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Relatos Ardientes

El marido que me rogó ver a su hijo con su mujer

Aviso para los que se enfadan con este tipo de relatos: en esta página todo es ficción. Lo digo de entrada, claro y de frente. Lo que cada lector quiera creer mientras lee ya es asunto suyo, y por experiencia sé que los que se aferran a la idea de que la cosa sucedió de verdad lo disfrutan el doble. Yo no me meto en eso. Yo solo cuento lo que llega a mi bandeja.

El domingo pasado me escribió un lector desde Asunción. Decía haber leído casi todo lo mío y querer pedirme un consejo, o más bien un favor. Su correo empezaba pidiendo perdón por la hora, porque allá apenas eran las nueve de la mañana. Yo abrí la bandeja todavía en la cama, con el café encima de la mesilla, y lo leí dos veces antes de contestar.

—Andrés —decía—, llevo años con una fantasía que no me deja vivir. Mi mujer y yo nos llevamos bien, cogemos seguido, no me quejo de nada. Pero quiero verla con otro hombre. Es lo que algunos llaman cuckold, supongo. Le pedí que se buscara un amante y me dijo que ni hablar, que con un desconocido jamás. Entonces se me ocurrió pensar en nuestro hijo. Es el único en quien ella confía a ciegas. Tiene diecinueve años, ella treinta y siete. Lo tuvimos jovencísimos. He leído tus relatos de madres con hijos hasta gastarlos. ¿Crees que se podría?

Le respondí pidiéndole los datos, los correos y los nombres de los dos. Me mandó también una foto suya de ella, con la cara cubierta por un emoji amarillo, esa foto que cualquier marido orgulloso enseña sin que se lo pidan. La mujer estaba sentada en un sofá de cuero claro, falda corta por encima de la rodilla, blusa blanca con tres botones abiertos. Caderas anchas, pecho generoso, piernas largas y un gesto de no saber posar que la hacía más real. Una mujer de las que paran el tráfico sin proponérselo.

Se llamaba Yolanda. Él se llamaba Aníbal. Al hijo me pidió que lo llamara solo por la inicial, así que en lo que sigue lo llamaré sencillamente «el chico».

***

Le escribí primero al chico. Una presentación breve, sin entrar en detalles, solo para tantearlo. Contestó en menos de veinte minutos. Le pregunté con rodeos si alguna vez había mirado a su madre con algo más que cariño, y me soltó una respuesta tan directa que tuve que reírme en voz alta.

—Andrés, no sabés lo que llevo aguantando desde los quince. Es la mujer más hermosa que conozco y todavía no me cabe en la cabeza que mi padre la tenga para él solo. Si vos me decís cómo, yo hago lo que sea.

Le dije que de momento se quedara tranquilo, que ya le avisaría cuando llegara el momento y que por nada del mundo le contara a su madre que habíamos hablado. Le pedí también una foto suya, sin ropa, de cintura para abajo. Tardó cinco minutos en mandarla. El chico tenía con qué presentarse. Le advertí que la guardara a mano, que más tarde la íbamos a necesitar.

***

A las diez de la mañana, hora paraguaya, me contestó Yolanda. Su correo merece ser transcrito tal como me llegó, porque ahí empieza lo bueno.

—Señor Andrés, disculpe usted la demora. Estaba preparándole el desayuno a mi familia y barriendo la galería. Le confieso que me siento incómoda con sus preguntas. Soy una mujer de fe, dedicada a mi hogar, y este tipo de temas me parecen prohibidos ante los ojos de Dios. Le agradezco su cortesía, pero no entiendo bien qué quiere usted de mí.

Le contesté con calma. Le dije que el sexo es sexo, que Dios no se mete en estas cosas y que en los matrimonios largos lo normal es tener fantasías guardadas en el fondo de algún cajón. Le pregunté si alguna vez había hablado de eso con su marido. Tardó casi una hora en contestar.

—Mi esposo y yo llevamos un matrimonio tranquilo. Me da hasta vergüenza hablar de fantasías. ¿De verdad hay gente que comparte estas cosas dentro de la propia familia sin sentirse mal con Dios? Me cuesta imaginarlo.

Le respondí que sí, que muchísima. Que las relaciones más frecuentes que conocía eran entre madre e hijo único, y que en su caso particular la fantasía no era suya, era de su marido. Le dije que su hijo la deseaba desde hacía años y que su marido lo sabía, lo aceptaba y hasta lo proponía. Que todo se quedaba en casa. Que sería el secreto de los tres.

Su respuesta llegó rapidísimo, y se le notaba que las manos le temblaban en el teclado.

—Me ha dejado usted sin aire. ¿Cómo puede decir algo así de mi niño? Mi muchacho es un ángel. Él me respeta. Y a mi esposo le juré fidelidad ante el altar. Yo no soy capaz de algo tan sucio, mucho menos con alguien de mi propia sangre.

