La madrugada que todo cambió con mi madre
Hay imágenes que no se piensan, se sienten en la sangre. Se quedan grabadas como una cicatriz que arde cada vez que cierro los ojos o escucho el agua de la regadera correr al otro lado de la pared. Acababa de cumplir dieciocho años y tenía la prisa torpe de un muchacho que solo quería bajar a la calle a patear una pelota con los del edificio.
Entré a su cuarto de golpe, gritando, buscando los tenis que ella siempre guardaba en el clóset para que el departamento no fuera un desastre. Adriana, mi madre, acababa de salir del baño. Estaba de espaldas, completamente desnuda, secándose el cabello castaño con una toalla pequeña. El impacto me detuvo el corazón: la blancura de su espalda sembrada de pecas, la curva ancha de sus caderas, el peso de unas tetas firmes que asomaban por el costado y, entre las nalgas anchas y blancas, la sombra oscura de su coño peludo asomando por debajo cuando se agachó un instante para recoger la toalla del suelo.
Se giró al escuchar el portazo. No gritó ni me regañó. Se llevó la toalla al pecho, cubriéndose a medias, con esa naturalidad desarmante que siempre la ha definido. Pero antes de que la tela subiera, mis ojos ya se habían clavado en sus pezones grandes y oscuros, duros por el frío del baño, y en el triángulo espeso de vello castaño entre sus muslos. Sus ojos verdes me miraron con una calma que me hizo sentir más intruso que hijo.
—Ándale, Mateo, saca tus tenis y déjame vestir —dijo con voz suave, sin una pizca de enojo—. Y para la otra tocas antes de entrar, ¿va? Que ya no estás chiquito.
Asentí como un idiota, agarré los tenis y salí casi tropezando. Pero en ese segundo antes de que se cubriera, mis ojos ya habían hecho su trabajo. Esa tarde no busqué a mis amigos. Me encerré en mi cuarto, puse el seguro y, con el pulso disparado, me bajé el pantalón. Tenía la verga tan dura que dolía. Me la agarré con la mano derecha y empecé a jalármela pensando en las tetas de mi madre, en sus pezones oscuros, en el coño peludo que había visto de reojo. Me imaginé metiéndole la lengua entre las nalgas, hundiendo la cara en ese culo blanco. Me vine en menos de dos minutos, con un chorro grueso que me manchó el vientre y el puño, mordiéndome el labio para no gritar su nombre. Inauguré así un ritual de deseo y secreto que repetiría en la penumbra mil veces más, siempre con la misma imagen: Adriana desnuda, secándose, con el coño peludo asomando entre los muslos.
***
A partir de ahí, mi vida se convirtió en una cacería silenciosa. Cada vez que Adriana cruzaba el pasillo con esa libertad suya, cada vez que el olor de su jabón de gardenias inundaba la casa, mi cuerpo reaccionaba con una lealtad oscura que me daba asco y hambre al mismo tiempo. Pero lo peor no era verla. Lo peor era escucharla.
Las paredes de nuestro departamento en la Escandón eran de papel, un chiste de arquitectura que me obligaba a ser testigo de su vida entera. Durante esos años vi desfilar una procesión de hombres mediocres: el tipo del gimnasio que olía a sudor rancio, el «licenciado» de las flores baratas, el arquitecto que se creía dueño del mundo. Los odiaba a todos con una bilis caliente que me subía por la garganta.
Mi odio, sin embargo, era una trampa. En cuanto la puerta de su habitación se cerraba y empezaba el ritmo sordo de la cabecera contra el muro, la furia se transformaba en una excitación incontrolable. Me quedaba quieto en mi cama, a oscuras, con el oído pegado a la pared, escuchando cómo se la follaban. Escuchaba el crujido del somier, el chapoteo obsceno de una verga entrando y saliendo de su coño mojado, sus «así, así, más adentro, más duro», el ruido húmedo de una boca chupándole las tetas. Y mi mano se movía con una violencia desesperada bajo las sábanas, jalándome la polla con saña, sustituyendo en mi cabeza al hombre que se la estaba cogiendo. No quería que parara; quería que gritara más fuerte. Quería escucharla pedir que le llenaran el coño de leche.
