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Relatos Ardientes

Lo que mi hija menor me hizo después de la ducha

Todavía me tiemblan las manos cuando me acuerdo de aquella mañana de septiembre, hace tantos años, en el cuarto de baño de la casa vieja de mis padres. Tenía cuarenta y nueve recién cumplidos y un cuerpo que la edad había vuelto más generoso, más blando, más mío.

El sol entraba por la ventana pequeña que daba al patio. Yo me duchaba despacio, sin prisa, dejando que el agua tibia me corriera por la espalda ancha, por las caderas, por las nalgas pesadas que siempre me habían dado tantas alegrías. Me enjaboné los muslos gruesos, me pasé la mano por la barriga, me deslicé los dedos por la raja del culo casi sin pensarlo. A mi edad ya no me daba vergüenza tocarme delante del espejo del baño.

—Mamá, ¿queda agua caliente para mí?

Era Nuria. Mi hija menor. Diecinueve años recién cumplidos, morena como su padre, con esas caderas de yegua joven que había heredado de mí. Estaba en la puerta del baño sin haberse molestado en llamar, apoyada en el marco con un albornoz suelto y los ojos puestos en mi cuerpo desnudo a través del cristal empañado de la mampara.

—Queda toda la del mundo, mi vida —le contesté—. Pero ya termino yo.

Ella no se movió. Se quedó mirándome con esa sonrisa torcida que llevaba semanas, meses quizá, dirigiéndome cuando creía que yo no la veía. Cerré el grifo y abrí la mampara con calma, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo, sabiendo que ya no podía fingir más que no lo veía.

Mi propia hija. La pequeña de la casa. Y me mira como me miraría un hombre.

—¿Me alcanzas la toalla? —pregunté.

Nuria descolgó la toalla grande del gancho y, en vez de pasármela, vino hacia mí. Yo estaba parada en la alfombrilla, chorreando, con el pelo pegado a los hombros. Ella se acercó tanto que sentí su aliento en la clavícula. Me envolvió en la toalla por la espalda y empezó a secarme.

—Te seco yo, mamá. Estás cansada.

No estaba cansada, y las dos lo sabíamos. Pero la dejé hacer.

Me secó los hombros primero. Despacio, con cuidado, como si estuviera puliendo algo frágil. Bajó por la espalda. La toalla se quedó atrás cuando llegó a la cintura, y entonces fueron sus manos directamente las que recorrieron mis riñones, mis caderas, los nacimientos de las nalgas.

—Ay, hija…

—Calla, mamá. Que no estoy haciendo nada.

Sí estaba haciendo. Me apretó los cachetes con las dos manos abiertas, despacio, midiendo el peso de cada uno. Los amasó como se amasa el pan. Los separó. Los volvió a juntar. Aprovechó la humedad que todavía me quedaba en la piel para deslizar los dedos sin esfuerzo, y a esa altura yo ya tenía las piernas apretadas y los pezones tan duros que me dolían contra la toalla.

—Tienes el culo más bonito que he visto en mi vida —me dijo, casi en un susurro—. ¿Lo sabes?

—Nuria…

—Llevo años queriendo decírtelo.

Me quedé callada. El corazón me iba como un tambor.

***

Mi hija se arrodilló detrás de mí.

Lo hizo sin pedir permiso, sin avisar, sin darme tiempo a fingir que aquello no estaba pasando. Yo seguía de pie, con las dos manos apoyadas en el lavabo de mármol antiguo, y de pronto tenía a la pequeña de mis hijas hincada en la alfombrilla con la cara a la altura de mis caderas.

—Inclínate, mamá. Apóyate bien.

La voz le había cambiado. Ya no era la niña que me pedía dinero los sábados ni la adolescente que me peleaba la última galleta. Era una mujer hablándole a otra mujer.

Me incliné. Le di lo que pedía sin terminar de creerme que se lo estuviera dando. Apoyé los codos en el mármol, separé un poco las piernas, dejé que la espalda se curvara hacia delante. Mis nalgas se abrieron solas, pesadas, todavía húmedas, dejándome expuesta como nunca lo había estado delante de nadie y mucho menos delante de una hija mía.

