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Relatos Ardientes

Mi tía decía que por detrás no contaba como engaño

La imagen reflejada en el espejo del armario era el resumen de varios meses de paciencia. Bruno se quedó quieto, mirándola, saboreando lo que había construido paso a paso desde aquel comienzo desalentador.

En la cama de matrimonio había dos mujeres a cuatro patas, una de unos cincuenta años y otra que apenas pasaba los veinte. Madre e hija. Ambas de caderas anchas y pechos generosos, con las caras enfrentadas, mientras dos hombres las sujetaban de las nalgas y empujaban sin tregua.

Por la mueca de las dos, la lengua fuera y las lágrimas resbalando, no era difícil adivinar que las penetraban por detrás. El cabecero golpeaba la pared como un tren de mercancías.

—Puta la madre, puta la hija —murmuró Bruno, y volvió a embestir.

Para entender cómo había llegado todo a ese punto hay que volver atrás, varios meses, al día en que Remedios convenció a su marido.

***

Heriberto dirigía una empresa de software y era, sobre todo, un hombre recto. No le entusiasmaban los enchufes. Por eso, cuando su esposa Remedios le pidió que metiera en la plantilla a Bruno, su sobrino recién licenciado, la primera respuesta fue un no rotundo.

Remedios encajó mal aquella negativa. Durante dos días lo trató con una cortesía gélida, esa frialdad educada que reinaba en la casa. Al tercero, Heriberto cedió: había una baja, una vacante de mando intermedio, y quizá el chico encajara. Su mujer lo abrazó como si le hubieran perdonado la vida y, de paso, ofreció alojarlo en el piso. Espacio sobraba: solo vivían ellos y Noelia, su hija, licenciada hacía poco y empleada en un laboratorio de la ciudad.

Heriberto tragó saliva y sonrió. No conocía demasiado a su sobrino, pero tras la guerra fría de aquellos días prefirió callarse las dudas.

Bruno llegó como un soplo de aire fresco. Tenía veinticinco años, era alto, fornido, deportista, y desplegaba una amabilidad que conquistó hasta al desconfiado Heriberto. En aquella familia conservadora y beata —misa los domingos, bendición antes de comer, rezo antes de dormir— el chico fue una variación alegre en una rutina aburrida.

Lo que la familia no sabía era que a Bruno la religión le resbalaba por completo. Su único interés real eran las mujeres, y al instalarse allí entendió que había pinchado en hueso. Ni podía llevar ligues a casa, ni tenía dinero para un apartamento. Para alguien acostumbrado a no dormir solo, empezó una larga sequía.

El hambre afina el ingenio. Empezó a mirar a las dos mujeres de la casa de otra forma. La tía, Remedios, le pareció el blanco más sencillo: inocente, ingenua, ese tipo de madura opulenta que a él lo encendía. La prima, Noelia, era una chica de hoy y parecía más difícil. Decidió empezar por la tía.

***

No fue fácil. Remedios no era inmune a su sobrino —ese era el problema—, pero la frenaban la moral y una incorruptibilidad que desarmaban todos sus trucos.

Bruno aprovechaba cada hueco en que Heriberto y Noelia no estaban. Se paseaba en calzoncillos marcando bulto ante el rostro encendido de su tía. Se duchaba con la puerta abierta y, ya empalmado, la llamaba con el viejo cuento de la toalla olvidada, dejando que viera de refilón lo que su marido jamás había tenido. Ella alargaba la mano sin mirar y salía corriendo.

Jugaba con ventaja, convencido de que aquella mujer tímida sería incapaz de contarle a nadie el acoso. El siguiente paso fue por las mañanas, cuando el coche de Heriberto salía del garaje. Se colocaba detrás de Remedios en la cocina, le apretaba el bulto contra el trasero y le besaba el cuello mientras ella temblaba.

—No, Bruno, por favor —susurraba—. Soy tu tía. No me hagas esto.

Pero los pezones se le marcaban bajo la tela y el cuerpo le sudaba, desobedeciendo a su cabeza. La escena se repetía cada día. Bruno encontraba luego las bragas húmedas en el cesto de la ropa sucia y sonreía: la fruta estaba madura, a punto de caer.

***

Un lunes decidió poner las cartas sobre la mesa. Cuando ella volvió a apartarle la mano que ya se colaba bajo su ropa, él la encaró.

—¿A ti qué te pasa? Te paseas medio desnuda para ponerme cachondo y luego te haces la santa.

—No puedo, Bruno. Soy una mujer casada. Y soy tu tía. No puedo hacerle esto a tu tío.

—Déjate de historias. Nadie tiene por qué enterarse. Y mira la mancha que tienes ahí: te mueres de ganas.

—Es contra mi voluntad —respondió ella, cerrando las piernas.

—Mira, o arreglamos esto entre nosotros, o mañana hago la maleta y me voy. Y si alguien me pregunta por qué, le diré la verdad: que me provocabas y que yo no quise ponerle los cuernos a mi tío.

