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Relatos Ardientes

La tarde que mi sobrino vino solo a tomar café

Estábamos los cuatro tirados en el salón, todavía sudados después de una tarde que se había alargado hasta perder la cuenta de las horas. El aire olía a sexo y a vino tinto del barato. Yo me acomodé en el sofá, abrí las piernas sin ningún reparo y los miré uno por uno con esa voz lenta que ya saben que me sale cuando todavía me queda hambre.

Marta, Diego e Irene seguían respirando agitados, con la piel brillante y los ojos vidriosos. Cuando vieron que iba a hablar, se pusieron en alerta como tres cachorros esperando un hueso.

—Hijos míos, antes de que nosotros cuatro empezáramos con esto, yo ya había probado lo que era hacer guarradas con la familia. Os conté lo de la abuela y lo del tío Ricardo, pero hay una historia que nunca os he contado entera. Fue a principios de los ochenta, allá por 1981. Yo tenía treinta y nueve años recién cumplidos y vuestra prima Sofía acababa de hacer veintiuno.

Marta se inclinó hacia adelante. A Diego ya se le notaba un bulto creciendo otra vez bajo la manta. Irene se mordió el labio inferior, esa costumbre que se le pone cuando algo le interesa demasiado.

—Fue un sábado por la tarde. Sofía se había venido a pasar el fin de semana a casa porque sus padres estaban en una boda en otra provincia. Conmigo siempre tuvo mucha confianza. Desde cría me miraba con esa cara que las mujeres ponemos cuando ya sabemos lo que queremos, aunque todavía no nos hayan enseñado el nombre. Y yo, con todo lo que había aprendido en las fiestas de la Quinta de los Ardientes, supe leer esa mirada perfectamente.

Hacía un calor pegajoso aquel día y le propuse meternos juntas a la ducha grande del baño de arriba. Me quité la bata despacio, sin ningún apuro, dándole tiempo para mirarme. Y mirar, miró. Se quedó plantada en el centro del baño con los ojos clavados en mis tetas y en mis caderas, hasta que pude oírla tragar saliva.

—Tía Lucía, qué cuerpo tienes —me soltó con un hilo de voz.

—Anda, ven aquí, sobrina. Vamos a compararnos a ver cuál está mejor.

Sofía se quitó el vestido sin dejar de mirarme. Era mucho más alta que yo, cerca del metro setenta y cinco, con unas piernas larguísimas y unos muslos macizos de chica joven que todavía no había parido. Tenía la cintura estrecha y unas caderas anchas que se le abrían como una guitarra. Yo, en cambio, era más bajita, más entrada en carnes, con las tetas pesadas y un culo que estaba en su mejor edad. Las dos teníamos lo nuestro y las dos lo sabíamos.

Nos metimos bajo el agua caliente y empezamos a enjabonarnos la una a la otra. Mis manos resbalaban por sus pechos altos, por aquella cintura imposible, por la curva tremenda de sus caderas. Ella me enjabonaba las mías, más pesadas, más calientes, y no podía apartar la vista de mi pubis.

—Tía, tienes el coño muy poblado —murmuró, casi sin aire.

Yo sonreí con malicia y le metí la mano entre las piernas. Su sexo estaba liso como un papel y mojado por algo que no era el agua de la ducha.

—Y tú lo tienes suavito, sobrina. Ya veo que te andas afeitando. A mí me gusta más como Dios me lo dio.

La besé. Primero despacio, tanteando, y luego con la lengua hasta el fondo, mientras el agua caliente nos caía por la nuca y nos pegaba el pelo a la cara. Sofía no se quedó atrás. Me cogió las nalgas con las dos manos y me las apretó como si quisiera dejarme la marca. Después alargó el brazo y agarró el mango grueso del cepillo del pelo que estaba sobre el lavabo.

—Tía, déjame metértelo —me dijo con los ojos brillándole de puro vicio.

Me giré sin pensarlo, apoyé las palmas en los azulejos y saqué el culo hacia ella. Sofía me abrió las nalgas con calma, como si quisiera entender cada pliegue, y me empujó aquel mango frío y largo dentro despacio, milímetro a milímetro. Cuando llegó hasta donde tenía que llegar, gemí contra los azulejos con la boca abierta.

—Joder, Sofía, qué guarra te has hecho. Métemelo entero.

Ella lo empujó hasta el fondo y empezó a moverlo con un ritmo que solo se aprende mirando a otras. Con la otra mano me buscó el clítoris y me lo apretó entre el índice y el dedo gordo. Me corrí contra los azulejos mordiéndome la muñeca para que mi marido, que dormía la siesta dos plantas más abajo, no se enterara de nada.

Después de secarla la llevé a mi cama. Nos tumbamos desnudas, cara a cara, y nuestros cuatro muslos se enredaron como si llevaran toda la vida buscándose. Los míos más rellenitos y blandos, los suyos más largos y duros. Nuestros sexos mojados se rozaron y ahí empezamos a tijeras.

—Así, tía, frota tu chocho contra el mío —jadeaba Sofía moviendo las caderas como si supiera de toda la vida.

