La noche que mi hija mayor entró en el cuarto del bebé
Hace unas semanas que no consigo dormir bien. Cierro los ojos y vuelve la imagen de esa noche, el olor a talco del cuarto de la bebé, la respiración entrecortada de Camila y mi propia voz diciendo cosas que jamás creí que diría. Me llamo Lorena, tengo treinta y nueve años, y todavía no entiendo cómo terminé acariciando a mi propia hija mayor en la madrugada de un martes cualquiera.
Para que se entienda lo que pasó, tengo que retroceder mucho. Cuando estaba en la universidad, compartí un semestre de departamento con una compañera que me hizo dudar de un montón de cosas. Se llamaba Mariela. Tenía unos pechos enormes, una piel oscura como el café tostado y una costumbre desesperante de pasear por el living solo con una camiseta vieja. Muchas noches me quedaba acostada escuchándola respirar al otro lado del tabique, mojándome de solo imaginar cómo sería pasarle la lengua por el cuello, abrirle las piernas y lamerla hasta que se mordiera la almohada.
Una madrugada perdí el miedo y se lo dije. Lo hicimos esa noche y varias más, hasta que terminó el semestre y cada una volvió a su ciudad. Yo nunca me consideré lesbiana, ni bisexual, ni nada. Era algo que me había pasado con ella, y punto. Cuando conocí a Mauricio unos meses después, enterré esa parte de mí en algún rincón de la cabeza y no la dejé salir durante más de veinte años.
Nos casamos jóvenes. Camila nació cuando yo tenía diecisiete recién cumplidos y Mauricio veintiuno. La habíamos buscado, aunque éramos un desastre económicamente. Tan desastre que el estrés me dejó sin leche a las pocas semanas y tuve que destetarla casi al principio. Eso me persiguió mucho tiempo. Cuando años más tarde llegó Sofía, en otra etapa, ya con casa propia y todo más calmado, pude amamantar como siempre quise.
Camila lo notaba. Yo me sentaba en el sillón con la bebé prendida al pecho y ella se quedaba parada en el umbral, con la cara torcida. Le preguntaba si necesitaba algo y siempre me decía que no. Una tarde la escuché llorar bajito del otro lado de la pared. Otra vez me dijo, medio en broma, que Sofía «no sabía la suerte que tenía». Lo dejé pasar. Tendría que haberlo hablado entonces, pero me hice la distraída.
La noche en cuestión, Mauricio estaba en un viaje corto por trabajo. Era martes, casi medianoche. Sofía se había despertado por hambre y yo me senté en la mecedora del cuarto de la bebé, con la luz tenue del velador encendida y la remera del pijama subida hasta la clavícula. Camila apareció en la puerta sin avisar. Llevaba una camiseta vieja de Mauricio, las piernas desnudas, el pelo recogido en una cola que se le iba cayendo de un lado.
—¿Puedo entrar? —preguntó en voz baja.
—Claro, hija. Pasá.
Se sentó en el suelo, contra la pared, mirando cómo la bebé se prendía y se soltaba. Estuvo callada un rato largo. Yo pensé que se iba a quedar dormida ahí, en posición fetal, como cuando era chiquita y le daban miedo las tormentas.
—Mami —dijo de repente—. ¿A mí me amamantaste alguna vez?
Se me cerró la garganta. Le contesté lo que era cierto: que muy poquito, que la leche se me había ido por los nervios, que lo había intentado pero no había sido suficiente. Le dije perdón, como tantas veces, sin saber bien por qué seguía pidiendo perdón después de tantos años.
Ella asintió despacio, como si ya supiera la respuesta y solo hubiera querido escucharla otra vez.
—Entonces yo no sé qué es eso —dijo—. Tomar leche del pecho de una mamá. Lo único que recuerdo son mamaderas.
Me quedé sin aire. No por la frase en sí, sino por el tono. Lo dijo con una calma rara, sin mirarme, como si me estuviera proponiendo algo y no me estuviera proponiendo nada al mismo tiempo.
—Camila —empecé—. Sos una mujer adulta. Eso no se hace.
—Ya sé que no se hace —me cortó—. Pero quiero saber qué se siente.
Sofía se quedó dormida en mi regazo con el pezón todavía en la boca. La despegué con cuidado, la pasé a la cuna, me acomodé el pijama sin terminar de cerrarlo. Camila seguía sentada en el piso, observándome con una intensidad que nunca le había visto.
—Vení —le dije.
Apenas lo dije supe que estaba mal. Pero también supe que no me iba a echar atrás.
Se levantó y vino. Se sentó en el apoyabrazos de la mecedora, y yo me corrí un poco para que pudiera apoyar la cabeza contra mi hombro. Le aparté el pelo, le besé la frente como cuando era chica. Después le ofrecí el pecho derecho, el que la bebé no había vaciado del todo.
Camila lo tomó con los labios despacio, sin presión, como si tuviera miedo de hacerme doler. Sentí la lengua tibia, el roce suave de los dientes, una succión tímida que se fue haciendo más firme. Una gota de leche le salió por la comisura. Se la limpió con el dorso de la mano y volvió a prenderse.
No estoy preparada para describir lo que sentí en ese momento. Era ternura, era pena por la mujer que yo había sido a los diecisiete sin poder amamantar, era una corriente eléctrica que me bajaba desde el pezón hasta el vientre. Cerré los ojos. Me dije que era el cansancio, que era la oxitocina, que era cualquier cosa menos lo que estaba siendo.
—Mamá —murmuró Camila con la boca todavía pegada a mí—. Estás temblando.