Me hice un experto en su geografía sonora. Reconocía el momento exacto en que llegaba al orgasmo, ese punto de quiebre donde su voz de madre desaparecía para dejar salir a la puta que me había marcado años atrás. Sabía cuándo se corría por ese gemido agudo y quebrado, como si le arrancaran algo del pecho; sabía cuándo el tipo le vaciaba la verga por el gruñido ronco que seguía, y me imaginaba el semen goteando entre sus muslos blancos mientras yo me vaciaba en mi propia mano, mordiendo la almohada para no delatarme.
***
Para cuando cumplí veintidós, el fútbol y la genética me habían dado un cuerpo delgado pero firme, la piel tostada por las tardes de cascarita y una estatura que ya me permitía mirarla directo a esos ojos verdes que parecían tragarse la luz.
Ella, a sus cuarenta y uno, estaba en la plenitud de su rotundez, más segura de su poder, con esas curvas que parecían crecer a propósito para llenar cada rincón del departamento. Adriana siempre había sido excesivamente cariñosa. Para ella los límites físicos no existían: me abrazaba por la espalda mientras yo lavaba los platos, me daba besos ruidosos en la mejilla, se sentaba tan cerca en el sillón que sentía el calor de sus muslos a través de la ropa.
—Mi Mateo —me decía, envolviéndome en un abrazo largo, aplastando sus tetas contra mi espalda—. ¿Qué voy a hacer el día que te me vayas con una vieja? Me muero de tristeza.
Yo me quedaba rígido, los puños cerrados, respirando el aroma de su pelo y ese rastro de gardenias, con la verga hinchándoseme dentro del pantalón. Lo hacía desde el cariño, o eso quería creer. Para mí, cada abrazo era una descarga que me recordaba lo frágil que era mi autocontrol. Había intentado curarme con chicas de mi edad, cuerpos lisos y sin historia, coños apretados que se abrían fácil, pero mientras se las metía y las oía gemir cerraba los ojos y solo veía pecas, solo veía las nalgas blancas de mi madre. Me venía dentro de ellas imaginando que era el coño de Adriana el que estaba tragándose mi corrida. Al terminar me sentía vacío, clavado en la mujer que me esperaba en casa para cenar.
***
Era temporada de Mundial y la ciudad hervía. Ese viernes Adriana llegó de la oficina con un vestido de lino verde que me quitaba el sueño; se le ajustaba a las caderas de un modo casi obsceno y le marcaba las tetas sin sostén. Compramos cervezas para aguantar el desvelo, porque el partido de la selección era de madrugada y queríamos verlo con la lengua suelta por el alcohol.
A medianoche se fue a cambiar para estar «cómoda» y salió con una pijama de algodón gris, de pantalón ancho y tiro bajo. La tela le quedaba floja, pero en su cuerpo cualquier prenda cobraba un peso distinto. Cuando se estiró sobre el desayunador para alcanzar otra cerveza, la playera se le subió por la espalda y, donde el pantalón cedía por la gravedad, vi la línea profunda de sus nalgas, una frontera de piel blanca y pecosa que devoré desde el sillón. Se le veía el nacimiento del culo entero, sin calzón, y por un instante me pareció ver el brillo húmedo entre los muslos, como si tampoco llevara nada abajo de esa pijama.
Vimos el partido entre gritos. Cuando llegó el gol, saltó sobre mí y sentí el peso de sus tetas aplastándose contra mi pecho, los pezones duros marcados a través de la playera de algodón, rozándome. Para el silbatazo final ya nos habíamos terminado las cervezas y el cansancio se mezclaba con el calor del alcohol.
—Mateo, me duelen las piernas hasta el alma —dijo, soltando un bostezo largo, y sin esperar respuesta subió las piernas sobre mi regazo—. Ándale, dame un masajito, no seas gacho.
Empecé por los pies y subí por las pantorrillas. Mis manos se perdían en la suavidad de su carne y ella soltaba un «mmm» que me recordaba los gemidos de la pared. Al estar acostada de lado, con las piernas pesadas sobre mí, sus pantorrillas quedaban justo encima de mi entrepierna. Con cada presión de mis dedos, mi verga, que ya era una piedra dolorosa, empujaba contra ellas.
