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Relatos Ardientes

Mi prima Lorena y la siesta que lo cambió todo

Hay recuerdos que se quedan pegados a la memoria con una claridad rara, casi insolente. El mío empieza una tarde de marzo, en casa de mi abuela, con mi prima Lorena sentada encima de mí en el sofá del living y la pollera gris del uniforme subida hasta media cintura.

Tenía diecinueve años cuando pasó. Ella estaba por terminar el secundario y yo había cumplido los diecinueve hacía pocas semanas. No éramos chicos, pero tampoco habíamos dejado de serlo del todo. Nos habíamos criado juntos, casi como hermanos: cuatro familias bajo el mismo techo durante las vacaciones, cumpleaños compartidos, peleas absurdas por el control remoto. Lorena era una cara más entre las muchas que poblaron mi infancia, hasta que dejó de serlo.

Mi educación sexual había sido la típica de los varones de esa generación. Revistas escondidas en el armario de mi padre, fotonovelas amarillentas que circulaban de mano en mano, alguna película vieja en formato BETA que un primo mayor traía como un trofeo. También un libro grueso de medicina que dibujaba los órganos reproductivos con flechas y nombres en latín, y que entre los varones de la familia funcionaba como una especie de manual sagrado. Con las vecinas del barrio había habido manoseos torpes en la oscuridad de algún zaguán, besos cortos, alguna mano que se aventuraba debajo de una remera y algún dedo que llegó a rozar un pezón por encima del corpiño. Nada más que eso. Nunca había cogido. Nunca había tenido una concha de verdad delante de mi cara.

Mis primas, hasta ese momento, no entraban en la ecuación. Eran familia. Eran sagradas. O eso pensaba yo.

Lorena, sin embargo, había empezado a llamarme la atención de a poco, casi sin que me diera cuenta. Era delgada, de piel morena clara, con la nariz respingada y un mechón de pelo que le caía sobre el ojo izquierdo cuando giraba la cabeza. Tenía esa belleza que pasa desapercibida hasta que un día, sin aviso, te golpea de frente. Y a mí me había empezado a golpear las últimas semanas. Cada vez que se agachaba a atarse las zapatillas y se le abría un poco la camisa, cada vez que se sentaba de piernas cruzadas y la pollera se le trepaba un centímetro más de lo debido, yo me la comía con los ojos y después me odiaba un rato por hacerlo.

Esa tarde estábamos solos en la casa de la abuela. No recuerdo bien por qué. Una reunión a la que los demás habían ido, una clase que se había suspendido, un cumpleaños lejano. Lo cierto es que ella había llegado directo desde el colegio, todavía con el uniforme puesto: pollera escocesa gris arriba de la rodilla, camisa blanca arrugada por el día, suéter azul atado a la cintura y medias tres cuartos blancas. Yo estaba tirado en el sofá mirando algo en la televisión que ni siquiera registraba.

Empezó a embromarme con Soledad, una vecina del barrio con la que yo había estado coqueteando esas semanas.

—¿Y? ¿Cuándo le hablás en serio a la Sole? —preguntó, sentada en el apoyabrazos del sofá—. Mirá, mejor no. Esa pibita anda con todo el mundo.

—No anda con todo el mundo.

—Anda con todo el mundo —repitió, y se rió con esa risa medio nasal que tenía desde chica—. Lo dice todo el barrio. Dicen que se la chupa a cualquiera atrás del club.

—Y vos también, evidentemente.

Le tiré un almohadón sin demasiada fuerza. Ella lo esquivó y, en lugar de devolvérmelo, se me tiró encima a hacerme cosquillas. Era algo que hacíamos desde chicos, una costumbre heredada que nunca había significado nada. Me clavaba los dedos en las costillas, en el cuello, en los costados. Yo me retorcía y trataba de apartarla, riéndome más por reflejo que por gracia.

Pero esa tarde algo se desacomodó.

La tenía encima, con una rodilla a cada lado de mis caderas. La pollera se le había subido hasta la cintura y podía verle la bombacha blanca de algodón apretada entre los muslos morenos. Sentí, sin querer, el calor de su entrepierna contra la bragueta del jean, justo encima de la pija que ya empezaba a hincharse traicionera. Mis manos, en el intento de pararla, le agarraron las caderas. Y se quedaron ahí más tiempo del necesario. Los dedos se me fueron solos hacia abajo, hasta el nacimiento del culo, y ella lo sintió. Sintió también que abajo, contra su bombacha, mi verga terminaba de ponerse dura.

