La madrugada que todo cambió con mi madre
Hay imágenes que no se piensan, se sienten en la sangre. Se quedan grabadas como una cicatriz que arde cada vez que cierro los ojos o escucho el agua de la regadera correr al otro lado de la pared. Acababa de cumplir dieciocho años y tenía la prisa torpe de un muchacho que solo quería bajar a la calle a patear una pelota con los del edificio.
Entré a su cuarto de golpe, gritando, buscando los tenis que ella siempre guardaba en el clóset para que el departamento no fuera un desastre. Adriana, mi madre, acababa de salir del baño. Estaba de espaldas, completamente desnuda, secándose el cabello castaño con una toalla pequeña. El impacto me detuvo el corazón: la blancura de su espalda sembrada de pecas, la curva ancha de sus caderas, el peso de unos pechos firmes que asomaban por el costado.
Se giró al escuchar el portazo. No gritó ni me regañó. Se llevó la toalla al pecho, cubriéndose a medias, con esa naturalidad desarmante que siempre la ha definido. Sus ojos verdes me miraron con una calma que me hizo sentir más intruso que hijo.
—Ándale, Mateo, saca tus tenis y déjame vestir —dijo con voz suave, sin una pizca de enojo—. Y para la otra tocas antes de entrar, ¿va? Que ya no estás chiquito.
Asentí como un idiota, agarré los tenis y salí casi tropezando. Pero en ese segundo antes de que se cubriera, mis ojos ya habían hecho su trabajo. Esa tarde no busqué a mis amigos. Me encerré en mi cuarto, puse el seguro y, con el pulso disparado, me toqué pensando en ella por primera vez en mi vida. Inauguré así un ritual de deseo y secreto que repetiría en la penumbra mil veces más.
***
A partir de ahí, mi vida se convirtió en una cacería silenciosa. Cada vez que Adriana cruzaba el pasillo con esa libertad suya, cada vez que el olor de su jabón de gardenias inundaba la casa, mi cuerpo reaccionaba con una lealtad oscura que me daba asco y hambre al mismo tiempo. Pero lo peor no era verla. Lo peor era escucharla.
Las paredes de nuestro departamento en la Escandón eran de papel, un chiste de arquitectura que me obligaba a ser testigo de su vida entera. Durante esos años vi desfilar una procesión de hombres mediocres: el tipo del gimnasio que olía a sudor rancio, el «licenciado» de las flores baratas, el arquitecto que se creía dueño del mundo. Los odiaba a todos con una bilis caliente que me subía por la garganta.
Mi odio, sin embargo, era una trampa. En cuanto la puerta de su habitación se cerraba y empezaba el ritmo sordo de la cabecera contra el muro, la furia se transformaba en una excitación incontrolable. Me quedaba quieto en mi cama, a oscuras, con el oído pegado a la pared, escuchando cómo se entregaba. Y mi mano se movía con una violencia desesperada, sustituyendo en mi cabeza al hombre que estaba con ella. No quería que parara; quería que gritara más fuerte.
Me hice un experto en su geografía sonora. Reconocía el momento exacto en que llegaba al orgasmo, ese punto de quiebre donde su voz de madre desaparecía para dejar salir a la mujer que me había marcado años atrás.
***
Para cuando cumplí veintidós, el fútbol y la genética me habían dado un cuerpo delgado pero firme, la piel tostada por las tardes de cascarita y una estatura que ya me permitía mirarla directo a esos ojos verdes que parecían tragarse la luz.
Ella, a sus cuarenta y uno, estaba en la plenitud de su rotundez, más segura de su poder, con esas curvas que parecían crecer a propósito para llenar cada rincón del departamento. Adriana siempre había sido excesivamente cariñosa. Para ella los límites físicos no existían: me abrazaba por la espalda mientras yo lavaba los platos, me daba besos ruidosos en la mejilla, se sentaba tan cerca en el sillón que sentía el calor de sus muslos a través de la ropa.
