Lo que hice con mi padrastro mientras dormía
Antes de que Damián llegara a casa, mi vida era de lo más simple. Vivía con mi madre y mi hermano menor, y yo era un chico bastante común, salvo por un detalle que no terminaba de entender: a diferencia de mis amigos, ninguna mujer me movía nada por dentro. No me angustiaba demasiado. Simplemente pasaba los días sin demasiado interés en nadie, como si esa parte de mí estuviera esperando algo.
Ese algo llegó el día en que mi madre lo presentó. Damián era el tipo de hombre que ella siempre había buscado: trabajador, tranquilo, de los que sostienen una casa sin hacer ruido. Pero para mí su llegada significó otra cosa. Significó descubrir, de golpe y sin aviso, que me gustaban los hombres. Y no cualquier hombre: me gustaban con esa masculinidad cruda que él cargaba encima sin siquiera proponérselo.
Damián era alto, de piel morena, con un cuerpo macizo que no salía de ningún gimnasio sino de años cargando ladrillos y, más tarde, de meter las manos entre motores. Tenía la barba espesa, algún tatuaje viejo en el antebrazo y ese aire de hombre maduro que se le notaba hasta en la forma de apoyar el codo en la mesa. En casa, con el calor que hacía, andaba casi siempre sin camiseta, o cruzaba del baño al cuarto envuelto en una toalla, sin pudor ninguno.
Yo me quedaba mudo cada vez. Me hipnotizaban su pecho ancho, el vello oscuro de sus axilas, el bulto que se le marcaba sin pena bajo el pantalón. Él me trataba con confianza, me revolvía el pelo, se sentaba a comer conmigo como si nada. Yo, en cambio, no podía despegarle los ojos de encima. Acababa de cumplir diecinueve y, al lado suyo, me sentía menudo, flaco, casi transparente.
Verlo tan seguro de sí mismo me despertaba unas ganas que no sabía cómo apagar, aunque tenía clarísimo que para él yo no era más que el hijo de su mujer.
***
Lo que empezó como simple curiosidad se me fue de las manos rápido. Al principio solo lo miraba de reojo cuando cruzaba la sala. Pronto me convertí en un experto en vigilarlo sin que se diera cuenta. Me aprendí sus horarios, el ruido sordo de sus botas al llegar del taller, los minutos exactos que tardaba en arrancarse la camisa para estar fresco.
Ya no lograba mantener la cabeza en su sitio cuando él estaba cerca. Me hablaba de cualquier cosa, de una factura o de un trabajo atrasado, y yo solo registraba cómo se le movían los músculos del brazo o el rastro de vello que le subía por el cuello. Me volvía loco imaginar cómo sería tenerlo cerca de otra manera, tocar esa piel, sentir el raspón de su barba contra la mía.
La curiosidad se transformó en necesidad. Muchas noches me quedaba despierto a propósito, solo para recordarlo. Me encerraba en mi cuarto, me bajaba el pantalón y me agarraba la polla pensando en él, convencido de que, por ese bulto que se le adivinaba en el pantalón de trabajo, debía tener una verga a la altura del resto de su cuerpo. Me la trabajaba despacio, escupiéndome en la mano para deslizármela mejor, imaginando que era la suya, gruesa y morena, la que me abría los labios. Terminaba corriéndome sobre la panza en chorros calientes y me quedaba jadeando con la cabeza llena de él.
Algunas veces lo espié por la rendija de la puerta cuando salía de bañarse. Verlo ahí con la toalla a la cintura, el pecho todavía húmedo y las axilas oscuras, me hacía perder toda la vergüenza. Me masturbaba conteniendo la respiración, mordiéndome el labio para no gemir, imaginando que era su mano ruda la que me agarraba la verga a mí, o mejor todavía, que me metía sus dedos gordos en la boca para que se los chupara mientras me follaba por atrás. Dejaba de importarme que fuera el marido de mi madre, el hombre que pagaba todo en esa casa. El impulso de tenerlo cerca pesaba más que cualquier respeto.
