Me enamoré de mi propia hija y no sé cómo decírselo
Me llamo Carmen y tengo cuarenta y nueve años. No escribo esto para que nadie me entienda ni mucho menos para que me perdonen. Escribo porque necesito sacarlo de dentro antes de que me consuma. Lo que voy a contar es lo que siento por mi hija Lucía, y todavía no sé cómo va a terminar.
Vivimos en un pueblo de la costa cantábrica que prefiero no nombrar. Soy alta, de piel aceitunada, melena rubia ya con algunas canas escondidas y ojos color avellana. Heredé el cuerpo de mi madre: caderas anchas, hombros estrechos y unos pechos grandes que ya no son los de antes pero que aún se notan bajo cualquier blusa. Estudié medicina y ejercí algunos años, pero la herencia de mis padres me permitió retirarme pronto y dedicarme a leer, a cuidar el jardín y a criar a mi hija sin prisa.
Nunca me acosté con un hombre. Desde adolescente supe que eran las mujeres las que me hacían latir el cuerpo entero, y con los años aprendí a llevarlo con naturalidad. He tenido amantes ocasionales, alguna pareja estable, una historia de cinco años con una profesora de filosofía que terminó en un puerto francés sin demasiado drama. Pero jamás, en mis casi cincuenta años, había deseado a nadie como ahora deseo a Lucía.
Mi hija tiene diecinueve años y estudia segundo de medicina. Es más bajita que yo, de pelo castaño que le cae en ondas hasta los hombros, ojos azules muy claros y un cuerpo menudo de pechos pequeños y firmes. Decidí ser madre sola, fui a una clínica de fertilidad en Barcelona y elegí un donante anónimo. Lo único que sé de él es que era alto, rubio y tenía los ojos claros, y de ahí sacó ella esa mirada que parece estar siempre pidiendo perdón por algo.
Lucía es lo mejor que he hecho en mi vida. Cariñosa, atenta, brillante. Me llama varias veces al día solo para contarme tonterías de la facultad. Cuando vuelve por las tardes se sienta a mi lado en el sofá y apoya la cabeza en mi hombro, y yo le acaricio el pelo sin atreverme a respirar demasiado fuerte. Siempre me ha dicho que soy su referente, su mejor amiga, la mujer que más admira en este mundo. Y yo, durante años, fui solo eso: su madre.
No sabría decir cuándo cambió todo. Fue gradual, como un río que se desborda sin que nadie lo vea hasta que ya está dentro de la casa. Quizás empezó el verano pasado, cuando la vi salir del mar en biquini y me quedé mirándola más segundos de los que una madre debe mirar. Quizás fue antes, cuando se mudó del cuarto infantil al de invitados y empezó a dejar la puerta entreabierta. O quizás fue una noche cualquiera, viendo una película en la oscuridad del salón, sintiendo el calor de su muslo pegado al mío.
El caso es que llevo meses sin dormir. Meses imaginándola desnuda. Meses encerrándome en mi habitación para masturbarme pensando en su boca, en sus pechos pequeños y duros, en la línea de vello rubio que asoma cuando se estira por la mañana. Meses preguntándome si soy un monstruo o si simplemente soy una mujer que se enamoró de la persona equivocada en el peor momento posible.
***
Esta mañana, antes de bajar a la cocina, decidí que no podía más. Que la situación me estaba envenenando por dentro. Que tenía dos opciones: alejarme de ella durante un tiempo, inventarme un congreso en Lisboa o en Roma y dejar que el deseo se apagara con la distancia; o, al contrario, jugármelo todo y averiguar si lo que siento es solo mío.
Bajé a preparar el café. La luz de la mañana entraba oblicua por la ventana y dibujaba franjas doradas sobre el suelo de madera. Llené la cafetera, puse pan en la tostadora y escuché los pasos descalzos de Lucía bajando las escaleras.
—Buenos días, mamá —dijo con esa voz dulce y todavía pastosa de sueño.
—Buenos días, mi vida. ¿Café y tostada?
—Sí, por favor.
Llevaba una camiseta blanca de algodón y unas braguitas color menta, casi transparentes. Sin sujetador. Sus pezones se marcaban bajo la tela y el dibujo de su vello púbico se adivinaba apenas, una sombra clara entre las piernas. Me obligué a darle la espalda y apreté el filo del mármol con las dos manos para que no me temblaran.
No puedes seguir así, Carmen. No puedes.
—Cariño —dije sin volverme—, había pensado en irnos este fin de semana a la casa de campo. ¿Te apetece?
Lucía dio un sorbo al café antes de contestar.
—Me encantaría, mamá. No tengo nada esta semana y echo de menos ese sitio. Podríamos pasear por la playa y cenar en el pueblo.
—Iremos al Mirador, si quieres. Aquel restaurante al que te llevé hace dos años.
—Sí, ese me gustó muchísimo. Me apunto.