Era imposible que no lo sintiera. Y no se quitó. No se escandalizó ni se acomodó la pijama que se le seguía escurriendo. Al contrario, dejó caer más el peso de sus piernas sobre mí, hundiéndose en mi bulto con una parsimonia que me estaba volviendo loco. Empezó a moverlas apenas, como si acomodara la postura, restregando sus pantorrillas arriba y abajo sobre mi polla dura, y yo la sentí temblar cuando su pijama se abrió lo suficiente para dejarme ver, un segundo, la sombra oscura de su coño peludo. Se me escapó un gemido ronco y ella lo escuchó. Lo escuchó y no dijo nada. Solo cerró los ojos y siguió moviendo las piernas, muy despacio, hasta que yo estuve a punto de correrme dentro del pantalón. Esa noche me quedé mirando el techo, preguntándome si ella, del otro lado de la pared, también se estaría tocando el coño pensando en lo mismo.
***
Al día siguiente fuimos al cumpleaños de Susana, su mejor amiga. La terraza olía a carne asada y los caballitos de tequila no dejaban de circular. Adriana era la reina de la reunión, con un vestido floral que se le ajustaba al busto y le marcaba el escote hasta el nacimiento de las tetas blancas. Sus amigas me habían visto crecer; me recordaban como el niño de los brackets. Esa tarde el tequila les cambió la perspectiva.
—¡No manches, Adriana! ¿En qué momento se puso así de guapo tu Mateo? —soltó Susana, recorriéndome con una mirada que me dejó desnudo bajo la playera.
Mi madre soltó una risita, pero no era la de una madre orgullosa. Era algo más afilado, más territorial. Se colgó de mi brazo de inmediato, apretando sus tetas contra mi hombro.
—Es el fútbol, Susi. El niño se la pasa en las canchas —dijo, guiñándome un ojo—. Pero no me lo sonsaquen, que todavía vive con su mami.
Cada vez que una de sus amigas se me pegaba de más en la pista, Adriana interrumpía con cualquier pretexto y me jalaba de regreso a la mesa. Le encantaba ver cómo se derretían por el muchacho que ella tenía en casa, pero sus manos se volvían más posesivas sobre mi piel a cada rato. Yo no era solo su hijo: era el trofeo que todas querían tocar y que solo ella se llevaría a casa al final de la noche.
***
Volvimos pasadas las once, con el alcohol nublándonos el juicio. En el taxi se durmió en mi hombro, su respiración caliente quemándome el cuello y una mano suya, en apariencia perdida, descansando muy cerca de mi entrepierna, rozándome con cada bache.
—No me quiero dormir sola, Mateo —susurró en el pasillo, tambaleándose—. Todo me da vueltas. Quédate conmigo, ¿va?
Terminamos en su cama. El pretexto era cuidarla. Se quitó el vestido con torpeza mareada, quedándose en una camiseta de tirantes por la que se le transparentaban los pezones oscuros y en un calzón blanco pequeño que se le hundía entre las nalgas. Yo me quedé en bóxer, con la verga todavía a medio parar, y nos dormimos abrazados, un nudo de extremidades y aliento a tequila.
Desperté con la luz filtrándose por las cortinas. Mi cuerpo, joven y traicionero, no sabía de parentescos: tenía una verga de hierro presionando contra sus nalgas. Ella dormía de lado, dándome la espalda, y mi miembro, escapado por la abertura del bóxer, buscaba su lugar en esa curva caliente. La punta se me había metido justo entre las nalgas de mi madre, separadas apenas por la delgada tela del calzón, y sentía el calor húmedo de su culo pegado a mi glande. Me quedé inmóvil, disfrutando del contacto prohibido, con el corazón golpeándome las costillas. De pronto Adriana hizo un estiramiento de gata y, en lugar de alejarse, echó las caderas hacia atrás, hundiéndose más contra mí. Mi verga se acomodó por completo en el surco de sus nalgas, y ella soltó un suspiro pequeño y empezó a mover el culo apenas, en círculos lentos, restregándose contra mí con una parsimonia que no podía ser inocente. Sentí cómo la tela del calzón se le humedecía por delante, cómo su coño empezaba a mojarse contra mi muslo. Me mordí la lengua para no gemir. No supe si seguía dormida o si era el siguiente movimiento del juego que habíamos empezado en el sillón. Duró apenas un minuto, pero me pareció una eternidad, y cuando por fin se quedó quieta yo tenía la verga tan cargada que me dolían los huevos.
