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Relatos Ardientes

El zumo que mi hijo me dejó sobre la mesa

Eliana se anudó la bata blanca a la cintura y sirvió zumo de uva en dos vasos. Su sobrina Catalina estaba sentada a la mesa de la cocina, descalza, masticando un emparedado con esa lentitud distraída que solo tienen los veinte años recién cumplidos.

—Y tendrías que haber visto la cara que puso —dijo Catalina entre bocados—. Como si ella nunca se hubiera tocado de joven.

—Con razón se enfadó tanto.

—No me digas eso, tía.

—Te lo digo. No fue por lo que estabas haciendo. Fue porque dejaste la puerta abierta. En vez de pillarte ella, te podría haber pillado tu padre o tu hermano.

Catalina dejó el vaso a medio camino de la boca. No había pensado en eso.

—¿Te puedo hacer una pregunta íntima?

—No. Soy muy celosa de mi intimidad.

—Entonces no vas a decirme si tienes a alguien.

—Tengo bastante con mi hijo.

Catalina apartó el plato. La luz amarilla de la cocina dibujaba a su tía como una mujer mucho más joven de lo que en realidad era: la melena negra recogida en una coleta, los ojos verdes, una cintura que parecía dibujada a propósito.

—No me extraña. Andrés bebe demasiado y ha engordado una barbaridad.

—Por eso bebe. Las chicas no quieren saber nada de él y él no sabe vivir solo.

—Entiendo.

Eliana se sentó frente a ella y cruzó las manos sobre la mesa.

—Puedes quedarte a dormir. Pero tienes dos opciones: el sofá del salón o mi cama. A Andrés ya hace rato que lo perdió el alcohol, no hay forma de despertarlo.

—Elijo el sofá.

—¿Por qué?

—Porque me conozco.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada, tía. Cosas mías.

Eliana la miró un segundo más de lo necesario y después se levantó a buscar una manta.

—Si cambias de opinión, no me molestas.

—Creo que el sofá me bastará.

***

La noche estaba pegajosa. Catalina se durmió rápido. Tiró la manta al suelo, dejó una pierna colgando, el top subido hasta debajo del pecho. Así la encontró Andrés cuando bajó por una botella de agua a las dos y media de la mañana.

Tenía dieciocho años recién cumplidos, casi un metro ochenta, ciento veinte kilos y una timidez que lo había vuelto invisible. Era la primera vez que tenía un coño desnudo delante. Sintió el calor subirle a la cara y a otra parte mucho más insistente.

Le levantó el top con dos dedos. Los pechos de Catalina se le ofrecieron sin pudor, redondos y firmes. Le rozó un pezón con el dedo medio. Catalina abrió los ojos. Lo vio: su primo, con la verga fuera, masturbándose sin hacer ruido, mirándola como si nunca hubiera visto a una mujer.

Cerró los ojos otra vez. Lo dejó hacer.

Andrés se agachó y le apartó el pantaloncito hacia un lado. No llevaba bragas. Le metió la punta del dedo, le dio una lamida torpe, después una más larga. Se le aceleró la respiración. Se la jaló más rápido y se corrió antes de tiempo. Después huyó escaleras arriba como un ladrón.

Catalina se quedó con el cuerpo encendido y un vacío entre las piernas. Esperó dos minutos. Después se levantó.

***

Eliana dormía boca arriba, destapada, con una camisola fina que no escondía nada. Catalina se desnudó en la oscuridad y se metió en su cama. Eliana despertó al sentir el peso de otro cuerpo en el colchón.

—¿Estaba duro el sofá?

—Dura tenía la verga tu hijo.

—No me digas que quiso follarte.

—Solo me lamió el coño, me metió un dedo, se la jaló y se fue.

Eliana se giró hacia ella. Sus rostros quedaron a un palmo de distancia.

—¿Y tú no le dijiste nada?

—Te lo digo a ti. Si le digo algo a él, con lo apocado que es se muere de vergüenza.

—Tienes que entenderlo. Está muy solo.

—La verdad es que me calentó. ¿A ti no te calentaría que te hicieran algo así?

—Yo no hablo de esas cosas.

Catalina se puso boca arriba. La sábana resbaló. Eliana vio que estaba desnuda.

