La joven madrastra que cruzó la línea esa noche
Iván aparcó la moto frente al restaurante del muelle y le tendió el casco a Lucía sin mirarla. Llevaban media hora en silencio, los dos cascos puestos, ella agarrada a su cintura por la carretera que bordeaba la bahía. Ese tipo de silencio que se queda pegado a la piel cuando uno se baja del vehículo.
—¿Mesa para dos? —preguntó el camarero sin terminar de decidir cómo presentarlos.
—Junto a la ventana, si es posible —respondió ella.
Pidieron marisco fresco y una botella de vino blanco bien frío. La luz del atardecer entraba en sesgo por el ventanal y le dibujaba a Lucía una línea dorada a lo largo del cuello.
—¿No decías que cero alcohol con la moto? —preguntó ella, frunciendo el ceño con una sonrisa contenida.
—Una copa, mujer. Déjame respirar un poco.
—Una. Y no me mires con esa cara, Iván.
Era una escena curiosa si uno se ponía a observarla con calma. Treinta y tres años él, veinticinco ella. Ocho años de diferencia que la cronología familiar había puesto del revés: Lucía se había casado con su padre el verano anterior, así que, sobre el papel, figuraba como su madrastra. En la práctica, era una mujer que él no terminaba de mirar sin sentir que algo se le tensaba por dentro.
Cenaron despacio. Hablaron de la infancia de él, de la facultad de ella, de aquel viaje al norte que Iván había hecho dos años atrás y del que nunca acababa de contar nada. Hasta que Lucía recordó una pregunta que llevaba dándole vueltas desde la noche anterior, cuando su padre lo había recibido en casa con un examen visual demasiado largo.
—Hay algo que llevo masticando desde ayer —dijo, dejando el tenedor sobre el plato—. ¿Por qué tu padre te miró así al verte? De arriba a abajo, como si quisiera asegurarse de que estabas entero.
Iván sonrió con una mueca que no llegaba a sonrisa. Tomó un trago largo de vino, se limpió la barba con la servilleta y se quedó un momento mirando el reflejo de las luces del puerto en su copa.
—Es por algo que pasó hace unas semanas. No es nada bonito.
—Si no quieres contarlo…
—Sí quiero. A ti puedo contártelo.
Lucía bajó la mirada un segundo. Apenas un parpadeo.
—Estaba subiendo a pie por una carretera de montaña, anocheciendo ya. Llevaba la mochila al hombro y el portátil dentro. Un camionero paró y me preguntó si quería que me acercara al pueblo siguiente. Iba con su mujer y su hija en la cabina, así que me dijo que me subiera atrás, en la batea. Le hice caso.
—¿En la batea? ¿Tú solo?
—Yo solo. Hasta que dejé de estarlo.
Hizo una pausa que pareció demasiado larga. Lucía se inclinó sobre la mesa.
—En una curva, dos sombras saltaron a la batea en marcha. El camión subía tan lento por la cuesta que les bastó con dar un salto. Llevaban la cara tapada con un pañuelo y la capucha de la sudadera. Sacaron dos cuchillos. Para mí no eran más que dos siluetas en la oscuridad.
—Iván…
—El camionero no oyó nada con el ruido del motor. Yo no podía gritar, porque si paraba a ayudarme los ponía a ellos en peligro. Eran dos. Saqué el portátil y se lo ofrecí. Y el dinero, y el móvil. Les dije que se llevaran lo que quisieran.
Ella escuchaba con los labios apretados y los dedos cerrados sobre la copa.
—Pero quisieron también la mochila. Y ahí dentro llevaba mi diario, el de todo el año de viaje. Me defendí. Uno me agarró por detrás y me apretó el cuchillo contra el cuello.
Iván se apartó un poco la barba con dos dedos y dejó ver una cicatriz fina y reciente, casi blanca ya, justo debajo de la mandíbula. Lucía se inclinó por encima de la mesa y miró la marca un instante antes de retirar la cara, como si quemase.
—No tenía ni idea —murmuró.