Nuria respiró hondo. La oí.

—Madre mía… —murmuró—. Madre mía, mamá.

Pasó los pulgares por la raja, despacio, separándome. Apreté los párpados. Pensé en mil cosas a la vez —en mi marido durmiendo todavía en el cuarto, en mis otros hijos, en la cocina y el desayuno y la rutina de todos los lunes— y a la vez no pensé en nada, porque entonces sentí la primera vez que su lengua me tocó.

Fue un lametón largo. De abajo hacia arriba. Plano. Lento. Recorriéndome la raja entera con la calma de quien no piensa irse a ninguna parte.

—Hija mía…

—Estate quieta, mamá.

Le obedecí. Lo confieso: a mi propia hija le obedecí.

Nuria volvió a lamerme. Y otra vez. Y otra. Cada lametón un poco más decidido, un poco más insistente, como si llevara años ensayando aquello en su cabeza y por fin pudiera hacerlo a su manera. Yo sentía la lengua plana, ancha, caliente, húmeda, repasando cada centímetro de piel sensible que tenía allí atrás. La sensación se me iba subiendo por la columna vertebral como un escalofrío caliente que no se acababa nunca.

Esto no se hace. Esto no se hace, Carmen. Esto no se hace.

Pero seguía haciéndose. Y yo no la paraba.

***

Cuando llevaba un buen rato lamiéndome la raja entera, Nuria centró la lengua en un solo sitio. Justo en el centro. Justo donde más vergüenza me daba dejarla. Empezó a dibujar círculos lentos alrededor de mi ano, presionando con la punta, retirándose, volviendo. Lo besó, incluso. Le dio besos cortos y húmedos, como se besa la boca de alguien que te gusta mucho.

—Tienes un sabor riquísimo, mamá.

—Calla.

—No quiero callar.

Me clavó las uñas en las nalgas para separarlas más. Solté un gemido que no pude controlar. Nuria se rio bajito, satisfecha, y entonces empujó la lengua hacia dentro.

Sentí cómo el músculo se abría. Cómo cedía. Cómo se relajaba a su pesar y la dejaba pasar. Era una sensación nueva, ajena, intensísima. Mi hija me estaba penetrando con la lengua. Despacio. Hondo. Sacándola y metiéndola con un ritmo que parecía ya saber exactamente lo que mi cuerpo necesitaba.

—Ay, Dios… ay, Dios… ay, mi niña…

Apreté el borde del lavabo con tanta fuerza que se me pusieron los nudillos blancos. Las piernas me empezaron a temblar. El coño, abandonado ahí abajo sin que nadie lo tocara, se me había puesto a chorrear solo. Notaba el flujo bajándome por la cara interna del muslo derecho, espeso, caliente, brillante.

Nuria lo vio. Claro que lo vio. Pasó un dedo por la cara interna del muslo, recogió lo que me caía y se lo llevó a la boca antes de seguir lamiéndome por detrás.

—Estás empapada, mamá.

—Hija, por favor…

—¿Que pare?

—No.

La respuesta me salió antes de pensarla. Ni siquiera me reconocí la voz. Era la voz de una mujer perdida, no la voz de una madre.

—No pares.

***

Nuria me lamió hasta que me corrí.

El primer orgasmo me vino casi sin avisar. Estaba con la lengua otra vez metida hasta el fondo, moviéndola en círculos pequeños, jugando con el músculo, y a la vez había deslizado dos dedos hacia delante y los había encajado en mi coño como si nada, como si llevara una vida entera estudiándome. Encontró un punto. Lo presionó. Y todo se rompió.

Me corrí gimiendo bajito, mordiéndome el dorso de la mano para que no se oyera en el resto de la casa. El placer me bajó desde el ano hasta los pies en una sola descarga larga y temblorosa. Las piernas me cedieron por un segundo y casi me caigo sobre el lavabo.

Nuria no apartó la cara ni un instante. Siguió lamiendo mientras yo me corría. Recogió todo lo que le di. Me bebió.

—Otra vez, mamá.

—No puedo.

—Sí puedes.