***
Una tarde nos quedamos solos. Mi madre y mi hermano habían salido a hacer las compras y el silencio de la casa se sentía distinto, más denso. Damián había llegado reventado del taller y se había tirado en el sofá a ver un partido. Hacía un calor pegajoso, de esos que dan ganas de no tener nada encima. Como siempre, estaba sin camiseta, con los pantalones flojos y el cuerpo abandonado al sopor.
Me quedé apoyado en el marco de la cocina, observándolo. Al rato la televisión pasó a ser un murmullo de fondo y su respiración se volvió lenta y profunda. Se había dormido del todo. Me acerqué con cuidado, sintiendo que el corazón se me iba a salir por la boca.
Entre sueños, Damián hizo un movimiento puramente instintivo: metió la mano bajo el elástico para acomodarse la polla, y al retirarla el peso del brazo le arrastró el pantalón y el bóxer un poco más abajo de la cuenta. Me quedé sin aire. Por encima del borde de la tela asomaba una mata de vello negro y áspero que contrastaba con su piel morena y se perdía hacia abajo, escondiendo el nacimiento de lo que yo tantas veces había imaginado. Alcancé a distinguir la base gruesa de su verga, oscura, apretada contra el muslo, y un huevo pesado empujando la costura del bóxer.
Fue demasiado. Sentí un tirón inmediato, la polla dura en un segundo, apretada contra el pantalón, humedeciéndome ya el calzoncillo. No aguanté la presión y me fui casi corriendo a mi cuarto, cerrando la puerta despacio para no despertarlo. Me arranqué el pantalón de un tirón, me tumbé en la cama con las piernas abiertas y me agarré la verga con desesperación, los ojos cerrados, intentando retener la imagen de ese vello oscuro y esa piel morena. Me la sacudí duro, escupiéndome en los dedos para meterme el dedo del medio en el culo mientras me pajeaba, imaginando que era su polla la que me lo estaba abriendo. Me corrí en menos de un minuto, echando semen por todas partes, apretando los dientes para no gritar su nombre.
Pero al terminar no llegó ningún alivio. Al contrario: las ganas de saber cómo era de verdad se volvieron una tortura. Empecé a meterme en una app de citas, buscando tipos que se le parecieran, hombres morenos y maduros con esa misma energía. Quedé con alguno solo por saciar la necesidad, y fue peor. Cada vez que un desconocido me metía la polla en la boca o me montaba boca abajo contra el colchón, solo podía pensar en que no era él. Los mamaba con hambre, tragándomela hasta la garganta, pero mientras se corrían encima de mí yo imaginaba la cara de Damián, su barba negra, sus gruñidos. Las ganas, en lugar de irse, se me grababan más hondo con cada verga ajena.
***
Me prometí que la próxima vez no me iba a quedar mirando. La oportunidad llegó varios meses después, una noche de fiesta familiar. Damián se pasó de tragos, algo rarísimo en él, y terminó rendido antes de tiempo. Estaba tan borracho que apenas se sostenía en pie, así que unos parientes lo trajeron casi a rastras y lo dejaron tirado en su cama. Mi madre y mi hermano se quedaron en la fiesta, prometiendo volver más tarde, y de un momento a otro la casa quedó vacía: solo él y yo.
Escuché la puerta principal cerrarse y el silencio se tragó todo. Caminé por el pasillo hasta su cuarto con el corazón martillándome en los oídos. Lo vi ahí, completamente fuera de combate, respirando pesado. Esta vez no había nadie que nos interrumpiera y él no estaba en condiciones de reaccionar. Era el momento que tanto había buscado.
Entré con las manos temblando. Me acerqué a los pies de la cama y empecé a quitarle los zapatos con un cuidado extremo, intentando no moverlo. La verga me dolía contra la tela, y cada roce de mis dedos en sus tobillos me daba un corrientazo. Pero de pronto me ganó un miedo frío. Pensé en mi madre, en lo que pasaría si él abría los ojos de golpe. Me arrepentí en seco y salí casi corriendo a mi cuarto.