—Estoy bien.
—No estás bien.
Levantó la cabeza. Me miró desde abajo. Tenía los ojos brillantes, las mejillas rojas, los labios húmedos de leche y de saliva. No sé cuánto duró ese silencio. Yo podía contar mis propios latidos contra las costillas.
Después ella hizo algo que no esperaba. Me bajó el tirante del pijama, me liberó el otro pecho y se inclinó a lamerlo sin succionar, como si ya no le interesara la leche sino la piel. Tres lenguazos lentos. Cuatro. Yo me agarré con fuerza del apoyabrazos. Decile que pare, Lorena. Decilo ya.
No dije nada.
Cuando subió por mi cuello y me besó en la boca, dejé de fingir. Le devolví el beso, le metí los dedos en el pelo, la atraje hacia mí hasta que terminó sentada a horcajadas sobre mis piernas, con los muslos desnudos abiertos contra los míos. Sentí su humedad atravesarme el pantalón fino del pijama.
—Acá no —le susurré—. La bebé.
—A mi cuarto.
***
El cuarto de Camila olía a perfume de coco y a ropa recién planchada. Cerró la puerta con llave, algo que no hacía desde la adolescencia. Se sacó la remera por la cabeza en un solo movimiento. No llevaba nada debajo. Yo me quedé parada en el medio de la habitación, sin saber qué hacer con las manos, sintiéndome más nerviosa que aquella primera vez con Mariela en el departamento de estudiantes, veintidós años atrás.
Camila se acercó. Me terminó de bajar el pijama. Cuando quedé desnuda, me empujó con suavidad hasta la cama y se acostó conmigo. La luz del velador dibujaba sombras largas sobre las paredes.
—¿Estás segura? —pregunté.
—Llevo años pensándolo, mami.
Esa frase me terminó de desarmar. Ella tomó la iniciativa. Me besó el cuello, los hombros, los pechos otra vez, esta vez sin pretextos. Bajó la lengua por mi vientre, se detuvo en el ombligo, siguió bajando. Cuando me abrió las piernas y me lamió por primera vez, escapé un quejido tan fuerte que me asusté yo misma. Me tapé la boca con la mano y al instante me di cuenta de la estupidez del gesto: la boca que tapaba era la mía, no la de ella.
Lo hacía como si lo hubiera practicado mil veces. Como si supiera exactamente dónde y cuándo. Me pregunté después, en silencio, con cuántas chicas habría estado mi hija sin que yo me enterara nunca, y la idea me daba al mismo tiempo culpa y un placer raro, oscuro, que aceleraba todo lo demás.
Me vine fuerte, mordiéndome el antebrazo para no gritar. Cuando logré abrir los ojos, ella estaba apoyada de codos entre mis piernas, con la barbilla brillante, sonriendo apenas.
—Ahora vos —me dijo.
La di vuelta. Le besé las clavículas, los pechos, le mordí suave los pezones. Bajé por el costado del cuerpo, por la cadera, por el interior del muslo. Cuando la probé por primera vez, cerré los ojos y traté de no pensar en lo que estaba haciendo, en quién era ella. Era una mujer. Era una mujer hermosa que se había abierto para mí. Lo demás podía esperar hasta el día siguiente, cuando se encendiera la luz.
Después nos acomodamos de costado, una contra la otra, y nos masturbamos al mismo tiempo, mirándonos a la cara, jugando con la lengua de la otra entre los labios mientras los dedos hacían lo suyo. Camila se vino primero, sacudiéndose contra mi mano. Yo unos minutos más tarde, mordiéndole el hombro para no gritar.
***
Nos quedamos abrazadas un rato largo, sin hablar. Yo esperaba que el momento se desarmara y entrara el espanto, la culpa, las ganas de salir corriendo a vomitar. No llegaron. Llegó otra cosa, una calma rara, como cuando uno por fin reconoce algo que hace mucho tiempo está adentro y nunca se animó a nombrar.
—Mami —dijo ella en voz muy baja—. ¿Esto va a quedar acá, no?
—No sé.
—Yo no quiero que quede acá.
No le contesté esa noche. Me levanté, me puse el pijama, fui a chequear a Sofía que seguía dormida en su cuna y volví a mi propia cama. No dormí. Repasé minuto a minuto lo que había pasado, buscando el momento exacto en el que podría haber dicho que no y no lo dije. No lo encontré. Quizás porque ese momento nunca existió, porque algo en mí venía esperando esto desde mucho antes de que ella entrara al cuarto.
Mauricio volvió el jueves a la tarde. Nos saludamos como siempre, cenamos los cuatro, vimos un poco de televisión en el living. Camila se portó normal, ni demasiado distante ni demasiado cariñosa. Cuando él me besó esa noche en la cama, le devolví el beso pensando en otra boca, en otra lengua, en otro cuerpo dormido al final del pasillo.
Han pasado tres semanas desde aquella mecedora. Camila y yo nos buscamos cuando Mauricio no está. A veces en su cuarto, a veces en el mío, siempre rápido, siempre con la oreja puesta en el monitor de la bebé. No hablamos demasiado de lo que estamos haciendo. Ninguna de las dos quiere ponerle nombre. Lo que sí sé es que hace muchísimo tiempo que no me sentía así de viva, así de presente en mi propio cuerpo. Y también sé que esto, tarde o temprano, va a terminar de la peor manera posible.
Por ahora, mientras tanto, sigo subiendo las escaleras cada vez que ella entra a su cuarto y cierra la puerta despacio, esperándome.