Remedios se quedó pálida. Bruno olió la sangre y bajó el tono, conciliador.

—Pero podemos llegar a un acuerdo. Entiendo tu fidelidad a Heriberto. Hay formas de satisfacer a un hombre sin faltar a tus votos. No hace falta que te la meta en el coño para que disfrutes. ¿Entiendes?

Mientras hablaba, su mano ya recorría el trasero tembloroso de la mujer, y esta vez ella no reaccionó.

—Tócate —le dijo al oído—. Yo me ocupo de lo demás.

Remedios bajó la mano, aturdida, y empezó a acariciarse. Él le sobaba los pechos, le besaba el cuello, le tanteaba la entrada de atrás con un dedo. La mujer no tardó ni un minuto en temblar y correrse con un gemido ahogado, mirándolo casi llorosa, como si le pidiera perdón por su propio orgasmo.

—¿Ves cómo es más fácil de lo que parece? —Bruno se bajó la ropa interior—. Cógela.

Ella se agarró a su sexo como a una tabla de salvación. Lo manejó con torpeza, asustada, hasta que él terminó entre los dos cuerpos con una descarga abundante. Cuando la corrida pasó, Bruno le acercó a la boca el mismo dedo que minutos antes le había tanteado el culo. Remedios lo chupó sin enterarse de nada, todavía en shock.

—Esto no es engañar a tu marido —dijo él, y la besó. Ella le correspondió con un entusiasmo que la delataba—. Esto no cuenta.

***

Para Bruno, conservar intacta la castidad de su tía no fue ningún problema. Le bastaban la boca —cada vez más hábil— y el culo, suave y acogedor. Lo esencial era tener a una mujer sumisa, dispuesta a tragárselo todo a cambio de la mentira con que ella se protegía: que sin penetración vaginal no había adulterio.

Porque, ¿quién que la viera con la cara llena de él podía creer que aquello no le crecía la cornamenta al pobre Heriberto? Remedios cambió. Se depiló del todo, se hizo un par de tatuajes y dos piercings de los que colgaban crucecitas que se balanceaban cuando él la tomaba a cuatro patas. La beata de misa dominical tenía una cara B de mujer desatada que disfrutaba en cadena, aunque después llorara de remordimiento.

A Bruno le encantaba ese llanto. Le hacía fotos justo después, con la cara descompuesta, y la insultaba para humillarla más.

—Deja de lloriquear, que te has corrido tres veces. Más que en toda tu vida con el infeliz de tu marido.

Ella agachaba la cabeza, notaba un nuevo latido entre las piernas y se acariciaba otra vez. Él sonreía, satisfecho.

—Así me gusta. Que seas feliz.

***

Las tardes de bolos de Heriberto eran las mejores. El hombre tenía su club, sus torneos, y se ausentaba durante horas. Noelia estudiaba o salía con su novio, así que la casa quedaba libre. Empezaban con una felación en el sofá, seguían con el resto, y Remedios se montaba ella misma o se ponía de lado, siempre acariciándose al mismo tiempo.

Una de esas tardes la cosa se complicó. El televisor sonaba alto y ninguno de los dos oyó la puerta. Cuando la luz se encendió de golpe, en el umbral estaba Noelia, boquiabierta. Le habían adelantado la salida.

La escena no era familiar ni edificante: su madre, la mujer recatada de la casa, sujeta del cuello mientras su sobrino la tomaba por detrás en el sofá. Remedios intentó incorporarse para hilvanar alguna excusa imposible, pero Bruno, perdido en su excitación, le apretó el cuello y volvió a hundirse en ella.

—¿Qué haces, puta? —gruñó, sin soltarla.

Algo cambió en Noelia. A la sorpresa y el reproche se sobrepuso una fascinación que no podía controlar: la forma en que su primo dominaba a su madre, el tamaño de lo que había visto cuando ella trató de escapar. Una mancha se le extendió por la entrepierna de los vaqueros, tan evidente que la pareja del sofá la notó sin dejar de moverse.

—¿Qué, prima? —Bruno sacó el sexo del cuerpo de Remedios y lo dejó a la vista—. ¿No te gustaría probar?

Aquella segunda imagen fue definitiva. Noelia se desabrochó los vaqueros y bajó la mano. Su madre la miraba paralizada. Bruno acercó la cara de Remedios y le escupió en la mejilla.

—Lo sabía. Puta la madre, puta la hija.

Remedios encajó el salivazo y volvió a cerrar los ojos, concentrada en su placer y derrotada como madre. Noelia se quitó la ropa: más moderna que su progenitora, llevaba lencería burdeos sobre unos pechos algo menores pero firmes y un trasero ancho que pedía guerra a gritos. También iba depilada del todo.

—¿Quieres? —preguntó él, aunque la respuesta sobraba.