Me senté en la cama tratando de calmar la respiración, odiándome por cobarde.
No puedo hacer esto, me repetía, aunque el cuerpo me pedía justo lo contrario.
***
Entonces escuché ruidos en el cuarto de al lado. Tela arrastrándose, el crujido de la cama. Pensé que se había despertado y me quedé congelado, pero la curiosidad pudo más. Caminé de puntillas y me asomé por la rendija de la puerta entreabierta.
Damián no estaba del todo despierto, pero el calor de la borrachera lo había hecho reaccionar a medias. Lo vi de pie, tambaleándose, peleándose con el pantalón hasta que lo dejó caer al suelo. Después se arrancó la camiseta y la tiró a un lado. Se quedó un instante parado antes de desplomarse otra vez en la cama, ahora solo con un calzoncillo oscuro que, sobre ese cuerpo macizo, le quedaba apretado y marcaba con una claridad brutal todo lo que yo había imaginado durante meses. Se le adivinaba la polla gorda cayéndole de medio lado, gruesa incluso en reposo, y los huevos pesados apretados contra el algodón.
Me quedé pegado a la rendija, sin parpadear, hasta que volví a entrar. Esta vez sin miedo. Me planté junto a la cama y me dediqué a mirarlo. Y entonces vi algo que me dejó mudo: aunque dormía profundamente, su cuerpo parecía reaccionar por su cuenta. Tal vez el calor, tal vez un sueño que él jamás iba a contar, pero el bulto bajo la tela empezó a moverse, lento y constante.
Sin que yo lo tocara, se le fue poniendo dura. El algodón se estiraba más y más, dibujando una silueta larga y gruesa, exactamente como me la había figurado tantas noches. Verlo crecer así, solo, hasta que la punta asomó por un costado del elástico, brillante ya de líquido preseminal, me volvió loco. Vi una gota transparente bajarle por la piel oscura del glande y desaparecer en el vello del pubis.
El contraste era demasiado: la cara seria de hombre rudo, la barba negra, la respiración pesada de borracho, y abajo un cuerpo que parecía tener vida propia, llamándome. El vello de su abdomen subía y bajaba con cada respiro, y el olor de su piel, mezcla de taller, sudor de huevos y alcohol, me terminó de nublar la cabeza.
***
Me arrodillé despacio entre sus piernas abiertas, sintiendo el calor que despedía su entrepierna, y me acerqué hasta quedar a pocos centímetros de ese bulto que ya no le cabía en la ropa. Ya no eran fotos de extraños ni fantasías a oscuras. Era él, el hombre que admiraba cada día, ahí mismo, con la polla dura empujándole el calzoncillo para pedir salida.
Metí los dedos en el elástico con una delicadeza absurda, muerto de miedo de que despertara, pero Damián ni se inmutó. El alcohol lo tenía hundido. Fui bajando la tela poco a poco y lo primero que me golpeó fue el calor que salía de su entrepierna, ese vaho denso a hombre sudado. A medida que la prenda cedía, fue apareciendo esa verga morena que tanto me había desvelado, de un tono café oscuro que contrastaba con el vello negro y espeso que la rodeaba. Larga, torcida apenas hacia arriba, con un glande hinchado y brillante, y unos huevos pesados colgándole entre los muslos, cubiertos también de pelo áspero.
Estaba dura, apuntando hacia el ombligo, latiendo sola. Olía fuerte, a sudor de hombre y a jabón viejo, ese aroma áspero del que trabaja entre motores y no se lava a fondo. Verla por fin desnuda, frente a mis ojos, era casi irreal. Estiré la mano y la rodeé. Me quedé frío al sentir el grosor: los dedos apenas me cerraban alrededor. Era una pieza caliente, surcada de venas que palpitaban bajo mi palma. Cuando la moví apenas hacia la base, la piel se le corrió y el glande quedó todavía más expuesto, mojado en la punta.