Minutos después se levantó con la voz ronca por la cruda y arrastró los pies hacia la cocina a hacer café. Yo me quedé con la piel ardiendo y la mente clavada en la sensación de sus nalgas contra mi polla. Necesitaba sacar toda esa electricidad, así que me encerré en el baño. No puse el seguro: en nuestra casa, con su actitud relajada, los seguros siempre habían sido opcionales. Esa mañana fue mi condena.
Me bajé el bóxer, me agarré la verga hinchada con la mano derecha y empecé a jalármela con saña frente al espejo. Cerré los ojos e invoqué su imagen: el escote del vestido floral, el peso de sus tetas en el abrazo de la noche anterior, su culo blanco restregándose contra mí hace apenas unos minutos. Me imaginé arrancándole el calzón, separándole las nalgas con las manos y hundiéndole la lengua entre ellas, chupándole el culo hasta que gritara. Mi mano se movía con furia, subía y bajaba por mi polla mojada de saliva y prelíquido, y ya estaba a punto de correrme cuando la puerta se abrió con un chirrido suave.
—Oye, Mateo, ¿no has visto las pastillas para la cru…?
Me quedé congelado, con la verga en la mano y los dedos apretados alrededor del glande hinchado. Adriana estaba en el umbral, con una taza humeante en la mano, sus ojos verdes bajando directo a mi puño justo en el instante en que perdía el control. No pude aguantarlo. El primer chorro me salió sin permiso, un latigazo de semen espeso que golpeó el espejo. Ella no se movió. Se quedó ahí, mirando cómo mi verga escupía chorro tras chorro sobre el lavabo. El silencio fue absoluto. La vergüenza fue un golpe seco en el estómago.
Pero ella no gritó ni cerró la puerta. Se quedó apoyada en el marco, dándole un sorbo lento al café, observándome con una calma cínica que me dio más miedo que cualquier regaño. Le vi los pezones ponerse duros bajo la playera.
—Vaya, Mateo —dijo, la voz más ronca de lo normal—. Parece que las amigas de Susana te dejaron con mucha tarea pendiente. Limpia eso, ándale, que no quiero andar pisando tus cochinadas.
Y se dio la vuelta como si nada hubiera pasado. Pero yo alcancé a ver, antes de que cerrara la puerta, cómo se pasaba la mano por el cuello y bajaba, muy despacio, hasta el escote.
***
Los días siguientes fueron una guerra de silencios cargados. Yo evitaba mirarla a los ojos, aunque mis pupilas siempre terminaban traicionándome. Entonces llegó la madrugada del partido grande, el duelo contra la potencia del grupo. El despertador sonó de noche y nos levantamos con los ojos hinchados pero con la adrenalina a tope.
Adriana apareció en la sala con una playera enorme de la selección, de algodón grueso. Al no traer sostén, la tela se rendía ante el peso de sus tetas, marcando sus pezones de un modo que me obligaba a desviar la mirada cada tres segundos. Abajo solo llevaba un calzón de algodón blanco, de esos de tiro alto que en su cuerpo de cuarenta y uno se transformaban en algo divino, ajustado, marcándole el coño con una raya suave entre los muslos.
—¿No quieres piquete en el café, Mateo? —preguntó, sirviendo un chorro de ron en las dos tazas—. Son vacaciones y es el Mundial. Además, has estado bien tenso desde el lunes. No creas que no me di cuenta.
Sentí la sangre subir a la cara. Ella caminó hasta el sillón y, con una naturalidad que me dejó mudo, se sentó en el suelo entre mis piernas, recargando la espalda contra mis rodillas.
—Dame un masajito en los hombros, ¿va? —pidió—. Que hoy sí ganamos.
