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Relatos Ardientes

Mi hijo me confesó su fantasía con su madre

Sé que se han contado mil historias parecidas en los últimos años, pero la mía empezó como cualquier otra y terminó volviéndose algo que jamás me habría atrevido a imaginar. Llevábamos seis meses encerrados en la casa de la costa de Almería cuando entendí que mi familia ya no era la que yo creía.

Me llamo Andrés. Tengo cuarenta y ocho años, gano lo suficiente para que mi mujer no tenga que pisar una oficina y, hasta entonces, mi mayor preocupación había sido aguantar el ritmo sexual de Carmen sin recurrir cada noche a la pastilla azul. Ella tiene diez años menos que yo, un cuerpo que se cuida con disciplina militar y un apetito que me dejaba seco antes del desayuno.

—Vamos, Andrés, no te quejes tanto —me decía a media mañana, con las zapatillas puestas y el moño tirante—. Te voy a poner como un toro.

Salíamos a correr cada día por los caminos de tierra que rodean la urbanización. Al principio sentía que me moría a los dos kilómetros. Al cabo de tres semanas, ya cubría los cinco sin clavar las manos en las rodillas. Carmen sonreía de medio lado cuando me veía recuperar el aliento bajo el porche.

—Mira la barriga, mi amor —decía, pellizcándomela—. Te queda menos para presumir.

Con nosotros corría siempre Mateo, nuestro hijo mayor. Acababa de cumplir dieciocho y empezaba la carrera de Medicina online. Tenía el cuerpo seco y musculado de su madre, esa misma capacidad para estirar el aliento sin sufrir. Mientras Carmen y yo terminábamos cinco kilómetros, él hacía diez y volvía sin una gota de sudor en la frente.

—Venga, abuelete, que en una semana te alcanzo —se reía—. Te toca, viejo.

Nos retábamos en todo. Sacó de mí esa competitividad estúpida que me sale cuando alguien me dice que no puedo. En el fondo, me sentía orgulloso de él. No era solo el físico. Era cariñoso, hablaba con su madre como si fueran amigos y conmigo se daba abrazos largos antes de subir a su cuarto. Esa cercanía suya con todos nosotros me parecía sana. Eso pensaba.

Y después estaba Sofía, mi hija menor. Acababa de cumplir diecinueve y se había marchado del Madrid universitario para encerrarse con nosotros en la casa de la costa. Era el reflejo exacto de su madre cuando yo la conocí, solo que con la melena teñida de un castaño más claro y una manera de mirarme que a veces se me quedaba enredada en el pecho durante horas. No tengo ninguna excusa para confesarlo: durante esos seis meses empecé a verla como una mujer. Y aprendí a callármelo.

***

—Papá, ¿te vienes a correr conmigo esta tarde? —me preguntó una mañana de mayo, asomada al hueco del despacho.

—En cuanto termine la reunión, princesa.

Bajó a las siete con un top que parecía pintado encima y unos pantaloncitos que se le ceñían hasta marcar cada hueso de la cadera. Cuando se giró para atarse las zapatillas, los pechos se le tensaron contra la tela y tuve que mirar al jardín durante medio minuto para recuperar la respiración.

—Vas a coger frío, hija.

—Que no, papi, entro en calor enseguida.

Carmen, que pasaba con una toalla al hombro, soltó una carcajada cuando me vio la cara.

—Si me esperáis cinco minutos, voy con vosotros.

—Mami, mejor mañana, que eres una tardona y se nos hace de noche.

Lo agradecí en silencio. No estaba para aguantar el ritmo de Carmen y, al mismo tiempo, intentar no mirar a mi hija. Dejé que Sofía fuera delante. Durante esos cinco kilómetros, mi vista no se movió. El movimiento de su espalda, la curva de las nalgas bajo el algodón, los muslos firmes que se le tensaban en las cuestas. Volví a casa con el cuerpo confundido y la conciencia tirada en el polvo del camino.

—¿Lo has pasado bien? —me preguntó al llegar, con las mejillas encendidas y una felicidad que me partió por dentro.

—Mucho, mi amor —le mentí a medias.

***

A partir de aquel día doblé los entrenamientos. Carmen lo celebraba en la ducha conjunta de cada mañana, donde caía siempre un polvo rápido, otro lento por la noche y, si la siesta nos lo permitía, un tercero a media tarde. Era un ritmo bestia. La pastilla azul me sostenía, sí, pero también un truco mío que no le confesé: cerraba los ojos al embestirla y veía a Sofía en pantaloncitos cortos, con la frente brillante de sudor.