—Mi Mateo —me decía, envolviéndome en un abrazo largo, aplastando su pecho contra mi espalda—. ¿Qué voy a hacer el día que te me vayas con una vieja? Me muero de tristeza.
Yo me quedaba rígido, los puños cerrados, respirando el aroma de su pelo y ese rastro de gardenias. Lo hacía desde el cariño, o eso quería creer. Para mí, cada abrazo era una descarga que me recordaba lo frágil que era mi autocontrol. Había intentado curarme con chicas de mi edad, cuerpos lisos y sin historia, pero mientras las besaba cerraba los ojos y solo veía pecas. Al terminar me sentía vacío, clavado en la mujer que me esperaba en casa para cenar.
***
Era temporada de Mundial y la ciudad hervía. Ese viernes Adriana llegó de la oficina con un vestido de lino verde que me quitaba el sueño; se le ajustaba a las caderas de un modo casi obsceno. Compramos cervezas para aguantar el desvelo, porque el partido de la selección era de madrugada y queríamos verlo con la lengua suelta por el alcohol.
A medianoche se fue a cambiar para estar «cómoda» y salió con una pijama de algodón gris, de pantalón ancho y tiro bajo. La tela le quedaba floja, pero en su cuerpo cualquier prenda cobraba un peso distinto. Cuando se estiró sobre el desayunador para alcanzar otra cerveza, la playera se le subió por la espalda y, donde el pantalón cedía por la gravedad, vi la línea profunda de sus nalgas, una frontera de piel blanca y pecosa que devoré desde el sillón.
Vimos el partido entre gritos. Cuando llegó el gol, saltó sobre mí y sentí el peso de sus pechos aplastándose contra mi pecho. Para el silbatazo final ya nos habíamos terminado las cervezas y el cansancio se mezclaba con el calor del alcohol.
—Mateo, me duelen las piernas hasta el alma —dijo, soltando un bostezo largo, y sin esperar respuesta subió las piernas sobre mi regazo—. Ándale, dame un masajito, no seas gacho.
Empecé por los pies y subí por las pantorrillas. Mis manos se perdían en la suavidad de su carne y ella soltaba un «mmm» que me recordaba los gemidos de la pared. Al estar acostada de lado, con las piernas pesadas sobre mí, sus pantorrillas quedaban justo encima de mi entrepierna. Con cada presión de mis dedos, mi erección, que ya era una piedra, empujaba contra ellas.
Era imposible que no lo sintiera. Y no se quitó. No se escandalizó ni se acomodó la pijama que se le seguía escurriendo. Al contrario, dejó caer más el peso de sus piernas sobre mí, hundiéndose en mi bulto con una parsimonia que me estaba volviendo loco. Esa noche me quedé mirando el techo, preguntándome si ella, del otro lado de la pared, también se estaría tocando pensando en lo mismo.
***
Al día siguiente fuimos al cumpleaños de Susana, su mejor amiga. La terraza olía a carne asada y los caballitos de tequila no dejaban de circular. Adriana era la reina de la reunión, con un vestido floral que se le ajustaba al busto. Sus amigas me habían visto crecer; me recordaban como el niño de los brackets. Esa tarde el tequila les cambió la perspectiva.
—¡No manches, Adriana! ¿En qué momento se puso así de guapo tu Mateo? —soltó Susana, recorriéndome con una mirada que me dejó desnudo bajo la playera.
Mi madre soltó una risita, pero no era la de una madre orgullosa. Era algo más afilado, más territorial. Se colgó de mi brazo de inmediato, apretando su pecho contra mi hombro.
—Es el fútbol, Susi. El niño se la pasa en las canchas —dijo, guiñándome un ojo—. Pero no me lo sonsaquen, que todavía vive con su mami.
Cada vez que una de sus amigas se me pegaba de más en la pista, Adriana interrumpía con cualquier pretexto y me jalaba de regreso a la mesa. Le encantaba ver cómo se derretían por el muchacho que ella tenía en casa, pero sus manos se volvían más posesivas sobre mi piel a cada rato. Yo no era solo su hijo: era el trofeo que todas querían tocar y que solo ella se llevaría a casa al final de la noche.
