Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El alquiler que mi madre pagó en mi propia cama

Desde que me marché de casa de mis padres, a los dieciocho, fui siempre celoso de mi intimidad. Por eso, más de diez años después, nunca los había invitado a mi piso, aunque vivíamos a menos de dos kilómetros. Mantenía el contacto justo: era su único hijo. Pero estaba harto de sus peleas eternas, de los reproches con los que intentaban arrastrarme cada domingo a la mesa familiar, y hacía un par de meses que había dejado de visitarlos. Me limitaba a algún mensaje seco, que casi nunca leía entero.

Quizá por ese distanciamiento me sorprendió encontrarla aquella tarde sentada en la puerta de mi edificio, con dos maletas y cara de pocos amigos. No hizo falta que dijera nada para entender lo que había pasado.

—¿Qué ha ocurrido, mamá? ¿Te ha echado el viejo?

—¿A ti qué te parece? Me he ido yo. Estoy harta de aguantar sus tonterías —apagó el cigarrillo contra la suela del zapato—. Tranquilo, solo serán un par de días, hasta que me organice.

—Ya —respondí, sin creérmelo.

¿Organizarse ella? Pilar no había trabajado un solo día en su vida. A sus cincuenta y tres años seguía conservando un tipo que desmentía su edad: bajita, siempre subida a unos tacones imposibles, con unas curvas que el tiempo había ensanchado sin estropear. Tenía esos kilos de más repartidos donde más importaban, y una manera de mirar, entre el desprecio y el cálculo, que no había cambiado desde que yo era niño.

La cosa no me hacía ninguna gracia. Yo tenía mi vida muy bien organizada, con visitas femeninas casi a diario que no convenía mezclar con la presencia de mi madre. Pero algo en su forma de cruzar las piernas al levantarse, en cómo se ajustó la falda al ponerse de pie, me hizo callar la negativa que ya tenía en la boca.

—Anda, pasa —dije al fin, abriéndole el portal.

—Gracias, cariño. Puedes coger las maletas.

***

Las maletas pesaban un quintal, pero las cargué. Tuve premio: subir tras ella por las escaleras me regaló la vista de su trasero meciéndose bajo la minifalda al ritmo de los tacones. Fue probablemente en ese momento cuando empecé a pensar en cómo iba a cobrarle yo la estancia.

El piso tenía dos habitaciones, pero solo usaba la mía; la otra era un despacho con un escritorio y estanterías. La opción lógica para ella era el sofá del salón. Pilar tenía otros planes.

—Supongo que por un par de noches no te importará dejarme la cama, ¿verdad, Damián?

Estaba a punto de mandarla al sofá cuando se detuvo delante de la puerta de mi cuarto y se agachó a rascarse la rodilla. «Ay, cómo pica», murmuró, inclinándose más de lo necesario, dejando que la minifalda subiera hasta donde ya no quedaba nada que imaginar. No fue un descuido. Lo supe por la lentitud con que lo hizo, por la sonrisa de medio lado que esbozó al incorporarse y descubrir el bulto que se me marcaba en el pantalón.

—¿Qué haces ahí pasmado? —dijo, recuperando el tono cortante—. Tengo que deshacer las maletas. Espabila.

Dejé el equipaje en mi habitación. Ella empezó a colocar sus cosas como si la casa fuera suya. Abrió la ventana de par en par, descorrió la cortina —«me gusta que entre el aire»— y comenzó a desvestirse delante de mí sin el menor reparo, «para ponerme cómoda». Verla en ropa interior, con aquel encaje que apenas la cubría, me dejó la boca seca. Y ella lo sabía.

—No te quedes embobado, hijo. Déjame una toalla, que voy a ducharme.

***

El resto de la tarde fue un calvario calculado. Salió del baño con la toalla anudada a la altura del pecho, abierta por el muslo, y al pasar frente al sofá se le entreabrió lo justo para mostrarme, durante un segundo eterno, algo que ninguna madre debería enseñar a su hijo. La sonrisita con que siguió camino de la habitación no dejaba lugar a dudas: cada gesto estaba medido, cada paso ensayado mil veces ante otros hombres.