—Andrés, qué fogosidad la tuya estos días —me decía Carmen, mordiéndose el labio—. Me encanta lo que estás haciendo con tu cuerpo.

—Es por ti, mi vida. Solo por ti.

No me sentía orgulloso del pensamiento, pero el cuerpo era el cuerpo.

Durante el encierro, todo se volvió un campo minado de detalles que antes no veía. La forma en que Sofía se sentaba en el sofá con una pierna doblada hacia mí. La manera en que Carmen iba descalza por la cocina con un pareo apenas atado al pecho. Hasta los abrazos prolongados de Mateo, que ya casi me alcanzaba en altura y me apretaba el omóplato como si quisiera dejar señal.

***

El día que se rompió todo era un viernes de junio. Habíamos estrenado la piscina la víspera y el calor se había vuelto insoportable. Bajé al jardín con bañador y vi a Mateo ya sentado, los dos portátiles abiertos sobre la mesa, vasos de zumo de naranja recién exprimidos por su madre.

—Papá, joder, mira cómo te has puesto —se rio—. Eres otro.

—Cuidado, enano, que tu padre aún te dobla en muchas cosas —le agarré del cuello.

Forcejeamos un rato como dos críos. Cuando Carmen y Sofía bajaron con los biquinis, ninguno de los dos pudo disimular. Mi mujer abrió las hamacas, Sofía se tumbó boca abajo y se desabrochó la parte de arriba sin pedir permiso. Carmen la imitó al instante.

—Estamos en familia y a los pechos les viene bien el sol —dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Mateo me miró. Yo le miré. Los dos teníamos una erección que ningún bañador disimulaba.

—Papá —susurró—, mira a Sofía. Los tiene casi como los de mamá.

—Cállate, bestia.

—Está bien, está bien… pero los de mamá siguen siendo otra cosa.

—Esos son míos —le advertí, medio en broma—. Tú a pajearte, que es lo que te toca.

Volvió a reírse y me dio un manotazo en el hombro. Después se quedó callado un instante.

—Oye, papá. ¿Entramos a la cocina un segundo? Quiero comparar una cosa.

—¿Comparar qué, animal?

—Pues lo que tú estás pensando.

Le miré, sin saber si era una broma o si el calor le había hecho perder el juicio. Me levanté antes de pensarlo. Cuando entramos al salón, sentí que cruzaba una puerta de la que no podría volver.

***

—Quítate el bañador —dijo, ya bajándose el suyo.

—Mateo, eres un guarro.

—Tú también, papá. Llevas dos meses mirándole el culo a Sofía cada vez que sale al jardín.

Me quedé clavado. Lo dijo sin reproche, casi con ternura. Bajé el bañador. Él se acercó, agarró su polla y, sin pedir permiso, la apoyó contra la mía. Las unió con la mano. Eran idénticas. Mismo grosor, mismo largo. Sentí cómo se me iba el aire.

—No me jodas —murmuré.

—Si quieres, te la chupo, papá —dijo en voz baja, sin soltarme—. Pero lo que de verdad quiero es follarme a mamá contigo.

Aquellas palabras me dejaron sin saliva. Le habría empujado. Tendría que haberle empujado. En su lugar, lo escuché.

—Estás enfermo, hijo. Crees que tu madre va a aceptar eso.

—Estás muy equivocado con ella. Y sé que tú llevas meses pensando en Sofía. Yo te ayudo con ella si tú me ayudas con mamá.

No le contesté. Mateo se arrodilló y me lamió desde la base hasta arriba. Cerré los ojos. La razón se me cayó al suelo con el bañador. Lo tumbé en el sofá y nos colocamos en un sesenta y nueve perfecto. Él me agarraba el culo, lamía, mordía. Yo le devolvía cada gesto con una urgencia que no me conocía. Era mi primera vez con un hombre y, según me confesaría después, también la suya.

Si Carmen o Sofía hubieran abierto la puerta en ese momento, se nos habría caído la vida encima. No lo hicieron. En menos de dos minutos descargamos los dos a la vez. Tragué. Él también. Nos miramos sin saber qué decir. Subimos los bañadores, nos besamos una sola vez, con lengua.

