Lo que vi aquella madrugada en el campamento
Eran cerca de las tres de la mañana cuando me desperté en la carpa que compartía con mi padre. Habíamos armado el campamento en las sierras, a una hora del pueblo, y el silencio del monte solía ser tan denso que se escuchaba el chasquido de una brasa a doscientos metros. Por eso me extrañó tanto la quietud del lugar donde tendría que haber estado él.
Pasé la mano por la bolsa de dormir vacía. Estaba tibia todavía, pero hacía rato que la había dejado. La carpa, además, tenía el cierre a medio bajar, como si hubiera salido pensando en volver enseguida.
Al principio supuse que se habría apartado a orinar. Esperé tres, cinco, diez minutos. Ningún sonido de pasos volviendo desde el monte, ninguna linterna asomándose entre los árboles. Tampoco la tos seca con la que siempre se anunciaba al regresar. Salí en pantalones cortos y descalzo, con el rocío mojándome los tobillos.
La luna estaba alta y partía el campamento en dos: una mitad iluminada como si fuera de día y la otra hundida en una sombra de tinta. Nuestras carpas eran dos, plantadas a unos diez metros una de la otra. En la mía no quedaba nadie. En la otra dormían, en teoría, mi hermana Camila y su amiga Renata, que se había sumado al viaje a último momento porque su madre se iba a un casamiento.
Me quedé inmóvil unos segundos, buscando con la vista entre los pinos. Empecé a sentir el frío del pasto subiéndome por las piernas. Fue ahí cuando lo escuché. Un murmullo continuo, bajo, que venía de la carpa de las chicas.
No era un murmullo cualquiera. Era acompasado.
Me acerqué con cuidado, pisando con la punta del pie para no quebrar ramitas. A medida que avanzaba, el sonido se volvía más nítido. A un metro y medio ya distinguía la respiración de mi hermana entre las otras voces.
—Ah, ah, así… ahí —decía Camila con una voz que jamás le había escuchado.
Me quedé clavado. Algo dentro mío entendió antes que mi cabeza qué estaba pasando, porque sentí cómo se me secaba la garganta y se me ponía la piel áspera de pronto. La carpa era de tela clara y, con la luna detrás, funcionaba como una linterna china proyectando lo que ocurría adentro.
Vi dos siluetas femeninas montadas sobre algo, una frente a la otra, recortadas contra la tela como si fueran un teatro de sombras. La de la izquierda era inconfundible: los pechos de mi hermana, más grandes que los de Renata, se mecían con cada movimiento y el balanceo se notaba incluso a contraluz. La otra, más menuda, mantenía las manos en alto como si se sostuviera de algo invisible.
Mi padre tenía que estar debajo. Era lo único que cerraba.
***
Me senté en cuclillas a un costado, escondido detrás del tronco grueso de un quebracho. Desde ahí veía la carpa entera. Tragué saliva varias veces antes de poder pensar con claridad. Y cuando pude pensar con claridad, lo primero que pensé fue que no debía estar mirando aquello.
Lo segundo fue que no me iba a ir.
Mi hermana se movía con un ritmo cada vez más rápido, dando saltitos cortos, y a veces se frenaba para girar las caderas en pequeños círculos. Renata, frente a ella, hacía algo con las manos sobre sus propios pechos y cada tanto se inclinaba hacia adelante. Pude ver el contorno de su pelo cayéndole sobre la cara cuando bajaba la cabeza.
Por debajo de las dos había una sombra más grande, una tercera silueta que ocupaba todo el largo de la carpa. Esa silueta no se quejaba ni hablaba. Solo tenía las manos arriba, sobre los pechos de mi hermana, apretándoselos con una calma que me pareció peor que cualquier grito.
Era mi padre.
No puede ser. Tiene que ser otra cosa.
Pero no era otra cosa. Era exactamente lo que parecía.
Sentí un mareo. Después, sin proponérmelo, sentí también un calor que me subía desde la cintura. La cabeza se me llenó al mismo tiempo de náusea y de excitación, una mezcla rara que jamás había probado, y que me dejó sin poder moverme del lugar donde estaba.
Llevé la mano adentro del pantalón corto. No supe por qué. Lo hice antes de decidirlo.
***
Estaba durísimo. No me había dado cuenta hasta tocarme. Me sostuve a mí mismo con la mano izquierda y empecé a moverme despacio, mirando aquellas sombras. Cada vez que mi hermana subía y bajaba, yo apretaba un poco más fuerte. El olor a tierra húmeda se mezclaba con el del propio sudor que ya me empapaba la nuca.
De repente, Camila se inclinó hacia Renata y la besó. Las dos siluetas se fundieron en una sola por unos segundos y, cuando se separaron, pude ver perfectamente cómo Renata pasaba la lengua por el cuello de mi hermana. Después fue bajando, despacio, hasta uno de sus pechos. La escuché chupar. La carpa se quedó muda un instante, y después mi hermana soltó un quejido largo que terminó en risa nerviosa.
—Despacio, Re —dijo en voz baja—. Si llora alguien en el camping, yo voy.
Hablaba por hablar, supongo, porque en doscientos metros a la redonda no había otra carpa que la nuestra.