—Qué buenas piernas tienes, sobrina. Aprieta más.

Nos movíamos cada vez más rápido, sudando, jadeando, soltándonos guarradas en voz baja. Yo le apretaba un pecho con la mano y ella me mordía el cuello como una loba pequeña. Nos corrimos casi a la vez la primera vez. Un orgasmo largo, profundo, con los muslos temblando.

El segundo fue más bestia. Me clavó los dedos en las nalgas mientras yo le retorcía los pezones, y las dos terminamos gritando bajito contra la almohada, empapando las sábanas.

El tercero es el que mejor recuerdo. Nos pusimos lentas, mirándonos a los ojos, moviendo solo las caderas en círculos profundos. Nuestros sexos hinchados se besaban, se frotaban, se reconocían. Yo le susurraba al oído:

—Qué rica eres, sobrina. Mira cómo se me abre el coño contra el tuyo. Quiero que te corras dentro de mí.

Sofía gemía casi llorando de gusto:

—Tía, me voy a correr. Me voy a correr muy fuerte.

Y nos corrimos juntas con un temblor largo y lento que nos dejó las piernas inservibles durante un buen rato. Cuando terminamos nos quedamos abrazadas, pegajosas, besándonos con calma de viejas amigas.

—Esto no lo sabe nadie, tía —me susurró Sofía con la cara hundida en mi cuello.

—Nadie tiene por qué saberlo —le contesté acariciándole el culo—. Pero cuando quieras, repetimos.

***

Lucía hizo una pausa, dio un sorbo largo a su copa y se relamió los labios mirando a sus tres hijos.

—¿Y el primo Adrián? —preguntó Diego con la voz ronca.

—Adrián vino unas semanas después. Y eso, hijos míos, es lo que de verdad os tengo que contar.

Marta soltó un suspiro. Irene se removió en el sillón sin disimular que se estaba tocando por encima de la sábana.

—Un par de meses después de lo de Sofía, vuestra prima vino a verme una tarde con una cara entre pícara y traviesa. Se sentó a mi lado en el sofá, se acercó a mi oreja como si fuera a contarme un secreto de estado y soltó:

—Tía, mi hermano Adrián es un sinvergüenza. Lo pillé el otro día en mi cuarto cascándosela como un loco con mis bragas sucias en la cara. Y tía, tiene un nabo que no es normal. Gordo, largo, con un capullo morado enorme. Se le puso como un hierro nada más olerlas. Me arrodillé, se la chupé y se la sacudí hasta que se corrió como un caballo, pero no quise montármelo porque es mi hermano. Y entonces, entre jadeos, me confesó que quien de verdad le pone burro eres tú. Dice que se corre pensando en tu culo y en tus tetas.

Yo sentí un latigazo bajándome derecho hasta la entrepierna. Me reí bajito, ya mojándome solo de imaginarlo, y le contesté:

—Pues dile a tu hermano que se pase un día a tomar café conmigo. Que su tía Lucía va a solucionarle ese problemilla como Dios manda.

Y así lo hice.

El jueves siguiente lo invité a casa a media tarde, cuando sabía que estaría sola. Me vestí para volverlo loco: una falda corta de color negro que se me clavaba entre las nalgas y marcaba mis caderas como una bandera, y una blusa de seda con un escote profundo, sin sujetador. Los pezones se me transparentaban descaradamente. Y debajo, nada de nada.

Cuando abrí la puerta y me vio, el chaval se quedó tieso en el felpudo. Tenía dieciocho años recién hechos, era alto, ancho de espalda para la edad, y se le notó perfectamente cómo se le empezaba a hinchar el pantalón en cuanto me echó la primera mirada de arriba abajo.

—Pasa, Adrián. ¿Quieres un café? —le dije con voz melosa, sonriéndole con toda la guarrería que llevaba dentro.

Nos sentamos en la cocina. El pobre apenas podía hablar. Se le iba la vista a mis pechos y a mis muslos cada dos sorbos. Después de un rato largo de silencio, explotó, rojo como un tomate maduro:

—Tía, no aguanto más. Mi hermana me ha contado que ya lo sabes todo. Me la sacudo todos los días pensando en ti. En tu culo, en tus tetas, en cómo te ríes. Por favor, tía, déjame metértela aunque sea una sola vez. Nunca he estado con una mujer. Te lo suplico.

Me levanté despacio, me acerqué hasta quedar pegada a él y le puse la palma de la mano sobre el bulto enorme que tenía entre las piernas. Estaba duro como un mango de hacha.

—Tranquilo, sobrino. Tu tía Lucía te va a desvirgar como te mereces. Ven conmigo al dormitorio.

Lo cogí de la muñeca y lo llevé sin soltarlo. Una vez dentro, me quité la blusa despacio, dejando que mis tetas pesadas saltaran libres delante de su cara. Después me bajé la falda, quedándome completamente desnuda. Adrián miraba mi pubis, mis caderas y mi culo con los ojos como dos platos, y respiraba como si acabara de subir corriendo cinco pisos.