Mis manos se posaron sobre sus hombros calientes mientras el ron empezaba a borrar la moral y la vergüenza. El partido era un caos de nervios y, cada vez que la selección se acercaba al área rival, Adriana se tensaba bajo mis manos y se dejaba caer más contra mis rodillas, con la nuca rozándome la entrepierna.
Entonces llegó el gol. Un centro imposible, un cabezazo al ángulo, y la casa entera rugió con nosotros.
—¡Gooool! —gritamos al unísono.
Adriana saltó del suelo y se lanzó sobre mí, abrazándome por el cuello, horcajándose a medias sobre mis piernas. La playera se le subió hasta las costillas y su vientre blanco se pegó a mi pecho. No se quitó después del grito. Se quedó ahí, a horcajadas, con los muslos rodeando mis caderas, su peso una bendición y una tortura. Sentí el calor de su coño, cubierto solo por el algodón blanco, aplastarse contra mi bulto.
—Ese delantero es un genio —susurró, pero sus manos bajaron por mis hombros hasta mi pecho—. Aunque tú también lo estás haciendo muy bien, hijo. Casi me haces olvidar que estamos viendo el Mundial.
El rival empató sobre el final y ella se giró violentamente, hundiendo la cara en mi cuello, presionando su entrepierna, protegida solo por el algodón blanco, contra mi bulto desesperado. Empezó a mecerse muy despacio, restregando el coño sobre mi verga a través de la ropa, y sentí cómo la tela del calzón se le empapaba, cómo se le marcaba la raya del sexo húmedo sobre mí. Cuando sonó el silbatazo y la selección se clasificó, el televisor siguió encendido, ignorado. Adriana levantó la cara. Tenía las mejillas encendidas y los ojos verdes nublados por algo que ya no tenía nada que ver con el fútbol. Me miró la boca.
—Qué bueno que pasamos, Mateo —susurró, y acortó la distancia.
Me besó. No fue un beso de buenos días ni un roce en la mejilla. Sus labios, calientes y con sabor a ron, se posaron sobre los míos con una presión suave pero decidida. Fue lento, húmedo, sin nada de maternal: el beso de una mujer que sabía perfectamente el incendio que estaba provocando y que no tenía ninguna intención de apagarlo. Su lengua se metió entre mis labios y buscó la mía, jugando, chupándomela despacio, y yo la agarré por la nuca con la mano temblorosa y le devolví el beso como si me fuera la vida.
—Shhh —me calló cuando intenté hablar, moviendo las caderas en círculos lentos sobre mí—. Ahora tú me vas a cuidar a mí, como yo te cuidaba de niño.
Esa frase terminó de dinamitar lo poco que quedaba de mi cordura. Por primera vez en años dejé de ser un espectador. Mis manos, suspendidas en el aire por el miedo y la reverencia, bajaron por fin y se cerraron sobre sus caderas. Su piel hervía. Mis dedos se hundieron en la firmeza de su carne, y el contraste me golpeó: mis manos tostadas por el sol rodeando esa blancura pálida que solo había visto en sueños.
—Eso es —jadeó ella, arqueando la espalda, dejando que su cabello me rozara la frente—. Baja más las manos, no les tengas miedo.
Obedecí. Mis palmas se llenaron con la redondez de sus nalgas y apreté con una urgencia que la hizo gemir. A través de la tela tensa sentí su humedad, un rastro cálido y constante que me quemaba la piel.
—No creas que no vi cómo te comían con los ojos las amigas de Susana —murmuró contra mi oído, la voz cargada de una lujuria que me vibró en los huesos—. No creas que no sentí tu verga entre mis nalgas esa mañana. ¿Y lo del baño? ¿Crees que no me puse caliente al verte? Me metí a mi cuarto y me toqué el coño hasta correrme dos veces pensando en tu verga, Mateo. Sé que me deseas desde hace años, y no soy ninguna ingenua. Me fascina saber que me deseas aun siendo tu madre.
Sus palabras fueron gasolina. El secreto que me venía quemando desde aquella tarde a los dieciocho estaba ahí, expuesto bajo la luz gris del amanecer. La apreté contra mí con una furia nueva y le arranqué la playera de la selección por encima de la cabeza. Sus tetas cayeron pesadas frente a mi cara, blancas, redondas, con los pezones oscuros y duros como piedras. Me lancé sobre ellas sin pensar. Le chupé un pezón mientras le apretaba la otra teta con la mano, y ella gimió fuerte, agarrándome la cabeza y pegándomela más contra su pecho.
