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Relatos Ardientes

Mis tíos me llevaron a su cabaña secreta del bosque

Amanecí enredada entre los dos, con la espalda apoyada contra el pecho de Damián y la mejilla de Lorena descansando justo encima de mi corazón. Él me besaba el cuello con una calma perezosa, casi distraída, mientras ella dibujaba círculos lentos sobre mi vientre. No había prisa esa mañana. Por primera vez en semanas, sentí que pertenecía a algún sitio.

—Renata —murmuró mi tía con esa voz aterciopelada que usaba cuando quería decir algo importante—, lo que viste aquella tarde en el hotel no fue una excepción. Es parte de quiénes somos.

Damián asintió contra mi hombro, sin dejar de rozarme la piel con los labios.

—De vez en cuando viene alguna de las chicas de la agencia —siguió ella—. Vienen aquí, a esta casa. Forman parte de nuestro mundo, igual que ahora formas parte tú.

—No te pongas celosa, pequeña —añadió él con una sonrisa que sentí más que vi—. Ahora que estás con nosotros, tú eres la favorita. La que ellas vienen a conocer.

Me quedé sin aliento intentando medir el tamaño de aquello en lo que me había metido. No era solo el triángulo con mis tíos. Era una red entera de deseo en la que yo, la más joven, había pasado a ocupar el centro sin pedirlo y sin querer salir.

***

Esa misma noche sonó el timbre y entró Vanessa. Tenía veinticuatro años y era una de las modelos más cotizadas de la agencia de Damián: estatura media, piernas largas y firmes, una piel canela que contrastaba con mi blancura como la madera con el mármol. Lorena la recibió con un beso en la boca, lento, mientras mi tío observaba desde su sillón con la tranquilidad de quien sabe que todo va a salir como él quiere.

Vanessa no necesitó que nadie la guiara. Se desnudó frente a nosotros con la misma naturalidad con que habría desfilado en una pasarela, sin pudor y sin teatro. El salón cambió de temperatura en cuestión de segundos.

Nos buscamos las cuatro manos a la vez, piel contra piel, y el aire se volvió denso. Lorena y Vanessa se enredaron primero, en una coreografía de mujeres que se conocían bien, bocas y dedos recorriendo terreno familiar. Damián y yo nos sumamos, y lo que siguió fue una confusión deliciosa de respiraciones cruzadas. Mis manos descubrían la firmeza del cuerpo de Vanessa mientras mi tío nos tomaba por turnos, con una energía que me dejó muda.

Empezó con ella. La tumbó de espaldas y se hundió despacio, marcando un ritmo que la hacía arquearse y aferrarse a su espalda con manos y piernas. Lorena, sin perder un instante, se acercó a mí y atrapó mi boca en un beso profundo, sus dedos buscando entre mis muslos hasta arrancarme un temblor que no supe contener.

—Tú eres nuestra niña —me susurró Damián al oído, su aliento caliente—. Y vamos a cuidarte toda la noche.

Me giró con suavidad hasta dejarme sobre las rodillas y las manos. Le gustaba tenerme así, decía que era su posición favorita. Entró en mí de una sola embestida y se me escapó un gemido largo. Empezó a moverse, profundo y constante, mientras Lorena se arrodillaba frente a mí y volvía a besarme, sus dedos jugando con mi clítoris hasta nublarme la vista. Vanessa, a un lado, había pegado la boca al sexo de mi tía.

No sé cuánto duró. Damián terminó con un gruñido ronco, su cuerpo entero tensándose contra el mío, y se retiró. Lorena se deslizó debajo de mí entonces, su lengua recorriéndome despacio, recogiendo lo que él había dejado.

—Ven, Vanessa —pidió mi tía con la voz quebrada.

La modelo se acercó con una media sonrisa, su cuerpo resbalando sobre el mío, y me besó con una ternura que no esperaba. Damián se había recuperado ya y volvía a estar listo. Se acercó a Lorena por detrás, la abrazó pegándola a su pecho, le sujetó los senos y entró en ella con un movimiento lento y deliberado.

—Más adentro —jadeó ella, echando la cabeza hacia atrás para buscarle la boca.

Él obedeció, sujetándola por la cintura, cada vez más rápido. El sudor les daba un brillo distinto, y ver a mi tía perdida entre los dos, con los pechos balanceándose al compás, me encendió de una forma nueva: por primera vez quise poseerla yo. Vanessa se inclinó hacia ella y la besó de frente; Lorena le clavó las uñas en la espalda justo cuando Damián la llevaba al final, los dos cuerpos sacudiéndose juntos. Pero todo aquello, entendí después, era apenas el prólogo.

***

El sábado de madrugada, Lorena tuvo que quedarse en la ciudad por compromisos de la agencia. Nos despidió con una mirada cómplice y una bendición a medias. Damián, Vanessa y yo subimos a la camioneta y pusimos rumbo a una cabaña escondida en lo profundo del bosque.

El lugar era rústico, rodeado de pinos, con un frío que solo servía de excusa para buscarnos calor. Apenas cruzamos la puerta de madera, la ropa empezó a estorbar.

Damián se quitó la camisa frente a la chimenea encendida. Tenía los hombros anchos y el pecho de un hombre que se cuida, y nos llevó a las dos hasta la alfombra. Lo que más me sorprendió esos días fue su vigor; parecía que el aire del bosque le inyectaba una fuerza que en la ciudad no tenía.

