La trampa que mi nuera me tendió con mi propio hijo
Llevaba seis años casada con mi único hijo y, en todo ese tiempo, Camila nunca había llorado delante de mí. Por eso, cuando empujé la puerta del baño y la encontré sentada sobre la tapa del retrete con los ojos enrojecidos y la bata de seda mal cerrada, supe que algo se había roto en mi casa.
Yo me llamo Beatriz. Soy viuda desde hace casi una década y, desde que Damián la trajo a vivir bajo mi techo, intenté tratarla como a una hija. Una hija nueva, con su carácter y sus secretos, pero hija al fin. Y ahora esa hija estaba llorando en mi baño.
—Camila, mi vida, ¿qué te pasa?
—Nada, Beatriz, en serio. Necesitaba un rato sola.
Cerré la puerta detrás de mí. Me arrodillé frente a ella sin pensarlo demasiado y le apoyé las manos en las rodillas desnudas, donde el ruedo de la seda dejaba ver una piel firme y bronceada. Era una mujer hermosa, mi nuera. Demasiado hermosa, quizá. Senos grandes, cintura estrecha, una boca que parecía hecha para morder almohadas.
—¿Te hizo algo Damián?
Ella tardó en contestar. Se mordió el labio, miró al techo y por fin soltó un suspiro largo, calculado, de esos que dejan caer el pecho hasta donde uno quiere que se mire.
—Su hijo tiene gustos que yo no puedo darle, suegra.
—¿Qué clase de gustos?
—Me da vergüenza decirle.
—Soy tu suegra, no tu enemiga. Conmigo no hay vergüenza.
Mis manos seguían en sus rodillas, casi sin darme cuenta. Le rocé el muslo con el pulgar, despacio, en círculos pequeños, como cuando consolaba a Damián de chico cuando se raspaba en el patio.
—Quiere sexo anal —dijo al fin, casi en un susurro—. Y yo no puedo. Lo intenté, me duele horrible, y él se enoja.
Tragué saliva. No esperaba esa confesión. Mi marido había sido un hombre tradicional, de esos que apagaban la luz y cumplían su deber. Yo apenas conocía mi propio cuerpo a su edad, mucho menos a esta.
—No sé qué decirte, mi amor. A mí nunca me lo pidieron.
—Y eso no es lo peor. Hoy me dijo que necesitaba una mujer más nalgona, con las caderas más anchas. Como si yo no le diera lo suficiente.
—¿Eso te dijo mi hijo?
—Palabra por palabra.
Le tomé el mentón con dos dedos y la obligué a mirarme. Tenía las pestañas pegadas por el llanto y los labios hinchados de mordérselos. Una imagen calculada para derretir a cualquiera.
—Camila, mírate. ¿Cómo va a decir eso un hombre cuerdo? Estás preciosa.
Le aparté el cabello del cuello, despacio, y la seda se deslizó un par de centímetros, dejando ver el encaje rojo del sostén. Senos llenos, perfectos. Me dio rabia, de pronto, que mi hijo no supiera apreciar lo que tenía en su propia cama.
—¿Qué talla usás? ¿Una 95?
—Sí. Buen ojo, suegra.
—Es imposible que no le baste a mi hijo con esto.
Pasé el índice por el borde del encaje, casi sin tocar la piel. Camila se estremeció, pero no me apartó. Al contrario, dejó caer un poco más la bata, como si quisiera que mis dedos perdieran la timidez.
—Le bastaría si yo le diera lo otro. Y no puedo, suegra. Lo intenté, le juro que lo intenté.
—Quizá yo pueda enseñarte —dije, sin pensar muy bien lo que estaba ofreciendo.
—¿Usted lo hizo alguna vez?
—No. Nunca. Tu suegro era un hombre simple. Pero he leído, he visto cosas. Y sé que con paciencia se aprende.
Camila bajó la mirada hacia mis manos, que seguían sobre el encaje rojo.
—¿Y mientras tanto, suegra, quién me consuela a mí?
La pregunta quedó flotando entre nosotras. Yo sentí cómo se me subía la temperatura desde el cuello hasta las sienes. Hice algo que no había hecho en mi vida: con los dedos, bajé las copas del sostén y dejé al aire los pezones de mi nuera. Rosados, duros, despiertos.
—Beatriz, ¿qué hace?