—Así, mi amor, chúpamelas fuerte —jadeó—. Muérdemelas. Llevo años imaginando tu boca en mis tetas.
Le pasé la lengua alrededor del pezón, se lo mordí, tiré de él con los dientes, y ella arqueó la espalda y me restregó el coño mojado sobre la verga hinchada. Cambié al otro pecho y le hice lo mismo, chupándoselo hasta dejárselo rojo, mientras ella empezaba a bajar las manos hacia mi cintura y me abría el pantalón de la pijama de un tirón. Mi verga saltó afuera, dura, gruesa, con la punta brillando de prelíquido. Ella la miró y soltó un jadeo obsceno.
—Mira nomás lo que tienes, mi Mateo —susurró, agarrándomela con la mano tibia—. Mucho más grande que la de tu papá. Con razón siempre andas rompiendo pantalones.
Empezó a jalármela despacio, con toda la mano, subiendo y bajando por mi polla con una técnica que me hizo cerrar los ojos. Luego se deslizó al suelo, se acomodó de rodillas entre mis piernas y sin darme tiempo a nada se metió mi verga entera en la boca. Sentí el calor de su lengua envolviéndome el glande, la presión suave de su paladar, y ella empezó a mamármela con una devoción que me sacó un grito ronco. Subía y bajaba la cabeza, chupando, lamiendo, sacándomela para escupir un poco de saliva sobre la punta y volvérsela a meter hasta la garganta. Me miraba desde abajo con esos ojos verdes clavados en los míos, y verla ahí, a mi madre, arrodillada mamándome la polla, casi me hace correrme en ese mismo instante.
—Espera, espera —jadeé, agarrándole el pelo—. Me vas a hacer venir así.
Ella sacó la verga de la boca con un chasquido húmedo y sonrió, con los labios brillantes de saliva.
—Todavía no, mi amor. Primero cómeme tú a mí. Llevo años esperando que un hombre me coma el coño como se debe.
Se levantó, se bajó el calzón blanco por las piernas y lo tiró a un lado. Se subió al sillón, se abrió las piernas con las rodillas apoyadas en los cojines, y me quedé mudo. Su coño estaba ahí, a la altura de mi cara: peludo, blanco, con los labios hinchados y brillantes, el clítoris asomando duro entre el vello castaño, todo empapado de sus jugos. El olor me pegó en la cara, denso, ácido, femenino, y sentí que me volvía loco. La agarré por las nalgas, tiré de ella hacia mi boca y le hundí la lengua entera.
Adriana gritó. Se agarró del respaldo del sillón, echó la cabeza hacia atrás y empezó a menear las caderas sobre mi cara. Yo le comía el coño con hambre atrasada de años. Le lamía los labios de arriba a abajo, le chupaba el clítoris con los labios cerrados, le metía la lengua adentro y la sacaba y la volvía a meter simulando una polla. Sus jugos me chorreaban por el mentón y yo la seguía chupando, sin aire, sin parar, mientras ella me tiraba del pelo y me pedía más.
—Sí, mi amor, ahí, ahí, chúpame el clítoris. Cómeme rico, Mateo, cómele el coño a tu madre —jadeaba, cada vez más rápido—. Ay, hijo, qué rico me lo comes. No pares, no pares.
Le metí dos dedos y con la lengua le seguí trabajando el clítoris. Sus paredes empezaron a apretarme los dedos, ella empezó a temblar y de pronto se corrió con un grito largo que llenó el departamento entero. Su coño se contrajo alrededor de mis dedos y le brotó un chorro nuevo de jugos que me cubrió la barbilla. Se quedó jadeando sobre mi cara, con las piernas temblándole, y yo seguí lamiéndola despacio hasta que me apartó.
—Ahora ven —susurró, dejándose caer de espaldas sobre el sillón, con las piernas abiertas y el coño rojo brillando—. Ven a metérmela. Ven a follar a tu madre, Mateo. Llevo toda mi vida esperándote.