Acerqué la cara al glande, oscuro y brillante bajo la luz tenue. Vi cómo asomaba otra gota transparente, señal de que su cuerpo, aunque él estuviera ido, reaccionaba a mi cercanía. Saqué la lengua y le di una pasada lenta, desde donde le nacía el prepucio hasta la ranura de la punta, y ese sabor salado, casi amargo, me confirmó que no estaba soñando. Recogí la gota con la punta de la lengua y me la tragué. Me quedé quieto un segundo, mirándole la cara. Damián soltó un ronquido pesado, pero no se movió ni un milímetro.
Al ver que no había peligro, perdí el último rastro de miedo. Me acomodé mejor entre sus muslos abiertos, sintiendo el roce del vello áspero contra la barbilla, y abrí bien la boca. Me la metí entera, o todo lo que pude, dejando que el glande grueso me forzara el paladar. Empecé a chupársela con ganas, subiendo y bajando la cabeza despacio, saboreando cada centímetro de esa piel morena, la lengua pegada al borde de la corona. Con una mano le agarraba la base para que no se me escapara, y con la otra le sopesaba los huevos calientes, sintiendo cómo se le tensaban en la palma. Me la sacaba entera, escupía un hilo de saliva sobre el glande y me la volvía a meter, ahora deslizándomela más profundo, hasta que la punta me raspaba el fondo de la garganta y me hacía toser bajito. Damián soltó un suspiro más largo, movió apenas la cadera hacia arriba, y yo aproveché para tragármela hasta que la nariz se me hundió en la mata de vello negro de su pubis. Ahí me quedé unos segundos, con la garganta trabada, el olor a hombre reventándome la cabeza, con el único pensamiento de que por fin tenía al macho de la casa justo donde siempre lo había querido.
***
De repente soltó un quejido profundo y se removió bruscamente. Pegué un salto del susto, el corazón en la garganta, mientras su cuerpo se giraba de medio lado. Pero estaba tan ido que aquello fue solo un reflejo. Lo agarré de los hombros y, haciendo fuerza, lo volví a poner boca arriba. Lo necesitaba así, expuesto, entregado del todo, con las piernas caídas a los costados y la polla morena apuntando al techo, brillante de mi saliva.
Volví a metérmela en la boca. Ya no tenía ningún cuidado. El sabor y el olor me tenían fuera de mí. Empecé a succionar con fuerza, mejillas hundidas, sintiendo cómo se ponía todavía más dura contra mi lengua. La mamaba con hambre, con ruido, dejando que la saliva me chorreara por la barbilla y le bajara por los huevos. Le lamí la vena gruesa que le corría por debajo, subiendo desde la base hasta el glande, y después me metí uno de los huevos en la boca, entero, chupándoselo con cuidado mientras seguía pajeándole la verga con la mano. Damián soltó unos gruñidos roncos, bajos, salidos del fondo de la garganta, tan graves que parecían hacer vibrar la cama. Al escucharlo me encendí más, aceleré el ritmo y me la volví a meter hasta el fondo, follándome yo mismo la garganta con la polla morena de mi padrastro.
Con la mano libre me bajé el pantalón. La polla se me salió disparada, dura y mojada de tanto aguantar, y empecé a pajearme al mismo compás en que le comía la verga. Le lamía los huevos hinchados, le mordisqueaba la piel del pubis, subía otra vez y me tragaba el glande con succión larga. Le puse un dedo húmedo de saliva contra el ojete y se lo froté suave, en círculos, sin llegar a meterlo pero notando cómo el músculo se le crispaba. Su cuerpo respondía todo: los muslos se le tensaban, los huevos se le encogían pegados a la base, la respiración se le hacía cada vez más ronca. Yo le tenía la verga clavada hasta el fondo de la boca, la nariz aplastada contra su vello, y me la meneaba yo también, a punto de reventar.
