El pacto silencioso que sellé con mi hermana
Habría que retroceder muchos años para entender cómo llegamos hasta esa madrugada. Desde que éramos casi unos críos, Noelia y yo nos habíamos movido alrededor de una tensión que nunca nombramos. En las cenas familiares ella evitaba mirarme, y yo lo atribuía a las peleas de la infancia, a viejos rencores de hermanos que se habían quedado sin resolver. Tardé demasiado en darme cuenta de que no era rencor lo que la hacía apartar los ojos.
Esa noche habíamos vuelto a la casa de nuestro padre. Su cabeza ya no era la de antes; los médicos lo llamaban con palabras largas que ninguno de nosotros quería pronunciar. Lo que la enfermedad se había llevado por un lado, por otro había dejado al descubierto a un hombre sin frenos, sin vergüenza, capaz de decir y de hacer cualquier cosa que se le pasara por la mente. Mi mujer y yo habíamos ido para cuidarlo, y de algún modo que todavía no termino de explicarme, aquello se nos fue de las manos.
Cuando entré en el comedor, mi mujer ya estaba con él. No hubo escándalo, ni reproche, ni la furia que cualquiera esperaría. Solo una especie de rendición silenciosa, como si en esa casa hubieran empezado a regir otras leyes y todos las hubiéramos aceptado sin votarlas. Me quedé en el umbral, sin saber qué hacer con las manos, hasta que sentí el calor de un cuerpo a mi espalda.
Era Noelia.
Noelia se abalanzó sobre mí con un beso desesperado, mudo, como sacado de una película antigua donde nadie podía hacer ruido. No sabía si callaba para no interrumpir lo que hacían nuestro padre y mi mujer al fondo del salón, o para que ellos no nos descubrieran a nosotros. La intuición me empujaba hacia lo segundo.
Me besaba buscando mi lengua, succionando cada gota de saliva como si llevara años de sed acumulada. Yo trataba de seguirle el ritmo mientras mis manos recorrían su silueta por primera vez con verdadera atención. Nunca me había detenido a pensar en lo bien proporcionada que era mi hermana. Más alta que mi mujer, las carnes un poco más blandas, pero con un pecho mucho más generoso que lo compensaba todo.
Sus dedos atacaron mi bragueta. Forcejeó con el cinturón, maldijo en voz baja contra el botón y la cremallera, mientras yo le agarraba las nalgas a través del vestido y la apretaba contra mí.
—Quieta —le susurré al oído—. Vas a despertarlos.
—No me importa —respondió, y siguió.
A mí tampoco debería importarme ya.
Le levanté el vestido para palpar la frescura de esa piel que siempre había tenido tan cerca y que jamás me había permitido mirar. Cuando por fin liberó mi polla del calzoncillo, sentí el alivio de salir de la prisión y, enseguida, el placer de sus manos suaves cerrándose alrededor con una mezcla extraña de ternura y urgencia.
Mientras tanto, yo me recreaba en sus caderas. Jugué con el hilo del tanga, seguí el borde de la tela hasta apartarla a un lado y tantear el surco cálido entre sus nalgas. Acaricié con la yema la base de su espalda, ese punto exacto donde la columna cambia de nombre, y la sentí estremecerse entera contra mi cuerpo.
Pasé la mano hacia delante, buscando entre la ingle y la tela su sexo depilado. Recorrí los pliegues despacio, como quien busca una página concreta en un libro conocido, hasta encontrar la humedad escondida. Cada zona nueva que descubría le arrancaba un suspiro que ahogaba sellando los labios contra mi cuello.
Ella ya me masturbaba con fuerza. Se detuvo un instante, se apartó un mechón de pelo liso detrás de la oreja y dejó caer un hilo de saliva sobre mi glande para deslizar mejor la piel. La estiraba por completo y luego la llevaba hacia delante, cubriéndolo, estrujando hasta sacar las primeras gotas de líquido.
Fuimos acomodando los cuerpos casi sin pensar. Yo bajé un poco la cadera, ella redirigió mi polla con una habilidad que me sorprendió hacia su entrepierna ardiente. Cuando mis dedos, todavía hurgando en ella, rozaron la punta, los retiré para dejarle el camino libre. Noelia me agarró por la base, comprobó lo rígido que estaba y, mientras yo giraba la cadera, fue dejándome entrar centímetro a centímetro.
Nuestras respiraciones se volvieron densas, pesadas. A cada avance ella soltaba un suspiro nuevo, una rendición pequeña. Cuando entré del todo y mi cuerpo chocó contra el suyo, alzó la mirada y la clavó en la mía.