Cenó como una reina sin ofrecerme nada, comentando un estúpido programa de telerrealidad, y a la hora de acostarme yo aún esperaba, ingenuo, que se acurrucara conmigo en el sofá. En cambio se levantó, dejó los platos sobre la mesa para que los recogiera el anfitrión —es decir, yo— y anunció:

—Me voy a arreglar, que he quedado con una amiga. A ver si me animo, con el disgusto que llevo.

Tres cuartos de hora después apareció con un vestido azul de licra que se le pegaba como una segunda piel, sin sujetador, maquillada como para una guerra. No tenía pinta de ir a llorar la separación con nadie.

—No me esperes despierto —dijo al salir, dejando un rastro de perfume que me persiguió durante horas.

Me dormí en el sofá pasadas las tres. La oí entrar a las cinco, descalza y tambaleándose, susurrando un «ay, joder» tras chocar con una silla. Olía a alcohol y a humo. Tardé una eternidad en volver a conciliar el sueño.

***

Pensaba cantarle las cuarenta a la mañana siguiente, pero durmió hasta el mediodía, desayunó como un camionero y se acostó de nuevo. Por la tarde repitió la jugada: ducha, cena, vestido imposible y otra noche de juerga. Aquello no era un par de días. Era una mudanza encubierta.

A la tercera mañana, mientras dormía, le hice las maletas y las dejé junto a la puerta. Cuando despertó y vio el panorama, su actitud cambió de golpe. Se volvió melosa, cariñosa, se pegaba a mí por los pasillos.

—Uy, qué brazos tienes. Desde luego, a tu padre no has salido —ronroneaba, deslizando los dedos por mi pecho.

El peloteo era tan falso como evidente, pero funcionó. Volví a meter las maletas en la habitación, y ella me lo agradeció como yo deseaba que lo hiciera.

Media hora más tarde la tenía acurrucada en el sofá, su cabeza bajo la mía, fingiendo interés en un documental que a ninguno nos importaba. Su mano empezó a vagar bajo mi camiseta, trazando círculos en mi vientre, bajando poco a poco. Cuando se coló dentro del pantalón de chándal y me rodeó con los dedos, soltó un «vaya» de sorpresa y siguió comentando el documental como si tal cosa.

Estaba a punto de terminar cuando notó los primeros temblores y se detuvo en seco. Me miró con una sonrisa que tenía algo de desafío, me bajó el pantalón y se inclinó sobre mí. Lo que vino después lo hizo con una destreza que no quise pararme a pensar dónde había aprendido.

—Ahora no tengo ganas de más, cariño —dijo después, relamiéndose—. Pero tranquilo, que vas a dormir contento.

Mi mano, por su cuenta, ya había comprobado lo empapada que estaba ella. Bastaron dos caricias para que gimiera bajito y se arqueara contra mis dedos.

***

Aquella noche, cuando se fue a la cama, me invitó a seguirla. Esperé a estar recuperado, cené algo y entré en la habitación a oscuras, iluminada solo por las farolas de la calle. Dormía de lado, dándome la espalda, su silueta una invitación. Me deslicé tras ella en la cama y bastó que presionara apenas para que empujara las caderas hacia atrás, buscándome.

—Hola —murmuró, somnolienta—. Me quedé frita. No pensaba que tardaras tanto.

La besé en el cuello, le acaricié el pecho, y ella facilitó cada movimiento con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que quiere.

—Vamos —dijo, abriéndose para mí.

Entré despacio y luego no tan despacio. Para no dejarme arrastrar por la maestría con que se movía, tomé el control: la levanté, la coloqué a cuatro patas y la sujeté de la melena para acercar su cara a la mía. Empujé con fuerza, con la rabia acumulada de tres días, y ella respondió con un quejido largo que llenó la habitación.

—Así, no pares —jadeó contra la almohada.