—¿Estabas desnuda cuando Andrés te tocó?

—No. Estaba vestida.

—¿Y por qué te has desnudado ahora?

—Aquí hace mucho calor.

Eliana encendió la lámpara de la mesilla. La luz amarilla le iluminó el costado.

—Si vestida le hiciste eso al pobre, así te ve y le da algo.

—Yo podría hacer algo para acabar con su soledad.

—¿Qué podrías hacer?

—Echarle un polvo. Para subirle la autoestima.

—¿Harías eso por él?

—Sí. Pero quiero algo a cambio.

—¿Qué?

Catalina respondió con un beso. Le buscó la lengua. Eliana llevaba demasiado tiempo sola y la idea le gustaba más de lo que se atrevía a admitir, pero se hizo de rogar.

—Quieta. Los labios quietos y la lengua dentro. Ahora entiendo eso de que te conocías.

—¿Tan caro te resulta dejarme follarte a cambio de salvar a tu hijo?

—No es caro. Es altísimo.

—Tengo oído que por un hijo una madre hace lo que sea.

—Dudo que ninguna haya hecho lo que tú me pides.

—¿Lo pagas o no?

Eliana no mareó más la perdiz. Se arrodilló en la cama. Catalina se arrodilló detrás de ella, le levantó la camisola, le metió la mano dentro de las bragas y empezó a frotarle el clítoris mientras le besaba el cuello.

—Lo vas a pasar bien. Ya verás.

Después la tumbó, le devoró la boca y le mamó los pechos durante un rato largo. Cuando bajó al coño y lo abrió con los pulgares, lo encontró empapado. Le pasó la lengua plana por toda la hendidura, le rodeó el clítoris con la punta y después se lo lamió entero. Eliana gimió con un sonido que no creía suyo y se corrió en su boca entre sacudidas que la dejaron sin aire.

Catalina, todavía entre sus piernas, levantó la cabeza. Una sombra en la puerta entreabierta le llamó la atención.

—Andrés nos está espiando —susurró Eliana al ver lo mismo.

—Déjalo.

—Está viendo cómo me corro.

—Y cómo te follo. Deja que se haga una paja inolvidable.

—Pero…

—Pon el coño en mi boca, cierra los ojos y córrete para él. Por un rato se olvidará de lo que pesa.

Eliana obedeció. Cerró los ojos, le entregó el coño a su sobrina y mientras Catalina le agarraba los pechos y le pasaba la lengua, se imaginó al chico de pie en el pasillo, masturbándose en silencio. La idea le encendió algo turbio. Movió la pelvis adelante y atrás cada vez más aprisa, hasta que se corrió otra vez en la boca de Catalina con un grito que casi no pudo contener.

Cuando recuperó el aliento, Catalina le agarró la pierna derecha, se la levantó, se acomodó encima y juntó los dos sexos. Frotó uno contra el otro a un ritmo brutal. Miró de reojo a la puerta justo a tiempo para ver al chico retirar la cabeza. Se corrió a la vez que su tía, y un acorde de gemidos llenó la habitación.

En el pasillo, Andrés se corrió por segunda vez en la noche.

***

A la mañana siguiente Andrés salió a trabajar antes de tiempo, para no cruzarse con nadie. Esa tarde llegó a casa antes que su madre. Sirvió zumo de naranja en un vaso largo, bebió un trago y luego dejó caer en el resto un polvo blanco que llevaba meses guardado en un cajón. Lo había comprado en el almacén donde trabajaba a uno de los repartidores: un afrodisíaco prohibido en farmacias, mucho más fuerte de lo que la etiqueta admitía.

Dejó el vaso sobre la mesa de la cocina. Sabía que su madre no soportaba que se desperdiciase un líquido recién servido. Después se encerró en su habitación.

Eliana llegó del trabajo con su traje gris y una blusa blanca de manga larga. Pasó por la cocina, vio el vaso, lo cogió y se lo bebió de un trago. Después subió a buscar a su hijo.

—Tenemos que hablar de lo que le hiciste a tu prima.

—Mañana —contestó él desde dentro—. Hoy no salgo.

—No ganas nada con posponerlo.