Vi en sus ojos el cumplimiento de algo largamente esperado. Yo no la había mirado así nunca, ni una sola vez en toda nuestra vida. Pero ella, según me confesaría más tarde, llevaba años cargando ese deseo como una culpa que la flagelaba en silencio. Ver a nuestro padre desinhibido, libre de cualquier freno, le había dado permiso para perseguir por fin lo único que de verdad había querido siempre: a mí.
***
Nos besábamos con un hambre que ya no fingía discreción. La agarré del culo, la elevé y la sostuve en peso. Ella enredó las piernas alrededor de mi cintura y me clavó los talones en la espalda baja.
Habíamos perdido del todo el interés por lo que ocurría al otro lado del salón. De reojo vi a mi mujer cabalgando a mi padre de espaldas a él, mientras sus manos le subían desde las caderas hasta el pecho. Era una escena que en otra vida me habría destrozado. Esa noche apenas la registré.
Cada paso me hundía un poco más en ella. El pasillo era corto, pero lo recorrí despacio, a propósito, sintiendo cómo se le escapaba el aire contra mi oreja en cada balanceo. Me clavaba las uñas en los hombros y repetía mi nombre en un murmullo que apenas era una vibración, como si decirlo en voz alta fuera a romper el hechizo.
—Desde siempre —me dijo entre dos respiraciones—. Desde mucho antes de lo que crees.
No le contesté. No sabía qué responder a una confesión que llegaba veinte años tarde y, a la vez, justo a tiempo. Me limité a apretarla más fuerte contra mí y a seguir andando.
Avancé por el pasillo cargando a mi hermana, todavía dentro de ella, hasta llegar al salón. Cuando nos dejamos caer sobre la alfombra, el peso profundizó la penetración de golpe y Noelia ya no pudo, o no quiso, ahogar el grito.
—No pares —jadeó—. Por favor, no pares.
Separó y elevó las piernas, y yo se las sostuve por detrás de las rodillas para buscar el ángulo más hondo posible. Los dos estábamos desatados, bufando, respirando con una furia que no se parecía a nada que hubiéramos compartido antes.
Me abrazó con fuerza y me besó con los dientes apretados cuando empecé a sentir las primeras contracciones cerrándose alrededor de mi polla. Su orgasmo fue largo, profundo, una ola que la recorrió entera. Aproveché para acelerar, forzando el roce contra sus paredes, y antes de que se diera cuenta un segundo orgasmo la atravesó. La sentí rendirse, besarme con la emoción a flor de piel, abrazarme como si quisiera meterme entero dentro de ella.
Seguí moviéndome, ahora despacio, hondo, con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Nuestras miradas volvieron a cruzarse y se dijeron más cosas de las que cabrían en cualquier conversación.
***
No sé cuánto tiempo pasó hasta que noté dos figuras de pie junto a nosotros. Mi padre nos observaba sin perderse un detalle. A su lado, mi mujer lo masturbaba lentamente con la vista fija en lo que mi hermana y yo todavía hacíamos en el suelo.
Nos sorprendió y, a la vez, nos interrumpió. Noelia y yo nos miramos otra vez, y en esa mirada hubo un mensaje distinto que ambos entendimos sin necesidad de hablar: fingir algo de frialdad, abrir el círculo, dejar que ellos entraran. Ya tendríamos tiempo de hablar de lo nuestro. Esa madrugada tocaba cumplir con las reglas no escritas que parecían gobernar de pronto aquella casa.
Mi mujer se acercó primero. Me besó a mí, después a mi hermana, sin un gramo de celos, como si fuera lo más natural del mundo. Luego se colocó detrás de mí y me recorrió la columna entera con la lengua, despacio, hasta el final.
Mi padre, por su parte, se apoyó en el borde del sofá y buscó la boca de su propia hija. Noelia empezó a pasar la lengua por él con cierto reparo, una vacilación que reconocí al instante. Me agaché y uní mi lengua a la suya, recorriendo juntos el mismo camino. Aquello la tranquilizó. Nos mirábamos mientras nuestras bocas trabajaban a la par, y él nos sujetaba la nuca con una mano en cada cabeza, alternando entre la una y la otra.
Estuvimos así un buen rato, perdidos en un ritmo que ya nadie dirigía. Después salí de mi hermana y los dos nos sentamos en el sofá, cogidos de la mano casi con disimulo, y abrimos las piernas para los otros.
Mi mujer hundió la cara entre los muslos de Noelia y pronto la tenía gimiendo otra vez. Mi padre se arrodilló frente a mí y me tragó entero, con una avidez que no quise interpretar. Mi hermana y yo mantuvimos la mirada cruzada todo el tiempo, jadeando, disfrutando, mientras nuestras manos unidas se apretaban con fuerza.
Fue ahí, en ese apretón mudo, donde sellamos un pacto que aún no habíamos puesto en palabras. Un pacto que, lo supe en ese instante, no terminaría con la madrugada.