Apartó a Remedios a un lado y sentó a Noelia junto a él. La chica se inclinó sobre su regazo y se lo metió en la boca sin asco al sabor ni al olor, devorándolo con una destreza que dejaba claro que no era, ni de lejos, el primero. Cuando él le tanteó el culo, comprobó lo mismo: la chica no era virgen de ningún lado.

—Venga, a cabalgar.

Noelia se sentó a horcajadas y se ensartó con un rugido ronco. Sus pechos bailaban, los ojos en blanco. Bruno no perdía de vista a Remedios, en cuclillas sobre la alfombra, acariciándose con la boca abierta y un hilo de saliva.

—Eh, deja de mirar y come el culo de tu hija.

Tuvo que repetírselo. A la segunda, la mujer gateó hasta ellos, abrió las nalgas de Noelia y se aplicó sin pudor, lamiendo al ritmo de las embestidas. Diez minutos después, Bruno reconoció en su propia respiración la señal de siempre.

—Levanta, que le toca el regalo a tu madre.

Alzó a Noelia y ofreció su sexo a la boca de Remedios, que lo recibió agradecida. Terminó con una descarga tan abundante que él mismo se sorprendió.

—No te lo tragues —jadeó—. Tienes que compartirlo.

Las colocó frente a frente y grabó con el móvil el traspaso de una boca a otra. Las obligó a repartírselo, a enseñarlo a la cámara, a tragárselo y abrir la boca vacía. Como remate, las hizo besarse; el beso terminó encendiéndolas a las dos, que volvieron a llevarse la mano entre las piernas.

—Espabilad y arreglad el salón —dijo Bruno, mirando el reloj—. En media hora aparece el cornudo con su trofeo. Y ventilad, que apesta. Me voy a la ducha.

Noelia rió. Remedios, roja de vergüenza, fue a abrir la ventana. Su hija se fijó entonces en los tatuajes que cubrían el trasero materno y pensó en la nueva normalidad que se avecinaba en la familia.

***

Aquello fue un punto de inflexión. Remedios creyó que su sobrino la dejaría en paz por la novedad de Noelia, pero Bruno tenía energía de sobra para las dos. A la tía se la seguía trabajando por las mañanas; a la prima la recibía de noche, en habitaciones contiguas y lejos del dormitorio del marido.

Aun así, le rondaba la idea de repetir aquella primera vez con las dos a la vez. Incluso pensó en invitar a alguien. La ocasión llegó cuando el club de Heriberto se clasificó para la final regional: todo un fin de semana fuera, en otra ciudad.

El hombre habría querido que la familia entera lo acompañara, pero Bruno se encargó de que cada una pusiera su excusa. Noelia inventó una escapada; él, trabajo pendiente; Remedios, una vecina con la pierna rota a la que debía cuidar. Heriberto, convencido del buen corazón de su esposa, se lo tragó todo y partió un sábado a las nueve de la mañana, sin sospechar lo que iba a crecer su cornamenta esas horas.

El invitado era Onofre, un contable veterano de la empresa, sesentón, basto y mujeriego, que meses atrás había ayudado a Bruno a tapar un error que pudo costarle el puesto. Bruno le debía el favor, le caía bien y compartía con él la misma mirada depredadora. Onofre aceptó encantado: no solo por las dos mujeres servidas en bandeja, sino porque conocía a Remedios desde que fundó la empresa junto a Heriberto, y porque ponerle los cuernos a su antiguo socio —el que había prosperado mientras él se estancaba— le sabía a justicia poética.

Media hora después de marcharse Heriberto, Onofre llegó cargado de pastas para el desayuno y bien provisto de pastillas. Recibió a Remedios con un manoseo descarado; ella, con la cabeza gacha y risitas nerviosas, no pudo evitar humedecerse cuando el viejo le metió la lengua hasta el fondo y le apretó las nalgas que se desbordaban del tanga. Noelia fue más acogedora, se arrimó y, al pasarle la mano por la entrepierna, abrió mucho los ojos.

—Es enorme —murmuró, sin disimular el entusiasmo.

Y así, frente al espejo del armario de tres cuerpos, bajo el crucifijo que presidía la cama del matrimonio, empezó el mejor fin de semana que Bruno recordaba. Dos hombres, una madre y una hija a cuatro patas, las caras tan cerca que el dolor y el placer terminaban fundiéndolas en un beso húmedo y largo.

Cuando los rostros se rozaron bajo aquella cruz, Bruno se corrió por fin, se derrumbó sobre la espalda de su tía y la oyó volver a buscar la boca de su hija. Las dos sabían ya que, mientras él lo decidiera así, nada de aquello contaba como pecado.

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Comentarios (5)

DiegoMF

Que relato... me dejaste sin palabras. Tremendo de verdad.

Marcos_Cba

Por favor segunda parte!! me quede con ganas de mas, el final fue muy bueno

Fran_2020

Muy bien narrado, se siente autentico. Espero leer mas cosas tuyas por aca pronto.

PatoViejo23

increible!!! me encantó

CamilaRdz

No me lo esperaba asi, que final. Muy bueno, sigue subiendo relatos.

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