***

Le mandé entonces la foto que me había enviado el chico. Sin avisar. Sin explicación. Solo la imagen, y debajo una línea:

—Mire, Yolanda. Esto que ve aquí es lo que su hijo lleva años queriendo meterle dentro.

Pasaron cuatro minutos largos. Yo encendí un cigarrillo, abrí la ventana y esperé. Contestó con las letras temblando, sin signos de puntuación al final, como si hubiera tecleado a oscuras.

—Pero qué es lo que me está usted mandando. ¿De verdad eso es de mi hijo? Yo me siento la peor pecadora del mundo por estarla mirando y no puedo dejar de mirarla. Es enorme. Es muchísimo más grande que la de su padre. Tengo todo el cuerpo en candela. No es normal lo que me está pasando.

—Lo que le está pasando, Yolanda, es lo que le tiene que pasar. Levántese, vaya al dormitorio, quítese la ropa interior y métase debajo de las sábanas. En cuanto me confirme que está lista, le digo a su hijo que vaya. No hace falta que hablen. Déjelo entrar y déjese llevar.

—No puedo —contestó—. No puedo. Mi niño nunca me ha visto desnuda. ¿Y si se decepciona? ¿Y si no le gusta lo que vea? Me tiemblan las piernas de solo pensarlo.

—Quédese con el sostén puesto si quiere. Tápese con la sábana hasta el cuello. Pero quítese todo lo demás. ¿Estamos?

—Está bien. Me lo quito todo menos el sostén. Me tapo con la sábana. Pero, señor Andrés, antes de que él entre, dígame la verdad: ¿de verdad mi esposo está de acuerdo? ¿De verdad él quiere que su propio hijo me…?

—De verdad, Yolanda. Él fue quien me escribió esta mañana pidiéndomelo. Está esperando en la sala mientras usted me escribe. Disfrútelo. Luego me cuenta.

Le avisé al chico. Le dije la habitación, el lado de la cama, lo del sostén, lo de la sábana. Le dije también que entrara sin llamar y que no se molestara en hablar mucho. Que mirara y se acercara. El padre, mientras tanto, me escribió que se iba a sentar en el sillón del pasillo con un whisky en la mano. No volví a recibir un correo de la casa hasta las siete de la tarde, ocho horas más tarde.

***

El primero en escribirme fue Aníbal. Su correo me llegó con faltas de tipeo, como si lo hubiera redactado todavía con el pulso acelerado.

—Andrés, te juro que no me lo creo. Se encerraron y al cabo de unos minutos empecé a oírla gemir. Mi mujer, que se reprime hasta para reírse delante de la abuela, estaba gritando como una desconocida. Se oía el chasquido de las nalgas, el ruido de la cama golpeando contra la pared. El cabrón de mi hijo le estuvo dando durísimo durante dos horas largas, sin descanso. Cuando salieron, los llevé a comer a una parrilla de la avenida, para romper el hielo. Ella iba colorada hasta el escote, mirando el plato, como si todavía sintiera la verga del muchacho dentro. Y yo, con la mía como una piedra debajo del mantel, sabiendo que mi propio hijo acababa de poseer a su madre. Fue lo más fuerte que he vivido. Solo me queda una cosa: verlos en directo.

Le contesté que ya tendría tiempo de ver, que esa noche hablara con cada uno por separado, que tranquilizara primero a Yolanda y luego le confirmara al chico que tenía vía libre. Que más adelante podían hacer tríos, follarla los dos juntos, y que ya me contaría cómo se lo montaba. Le dije, además, que él no era ni el primero ni el único que me pedía algo así, y que en todos los casos había funcionado igual. Las madres, cuando saben que el marido lo aprueba, entran sin frenos. Todas.

Me contestó a los pocos minutos diciéndome que no había hecho falta hablar con nadie. Apenas llegaron de la parrilla, su mujer y su hijo se metieron otra vez en el cuarto. Estaban en ello mientras me escribía. Se oía a Yolanda gemir todavía más fuerte que por la mañana.

***

El segundo correo me lo mandó el chico, ya entrada la noche. Lo transcribo lo más fielmente que puedo, porque la energía de cómo lo contaba era parte del relato.

—¡Andrés, no tenés idea! Jamás pensé que mi propia madre tuviera dentro a la fiera que tiene dentro. Cuando me diste el aviso, salí derecho al cuarto. Mi padre estaba en el pasillo. Me miró pasar y no dijo una palabra. El cabrón sabía exactamente a qué iba yo.