Nos colocó a las dos en cuatro, una junto a la otra, con los traseros a su disposición. Mientras se movía dentro de Vanessa con un ritmo que la hacía arquearse, sus manos no dejaban de recorrerme, preparándome para mi turno. Yo observaba de reojo cómo entraba y salía de ella y sentía crecer la impaciencia.

No hubo descanso. Apenas terminaba con una, buscaba a la otra. Sus labios viajaban de mis pechos a los de Vanessa sin pausa, los dientes rozándome los pezones hasta endurecerlos. Yo me incliné sobre ella y la busqué con la lengua, en círculos lentos, mientras gemía y temblaba bajo mi boca y Damián seguía dentro de ella sin tregua. Pasamos la tarde entera en esa rotación. Comíamos fruta y bebíamos vino sobre la alfombra solo para recuperar fuerzas y empezar de nuevo.

Cuando llegó mi turno, me tumbó de espaldas. Sus dedos me exploraron primero y luego entró de una embestida que me cortó la respiración. Le enredé las piernas en la cintura, le clavé las uñas en la espalda y me dejé ir. Terminó dentro de mí con un gruñido sordo, y antes de que pudiera siquiera respirar, Vanessa ya se había deslizado debajo para recogerlo todo con la lengua. El fuego de la chimenea bailaba sobre nuestros cuerpos enredados.

***

El domingo despertamos con el canto de los pájaros, pero la actividad no se detuvo. Damián nos llevó a la habitación principal, donde un ventanal enorme daba directo al bosque.

Descubrimos que mi tío era de verdad incansable. Nos tomó de todas las formas imaginables: en la cama, contra el cristal empañado por nuestro aliento, hasta bajo el agua caliente de la ducha. Vanessa y yo nos mirábamos exhaustas y radiantes a la vez, sin entender de dónde sacaba aquel ritmo que nos llevaba al límite una y otra vez.

Nos pedía posturas que resaltaran las caderas —las mías más redondas, las de ella más firmes— y nos tomaba con la seguridad de un hombre que sabe exactamente lo que hace. En un momento me puso de rodillas sobre la cama, las manos firmes en mis caderas, y entró despacio hasta llenarme. Empezó a moverse profundo, haciendo que mis pechos colgaran y se mecieran con cada empuje. Mis gemidos se mezclaban con los de Vanessa, que a mi lado lo recibía con la boca cada vez que él salía de mí.

Luego se acercó a ella, la empujó con suavidad contra el colchón y se colocó entre sus piernas. Vanessa arqueó la espalda, los pezones duros, mientras él la penetraba con movimientos lentos y medidos.

—Chupa mis dedos —le ordené, y ella obedeció con los ojos cerrados.

Los llevé después a mi clítoris y los froté en círculos sin dejar de mirar cómo Damián se movía dentro de ella. La imagen era tan obscena que sentí el orgasmo acercarse solo. Él terminó con un gruñido, sacudiéndose, y Vanessa lo acompañó casi al instante, convulsionando bajo su cuerpo.

Apenas recuperado, vino a buscarme la boca con un beso largo. Nos movimos hasta el ventanal y el vaho de nuestra respiración empañó el cristal. Me levantó en vilo, mis piernas alrededor de su cintura, y me tomó con fuerza contra el vidrio frío. Saber que momentos antes había estado dentro de Vanessa me hacía sentir descarada, y me gustó.

—No puedo más —jadeé, temblando entera.

Él sonrió y me llevó de vuelta a la cama, donde Vanessa ya nos esperaba.

***

Por último, Damián se recostó boca arriba y nos ordenó que nos acercáramos a él de rodillas, con los traseros apuntando hacia su cara, para que las dos lo atendiéramos a la vez. Vanessa y yo nos turnábamos, casi como en una competencia silenciosa por quién se quedaba con él, mientras él nos acariciaba las nalgas y nos recorría con las manos.

—Son un par de criaturas preciosas —decía, con la voz ronca—. Háganme terminar y no desperdicien nada.

Mientras una lo tomaba con la boca, la otra le recorría la base con la lengua. Sentimos cómo se tensaba, sus manos aferrándose con más fuerza, y entendimos que era el momento. Las dos abrimos la boca y lo recibimos casi a la vez. Él suspiró y nos habló con un tono de pronto mucho más dulce:

—Déjenme ver cómo se besan, niñas.

Vanessa y yo nos pusimos frente a frente, nos abrazamos pegando los pechos y nos fundimos en un beso largo y desordenado, nuestras lenguas peleando sin tregua. Después miramos a Damián con una sonrisa de complicidad y nos dejamos caer una a cada lado de él.

***

Emprendimos el regreso el domingo por la tarde. Vanessa y yo íbamos recostadas en los asientos de atrás, agotadas, con una sonrisa que no se nos borraba. Mi piel todavía guardaba las marcas de sus manos y el cuerpo entero me vibraba, pidiendo en silencio más de aquella intensidad.

Damián conducía callado, con esa calma intacta, como si no hubiera pasado dos días enteros entregado a nosotras.

—¿Están listas para cenar con Lorena? —preguntó con voz firme y relajada.

Vanessa y yo nos miramos. Las dos sabíamos lo mismo sin decirlo: aquello no era un final. Era apenas el principio de una vida donde el deseo iba a ser nuestra única regla.

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