Volvió a meterme la lengua, esta vez más despacio, casi con dulzura, y los dedos no salieron de su sitio. Empezó a frotar despacio dentro, hacia delante, hacia ese rincón que mi marido nunca había encontrado en treinta años de matrimonio y que mi hija pequeña acababa de aprender a tocar en cinco minutos.

El segundo orgasmo fue peor. O mejor. No sé cómo decirlo. Me vino más lento, más profundo, desde más abajo, como si me lo arrancaran de la barriga. Solté un quejido largo, ahogado contra el cristal de la mampara, y noté cómo un chorro tibio se me escapaba por la uretra y me bajaba por la pierna. No había chorreado nunca de aquella manera con nadie. Nunca.

Nuria se quedó callada un segundo. Luego respiró fuerte por la nariz.

—Mamá.

—¿Qué?

—Te has corrido para mí.

No le contesté. No sabía qué contestarle.

***

Cuando me incorporé, despacio, tenía las piernas todavía blandas y el corazón en la garganta. Me giré y me apoyé contra el lavabo, mirando a mi hija desde arriba.

Nuria seguía arrodillada en la alfombrilla, con el albornoz a medio caer por los hombros, los labios brillantes, el pelo despeinado y los ojos llenos de algo que no era inocencia. Tenía la mano metida dentro del albornoz, debajo de la cintura, y por la posición del brazo entendí lo que había estado haciendo mientras me devoraba.

—Tú también te has corrido —le dije.

—Llevo años corriéndome pensando en este momento, mamá.

—Años.

—Años.

Me agaché. La cogí de la barbilla con la mano. Le sequé el labio inferior con el pulgar, despacio, como cuando era pequeña y me la encontraba con leche en la boca después del desayuno. Ella me miró sin parpadear.

—Esto no se cuenta —le dije.

—No.

—A nadie. Ni a tus hermanos, ni a tu padre, ni a tus amigas, ni a ti misma cuando se te pase el calentón.

—A nadie, mamá. Te lo juro.

Le di un beso en la frente. Después le di otro, más corto, en la comisura de los labios. Ella subió un poco la cara buscándome la boca y yo no la aparté.

Nos besamos un par de segundos. Lo justo. Lo suficiente para saber que aquello no había sido un accidente, ni la última vez.

***

Después me vestí en silencio. Nuria se metió en la ducha sin decir nada, me sonrió con los ojos cuando cerré la puerta detrás de mí y se quedó allí dentro tarareando una canción que yo le cantaba cuando era pequeña.

Bajé a hacer el desayuno como todos los lunes. Le puse café a mi marido. Le serví tostadas a mi hijo mayor. Pregunté por las clases. Reñí a Nuria, cuando bajó por fin con el pelo mojado, por haber tardado tanto en el baño. Ella se rio con la boca llena de bizcocho y dijo «perdón, mamá» como si no acabáramos de cruzar algo que ya no se podía descruzar.

Esa misma tarde se me acercó por la espalda en la cocina, fingiendo que iba a coger un vaso, y me pasó la mano por el culo por encima de la falda. Yo no me giré. Solo apreté los ojos un instante y seguí pelando la patata que tenía entre las manos.

Fue la primera vez.

No fue la última.

Pero ese, lo confieso, fue el día en que entendí que mi hija pequeña ya no era mi hija pequeña. Y que yo, por mucho que durante años hubiera fingido lo contrario, tampoco era exactamente la madre que ellos creían que tenía sentada a la mesa.

Lo demás vendría después. Lo demás, si me dejan, lo cuento otro día.

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Comentarios (5)

Fede1985

Quede con ganas de mas, necesito la segunda parte ya!!!

Carlos_Midnight

Me enganche desde la primera linea. Muy buen ritmo narrativo, no es facil lograr eso.

vikingo88

10 de 10. Punto.

MateoSilencioso

Se me hizo cortisimo, y eso es un cumplido jaja. Lo lei de una sin parar.

MiriamSol

La tension inicial esta muy bien manejada, uno siente el ambiente cargado desde el primer parrafo. Ojala haya segunda parte!

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