Se bajó los pantalones con torpeza y se sacó la polla. Era tal y como me había dicho Sofía: gruesa como mi muñeca, larga, venosa, con el capullo brillante goteando una gota gorda y transparente. Se le puso durísima en cuanto me vio entera.

—Ven aquí, mi amor. Mírame bien —le dije, tumbándome y abriendo las piernas, separándome los labios con dos dedos—. Este es el coño de tu tía. El que tanto has soñado. Métemela despacio al principio.

El chaval temblaba de nervios y excitación. Se subió encima de mí en postura del misionero y yo misma le cogí esa verga gorda y se la coloqué en la entrada. Empujó con cuidado y sentí cómo me abría centímetro a centímetro.

—Dios, tía —gimió con la voz rota—. Qué caliente, qué apretado. Me está tragando entera.

Yo le agarré las nalgas jóvenes y firmes y lo empujé hasta el fondo.

—Así, sobrino. Métemela toda. Nota cómo te aprieta tu tía. ¿Verdad que es muchísimo mejor que las bragas sucias de tu hermana?

—Mil veces mejor, tía —jadeaba él, embistiendo cada vez más rápido—. Es una gloria.

Le metí la lengua en la boca mientras me follaba como un animal joven y desesperado. Sus huevos pesados me golpeaban el culo a cada embestida. No aguantó casi nada. Se corrió el primero con un gemido largo y tembloroso, llenándome el sexo con un chorro caliente y abundante de pura inexperiencia.

—Perdón, tía. No he podido aguantar —dijo avergonzado, todavía dentro de mí.

Yo me reí bajito y le besé la frente con cariño.

—No te preocupes, mi vida. Tienes dieciocho años y un nabo enorme. Ahora vas a aprender a follar de verdad. Tenemos toda la tarde por delante.

Lo puse a cuatro patas detrás de mí, me agarré al cabecero y dejé que me embistiera por detrás como un perro. Me sobaba el culo con las dos manos abiertas, separándomelo, mirando cómo entraba y salía. Esa imagen, repetida en su cabeza, debía de ser el premio gordo para un crío que llevaba meses haciéndoselo mirando una foto.

—Así, Adrián. Agárrame bien. Métemela fuerte. Nota cómo te chupa el coño de tu tía.

—Tía, tu culo es enorme. Me vuelve loco. Voy a correrme otra vez.

Y se corrió por segunda vez, llenándome de nuevo, esta vez con menos prisa y más rabia.

Después me monté yo encima. Le cogí esa verga todavía dura y me la metí hasta el fondo de una sola sentada. Empecé a cabalgarlo despacio, dejando que mis tetas pesadas se balancearan delante de su cara como dos péndulos.

—Chúpame las tetas, sobrino. Muerde los pezones. Muy bien. Justo así.

Adrián me agarró las caderas con las dos manos y se aferró a mis pechos con la boca mientras yo lo cabalgaba cada vez más rápido, frotando mi clítoris contra su pubis. Se corrió por tercera vez dentro de mí, temblando entero, gimiendo con la cara enterrada entre mis tetas.

Le di un descanso de unos minutos, le acaricié el pelo sudado y, cuando se le pasó el mareo, me lo llevé a la cocina. Me senté en la encimera, abrí las piernas todo lo que mis caderas anchas me permitían y le rodeé la cintura con los muslos.

—Aquí, Adrián. Fóllame como un hombre. Hasta el fondo, sin descansar.

Me folló de pie, agarrándome el culo con las dos manos, mientras yo le clavaba los talones en las nalgas. Sudaba, gruñía, me besaba con una desesperación de animal. Se corrió por cuarta vez con un gruñido largo, soltando chorros calientes que me llenaron tanto que sentí cómo me chorreaba ya por la entrepierna.

Cuando se vistió y se fue, yo me quedé sentada en la encimera con las piernas todavía abiertas, sintiendo cómo su semilla espesa me bajaba lentamente por la cara interna de los muslos. Estuve toda la tarde así, soltando leche de mi sobrino. Cada vez que me movía sentía un chorrito caliente cayendo, y me ponía cachonda otra vez solo de recordarlo.

***

Lucía terminó el relato con una sonrisa lasciva, mirando a sus tres hijos uno por uno.

—¿Qué? ¿Os pone cachondos saber que vuestra madre, con treinta y nueve años, se folló al hermano de la prima Sofía y que el chaval le metió cuatro polvos seguidos como un semental?

Los tres asintieron en silencio, con los ojos brillantes y las manos ya buscándose debajo de la manta.

—Pues entonces venid aquí. Que vuestra madre todavía tiene hambre.

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Comentarios (4)

Fede_86

increible el relato, me quede sin palabras!!

SandraRos

Por favor continualo, me quede con ganas de saber que pasó despues

PacodelNorte

Me recordó a algo parecido que me pasó hace años, aunque en mi caso no terminó igual jaja. Muy bien contado, se siente real.

lectora_curiosa

Hay algo muy creíble en como está narrado, uno se lo imagina perfectamente. Buen relato!

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