No necesité más. Me acomodé entre sus muslos, me agarré la verga y la pasé por sus labios empapados. Rocé su clítoris con el glande, la escuché gemir, y muy despacio empujé. Mi polla se hundió centímetro a centímetro en el coño caliente de mi madre. Ella soltó un gemido gutural que no había escuchado nunca a través de la pared, ni siquiera con sus mejores amantes.
—Ay, Mateo, qué grande la tienes, hijo. Métemela toda, no te aguantes.
Empujé hasta el fondo, hasta que mis huevos quedaron apoyados contra su culo. Su coño me apretaba, me tragaba entero, y sentí la carne blanda de su vientre contra el mío. Empecé a moverme, primero despacio, sacando la verga casi entera y volviéndosela a hundir hasta el fondo, y ella se agarró de mis nalgas con las dos manos y me atrajo más contra su cuerpo.
—Más duro, mi amor, más duro. Fóllame como te follaste a esas viejas. Rómpeme el coño, Mateo.
La embestí con todas mis fuerzas. La cabecera del sillón golpeaba contra la pared, esa misma pared que durante años me había torturado con sus gemidos ajenos, y ahora era yo el que la hacía gritar. Sus tetas rebotaban con cada estocada, sus pezones oscuros bailaban frente a mi cara, y yo la miraba a los ojos mientras se la metía hasta el fondo. Ella me devolvía la mirada, con la boca abierta, jadeando obscenidades.
—Sí, hijo, así. Así te la follas a mamá. Ay, qué rico, qué rico me la metes.
La agarré de las caderas, la giré y la puse boca abajo, con las rodillas en el sillón y el culo bien parado. Le vi las nalgas blancas separadas, el coño hinchado goteando y, más arriba, el hoyo apretado del culo. Le clavé la verga por atrás de una sola estocada. Ella gritó y hundió la cara en los cojines. Empecé a follármela a perro, agarrándola del pelo con una mano y de la cadera con la otra, embistiéndola con toda la rabia acumulada de años.
—Puta madre, qué rico coño tienes —le gruñí al oído, inclinándome sobre su espalda para chuparle el cuello—. Toda la vida imaginándome esto.
—Y yo, hijo, yo también —jadeó ella, arqueando el culo hacia atrás—. Cada vez que traía a un hombre pensaba en ti del otro lado de la pared. Sabía que me escuchabas. Sabía que te la jalabas pensando en mí. Gritaba más fuerte para que me oyeras bien.
La confesión me hizo perder el poco control que me quedaba. La embestí con furia, mis huevos golpeándole el clítoris con cada estocada, el chapoteo obsceno de su coño mojado llenando la sala. Ella empezó a temblar de nuevo, apretándome la verga con las paredes de su sexo, y se corrió por segunda vez, chorreando sobre mis muslos, gimiendo mi nombre contra el cojín.
—Córrete adentro, Mateo —jadeó cuando se le pasó el temblor—. Lléname el coño de leche. Quiero sentir la corrida de mi hijo dentro de mí.
No pude más. Le clavé la verga hasta el fondo, la agarré de las caderas con las dos manos y me vine dentro de ella con un gruñido animal. Chorro tras chorro de semen espeso, esa carga que llevaba acumulando desde los dieciocho años, se vació en el coño caliente de mi madre. Sentí las contracciones de su sexo ordeñándome, sacándome hasta la última gota, mientras ella gemía con los ojos cerrados, disfrutando de sentirme reventar en su interior.
Cuando por fin saqué la verga, todavía dura, vi cómo mi corrida empezaba a escurrirle por los muslos blancos. Adriana se giró, se sentó en el sillón, me miró y sonrió con la cara sudada y los pezones todavía rojos de tanto chupárselos. Sin decir nada, se agachó y se metió mi polla en la boca otra vez, limpiándome, chupándome los restos de nuestro sexo con lentitud, tragándose el semen mezclado con sus jugos.
Desde esa madrugada, el departamento de la Escandón nunca volvió a ser el lugar inocente que yo recordaba. Y ninguno de los dos, jamás, quiso que lo fuera.