Lorena dejó de hacerme cosquillas. Me miró desde arriba con una expresión que nunca le había visto. No era una mirada de chica, no era una mirada de prima. Era otra cosa. Sus pechos chicos se marcaban bajo la camisa blanca del uniforme y subían y bajaban con una respiración corta. Sin darse cuenta, o dándose perfecta cuenta, hizo un movimiento con la pelvis, un vaivén mínimo, y su concha caliente se restregó apenas contra el bulto duro de mi jean.

—Pará —le dije, pero la voz me salió rara.

—¿Que pare qué?

Volvió a moverse. Esta vez con más ganas. Empujó las caderas hacia adelante y hacia atrás, montándome despacio por encima de la ropa, sin apurarse, mirándome a los ojos como desafiándome a decirle basta. No le dije basta. Le apreté las caderas con las dos manos y la ayudé a moverse. Sentí cómo, del otro lado del algodón de la bombacha, algo se ponía tibio, después caliente, después mojado.

No supe qué contestar. Ella tampoco se detuvo.

***

Lo que vino después fue tan torpe como inevitable.

Subió los dedos por mi pecho, despacio, como tanteando si yo iba a apartarla. No la aparté. Me incliné hacia adelante y la besé. Fue un beso mal calculado: le pegué con la nariz en el pómulo y ella se rió contra mi boca. Lo intentamos de nuevo, esta vez mejor. Nos comimos la boca con hambre, sacándonos la lengua uno al otro, mordiéndonos los labios como si nos hubiéramos estado guardando ese beso desde chicos.

Probé el sabor del chicle de menta que había estado masticando todo el día. Sentí cómo su lengua, vacilante al principio, se animaba a tocar la mía, después a empujarla, después a chuparme los labios como una pendeja desesperada. Mis manos, que seguían en sus caderas, empezaron a moverse. Pasaron a la cintura, subieron a la espalda por debajo de la camisa, encontraron el corpiño barato del uniforme. Le desprendí el broche con dos dedos y le liberé las tetas. Chicas, firmes, con los pezones parados y duros como carozos. Cuando le pasé el pulgar por encima del pezón desnudo, ella se estremeció entera, echó la cabeza para atrás, y se separó de golpe.

—Tengo que ir al baño —dijo, y se levantó.

No fue al baño. Cruzó el pasillo y se metió en el cuarto de mi tía Mónica, el cuarto del fondo, ese que nadie usaba porque mi tía vivía en otra ciudad y solo aparecía dos veces al año. Cerró la puerta sin trabarla.

Me quedé sentado en el sofá unos minutos. El corazón me golpeaba contra las costillas con una fuerza que casi daba miedo. Tenía la verga tan hinchada que empujaba contra el jean y me dolía, doblada hacia un costado. No sabía si quedarme quieto y esperar que se calmara o si seguirla.

La seguí.

Empujé la puerta del cuarto y la vi acostada boca abajo sobre la cama de mi tía, con la cara enterrada en la almohada. La pollera se le había levantado un poco y se le veía el final del muslo, donde la media tres cuartos terminaba en un elástico blanco gastado. No se movió cuando entré. Pensé que dormía. Después pensé que estaba enojada. Después pensé que estaba esperándome, con el culo levantado apenas, ofreciéndose sin animarse a pedirlo.

—Lore —le dije bajito.

No contestó.

Me senté al borde de la cama y le apoyé la mano en la pantorrilla. Apenas un roce. Esperé. Ella no se movió, pero su respiración cambió, se hizo un poquito más rápida. Subí la mano, despacio. La pasé por la corva, por el muslo, por debajo del borde de la pollera. Empezaba a tocar piel cálida cuando ella, todavía sin darse vuelta, soltó un suspiro corto contra la almohada y separó apenas las piernas.

Eso fue todo lo que necesité.

Le levanté la pollera del todo, hasta la cintura. Tenía una bombacha blanca de algodón, de esas que se compran de a tres en una bolsa en cualquier mercería del barrio. Mojada por el medio, con una mancha oscura y grande donde el algodón se le pegaba a la concha. La marca del deseo de ella, ahí, frente a mí, sin disimulo posible. Se le veía el dibujo de los labios apretados contra la tela empapada. Me puse a temblar como si fuera yo el del uniforme.

