Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El precio que mi cuñado me pidió por arreglar la casa

Amparo tenía cuarenta años y vestía de negro de los pies a la cabeza. Era delgada y muy alta, más que cualquiera de los hombres del pueblo, y desde que su madre murió no se la veía en otro sitio que no fuera la iglesia. Beata hasta el tuétano, de esas que ni a los curas les caen bien de tanto rondar el confesonario. Vivía de las rentas de sus tierras y de las dos casas que había heredado, pero el dinero no le había quitado la soledad de encima.

Aquella mañana bajaba con su hermana Lola hacia el río, las dos con sendos barreños de ropa sucia en equilibrio sobre la cabeza. A Lola le sacaba más de un palmo de estatura, y cuando caminaban juntas parecían una madre y una hija que se hubieran equivocado de edad.

—La chimenea me echa el humo hacia dentro de la casa en vez de tirar hacia fuera —se quejó Amparo—. Hoy tendré que comer una lata de sardinas con pan y arreglármelas.

—Eso es que la tienes atascada de hollín. Hay que limpiarla. Te dije que pusieras bien la cubierta para que el viento no la torciera.

—Un día por otro se me fue. ¿Y con qué se desatasca eso?

—Tomás desatascó la nuestra con un rastrillo, subido al tejado. Si quieres se lo digo, que esta tarde no tiene faena.

Amparo se lo pensó un momento.

—¿Le importaría? Le pago lo que me pida.

—No te va a cobrar nada, mujer. Ponle un plato de jamón, pan y una botella de vino delante y se da por bien pagado.

—¿Tinto o blanco?

—Tinto, siempre tinto.

***

Tomás era albañil, padre de dos hijos, moreno, de estatura mediana y de esos hombres que se confunden con el paisaje. Llegó por la tarde a casa de su cuñada con un rastrillo y una alargadera al hombro, vestido con un mono azul descolorido. Amparo lo esperaba en la puerta, junto a una escalera que ya había apoyado contra la pared.

—Ya te dejé puesta la escalera —dijo ella.

Tomás miró hacia el tejado y luego hacia la chimenea.

—Ya veo. La desatasco y le pongo bien la cubierta antes de que se ponga a llover.

En poco más de diez minutos tenía la chimenea limpia. Parte del hollín había caído sobre la cocina de piedra y parte en el suelo, pero al estar húmedo se recogía fácil. Tomás lo cargó en cubos y lo echó en la huerta. Después se aseó las manos en el pilón y se sentó a la mesa a comer el jamón con pan y a beber vino tinto. Ella bebía agua.

—¿Y no te sientes muy sola en esta casa, cuñada? —preguntó él, masticando despacio.

—A veces. Pero me agarro a mis creencias en esos momentos.

—Tus creencias no te dan un abrazo cuando lo necesitas.

—No, pero reconfortan.

—Para mí eso no sería ningún consuelo.

—Porque tú eres como eres —dijo ella, cortante.

Tomás le había echado el ojo a su cuñada desde hacía años. La altura, el cuerpo escondido bajo aquel luto eterno, la fama de no haber conocido varón a sus cuarenta. Y ahora la tenía sentada enfrente, sola, con la casa cerrada y la tarde por delante. Decidió tantear el terreno.

—¿Te puedo hacer una pregunta íntima?

—No.

Se la hizo igual.

—Cuando te tocas y te corres, ¿se lo confiesas al cura?

Amparo se persignó. Como no le gustaba mentir, contestó con un hilo de voz:

—Los pensamientos impuros son pecado.

—Tu hermana se tocó delante de mí para enseñarme cómo le gustaba a ella, y yo no pensé que fuera pecado. Al contrario.

—El matrimonio es para procrear —murmuró ella—, aunque supongo que se pueden tomar algunas licencias. Y haz el favor de dejar de hablar de cosas que me incomodan.

Pero Tomás no solo no paró, sino que subió la apuesta.

—¿Nunca se te ha pasado por la cabeza tener un hijo?

Amparo volvió a persignarse.

—No digas barbaridades.

—Ya no estarías sola nunca más. Tendrías a alguien que te llamara madre.

Ella era una mujer tranquila, pero estaba perdiendo la paciencia.

—Me estás faltando al respeto, y encima en mi propia casa.

Al oír la palabra «casa», a Tomás se le encendió una idea.

—Tienes las paredes sin recebar por dentro. Me llevaría varios fines de semana dejártelas bien. Tiempo de sobra para dejarte preñada.

Amparo se puso en pie, muy seria.

—Haz el favor de marcharte de mi casa.

—Todavía no he terminado de comer.

Ella le señaló la puerta con un dedo tembloroso.