***
Volvimos pasadas las once, con el alcohol nublándonos el juicio. En el taxi se durmió en mi hombro, su respiración caliente quemándome el cuello.
—No me quiero dormir sola, Mateo —susurró en el pasillo, tambaleándose—. Todo me da vueltas. Quédate conmigo, ¿va?
Terminamos en su cama. El pretexto era cuidarla. Se quitó el vestido con torpeza mareada, quedándose en una camiseta de tirantes y la ropa interior, y nos dormimos abrazados, un nudo de extremidades y aliento a tequila.
Desperté con la luz filtrándose por las cortinas. Mi cuerpo, joven y traicionero, no sabía de parentescos: tenía una erección de hierro presionando contra sus nalgas. Ella dormía de lado, dándome la espalda, y mi miembro buscaba su lugar en esa curva caliente. Me quedé inmóvil, disfrutando del contacto prohibido. De pronto Adriana hizo un estiramiento de gata y, en lugar de alejarse, echó las caderas hacia atrás, hundiéndose más contra mí. Soltó un suspiro pequeño y se quedó así, atrapándome. No supe si seguía dormida o si era el siguiente movimiento del juego que habíamos empezado en el sillón.
Minutos después se levantó con la voz ronca por la cruda y arrastró los pies hacia la cocina a hacer café. Yo me quedé con la piel ardiendo y la mente clavada en la sensación de sus nalgas contra mí. Necesitaba sacar toda esa electricidad, así que me encerré en el baño. No puse el seguro: en nuestra casa, con su actitud relajada, los seguros siempre habían sido opcionales. Esa mañana fue mi condena.
Cerré los ojos e invoqué su imagen: el escote del vestido floral, el peso de sus pechos en el abrazo de la noche anterior. Mi mano se movía con furia cuando la puerta se abrió con un chirrido suave.
—Oye, Mateo, ¿no has visto las pastillas para la cru…?
Me quedé congelado. Adriana estaba en el umbral, con una taza humeante en la mano, sus ojos verdes bajando directo a mi mano justo en el instante en que perdía el control. El silencio fue absoluto. La vergüenza fue un golpe seco en el estómago.
Pero ella no gritó ni cerró la puerta. Se quedó apoyada en el marco, dándole un sorbo lento al café, observándome con una calma cínica que me dio más miedo que cualquier regaño.
—Vaya, Mateo —dijo, la voz más ronca de lo normal—. Parece que las amigas de Susana te dejaron con mucha tarea pendiente. Limpia eso, ándale, que no quiero andar pisando tus cochinadas.
Y se dio la vuelta como si nada hubiera pasado.
***
Los días siguientes fueron una guerra de silencios cargados. Yo evitaba mirarla a los ojos, aunque mis pupilas siempre terminaban traicionándome. Entonces llegó la madrugada del partido grande, el duelo contra la potencia del grupo. El despertador sonó de noche y nos levantamos con los ojos hinchados pero con la adrenalina a tope.
Adriana apareció en la sala con una playera enorme de la selección, de algodón grueso. Al no traer sostén, la tela se rendía ante el peso de sus pechos, marcando sus pezones de un modo que me obligaba a desviar la mirada cada tres segundos. Abajo solo llevaba un calzón de algodón blanco, de esos de tiro alto que en su cuerpo de cuarenta y uno se transformaban en algo divino.
—¿No quieres piquete en el café, Mateo? —preguntó, sirviendo un chorro de ron en las dos tazas—. Son vacaciones y es el Mundial. Además, has estado bien tenso desde el lunes. No creas que no me di cuenta.
Sentí la sangre subir a la cara. Ella caminó hasta el sillón y, con una naturalidad que me dejó mudo, se sentó en el suelo entre mis piernas, recargando la espalda contra mis rodillas.