Mi padre, debajo, contestó por primera vez en toda la noche.
—Nadie va a llorar.
Esa voz, esa voz que había escuchado durante toda mi vida pidiéndome que pasara el pan en la mesa, dándome consejos sobre la moto, llamándome a desayunar los domingos, esa voz, dicha en ese tono, en ese momento, me dejó vacío por dentro y, al mismo tiempo, me hizo apretar el puño más rápido.
Yo seguía detrás del quebracho, descalzo, con el corazón golpeándome contra las costillas. Recordaba cosas que no había querido recordar. Noches en las que Camila había vuelto al living tarde y se había quedado en silencio durante el desayuno. Veces en las que mi padre había entrado al cuarto de ella supuestamente a desearle buenas noches y había tardado en salir mucho más de lo que esa frase explica. La mañana en la que Renata se quedó a dormir y no podía mirar a los ojos a nadie hasta el mediodía.
Todo era esto. Todo el tiempo había sido esto.
***
Renata se reacomodó. Bajó del bulto sobre el que estaba sentada —la cintura de mi padre, entendí— y se arrodilló al costado. Camila siguió encima un par de minutos más y, en un movimiento despacio, también ella se levantó. Las dos quedaron en silueta, una al lado de la otra, mirando hacia abajo.
Mi padre se incorporó. Lo vi sentarse en la sombra, una figura ancha de hombros, y al hacerlo su contorno desplazó la luz dentro de la carpa hasta que la tela se infló como una vela.
—Ahora me la van a chupar las dos —dijo—. ¿Me escucharon bien? Las dos.
Nadie contestó. Vi las dos cabezas bajar al mismo tiempo, como si esa orden no hubiera necesitado de palabras anteriores para entenderse. Una a cada lado.
Yo me apreté más fuerte. Estaba al borde, lo sabía, y no quería terminar todavía. Quería ver. Quería entender hasta el final qué clase de hombre era el que dormía a mi lado todas las noches.
Las sombras se movieron en una coreografía calmada. Una bajaba mientras la otra subía. Cada tanto, una de las dos se apartaba para respirar y la otra ocupaba ese hueco enseguida. Era una rutina. Lo hacían como quien se sabe los pasos de un baile que repitió muchas veces.
—Qué bien me la chupan, las dos —dijo mi padre con un susurro grave—. Me la van a dejar seca.
Era el orgullo de un hombre acostumbrado. No la sorpresa del que descubre algo. Eso fue lo que terminó de romper algo dentro de mí.
***
Me vine ahí mismo, escondido detrás del árbol, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. El pasto a mis pies quedó manchado y la rodilla derecha me temblaba sin parar. Apoyé la espalda contra el tronco y respiré despacio, en silencio, mirando hacia el cielo.
La luna seguía allá arriba, indiferente, partiendo el monte en dos.
Adentro de la carpa, la respiración de mi padre se aceleró. Las dos cabezas siguieron en su lugar, las espaldas curvadas, mientras él subía el volumen de un quejido contenido durante demasiado tiempo. Después, silencio.
—Ah… ah, así… —se le escapó al final, casi un suspiro.
No tardaron en moverse otra vez. Las escuché reír bajito, las dos, como si compartieran un chiste viejo. Mi padre soltó algo entre dientes que no pude entender. Una de ellas le contestó con un murmullo cariñoso. Lo siguiente fue el ruido del cierre relámpago corriéndose unos centímetros.
Iban a salir.
Atravesé descalzo los diez metros que separaban una carpa de la otra como si fueran cien, conteniendo el aire. Entré, cerré apenas el cierre y me metí en la bolsa de dormir hasta la nariz. Cerré los ojos con fuerza, hasta que se me marcaron las cejas.
Lo escuché entrar tres minutos después. Sentí cómo se acomodaba, cómo movía la linterna en la bolsa para guardarla, cómo bajaba el cierre de la suya y se metía adentro. No dijo una sola palabra. Yo respiré con la boca abierta, despacio, fingiendo el sueño más pesado de mi vida.
Antes de quedarse quieto suspiró largo, satisfecho, como cualquier hombre que vuelve a su lugar después de haber hecho exactamente lo que tenía planeado. Y se durmió.
***
A la mañana siguiente desayunamos los cuatro alrededor del fogón. Camila tenía el pelo recogido y una sudadera enorme que le tapaba todo lo que ayer no se tapaba. Renata, sentada a su lado, removía el café como si necesitara hacer algo con las manos para no mirar a nadie. Mi padre cocinó huevos revueltos con jamón y me puso el doble de porción.
—Dormiste como un tronco, vos —me dijo, alcanzándome el plato.
—Sí —contesté—. Como un tronco.
Camila me miró un segundo. Solo un segundo. Bajó la vista al café y siguió tomando.
Renata no me miró nunca.
Y yo, mientras masticaba, pensé que aquel campamento era el último en mi vida al que iba a ir con ellos. Pero también pensé que, durante mucho tiempo, antes de dormir, iba a volver con la cabeza a esa carpa, a aquella luna, a las dos siluetas balanceándose contra la tela clara y a la sombra ancha que las sostenía desde abajo. Iba a volver muchas veces, lo supe entonces. Y volví.