—Le insistí: «Llevaos todo, pero la mochila no». Y al final lo hicieron. Cogieron el ordenador, el móvil y el dinero, y saltaron en marcha del camión. Yo me quedé abrazado a la mochila el resto del trayecto, sin poder moverme, sudando como si me fuera a dar algo allí mismo.
Lucía tenía los ojos vidriosos, pero no dijo nada hasta que él terminó.
—Es lo más cerca que he estado de la muerte. Ni siquiera el accidente de moto del año pasado se acerca. Medio centímetro más y el cuchillo me habría abierto la yugular.
Ella tragó saliva. Cruzó la mano por encima de los platos y la posó sobre la de él.
—Esta noche volvemos en taxi —dijo, con la voz rota—. Bebe lo que quieras.
Levantó la copa.
—Por ti, Iván. Por seguir aquí.
Brindaron en silencio. Iván vació la mitad de la copa de un trago.
—¿Mi padre lo sabe? —preguntó ella, aunque ya sospechaba la respuesta.
—Le dije que me habían robado. Nada más. Y no se lo cuentes nunca, Lucía.
—Nunca —prometió ella, mirándolo a los ojos.
***
El segundo plato llegó con la botella ya por la mitad. Lucía pidió que la dejaran sin reponer y volvió a llenar las dos copas ella misma.
—Te toca a ti —dijo Iván, recuperando un poco de la sonrisa—. Yo ya te he contado lo mío.
—No es justo. Lo tuyo es un trauma. Lo mío es una mala decisión de adolescente.
—Igualmente.
Lucía respiró hondo. Jugueteó con el pie de la copa, las uñas tamborileando el mantel.
—Llegué del instituto y todo estaba vacío. Oí a mi padre hablar por teléfono en su despacho, anotando el nombre de una cafetería. Me escondí en mi cuarto. Cuando se fue, pasé un lápiz por el taco de notas para calcar la dirección que había escrito encima.
—Como en CSI —dijo él, intentando aligerar el aire.
—Como en CSI. Lo encontré con otra mujer. Los espié desde la calle, detrás de la cristalera, sintiéndome la persona más estúpida del mundo por no atreverme a entrar y a mirarla a la cara.
—Eras muy joven, Lucía.
—Lo callé un año entero. Un año entero viéndolo llegar tarde y mintiéndole a mi madre por él. Me decía a mí misma que le hacía más daño contándolo. Acabé odiándolo. Y, al final, fue él quien nos dejó.
Se le escapó una lágrima que ella se secó con el dorso de la mano antes de que terminara de caer. Iván dejó la copa y le cubrió la mano con la suya, igual que ella había hecho antes con la de él. Estuvieron así un minuto largo, sin hablar, mientras las luces del muelle se iban encendiendo una a una en el cristal.
—¿Y no crees que te pareces más a tu madre de lo que piensas? —preguntó él al fin.
Lucía levantó la mirada. Sabía perfectamente adónde quería llegar.
—Sé adónde vas. Y sí. Lo sé.
—Mi padre también tiene «amigas», Lucía. No solo amigas. Lo sé desde hace meses.
—También lo sé.
Se sostuvieron la mirada el tiempo justo para que aquello dejara de ser una conversación entre madrastra e hijastro. Iván sintió el calor subiéndole por la nuca, y algo más abajo, un tirón sordo entre las piernas que lo hizo cambiar de postura en la silla. Lucía retiró la mano, despacio, sin apartar los ojos, y él le vio el pezón marcarse contra la tela del vestido como si acabara de tocarlo con la yema.
—Pidamos el taxi —dijo él, con la voz un poco más baja de lo necesario.
***
El piso de Iván estaba a diez minutos del puerto, en la parte alta del barrio antiguo. Su padre y Lucía vivían a media hora, en la casa familiar de las afueras. No hablaron en el taxi. Ella miraba por la ventanilla con el reflejo del cristal duplicándole los ojos. Él miraba el cuentakilómetros del taxímetro sin verlo, con la polla medio dura apretándole el pantalón y la mano cerrada sobre el muslo para no llevarla al de ella.