—Hagamos un trato —murmuré—. Yo te doy lo que mi hijo no te da. Y vos tratás de aprender lo otro.
Camila sonrió, todavía con los ojos brillantes de lágrimas que ya no parecían tan auténticas. Me incliné y le puse la boca sobre el pezón izquierdo.
***
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Yo prendida a su pecho como si tuviera veinte años; ella con la mano en mi nuca, guiándome despacio. La saliva me corría por la barbilla. Camila gemía bajo, controlado, como quien sabe exactamente cuánto sonido necesita producir.
—Mi suegrita —dijo en un suspiro—, qué bien lo hace.
—Entre mujeres nos entendemos.
Llevé la otra mano debajo de la bata. La encontré empapada. Camila no usaba ropa interior debajo de la seda, y eso solo debía haberme confirmado que el llanto había sido teatro, pero en ese momento yo no quería darme cuenta. Le metí dos dedos sin avisar y ella echó la cabeza hacia atrás, golpeándose suave contra el azulejo.
—Por Dios, suegra.
—¿Te gusta así, mi amor?
—Más. Más rápido.
Le obedecí. Mis dedos entraban y salían produciendo un sonido líquido que llenaba el baño. Yo seguía chupando, alternando un pezón y el otro, y por primera vez en años sentí mi propia entrepierna palpitar como si tuviera vida propia.
Esto está mal. Es la mujer de mi hijo.
Pero no paré.
—Suegra —jadeó Camila—, ¿de verdad va a hablar con Damián?
—Voy a hablarle, sí. Le voy a explicar que tiene que tener paciencia con vos.
—¿Y si no le alcanza con paciencia?
—Entonces le pediré que se desahogue de otra forma. Lo que sea, antes que esto se rompa.
Camila me miró desde arriba con una expresión que no terminé de descifrar. Una sonrisa demasiado lenta para una mujer que había estado llorando media hora antes.
—¿Lo que sea, suegra?
—Lo que sea.
Saqué los dedos de adentro y me los chupé sin apartar la mirada. Ella se incorporó, se acomodó la bata como pudo, y me tendió la mano.
—Vamos a hablar con él juntas, entonces.
***
Damián estaba en el dormitorio principal, sin camisa, tirado en la cama jugando con el teléfono. Cuando nos vio entrar a las dos, levantó la ceja sin demasiada sorpresa. Más tarde entendería por qué.
—¿Qué pasa? ¿Por qué entran así?
—Tu mami y yo estuvimos hablando, mi amor —dijo Camila, sentándose en el borde de la cama.
—¿De qué?
—De vos. De lo que necesitás.
Damián me buscó la mirada, como pidiendo auxilio. Yo me apoyé contra el marco de la puerta y cerré los ojos un segundo.
—Hijo, Camila me contó lo del… bueno, lo que querés. Y lo que le dijiste hoy a la tarde.
—Mamá, por favor, eso es entre nosotros.
—No la trates mal. Vos sabés que esa chica te adora.
—No la trato mal.
—Le dijiste que necesitabas una mujer más nalgona. Eso le dijiste.
Damián se puso colorado hasta las orejas. Bajó la vista al colchón. Apretó el teléfono entre los dedos.
—Era una pelea tonta.
—Las cosas tontas son las que más duelen —dije.
Camila aprovechó el silencio para colocarse detrás de mí. Sentí sus manos sobre mis caderas, firmes, decididas, en absoluto las manos de una mujer destrozada.
—Su mami sí podría darle lo que necesita, Damián. Mírela bien.
Me quedé congelada. No esperaba que la conversación tomara ese rumbo en voz alta.
—Camila, ¿qué decís?
—Lo que pienso desde hace meses, suegra. Su hijo fantasea con usted. Todo el tiempo. Cuando estamos juntos me llama mami a cada rato.
—Camila, callate —dijo Damián, pero sin verdadera convicción.
—Es la verdad. Y usted, suegra, con ese cuerpo, podría enseñarme cómo se hace y enseñarle a él lo que merece.
Las manos de Camila bajaron desde mis caderas hasta mis nalgas. Me apretó, suave, como pesando un fruto en la frutería. Yo sentí cómo se me aflojaban las rodillas.
—Hijo —dije con la voz quebrada—, ¿es verdad lo que dice tu mujer?
Damián no contestó. Pero se llevó la mano al bulto del pantalón, y eso fue toda la respuesta que necesité.