—Mañana es otro día.

Bajó al salón resignada. Se quitó la chaqueta, se descalzó, se hundió en el sofá y encendió la televisión. A los pocos minutos comenzó a sentirse extraña. Un calor le subió por el cuello hasta las orejas. El coño le empezó a picar.

¿Qué diablos me está pasando?

Se desabotonó dos botones de la blusa. Se abanicó con las dos manos. Apretó las piernas. Después no aguantó más y se las separó. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y empezó a frotarse el coño por encima de las bragas azules.

Andrés llegó sin hacer ruido. Apareció detrás del sofá, le metió las manos por dentro de la blusa abierta y le agarró los pechos. Eliana abrió los ojos de golpe.

—¿Te ayudo a correrte, mamá?

—¿Tú no te ibas a quedar en tu habitación?

—Es obvio que no.

—Quita las manos de mis tetas.

—Con el calentón que tienes, no creo que quieras que las quite.

Eliana entendió en un segundo lo que había pasado.

—¿Qué le echaste al zumo?

—Algo que te hará olvidar otra vez que soy tu hijo.

—¿Otra vez?

Él rodeó el sofá, se arrodilló frente a ella y le apoyó la cabeza entre los pechos.

—Anoche sabías que te estaba espiando con Catalina. Y te olvidaste perfectamente de quién soy.

Ella fingió sorpresa, pero le falló la voz.

—¿Nos estuviste espiando?

—No te hagas la sorprendida. Me viste tú y me vio ella.

Andrés sacó un pañuelo del bolsillo y le secó el sudor del cuello y del nacimiento del pecho. Al rozarle la piel un gemido se le escapó sin permiso. Eliana se estremeció entera.

—No me toques las tetas, hijo. No me toques las tetas.

—No solo te las voy a tocar. Te las voy a comer. Y después te voy a follar. Si no te saco todo eso que llevas dentro, te puede dar un patatús.

—¿Qué me has dado? —insistió ella, con un hilo de pánico.

—Un afrodisíaco muy potente. El que me lo vendió dijo que, si no descargas, te puede pasar algo serio.

—¿Y aun así me lo diste?

—Para eso estoy aquí. Para que no te pase nada.

Le terminó de abrir la blusa, le subió el sujetador azul y le sopló sobre los pezones. Eliana tembló sin poder evitarlo. Él se inclinó y le mamó un pecho, después el otro. Cada lamida le sacó un gemido más largo que el anterior.

—Me voy a correr, me voy a correr…

Le sacó el pantalón y las bragas. Le juntó las piernas, se las levantó y le lamió el coño hasta que ella se sacudió contra su boca con el rostro empapado.

—¿Mejor?

—Peor.

Él se quitó la bata y se acercó la verga a los labios de ella.

—Hazme una mamada.

—Eso me va a calentar más.

—Abre la boca.

La besó con lengua. Eliana le devolvió el beso sin pensar y abrió. Lo chupó con una avidez que le sorprendió a ella misma. Después él la giró sobre la alfombra, le juntó las piernas y se la metió por detrás. La folló sin pausa. Ella, chorreando sudor, hundió las uñas en la alfombra hasta arrancar pelusa, y se corrió convulsionando.

Andrés todavía no había terminado. Le abrió las nalgas y se la fue metiendo en el culo. Eliana sintió dolor y placer en una sola descarga. Se sujetó la cintura y le ayudó a entrar empujando hacia atrás, hasta que él se vino dentro.

—¡Nooooo!

—¡Sííííí!

La verga seguía dura. Él se había tomado también algo, por si acaso. Con el ano lubricado, la siguiente embestida fue puro placer. Cuando Eliana volvió a correrse, lo hizo gritando como nunca se había permitido.

Después rodaron sobre la alfombra. Él intentó montar un sesenta y nueve. Ella tenía otros planes.

—Ahora me toca a mí.

Lo dejó boca arriba, le agarró los testículos y le llevó la pelvis a su cara. Le lamió el ano mientras lo masturbaba. Después subió encima y lo cabalgó como si hubiese estado entrenando para eso toda su vida adulta. Lo hizo correrse tres veces. La última se le derrumbó encima sin fuerzas.