—Sube a por agua —dijo Iván cuando el taxi paró delante de su portal—. Antes de seguir hasta casa de mi padre.
Lucía no contestó. Bajó del taxi y entró en el portal detrás de él.
El piso era pequeño y olía a libros y a madera vieja. Iván fue directo a la cocina y llenó dos vasos con agua del grifo. Cuando se giró, Lucía estaba apoyada en el marco de la puerta, descalza, con los zapatos en una mano.
—No quiero ir a casa todavía —dijo ella.
—No tienes que ir.
Le tendió uno de los vasos. Lucía lo cogió con las dos manos y bebió despacio, sin apartar la mirada de él. Iván vio cómo una gota le bajaba por el cuello, le rodeaba la clavícula y se perdía bajo el escote del vestido. Sintió la mandíbula apretarse sola y la polla empujando de nuevo contra la bragueta.
—No deberíamos —dijo él.
—Ya lo sé.
Lucía dejó el vaso sobre la encimera. Dio un paso. Otro. Iván no se movió.
—Tu padre… —empezó él.
—Mi padre y el tuyo son el mismo tipo de hombre, Iván. Y no estoy aquí por venganza. Estoy aquí porque llevo seis meses despertándome empapada pensando en esto. Cada puta mañana. Si me dices que me vaya, me voy. Pero no me lo vas a decir.
Iván no le dijo que se fuera. Le quitó el vaso de la mano, la agarró por la nuca y la besó con la boca abierta. Ella cedió de golpe, como si llevara toda la cena conteniendo la respiración, y le metió la lengua sin ceremonia. Iván notó el sabor a vino blanco y la punta de la lengua de ella buscando la suya como si quisiera comérsela desde dentro.
El beso no fue suave. Se volvió mordisco a media boca, dientes contra labio, saliva en la barbilla. Iván la pegó contra la encimera de canto, le agarró el culo por encima del vestido con las dos manos y la levantó dos centímetros para que sintiera la polla dura clavándosele en el vientre. Lucía soltó un gemido que le raspó dentro de la garganta.
—Joder, la tienes durísima —murmuró ella contra su boca.
—Y tú llevas media noche mirándome como si quisieras que te la meta ahora mismo.
—Es que quiero.
Las manos de Lucía le subieron por la nuca y le tiraron del pelo hacia atrás justo lo suficiente para mirarlo a los ojos. Tenía las mejillas encendidas y los labios hinchados.
—Una vez —dijo ella, agitada—. Solo esta noche. Después no se vuelve a hablar.
—Solo esta noche. Y esta noche te voy a follar como no te ha follado nadie en su puta vida.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Iván le bajó el tirante derecho del vestido con un solo dedo. Después el izquierdo. La tela cedió hasta la cintura. Lucía se quedó delante de él en sujetador negro de encaje, los hombros pecosos, la respiración corta y las tetas subiendo y bajando dentro de las copas. Le buscó el cinturón a tientas y se lo desabrochó sin dejar de sostenerle la mirada. Le bajó la cremallera, metió la mano por dentro del bóxer y le agarró la polla de golpe, sin prólogo, cerrando el puño alrededor con una lentitud calculada.
—Hostia —murmuró, sopesándola—. Es más grande de lo que pensaba.
—Llevas seis meses pensándola.
—Llevo seis meses imaginándomela. No es lo mismo.
Le sacó la polla por encima del elástico y empezó a masturbarlo con la muñeca firme, subiendo y bajando la mano entera, apretando bajo el glande cada vez que llegaba arriba. Iván se le apretó contra el pubis con un gruñido y le mordió la curva del cuello.
—Al cuarto —dijo él, casi sin voz—. Como sigas así me corro en tu mano.
—Todavía no.
La levantó por la cintura. Lucía le enredó las piernas alrededor y se dejó llevar mordiéndole el cuello justo encima de la cicatriz. Iván caminó por el pasillo con ella colgada, chocando contra el marco de la puerta, y cuando la dejó caer sobre la cama, Lucía ya tenía la espalda arqueada y los dedos enredados en su camisa, tirando hacia arriba.