Cuando por fin me giré, ella estaba untando mantequilla en la tostada con una concentración seria, mirando al plato como si fuese un examen. Tenía un mechón cayéndole sobre la mejilla. Pensé en apartárselo, en pasarle el pulgar por el labio inferior, en decírselo todo de golpe ahí mismo, en el desayuno, con ella en bragas y yo en bata. Pensé que sería el peor momento posible. Pensé que el fin de semana, en aquella casa frente al mar, era mi última oportunidad de hacerlo bien.
—Voy a ducharme —dije—. Cuando termines, preparamos el equipaje.
—Vale, mamá.
***
El agua caliente me hizo bien. Cerré los ojos y dejé que el chorro me bajara por la nuca, por la espalda, por la curva de las nalgas. Pero la imagen de Lucía no se iba. Sus pezones bajo la camiseta. Sus muslos cruzándose despacio cuando se sentaba en la banqueta. La forma en que se chupaba el pulgar después de probar la mermelada, sin darse cuenta de que yo la miraba desde la otra punta de la cocina.
Sin pensarlo, me pasé las manos por los pechos. Los pellizqué, los apreté, sentí los pezones endurecerse hasta casi doler. Bajé la mano derecha por el vientre y la metí entre los muslos. Estaba empapada. No del agua. De ella.
—Lucía —susurré, y mi propia voz me dio vergüenza. Pero no paré.
Empecé a frotarme el clítoris con dos dedos, en círculos lentos, igual que cuando una se castiga a sí misma con un placer que no debería existir. Imaginé que era ella quien me tocaba. Imaginé sus uñas pintadas de rosa pálido, sus manos pequeñas, su boca diciéndome al oído que llevaba años esperando que se lo pidiera. Metí los dedos despacio, primero uno, después dos. Encontré ese punto que siempre encuentro sola y empecé a apretar.
—Te amo, hija mía, te amo, te amo —dije entre dientes, con el agua corriéndome por la cara, y me corrí con un temblor sordo, mordiéndome el labio para no gritar.
Me quedé un rato apoyada en los azulejos, jadeando, asustada de mí misma. No por lo que había hecho —ya lo había hecho muchas otras veces— sino por la certeza tranquila que se me había instalado dentro: este fin de semana iba a contárselo. No podía seguir así ni un día más.
—¿Mamá, te falta mucho? —La voz de Lucía sonó al otro lado de la puerta del baño.
Me sobresalté tanto que casi resbalo en el plato de ducha.
—Cinco minutos, cariño.
—Vale, voy preparando las maletas. ¿Llevo el bañador?
—Sí, mi amor. Llévalo.
Cerré el grifo. El silencio de pronto era enorme. Me envolví en la toalla y me miré al espejo empañado: una mujer madura con el pelo pegado a la cara, los ojos brillantes, los labios todavía hinchados por habérmelos mordido. Una mujer que ya había tomado una decisión y que no iba a volver atrás.
***
Cargamos el coche a media mañana. Lucía se había puesto un vestido corto de lino azul, sandalias planas y unas gafas de sol enormes que le tapaban media cara. Se metió en el asiento del copiloto, subió los pies al salpicadero como hace desde niña, y puso una playlist suya con canciones que yo no conocía.
—Cuéntame algo, mamá. Llevas toda la semana rara.
—¿Rara cómo?
—Como ausente. Como si te pasara algo y no me lo dijeras.
Apreté el volante. La carretera bordeaba el mar y las olas rompían a la izquierda con un ritmo terco, blanco contra gris.
—Te lo cuento en la casa —dije—. Cuando lleguemos.
Ella se quedó mirándome unos segundos, seria, sin sonreír.
—¿Es algo malo?
—No lo sé, hija. Eso depende de ti.
Lucía no contestó. Bajó los pies del salpicadero, se cruzó de piernas y se quedó observando el paisaje. Yo la miré de reojo: el perfil tan parecido al mío y a la vez tan suyo, la curva de la oreja pequeña, la peca diminuta al lado del cuello que llevaba años deseando besar. Pensé que tal vez en unas horas todo se rompería. Que tal vez ella se levantaría de la mesa y me llamaría enferma y se iría. Que tal vez no volvería a hablarme nunca.
O tal vez no.
El cartel del pueblo apareció a lo lejos. La casa estaba a tres kilómetros del centro, en un alto desde el que se veía la playa entera. Aceleré un poco. El corazón me iba a doscientos. Lucía bajó la ventanilla y dejó que el aire le revolviera el pelo, y sonrió sin mirarme, como si supiera algo que ni siquiera ella sabía aún.
En unas horas estaríamos solas en aquella casa frente al mar, sin más testigos que las gaviotas y el ruido constante de las olas. En unas horas le iba a decir lo que llevaba meses callando. Y por primera vez en mi vida, no tenía ni la más mínima idea de qué iba a pasar a continuación.