—Dame un masajito en los hombros, ¿va? —pidió—. Que hoy sí ganamos.
Mis manos se posaron sobre sus hombros calientes mientras el ron empezaba a borrar la moral y la vergüenza. El partido era un caos de nervios y, cada vez que la selección se acercaba al área rival, Adriana se tensaba bajo mis manos y se dejaba caer más contra mis rodillas.
Entonces llegó el gol. Un centro imposible, un cabezazo al ángulo, y la casa entera rugió con nosotros.
—¡Gooool! —gritamos al unísono.
Adriana saltó del suelo y se lanzó sobre mí, abrazándome por el cuello, horcajándose a medias sobre mis piernas. La playera se le subió hasta las costillas y su vientre blanco se pegó a mi pecho. No se quitó después del grito. Se quedó ahí, a horcajadas, con los muslos rodeando mis caderas, su peso una bendición y una tortura.
—Ese delantero es un genio —susurró, pero sus manos bajaron por mis hombros hasta mi pecho—. Aunque tú también lo estás haciendo muy bien, hijo. Casi me haces olvidar que estamos viendo el Mundial.
El rival empató sobre el final y ella se giró violentamente, hundiendo la cara en mi cuello, presionando su entrepierna, protegida solo por el algodón blanco, contra mi bulto desesperado. Cuando sonó el silbatazo y la selección se clasificó, el televisor siguió encendido, ignorado. Adriana levantó la cara. Tenía las mejillas encendidas y los ojos verdes nublados por algo que ya no tenía nada que ver con el fútbol. Me miró la boca.
—Qué bueno que pasamos, Mateo —susurró, y acortó la distancia.
Me besó. No fue un beso de buenos días ni un roce en la mejilla. Sus labios, calientes y con sabor a ron, se posaron sobre los míos con una presión suave pero decidida. Fue lento, húmedo, sin nada de maternal: el beso de una mujer que sabía perfectamente el incendio que estaba provocando y que no tenía ninguna intención de apagarlo.
—Shhh —me calló cuando intenté hablar, moviendo las caderas en círculos lentos sobre mí—. Ahora tú me vas a cuidar a mí, como yo te cuidaba de niño.
Esa frase terminó de dinamitar lo poco que quedaba de mi cordura. Por primera vez en años dejé de ser un espectador. Mis manos, suspendidas en el aire por el miedo y la reverencia, bajaron por fin y se cerraron sobre sus caderas. Su piel hervía. Mis dedos se hundieron en la firmeza de su carne, y el contraste me golpeó: mis manos tostadas por el sol rodeando esa blancura pálida que solo había visto en sueños.
—Eso es —jadeó ella, arqueando la espalda, dejando que su cabello me rozara la frente—. Baja más las manos, no les tengas miedo.
Obedecí. Mis palmas se llenaron con la redondez de sus nalgas y apreté con una urgencia que la hizo gemir. A través de la tela tensa sentí su humedad, un rastro cálido y constante que me quemaba la piel.
—No creas que no vi cómo te comían con los ojos las amigas de Susana —murmuró contra mi oído, la voz cargada de una lujuria que me vibró en los huesos—. No creas que no sentí tu verga entre mis nalgas esa mañana. ¿Y lo del baño? ¿Crees que no me puse caliente al verte? Sé que me deseas desde hace años, Mateo, y no soy ninguna ingenua. Me fascina saber que me deseas aun siendo tu madre.
Sus palabras fueron gasolina. El secreto que me venía quemando desde aquella tarde a los dieciocho estaba ahí, expuesto bajo la luz gris del amanecer. La apreté contra mí con una furia nueva, ella se restregó con más fuerza, y dejamos que la casa se llenara del único marcador que de verdad nos importaba. Lo que pasó después no tuvo testigos más que las paredes de papel que durante tanto tiempo me habían torturado.
Desde esa madrugada, el departamento de la Escandón nunca volvió a ser el lugar inocente que yo recordaba. Y ninguno de los dos, jamás, quiso que lo fuera.