Bajé la bombacha hasta las rodillas. Ella levantó apenas la cadera para ayudarme. Sin palabras. Sin mirarme. Como si poner palabras a eso fuera a romperlo todo. La bombacha quedó estirada entre sus rodillas, con un hilo de flujo colgando del algodón, y yo tuve delante, por primera vez en la vida, una concha de verdad. La concha de mi prima. Rosada, brillante de mojada, con un poco de vello oscuro y prolijo en el pubis, los labios abiertos apenas de tenerla así boca abajo con el culo un poco levantado.

***

Había leído mucho sobre lo que tenía enfrente. En el libro grande de medicina de mi padre, en los pies de página de revistas viejas, en las conversaciones susurradas con mis primos varones después del fútbol. Sabía, en teoría, dónde estaba cada cosa, qué se suponía que tenía que sentir ella, cuáles eran los puntos que valía la pena tocar. Pero leerlo no era hacerlo, y de pronto me di cuenta de que toda esa enciclopedia que creía manejar no servía para nada cuando lo que tenía adelante era el cuerpo concreto de Lorena, la concha concreta de Lorena, chorreando y esperándome.

Le pasé la lengua por el muslo, despacio, subiendo. Ella se estremeció. Levantó las caderas un centímetro más, ofreciéndose sin animarse a admitirlo. Cuando llegué entre sus piernas y olí ese olor a piel limpia y a algo más, ácido y dulce, un olor a hembra que no había olido nunca antes, supe que ya no había vuelta atrás.

La besé ahí. Primero como había besado su boca, con torpeza, con los labios cerrados. Después, leyendo lo que su cuerpo me devolvía, abrí la boca y le pasé la lengua a lo largo, de abajo hacia arriba, desde la entrada de la concha hasta el clítoris. Ella se mordió la almohada para no hacer ruido y todo el cuerpo se le sacudió. Repetí el movimiento una, dos, tres veces, más despacio cada vez, saboreándola. El flujo tenía un gusto raro, medio salado, medio metálico, y me lo tragué sin asco, con hambre.

Le abrí los labios de la concha con dos dedos y le busqué el clítoris con la punta de la lengua. Estaba duro, hinchado, apenas asomado del capuchón. Se lo chupé despacio, como había leído que se hacía, con la boca entera, aspirándolo suave contra la lengua. Lorena soltó un gemido ahogado y me apretó la cabeza contra la concha con las dos manos. Ahora sí me apretaba. Ahora sí me pedía sin palabras que no aflojara.

La casa estaba vacía pero sabíamos que en cualquier momento podía entrar alguien por la puerta de adelante, y ese miedo, lejos de cortarnos, nos apretaba más fuerte uno contra el otro. Le metí un dedo en la concha, despacio, hasta la mitad, y ella se apretó alrededor con una fuerza que no esperaba. Estaba cerrada, chiquita, empapada. La metí y saqué el dedo mientras seguía chupándole el clítoris. Después metí dos. Ella arqueó la espalda, hundió más la cara en la almohada, y me acompañó el movimiento con la cadera, subiendo y bajando contra mi cara, montándome la boca sin vergüenza.

—No pares —murmuró contra la almohada, la primera cosa clara que dijo en toda la tarde—. No pares, no pares, no pares.

Sus manos buscaron mi cabeza y me sostuvieron contra ella. No me empujaba, no me tironeaba. Me sostenía como si tuviera miedo de que yo decidiera parar. No iba a parar. Aunque la casa entera se incendiara, no iba a parar.

Estuve así no sé cuánto tiempo. Cinco minutos, diez, una hora entera. El tiempo había dejado de funcionar como funcionaba para el resto del mundo. Le chupé el clítoris hasta que le tembló todo el cuerpo, le metí y saqué los dedos hasta que la concha le hizo ese ruido húmedo y obsceno de mojada. Cuando Lorena se tensó, levantó las caderas del colchón, apretó las piernas contra mi cabeza y soltó un sonido ahogado y largo contra la almohada, sentí cómo la concha se le cerraba en espasmos alrededor de mis dedos, cómo el flujo le corría caliente por la mano, cómo el clítoris le latía contra mi lengua. Se corrió con una fuerza que me sorprendió, sacudiéndose entera, apretándome la cabeza tan fuerte con los muslos que por un segundo pensé que me iba a ahogar ahí, entre las piernas de mi prima.

Supe que algo había salido bien. Pero también supe que algo se había terminado.

Porque después de ese temblor largo se quedó quieta. Floja. Como si se hubiera vaciado de algo. Y yo, todavía con la respiración entrecortada, la boca empapada de ella y el jean apretándome la verga de un modo doloroso, no supe qué hacer.