—Lo que ha pasado, no ha pasado —le dije.

—Sí, papá. Pero me ayudarás con mamá. Esa es la condición.

No le contesté. Salimos al jardín.

***

Las semanas siguientes fueron una conspiración silenciosa. Yo provocaba a Carmen por las noches diciéndole lo descarada que iba con Mateo en la piscina, lo puta que se estaba portando con su hijo. Descubrí que aquellas palabras la encendían. Que respondía con una respiración acelerada y susurros sobre tener dos pollas dentro a la vez. Yo seguía la fantasía. Mateo, que sabía perfectamente lo que estaba haciendo, empezó a vestirse aún más ligero por casa, a tocarla con un descaro nuevo, a salir a correr con ella en pantalón corto pegado a la piel.

Carmen se dejó querer. Una noche, mientras yo la embestía a cuatro patas en nuestra habitación, la puerta se abrió. Mateo entró, cerró el pestillo y se quedó parado a un metro de la cama. Carmen levantó la cabeza. No protestó. La cara de incredulidad le duró tres segundos. Después se le puso esa sonrisa que yo le había enseñado a poner.

—Es lo que querías, putita —le susurré al oído—. Lo querías con tu hijo, ¿no?

—Andrés…

—Dilo.

—Sí. Sí, lo quiero.

Mateo se subió a la cama. Empezó a besarla con una intensidad que me hizo dudar de si aquello era la primera vez que pasaba o solo la primera que yo veía. Le ofreció la lengua, el cuello, la oreja. Encontró ese punto exacto que solo yo conocía, el mordisco en el lóbulo que la hacía temblar. Yo me ocupé de la zona baja: lamí, separé, ensalivé.

Cuando vi a Mateo guiando la cabeza de su polla hacia la boca de Carmen, le acerqué la mía. Le susurré:

—Te follarás a tu madre como querías. Después yo te rompo el culo. ¿Entendido?

—Sí, papá. Sí.

Carmen tragó, lamió, mezcló las dos en su boca como si llevara la vida entera esperando aquel momento. Después se sentó sobre mí, dándome la espalda, y me tragó por el ano con la misma facilidad con la que respiraba. Mateo se colocó frente a ella y la penetró por delante. Yo le acariciaba el clítoris con dos dedos, Mateo le mordía los pechos y el cuello, los tres encontramos un compás. Tardó un minuto en explotar.

Gritó. No tuvo cuidado, no se contuvo. Mordió los labios de su hijo, balbuceó palabras que no entendí, descargó en una temblorina que le subió desde los pies hasta los hombros. Cuando se calmó, Mateo todavía no había acabado. Tampoco yo. Buscamos las manos por encima del cuerpo de Carmen, las enlazamos sobre su vientre y descargamos los dos a la vez, en chorros que le mancharon la cara y los pechos.

—Joder —fue lo único que dijo Carmen, con los ojos cerrados.

***

Dormimos los tres juntos esa noche, y muchas otras después. Mateo se acostumbró a recoger las gotas que caían de los labios de su madre, a compartirlas con ella y conmigo en besos lentos antes de cerrar los ojos. Cumplí la promesa que le había hecho en el salón: una madrugada lo encontré follándose a Carmen a cuatro patas, me coloqué detrás de él, le ensalivé el ano y entré despacio. Carmen abrió los ojos. No dijo nada durante medio minuto.

—Andrés, yo no sabía…

—Calla, mi vida. Ya te explicaré. Tú disfruta.

Le costó al principio. Después no. Mateo se arqueó y dejó escapar un gemido tan agudo que parecía otra persona. Carmen, debajo, no dejaba de mirarme con una mezcla de incredulidad y deseo que no le había visto antes. Acabamos los tres exhaustos, enredados, con el sol despuntando por la ventana.

El cuarto miembro de la familia seguía durmiendo al otro lado del pasillo. Sofía. Ese verano no la toqué, aunque pensé en ella cada vez que me corría dentro de su madre o en la boca de su hermano. Mateo me había prometido que me ayudaría con ella. Cumplió la primera mitad del pacto. La segunda mitad, si esto se lee, ya os la contaré con calma.

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Comentarios (2)

CarlitosWay91

Impresionante, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

curiosa_porteña

Por favor seguila, quedé con ganas de saber como termina todo esto. No me dejes asi!!

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