Iván se quitó la camisa de un tirón. Se bajó el pantalón y el bóxer de una sola vez, se quedó desnudo delante de ella, con la polla apuntándole al vientre, y Lucía se incorporó sobre los codos para mirárselo. Se pasó la lengua por el labio inferior sin darse cuenta.
—Ven aquí —dijo ella, tirándole del antebrazo.
Iván se dejó caer sobre la cama y Lucía lo empujó de espaldas contra el colchón. Le pasó una pierna por encima, le besó la boca, le besó la barba, le besó la cicatriz del cuello con una lentitud casi religiosa, y después empezó a bajar. Le mordió el pezón, la línea del vientre, el hueso de la cadera. Cuando le llegó el aliento a la polla, Iván ya estaba con la cabeza tirada hacia atrás y las manos agarradas a las sábanas.
—No hace falta que… —empezó.
—Cállate. Llevo seis meses queriendo hacerlo.
Lucía le agarró la base con una mano y se la metió en la boca hasta la mitad de golpe. Iván soltó un jadeo brusco y se le movieron las caderas solas. Ella la sacó despacio, chupando desde la base hasta la punta, le lamió el glande con la lengua plana como si fuera un helado, y volvió a metérsela entera, esta vez hasta el fondo, hasta que él le sintió la punta de la garganta cerrarse alrededor.
—Joder, Lucía, joder…
Ella lo miró desde abajo con la polla dentro y los ojos brillantes, y siguió chupándosela con un ritmo constante, una mano acompañando a la boca, la otra masajeándole los huevos. Iván le puso la mano en la nuca sin apretar, solo para sentirla, y notó cómo tragaba, cómo respiraba por la nariz, cómo la saliva le empezaba a caer por la comisura.
—Como sigas así me corro en tu boca —le avisó él, ronco.
Lucía la sacó de golpe, la sujetó apuntándole a la cara, y le sonrió con los labios brillantes.
—Esta noche no. Esta noche te corres dentro.
Iván la agarró por los hombros y le dio la vuelta. Lucía cayó boca arriba sobre el colchón, riéndose bajo, y él se puso encima. Le desabrochó el sujetador con dos dedos, se lo sacó de un tirón y le dejó las tetas al aire. Eran pequeñas, blancas, con los pezones oscuros y ya duros. Iván le agarró una entera con la mano y le chupó el pezón con la boca abierta, dando vueltas con la lengua, mordiéndolo justo lo suficiente para hacerla gemir.
—Más fuerte —pidió ella—. No soy de porcelana.
Iván le mordió el pezón hasta hacerla gemir más agudo y le pellizcó el otro entre el índice y el pulgar. Lucía arqueó la espalda y le clavó las uñas en la nuca.
—Así, joder, así.
Iván le subió el vestido por las caderas hasta sacárselo del todo. Lucía se quedó tumbada, en braga negra de encaje, con la luz de la calle entrando por la persiana y dibujándole bandas claras y oscuras sobre la piel. Le metió la mano por dentro del elástico, le pasó los dedos por encima del coño sin apretar y notó que estaba empapada hasta la ingle.
—Mira cómo estás —murmuró, con la boca contra el cuello de ella—. Estás chorreando.
—Estoy así desde que me has agarrado en la cocina.
Él le bajó la braga con los dientes hasta media pierna y después con las manos hasta los tobillos. Se la sacó del todo y la tiró al suelo. Lucía abrió las piernas sin que se lo pidiera. Iván se quedó un segundo mirándola, con la respiración pesada.
—Joder, qué coño tienes.
—Come.
Iván se dejó caer de rodillas al pie de la cama, la agarró por los muslos y tiró de ella hasta el borde del colchón. Le levantó las piernas hasta apoyárselas sobre los hombros y le hundió la cara entre las piernas sin más aviso. Le pasó la lengua desde abajo hasta arriba, lento, con la lengua plana, recogiendo todo lo que ella tenía por fuera, y notó el sabor a sal y a hembra empapándole la barba.