—Lore —murmuré.

—Andate —contestó contra la almohada—. Por favor.

No me corrió con bronca. Lo dijo casi con vergüenza, como si necesitara estar sola para entender lo que acababa de pasar entre nosotros. Me pasé el dorso de la mano por la boca. Me levanté. Me acomodé el bulto adentro del jean con manos que no me respondían. Salí del cuarto, cerré la puerta despacio y crucé la casa de mi abuela en silencio. Agarré la mochila y los apuntes que había dejado sobre la mesa y me fui caminando a mi casa por las calles vacías de esa siesta de marzo, con el sabor de la concha de mi prima todavía en la boca.

***

Llegué a mi cuarto, cerré con traba y me tiré en la cama boca arriba. Me costaba creer lo que acababa de pasar. Lo repasé tres veces, cuatro, cinco, cada detalle: la sonrisa de ella sobre la mía, el corpiño barato bajo la camisa, la bombacha blanca mojada, el sabor de su concha, la mano sosteniéndome la cabeza contra el clítoris. Me bajé el jean y el calzoncillo de un tirón. La tenía tan dura que me dolía. Me escupí en la mano derecha, la que todavía olía a ella, y me la agarré por el medio.

Empecé a hacerme la paja con la mano llena de saliva y de flujo de Lorena. Cerré los ojos y me la imaginé de nuevo boca abajo en la cama de mi tía, con el culo levantado y la concha abierta esperándome, con la bombacha blanca colgando entre las rodillas. Me imaginé metiéndosela hasta el fondo, cogiéndomela como no me había animado a cogérmela esa tarde. La cabeza de la pija se me puso morada, hinchada. Bastaron pocos movimientos. Me corrí con un espasmo largo que me sacudió las piernas, disparando chorros gruesos de leche sobre la panza, sobre el pecho, sobre la mano. Terminé pensando en Lorena, en el uniforme, en el cuarto de mi tía Mónica, en la siesta entera.

Esto no se puede repetir nunca, pensé después, mientras me limpiaba la leche con una toalla vieja. Esto se queda acá.

Estaba equivocado.

Los días que siguieron esperé que Lorena me ignorara, que apareciera con la cara dura en alguna comida familiar, que dejara de hablarme. Lo merecía. Yo me había aprovechado, pensaba, aunque sabía en el fondo que no había sido así, que ella había levantado la cadera sola, que había separado las piernas sola, que me había apretado la cabeza contra la concha sola, que había sido tan parte como yo.

Pero el sábado siguiente me llamó por teléfono.

—¿Estás solo en tu casa? —preguntó.

—Sí.

—Voy para allá.

Cortó antes de que pudiera contestar. Veinte minutos después tocaba el timbre. Llevaba una mochila al hombro, como si viniera del colegio, aunque era sábado y no había clase. Adentro de la mochila, después me lo confesó entre risas con la verga mía todavía adentro, traía dos preservativos que le había sacado al cajón de mi tío Daniel.

Y ahí, en mi cuarto, con la puerta trabada y la radio puesta a todo volumen para tapar los ruidos, terminé de cruzar la frontera que aquella tarde en lo de la abuela había quedado a medio cruzar. Esa tarde le metí la pija por primera vez, y ella me la chupó por primera vez, y me la cogí de rodillas contra el borde de la cama con la pollera del uniforme todavía puesta y las tetas afuera de la camisa. Pero eso, lo que pasó esa tarde de sábado y todas las tardes que vinieron después, es una historia para otro relato.

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Comentarios(8)

Ramonete33

que relato tan bueno, me engancho desde el primer parrafo!!!

Valeria_mdq

Por favor necesito una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber como siguio todo despues

Santi_Noche

Me recordo a una situacion parecida cuando era joven, esas tardes de siesta tienen algo especial jaja

Lectora77

Muy bien escrito, se nota que sabes contar una historia. La tension del principio esta lograda perfectamente

LectorCurioso22

¿Tenes mas relatos subidos? porque si son todos asi tengo manera de pasar el dia entero leyendo

MarcosLibre

Increible como transmitis la tension de ese momento sin ponerte burdo. Sigue escribiendo asi por favor!

xime_cba

jajaja lo de las cosquillas al principio... que manera de arrancar una siesta de marzo

Alfonso24

Excelente. Corto pero muy intenso, ojala haya continuacion

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