—Al entrar la vi escondida debajo de la sábana, hecha un ovillo. Me bajé los pantalones de un tirón y se me puso como una piedra solo de olerla. Me acerqué. Ella me preguntó, con un hilo de voz, si estaba seguro. «Claro que sí, mami», le dije, y empecé a lamerle el cuello. Suspiró y me soltó un «hacéme lo que quieras, soy toda tuya, hijo». A mí me costaba creer que esa voz fuera de mi madre.

—Le bajé la sábana y ahí estaba, con el sostén puesto y los pezones marcando la tela. Se lo desabroché y casi se me cae encima ese par de tetas que tiene. Empecé a chuparle los pezones y a morderlos despacito, y ella me pedía más, que se las comiera enteras, que eran de su niño. Le abrí las piernas y se tapó con las manos. Le aparté las manos sin esfuerzo. Tenía el coño chorreando antes de que yo lo tocara siquiera.

—Le metí dos dedos despacio y ella me agarró la verga con su mano. Ver a mi propia madre acariciando mi pija fue lo más excitante que he vivido. Luego se agachó y se la metió en la boca. Entre lengüetazos me decía: «qué rica vergota tiene mi hijo, qué linda, me la voy a comer enterita». No aguanté mucho más. La acosté boca arriba, le abrí las piernas y le presenté la cabeza en la entrada. Solo me pidió que fuera suave, que la tenía muy grande. En cuanto sentí el calor por dentro, se la metí toda hasta el fondo. Pensar que estaba entrando por donde salí hace diecinueve años me partió la cabeza en dos.

—Empecé a embestirla y ella ya no se cuidaba. «Ay, Dios mío, hijo, así, rómpeme toda, destrozá a la puta de tu madre». Se subió encima y empezó a galopar como una loca. Después la puse de cuatro, la agarré del pelo y le di con todas mis fuerzas. Me gritaba: «metémela bien hondo, cabrón, lo hacés mucho mejor que tu padre, no pares». Cuando le avisé que me venía, me suplicó que adentro, todo, que quería quedarse preñada de su propio hijo. Y así fue. Cuando me salí, ver el chorro escurriéndole por el muslo fue una imagen que voy a recordar el resto de mi vida.

—Nos abrazamos un rato y nos quedamos en silencio. A los diez minutos volvimos a empezar. Mi viejo nos llevó a comer afuera y los tres en la mesa sabíamos lo que había pasado. Y ahora estoy escribiéndote desde el comedor. Ella está en el cuarto otra vez. En un momento me voy para allá. No me canso. Gracias, Andrés. Esto fue glorioso.

***

Cerca de la medianoche me contestó Yolanda. Su correo era más largo, más calmado, escrito con la sintaxis recompuesta de quien ya respira con normalidad.

—Ay, Andrés, tenías razón en cada palabra. Todavía estoy temblando. Fue la sensación más fuerte de mi vida, sentirlo entrar por donde salió. Al principio le pedí que fuera despacio porque me dolió un poquito, ¡es que tiene un tremendo mazo!, pero en cuanto se acomodó me olvidé hasta de mi nombre. Es, sin pensarlo dos veces, la mejor verga que he probado nunca. Mi hijo sabe perfectamente cómo follar a su madre.

—Lo del semen también tenías razón. Me dejé llevar y le supliqué que me llenara entera. Sentirlo caliente dentro de mí fue un placer que no se explica. Ahora mismo lo siento escurriendo y no sé si tomarme una pastilla para no quedarme preñada. Mi marido no dijo nada, así que igual lo dejo correr. Total, si pasa, pasa.

Le contesté que se cuidara si quería, que la decisión era suya. Le dije también que ya era una más de las madres que sabían lo que era acostarse con su hijo, que la experiencia se afinaba con la práctica y que el trío con su marido le iba a parecer la culminación de todo. Le pedí que me siguiera contando cómo lo iba viviendo, qué iba sintiendo según pasaran los días. Que la veía ya como una amiga.

Su última respuesta llegó casi al amanecer del lunes. El chico se había quedado dormido. Yolanda, en cambio, no podía pegar el ojo. Decía que el cuarto era un desastre, que el cuerpo le pedía más, que la idea del trío le había vuelto a empapar el coño solo de pensarla. Que era feliz teniendo a alguien con quien compartir todo aquello sin sentirse juzgada.

Cerré el portátil a las cinco de la madrugada. Apagué la luz y me quedé pensando lo mismo de siempre, lo único que llevo años repitiendo en cada una de estas historias: que estas mujeres, cuando saben que el marido lo aprueba, entran sin frenos. Todas. Y hasta hoy no he encontrado ni una sola excepción.

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Comentarios (2)

Fantask99

tremendo relato!!! no me lo esperaba para nada

CuriosaLec

Por favor seguí, quedé con ganas de saber como termina todo esto. Necesito la segunda parte si o si

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