Lucía soltó un gemido bajo, agarrada a las sábanas.
—Joder, Iván…
—Calla.
La trabajó con la lengua sin prisa, agarrándole los muslos para mantenerla pegada a la cama cuando intentaba moverse. Le hizo círculos alrededor del clítoris sin tocarlo, la penetró con la lengua todo lo que le entró, subió otra vez, le atrapó el clítoris entre los labios y lo chupó despacio. Lucía se tapó la boca con la mano, después la apartó, después se rindió y empezó a gemir sin filtro, con la voz saliéndole entera.
—Métemelo, mételo con la lengua, así, así, joder, no pares…
Iván le metió dos dedos a la vez que le chupaba el clítoris, curvándolos hacia arriba para buscarle el punto por dentro. Lucía se le abrió más, se le pegó a la cara, empezó a moverle la cadera contra la boca sin control. Le tiró del pelo cuando notó que se acercaba, le clavó los talones en la espalda, dejó de respirar tres segundos y se corrió contra su boca con un gemido sordo que se le quedó dentro. Iván notó el coño apretándole los dedos en oleadas y siguió chupándole el clítoris hasta que ella le empujó la cabeza porque no aguantaba más.
—Para, para, joder, no puedo, para.
Iván subió por su cuerpo besándole cada centímetro. Le besó el vientre, le mordió una teta al pasar, le lamió el hueco entre las clavículas. Cuando llegó a la altura de su cara, Lucía le tomó la mandíbula entre las manos y se lamió su propio sabor de los labios de él con la lengua.
—Ahora tú —murmuró—. Ahora fóllame.
Iván se colocó entre sus piernas. Se agarró la polla con la mano, se la pasó por encima del coño de arriba abajo, empapándola en ella, y le rozó el clítoris con el glande dos, tres veces. Lucía dio una sacudida entera cada vez.
—Métemela ya, Iván, por favor, métemela.
Él entró despacio, con una contención que le costó la vida sostener. Centímetro a centímetro, mirándola a los ojos. Lucía se quedó con la boca abierta y sin sonido, y solo cuando Iván llegó hasta el fondo dejó escapar el aire en una sola exhalación larga.
—Joder, cómo la tienes.
—No pares.
—No paro.
Empezó despacio, con embestidas largas, sacándola casi entera y volviendo a hundírsela hasta la base, apoyado en los codos a ambos lados de su cabeza. Lucía le agarraba los antebrazos con los ojos entrecerrados, gimiendo bajo con cada empuje. Después Iván fue ganando ritmo, más fuerte, más profundo, y la cama empezó a crujirle contra la pared. Lucía le subió las piernas alrededor de la cintura y le clavó las uñas en los omóplatos cada vez que él bajaba un poco más a fondo.
—Así, joder, así, más fuerte, rómpeme.
—¿Así?
—Más.
Iván se incorporó, se sentó sobre los talones y le agarró las piernas por los tobillos. Le levantó las dos piernas hasta apoyárselas sobre su hombro derecho y empezó a follársela en ese ángulo, con la polla entrándole desde arriba, a plomo, hasta el fondo cada vez. Lucía dio un grito que ahogó a medias con el dorso de la mano.
—Joder, joder, ahí, ahí no, ahí sí, joder…
—¿Te gusta cómo te folla el hijastro, eh?
—Cállate y sigue.
—Dilo.
—Me gusta cómo me folla el hijastro, ya está, ¿contento?
Iván le mordió el gemelo y bajó el ritmo un segundo solo para hacerla sufrir, y después volvió a acelerar. Lucía se pellizcó los pezones ella misma, con las dos manos, sin dejar de mirarlo. Iván le mordió la curva del cuello, justo donde ella le había mirado la cicatriz minutos antes, y notó cómo se le agarraba con los muslos.
—Iván, no voy a aguantar otra…
—Sí vas.
La giró sin salir de ella, tirándola contra el colchón con la polla todavía dentro. Lucía quedó bocabajo, la cara hundida en la almohada, y él le levantó las caderas hasta ponerla de rodillas, con el culo en alto y la espalda arqueada. Se echó por encima un segundo para morderle la nuca.