Terminé dentro, y al desplomarme sobre su espalda sentí que algo había quedado sellado entre nosotros, algo que ya no tenía marcha atrás. Más tarde, casi al amanecer, me despertó otra vez ella, montada sobre mí, terminando por segunda vez sin haberme pedido permiso. No protesté.

***

A partir de aquel día llegamos a un acuerdo. Cada uno tendría su vida y sus historias, pero si compartíamos piso, compartiríamos también la cama. No era cuestión de desperdiciar nada. Alojamiento y comida a cambio de lo que ella mejor sabía dar. Lo formulamos medio en broma, como una renta absurda, pero los dos sabíamos que iba en serio. En poco tiempo dejamos incluso de fingir que era un trato: simplemente, vivíamos así.

Aprendimos a convivir mejor que en toda mi infancia. Algunas tardes me la presentaba a una amiga de su edad, una vecina aburrida de su marido y curiosa por probar algo distinto. Otras veces era yo quien la incluía en mis propios planes. Pero quedaba una última frontera que yo llevaba semanas rondando, y no me costó demasiado convencerla. Se hizo de rogar, porque disfrutaba haciéndose de rogar, hasta que aceptó como quien acepta un capricho que en realidad muere por darse.

La tarde que crucé esa última puerta no hubo velas ni champán, por mucho que a los amantes de las historias dulces les habría gustado. Llegué del trabajo y me recibió con un conjunto de lencería que no dejaba nada a la imaginación. La besé contra el respaldo del sillón, ella puso el trasero en pompa y dio el pistoletazo de salida con una orden que no admitía réplica. Lo que siguió fue largo, intenso y ruidoso; algún vecino debió de dudar si llamar a alguien. Cuando terminé, se giró, me dedicó una sonrisa de gata satisfecha y se relamió.

—¿Contenta? —pregunté, dándole un cachete cariñoso en la mejilla.

—Mucho, papi. Creo que esto lo repetimos.

—No lo dudes. Pero antes vamos a comer algo, que me muero de hambre.

***

Pasaron las semanas y Pilar se acomodó en el piso como quien encuentra por fin su nido. A mí no me venía mal tenerla siempre dispuesta, pero había un problema. Yo tenía novia, Cristina, la heredera de una de las familias más rancias de la ciudad, y me convenía adelantar la boda antes de que descubriera la clase de tipo con el que se iba a casar. El plan exigía que se mudara a mi piso, y la presencia de mi madre —de cuya verdadera relación conmigo Cristina no sospechaba nada— lo bloqueaba todo.

Fue Pilar la que encontró la salida. Llevaba años alimentando un rencor injusto contra mi padre, el mismo hombre al que ella había engañado durante todo su matrimonio. Había hablado con un abogado —uno de sus «amigos»— y este le había dicho que, alegando maltrato psicológico y unas cuantas humillaciones inventadas, podía quedarse con el piso de ambos. No con la mitad del dinero, ni con pensión: solo con el techo. A ella le bastaba.

—Quizá tendrías que testificar a mi favor —me deslizó una noche—. Decir que viste algún ejemplo de cómo me trataba.

Contra mis principios, que nunca fueron muchos, acepté. Tuvimos suerte: mi padre y su abogado prefirieron pactar antes que airear en un juicio la verdadera naturaleza de su mujer. Le cedieron el piso a cambio de una renta mensual ridícula, casi simbólica. El viejo, que se mudaba a vivir lejos, eligió perder el hogar antes que su dignidad ante un tribunal.

Y así terminó el breve periodo en que mi madre fue, literalmente, mi inquilina.

***

Hace ya un par de años que me casé. Cristina espera nuestro primer hijo y la vida me va de cara. Pero, por ocupado que esté, nunca faltan un par de visitas semanales al piso de mi madre. Mi mujer las tolera, incluso las alienta; está orgullosa de mi devoción familiar, de lo buen hijo que soy.

No sé si pensaría lo mismo si pudiera ver la cara de Pilar cuando me despido de ella, después de cada una de esas agradables visitas. Pero, ya se sabe lo que dicen: ojos que no ven, corazón que no siente.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.