—¡Fuera!

Tomás se levantó sin prisa, recogió su gorra.

—No le cuentes a tu hermana lo que te he dicho.

—¡Fuera, y no vuelvas por aquí!

***

El lunes, camino del río otra vez con la colada, fue Amparo quien sacó el tema, como si no hubiera ocurrido nada.

—Estoy pensando en recebar la casa por dentro.

—Ya iba siendo hora —dijo Lola.

—¿Tú crees que Tomás me lo haría los fines de semana sin cobrarme mucho?

—Te cobrará solo los materiales. Yo le hablo. Eso sí, dale tú de comer los sábados y los domingos, ten vino para la mesa y una copa de coñac para el café.

—¿Qué coñac le gusta?

—El que sea, mientras esté frío.

A las nueve de la mañana del sábado siguiente, Tomás llamó a la puerta con su mono azul, una visera en la cabeza, la caja de herramientas en una mano y un paraguas en la otra. Le abrió Amparo, sorprendida.

—Pensé que con la lluvia no vendrías a trabajar.

Tomás entró sin que lo invitaran.

—Hay muchas maneras de trabajar.

Amparo pilló la indirecta, pero no dijo nada. Volvió a la cocina, donde tenía a medias una taza de café con leche, y se sentó a terminar de desayunar.

—La arena y el cemento están en el cobertizo.

—¿Y el coñac?

A ella le pareció una animalada beber coñac a aquellas horas.

—¡¿Bebes coñac por la mañana?!

—Para calentar motores —sonrió él.

—Está en la alacena, al lado del garrafón de tinto. La copa la coges del aparador.

Tomás dejó la caja de herramientas en el suelo, se sirvió una copa, se sentó frente a su cuñada y dio un sorbo lento.

—Si quieres tener ese hijo conmigo, podemos empezar ya.

Amparo había terminado de desayunar. Se levantó, llevó la taza al fregadero y le habló de espaldas.

—Lo que quiero es que me receles las paredes. Si decidiera acostarme contigo, te lo diría.

Tomás se puso de pie, fue hasta ella y le puso las dos manos en las caderas. Amparo se dio la vuelta de golpe y se encontró con la boca de su cuñado contra la suya, la lengua buscándole la lengua. Giró la cara con un gesto de asco.

—¡Qué grima!

Tomás no se detuvo. Le subió el vestido negro hasta la cintura, le bajó las bragas hasta las rodillas y se arrodilló.

—Lo que estás haciendo es una guarrería —protestó ella, agarrándose al borde del fregadero.

—El sexo sin guarrerías no vale nada.

Amparo empezó a rezar entre dientes.

—Para de rezar o me voy.

Dejó de rezar. Él siguió con la boca pegada a su sexo, lamiendo despacio, y Amparo notó que las piernas le temblaban sin que ella se lo mandara.

—Esto es asqueroso —dijo, pero le había salido sin fuerza.

—Pero te está gustando.

—Eres un prepotente.

—Mejor eso que ser un impotente. ¿Qué prefieres, niño o niña?

—Todavía no he decidido si quiero quedarme preñada.

—Pues yo creía que para eso me habías llamado.

—Es que… ¿tú sabes lo que tendría que aguantar en el pueblo si tengo un hijo de soltera?

Tomás levantó la cabeza, calculador.

—Si un día bajas del monte despeinada y con la ropa rota, diciendo que te asaltó un desconocido, lo único que vas a oír son palabras de consuelo.

A Amparo se le iluminó la cara, como si acabara de encontrar la rendija que le faltaba.

—Eso… eso es justo lo que necesitaba oír para decidirme.

—Me alegra. Separa las piernas.

***

Las separó. Tomás volvió a hundir la lengua y la sacó arrastrándola hacia arriba, y ella, agarrada al fregadero, empezó a respirar por la boca.

—Voy a hacer que te corras en mi boca.

—Eso ya no sería una guarrería —jadeó—, sería una indecencia.

—¿Algo más que decir?

Amparo ya estaba demasiado caliente para seguir fingiendo.

—Sí. La puerta de la casa no está echada con llave.

Tomás fue a cerrar. Cuando volvió, ella no se había movido del sitio. Él le levantó otra vez el vestido.

—Sujétalo para que no se te baje.

Amparo no solo lo sujetó: se lo quitó por la cabeza y, sin pensarlo dos veces, se quitó también el sostén. Tomás se quedó mirando aquel cuerpo blanco como la leche, los pechos medianos de aréolas rosadas, el vello oscuro que asomaba bajo los brazos y la mata espesa entre las piernas.

—Vaya cuerpo escondías debajo del luto.