—Apóyate en los codos y no bajes el culo.
—Sí.
Iván la tomó por las caderas con las dos manos y empezó a embestirla desde atrás, esta vez sin contención. El sonido de las caderas de él chocando contra el culo de ella llenó la habitación, seco, rítmico, como una bofetada continua. Lucía gemía contra la almohada para ahogar lo que iba a salirle, pero se le escapaba igual. Iván le dio un azote en la nalga derecha, primero para probar, y ella se apretó entera alrededor de la polla.
—Otra —pidió ella, ahogada.
Iván le dio otra, más fuerte. Lucía dejó escapar un gemido largo. La marca roja de la mano se le quedó dibujada en la piel. Él le agarró el pelo con una mano y tiró un poco hacia atrás, obligándola a levantar la cabeza de la almohada.
—Quiero oírte.
—Fóllame, joder, fóllame, así, así, no pares, no pares…
Esta vez no fue suave. Tampoco rápido. Fue el ritmo justo para que Lucía empezara a temblar otra vez antes de lo que esperaba, todo el cuerpo entrando en tensión, los muslos apretándose alrededor de la polla, el coño palpitándole en pulsos que Iván notó uno a uno.
—Me corro, me corro otra vez, joder, me corro…
Iván no bajó el ritmo. Le agarró la cintura con las dos manos, le hundió la polla hasta el fondo y la mantuvo ahí, moviendo la cadera en círculos pequeños, mientras Lucía se corría con la boca contra la almohada y la espalda en arco. La notó apretarse en oleadas alrededor de él, empapándolo hasta la base, y aguantó como pudo.
—Ahora tú —murmuró ella en cuanto pudo hablar, todavía temblando—. Córrete dentro, córrete dentro de mí, Iván, quiero sentirlo.
Iván embistió tres, cuatro, cinco veces más, cada una más profunda y más lenta, y a la sexta se hundió hasta el fondo, se agarró a las caderas de ella como si fuera lo único sólido del mundo y se corrió dentro, mordiéndose el labio para no decir nada que después no pudieran retirar. Notó cada latido de la polla vaciándose contra ella, y notó cómo Lucía se apretaba con los muslos para no perder ni una gota.
Se quedaron así un rato largo, sin separarse, con la respiración volviendo despacio. Iván apoyado sobre la espalda de ella, la frente entre sus omóplatos, la polla todavía dentro y ablandándose poco a poco. Cuando por fin salió, notó el semen escurriéndose por el muslo de Lucía, y ella soltó un gemido bajo, casi de queja, como si echara de menos algo.
—Ven —murmuró ella.
Se dejaron caer los dos de lado, ella pegada a él por la espalda, el brazo de Iván cruzándole el vientre. La luz de la persiana seguía marcándoles franjas paralelas sobre la piel.
—Una vez —repitió Lucía contra la almohada, sin volverse.
—Una vez —contestó Iván, con la mano bajándole por el vientre otra vez, sin poder evitarlo.
Ninguno de los dos sonó muy convencido. Los dedos de Iván volvieron a colarse entre las piernas de ella y la encontraron todavía empapada, resbaladiza de él y de ella. Lucía se abrió un poco sin decir nada.
—¿Otra vez? —murmuró él contra su oreja.
—Otra vez.
Pero antes de eso, se quedaron quietos un momento. Lucía se giró hacia él y le buscó el cuello con la frente, justo encima de la cicatriz. Se quedó ahí, respirando contra su piel, sin decir nada más.
Al cabo de un rato, ella habló en voz baja.
—Tu padre no se va a enterar.
—No.
—Y mi madre tampoco.
—Tampoco.
Iván le besó el pelo. Lucía cerró los ojos y le pasó la pierna por encima de la cadera para volver a tenerlo cerca. Fuera, los barcos del puerto se mecían suavemente con la marea, y dentro de la habitación los dos sabían perfectamente que aquella iba a ser la primera de muchas noches que jamás contarían a nadie.