***
—Sacate la ropa, suegra —dijo Camila al oído—. Confíe en mí.
No sé en qué momento me convencieron. O quizá me convencí yo sola, porque el deseo llevaba años dormido y aquella tarde alguien lo había despertado a dentelladas. Me bajé la falda, las medias, las bragas. Quedé desnuda de la cintura hacia abajo, con el suéter todavía puesto, y subí a la cama en cuatro patas como una niña jugando a algo que ya no era un juego.
—Madre santa —murmuró Damián—. Mamá, no sabés cuánto.
—Hace mucho que no me veías así, ¿verdad, hijo?
—Desde que tenía diez años. Y aun así me acuerdo de cada vez.
Camila se rio. Era una risa nueva, una risa que yo no le conocía. Una risa de mujer que tiene el control absoluto de la habitación.
—Yo le abro las nalgas, mi amor. Usted entre con cuidado, al principio.
Sentí dos manos pequeñas y frías separándome los glúteos. Sentí saliva caer, una, dos, tres veces, sobre mi ano. Sentí la respiración de mi hijo detrás de mí, más rápida de lo que debería.
—Camila —dije con los dientes apretados—, vos me dijiste que no sabías cómo hacer esto.
—Le mentí, suegra. Llevo años haciéndolo con Damián. Le encanta.
—¿Qué?
—Lo nuestro lo trabajamos hace tiempo. El único cabo suelto era usted.
Quise levantarme. Quise girar la cabeza, gritarles, decirles que se habían vuelto locos. Pero antes de que pudiera moverme sentí la punta de mi hijo presionando contra mí. Caliente. Más gruesa de lo que jamás imaginé que pudiera salir del cuerpo que yo había parido.
—Hijo, esperá, esperá un momento.
—No, mami. Llevo demasiado esperando.
Empujó. Despacio, pero sin detenerse. Yo grité contra la almohada y mordí la funda hasta sentir el sabor del algodón en la lengua. Camila me acariciaba el pelo, me besaba la nuca, me susurraba cosas al oído que yo no terminaba de entender.
—Aguante, suegra. Aguante por él. Lleva años fantaseando con esto. Déselo.
***
Damián no fue gentil. Yo no estaba acostumbrada a nada y mi cuerpo se rebelaba en cada embestida, pero él tenía las manos firmes en mis caderas y un ritmo que no flojeaba. Camila se acostó debajo de mí, boca arriba, y empezó a chuparme los pezones que jamás imaginé que volverían a estar en la boca de nadie.
—Apretás como una virgen, mami —dijo Damián—. ¿Hace cuánto que nadie te tocaba?
—Diez años, hijo. Diez años.
—Pobrecita —se burló Camila desde abajo—. Su hijo viene a salvarla, suegra.
—Sos una hija de…
—Soy su nuera. Y la suegra que más quiero en el mundo.
Damián aumentó el ritmo. Mis nalgas rebotaban contra su pelvis con un sonido seco, repetido, como aplausos lentos en una sala vacía. Camila me tomó la cara con las dos manos y me besó en la boca. Con lengua. Como si yo fuera una mujer cualquiera de un bar cualquiera, no la madre del hombre que la tenía sentada en mi cocina cada mañana.
—Te queremos mucho, suegrita. Esto era lo único que faltaba para que fuéramos familia de verdad.
—Mami, me voy a venir.
Decile que no. Decile que afuera. Decile que pare.
—Adentro —dije sin pensar—. Adentro, hijo.
—¿Estás segura?
—Adentro, te dije.
Damián gimió y me clavó las uñas en las caderas. Sentí cómo se hinchaba contra mis paredes y descargaba dentro de mí, en oleadas, durante mucho más tiempo del que parecía físicamente posible. Yo me derrumbé sobre el pecho de Camila, exhausta, sucia, llena de mi propio hijo hasta lugares donde una madre jamás debería estar llena.
Camila me besó la frente, despacio, casi con ternura.
—Bienvenida a la familia, mami.
Y yo, en lugar de levantarme, en lugar de echarlos, en lugar de buscar la dignidad que se me había escurrido entre las piernas y empapado el colchón, cerré los ojos y me quedé ahí. Aceptando. Sabiendo que mañana íbamos a hacerlo otra vez. Y que la nuera que había llorado en mi baño aquella tarde nunca, en realidad, había llorado por nada.