la idea de rendirse sabiendo que vas a perder pero igual resistir... eso es lo que lo hace diferente a cualquier otro. Genail

Maia_lect

Excelente!! sigue asi

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