Ella estaba ya metida en faena, perdida la vergüenza.

—Nunca he visto a un hombre desnudo.

Tomás se desnudó. Cuando Amparo lo vio con el sexo erguido, abrió mucho los ojos.

—Esa cosa me va a partir por dentro.

—Podría correrme metiéndote solo la punta —dijo él—, pero ya que estoy pecando, lo justo es disfrutar.

La besó con lengua mientras le metía un dedo y empezaba a moverlo despacio. Le lamió los pezones, uno y otro, hasta que ella comenzó a gemir y a temblar. Tomás la miraba a los ojos.

—Si supieras la de veces que me he tocado imaginando tu cara en este momento…

Amparo apenas pudo balbucear.

—Cochino.

Cuando ella terminó, él se puso en cuclillas y le comió el sexo de nuevo, lamiendo hacia dentro hasta que Amparo le sujetó la cabeza con las dos manos y movió las caderas para guiarlo. Estuvieron así un buen rato, él empujando y ella tirando, hasta que las piernas le fallaron otra vez y se corrió con un temblor largo.

—Me corro en tu boca —avisó.

Tomás se incorporó con la cara de quien ha hecho un buen trabajo, le dio un beso corto en los labios.

—¿Dónde quieres que te desvirgue?

—En mi cama.

***

Llegaron al dormitorio. La cama estaba sin hacer. Se metieron entre las sábanas frías.

—Me da un poco de miedo que me hagas daño, cuñado.

Tomás se tumbó y le acercó el sexo a la boca.

—Hazle mimos para que luego no te duela.

—¿Cómo?

—Lame la punta como lamen los perros y chúpala como te chupas los dedos.

—¡¿Así de fácil es hacer una felación?!

—También se coge con la mano y se sube y se baja.

—He oído decir que así es como os tocáis los hombres.

—Has oído bien.

—¿Y qué más se hace?

—También se lamen los testículos. Esos no te los voy a meter en la boca.

—Pero ahí está la leche, ¿no?

—Ahí está.

Amparo lo agarró con torpeza, le lamió y le chupó con unas ganas que sorprendieron al propio Tomás. Al rato levantó la cabeza.

—¿A qué sabe la leche, cuñado?

—No tardarás en saberlo si me sigues chupando así.

Pero ella se apartó.

—No la quiero en la boca. La quiero en el coño.

—En el coño la tendrás.

Tomás se arrodilló entre sus piernas, la sujetó por la cintura, la levantó un poco y le apoyó la punta en la entrada. Empujó suave y solo metió el glande.

—¡Me has reventado!

—Si apenas te metí la punta. Te la voy a meter y a sacar muy despacito hasta que me corra.

La punta entraba y salía. El cuerpo de Amparo se fue abriendo poco a poco, y en nada él ya le metía casi todo el glande. A ella empezaba a gustarle de verdad.

—Métela un poco más.

Le metió todo el glande. Amparo se quejó de nuevo.

—¡Otra vez me revientas!

—¿La saco?

—Sí. Y vuelve a metérmela despacito.

Metiendo y sacando con paciencia, Tomás acabó entrando hasta la mitad. No pudo aguantarse más y se vació dentro de ella.

—Me gusta sentir tu leche dentro —susurró Amparo.

—Y a mí correrme dentro de ti.

—Métela toda.

Se la metió hasta el fondo, y en el fondo terminó de derramarse.

—No la saques. Ahora me quiero correr yo.

Tomás tiró de ella y la puso encima. Amparo subía y bajaba despacio, buscando el ángulo. Como no le llegaba, se mojó dos dedos en la boca, se buscó el clítoris y, al poco, se corrió empapándolo entero. Después se dejó caer a su lado, agotada.

—Dejó de llover —dijo, mirando la ventana.

—Ponte a cuatro patas, que van a caer chuzos de punta.

—No creo que vuelva a llover…

Tomás no la dejó terminar.

—Lloverá. Pero no va a llover agua: va a llover leche dentro de tu coño.

En cuatro fines de semana llovió tanto que, a los nueve meses, Amparo tuvo una niña. Las paredes de la casa, eso sí, se quedaron sin recebar.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios (5)

CarlosVM

buenisimo!!! ojala haya segunda parte

NocturnaCBA

Me encanto el personaje de Amparo, tan bien descripta... te imaginas que existe alguien asi de verdad. Muy bueno!

Miriam_cba

me recorde de mi cuñado jajaja, no tan atrevido por suerte. muy bueno el relato, me quede enganchada

LucasMDQ

la descripcion inicial es perfecta, te imaginas al personaje al instante. buen trabajo

SolMarina_ok

Tremendo, me lo lei dos veces

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.