Su cuerpo se tensó de golpe. Vi cómo cerraba los puños sobre las sábanas y soltaba un gruñido más largo, casi un rugido apagado. Sin abrir los ojos, llegó al final: sentí la verga hincharse todavía un poco más, dar un par de saltos violentos dentro de mi boca y descargar el primer chorro de leche caliente contra el paladar, espeso, salado, tan abundante que casi me atraganto. Después vino otro, y otro, hasta seis o siete disparos gruesos que le vaciaron los huevos dentro de mi garganta. No solté nada. Me lo tragué todo, apretando los labios alrededor de la base, saboreando el gusto último de toda esa masculinidad que se me deshacía en la lengua. Yo también me corrí al mismo tiempo, sin poder aguantar más, echando chorros calientes contra el borde de la cama, temblándome las piernas. Después se relajó de golpe, soltó un suspiro pesado y se hundió otra vez en el silencio de su borrachera, dejándome ahí, arrodillado y por fin saciado, con el secreto más grande de mi vida quemándome la boca y el semen de mi padrastro todavía tibio en la garganta.
***
Me quedé unos segundos saboreando el momento, mirando cómo su cuerpo volvía a quedar inerte, como si nada hubiera pasado. Las piernas me temblaban. Le lamí la punta de la verga una última vez, recogiendo la gota que le quedaba, y me relamí los labios. Me limpié con el dorso de la mano, le subí el calzoncillo con cuidado para que no sospechara al despertar con la resaca, y lo tapé con la sábana hasta el pecho, dejándolo tal como lo habían dejado los parientes. Lo miré una última vez: la cara barbuda, relajada, tan imponente como siempre, sin la menor idea de lo que su hijastro le acababa de hacer.
Justo cuando salía de puntillas escuché las llaves en la cerradura. Eran ellos. Caminé rápido al baño, me eché agua en la cara y me miré al espejo. Los ojos me brillaban distinto. Todavía sentía el sabor de su leche en el fondo de la garganta. Entré a mi cuarto y me tiré en la cama un segundo antes de oír la voz de mi madre preguntando si todo estaba en orden.
—Sí, ma. Damián no se despertó desde que lo trajeron —respondí, con la voz más normal que pude fingir.
Me quedé mirando el techo en la oscuridad, escuchando los ruidos de mi familia volviendo a la rutina. Sabía que a partir de ahí nada iba a ser igual. Cada vez que lo viera arreglando un motor, sudado y sin camisa, o cada vez que me diera una palmada en el hombro llamándome «hijo», yo iba a recordar el sabor de su secreto, el peso de su polla en la lengua, el chorro caliente reventándome en la garganta. Ya no era el chico que miraba desde las sombras. Ahora era el dueño de su momento más vulnerable.
***
Nunca se lo conté a nadie. Se quedó dentro de mí como un peso caliente, algo que solo me pertenece. A veces, en las mañanas, cuando desayunamos y lo veo ahí con el café en la mano y esa actitud de hombre serio, me pregunto cuánto supo él en realidad.
Hubo días en que creí notar una mirada distinta, un silencio un poco más largo cuando nuestros ojos se cruzaban, una sonrisa que antes no estaba. Nunca supe si esa noche, entre el alcohol y el sueño, Damián llegó a sentir algo y prefirió creer que había sido un sueño muy vívido. Pero el caso es que jamás dijo nada. Ni un reclamo, ni una pregunta incómoda, ni un cambio en su trato.
Todo siguió igual. Él, el hombre amable que cuidaba de mi madre y de la casa. Yo, el muchacho que lo ayudaba de vez en cuando con alguna herramienta. Pero desde esa noche, cada vez que lo veo salir del baño en toalla o quitarse la camiseta por el calor, ya no hay solo deseo de mi parte. Hay también una satisfacción callada, y a veces las ganas de repetirlo, de arrodillarme otra vez entre sus piernas y volver a tragarme su verga hasta vaciarle los huevos. Él sigue siendo el pilar de la familia, y yo soy el único que sabe lo que pasó en esa cama. Y mientras él guarde el secreto sin saberlo, yo también lo haré.