—¿Echaste todo? —preguntó él.

Eliana, avergonzada y satisfecha en la misma respiración, le contestó:

—Espero que tú hayas echado todo el veneno que llevabas dentro.

***

Una semana más tarde, Andrés y Catalina coincidieron en la boda de un amigo común. Ella llegó con un corsé blanco con cremallera trasera y un pantalón negro de cintura alta. Él, con un traje gris a rayas sin abotonar por razones obvias. Se sentaron juntos. La música obligaba a acercar las cabezas para hablar.

—Eres la primera mujer en mucho tiempo con la que hablo, sin contar a mi madre —dijo él.

—Si fueras gorda lo entenderías.

—Si estuviese gorda follaría con todo lo que pudiera. Yo no perdería el tiempo.

Él se rio sin querer. Por debajo del mantel, le rozó la pierna. Catalina no apartó la mano. Él subió un poco más, hasta tocarle el pubis por encima del pantalón. Ella siguió comiendo langostinos como si no pasara nada.

—¿Vas a volver a zumbarle a mi madre? —preguntó él entre bocados.

—Si se me pone a tiro. ¿Y tú volverías a hacerme lo que me hiciste esa noche?

Él fingió sorpresa.

—¿Estabas despierta?

—Sí.

—Si lo hubiera sabido, no me habría limitado a lamerte. Habría rematado la faena.

—Comamos. Después, si surge, surge.

Entre el segundo plato y el postre, Catalina se levantó.

—Estoy cachonda. Voy al baño.

—¿Quieres que te baje las bragas?

—Si me comes el coño después, sí.

Andrés la siguió. Entró con ella al baño de mujeres. Por suerte estaba vacío. La empujó contra los azulejos, le subió el corsé, le bajó el pantalón y se arrodilló. Le comió el coño con un hambre que no parecía suya. Catalina se mordió la mano para no gritar. Se corrió contra su boca en menos de un minuto.

Cuando Andrés se iba a desabrochar el pantalón, ella se lo impidió.

—Aquí no. Quiero gozar contigo todas las veces que se pueda.

***

En la habitación de un motel, Catalina se quitó el corsé despacio. Andrés se desnudó sin disimular el empalme. Ella le pidió que se tumbara y le puso las manos detrás de la cabeza.

—Vas a parecer un chulo.

—Eso quiero que parezcas, mientras yo sea tu puta.

Le lamió el glande, después se la metió entera. Le chupó los testículos. Volvió a subir. Le mamó la punta con los ojos clavados en los suyos.

—Tu puta te va a ordeñar como a un toro.

—Ordeña, puta.

Lo hizo correrse en menos de cinco minutos. Después se sentó sobre él y le frotó la verga aún flácida contra el coño hasta que volvió a la vida. Le pidió que le lamiera los pezones. Le ofreció el culo y se sentó lentamente sobre él. Andrés sintió el calor apretarlo entero.

—Es lo más grueso que ha entrado ahí —dijo ella con la voz rota.

Se masturbó el clítoris mientras lo cabalgaba. Se corrió empapándole los testículos.

Después él tomó el control. La giró boca arriba, le clavó la verga, no la dejó respirar. Catalina se corrió tres veces seguidas, una detrás de otra, y a la cuarta perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, Andrés estaba vestido, sentado en el sillón del cuarto, fumando.

—¿Qué me pasó?

—Te pasó que nunca te habías encontrado con un hombre de verdad.

Catalina sonrió desde la cama, con el coño todavía latiendo. Andrés le devolvió la sonrisa. Por primera vez en años, no se sintió invisible.

Hoy está delgado. Y casado. Adivinen con quién.

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Comentarios (6)

Carla_Rq

Que relato tan intenso... deje de respirar en la parte del pasillo jajaja. Sigue escribiendo!!

PatricioLect

uno de los mejores que lei en este sitio, de verdad. Saludos

DiegoMar_77

tremendo giro al final, no me lo esperaba para nada. Muy bueno

Meli_Hdez

Por favor que haya continuacion!!! quede con muchas ganas de saber que paso despues

IgnacioBA_99

jajaja ese final me mato. que descaro el chico

NochedeVerano

Excelente!! seguí así

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