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Relatos Ardientes

Mi hermana santa dejó de serlo en la casa de verano

Me llamo Tomás. Vivo en una casa de tres pisos sobre la avenida Alvear, en pleno Recoleta, donde las familias antiguas de Buenos Aires escondemos la basura debajo de alfombras importadas y detrás de retratos al óleo de bisabuelos generales.

Para que se entienda el peso de lo que voy a contar, conviene empezar por las edades: yo tengo veintiocho años y mi hermana Catalina cumplió veinte el mes pasado.

Pertenecemos a ese círculo ultraconservador que todavía existe en la ciudad. Misa los domingos en el Pilar, colegios de los Legionarios, cenas con apellidos compuestos y un obispo invitado al postre. Yo fui siempre el heredero ejemplar: abogado en el estudio del viejo, recibido con honores, la apuesta segura de la familia. Catalina era la niña santa. Rubia ceniza, piel casi traslúcida, criada para ser una esposa devota y una madre de cinco hijos. Faldas hasta la rodilla, blusas abotonadas hasta el cuello, pelo recogido con una cinta de terciopelo. Pero yo veía lo que los demás no veían: cómo la tela se le tensaba sobre el pecho cuando respiraba hondo, cómo se le humedecían los ojos cada vez que cruzaba mi mirada en la mesa del domingo.

La transgresión no fue un rayo. Fue un veneno paciente.

Empezó el verano pasado, en la casa que tenemos en José Ignacio. Mis padres tuvieron que volverse de urgencia a Buenos Aires por una internación de mi abuela y nos dejaron solos durante un fin de semana largo.

—Cuidá a tu hermana, Tomi —me pidió mi madre desde la ventanilla del auto, antes de besarme la mejilla.

Si hubiera sabido cómo la cuidé.

La primera noche el calor era sofocante, de los que vuelven inútil al ventilador. Yo estaba en la terraza fumando, con un vaso de whisky en la mano y los ojos clavados en el mar oscuro. Catalina salió en silencio. Llevaba un camisón de seda blanco que la luz de la luna volvía casi transparente. El pelo se le pegaba a la nuca por el sudor.

—No puedo dormir, Tomi —dijo con esa voz suya de chica buena que me había vuelto loco desde hacía meses.

Se sentó en la reposera de al lado. No hablamos. Solo se escuchaba el océano rompiendo abajo y los grillos del jardín. La tensión entre los dos era una corriente que iba y venía con cada respiración. Yo podía oler su crema de vainilla y, debajo, el aroma tibio de su piel sin perfume.

—¿Alguna vez pecaste de verdad, Cata? —pregunté de pronto, con una voz que me salió más grave de la cuenta.

Ella me miró asustada, pero no apartó los ojos.

—Todos pecamos, Tomi.

—No hablo de mentiritas. Hablo de pecados de la carne. De pensamientos impuros.

La vi sonrojarse y respirar más rápido.

—A veces tengo sueños —confesó casi en susurro.

—¿Sueños con quién?

—No tienen cara. Solo son manos. Manos que me tocan.

Dejé el vaso sobre la mesa de hierro y me acerqué. La atmósfera ya no era la de dos hermanos en una terraza. Éramos otra cosa.

—¿Manos como estas? —pregunté, y le apoyé la mano sobre la rodilla desnuda.

Tembló, pero no se movió. No retiró la pierna.

—Tomás, no… —fue una súplica débil, de fórmula.

—Shh. Acá no hay nadie, Cata. Dios no mira lo que pasa en Uruguay.

Subí la mano muy despacio, sintiendo la suavidad del muslo interior, el calor de su piel como si tuviera fiebre. Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando expuesto un cuello largo y pálido. Era la postura del éxtasis y de la entrega al mismo tiempo. Esa noche no llegamos al final, pero rompimos la barrera. La toqué entera. Metí los dedos debajo de la seda blanca y la hice terminar ahí mismo, en la reposera, mordiéndose el puño para no despertar al casero. Cuando se le pasó el temblor, se largó a llorar contra mi hombro. Yo la abracé despacio y le dije al oído que aquello iba a ser nuestro secreto, nuestra propia penitencia.

Pero cuando probás la sangre, no se vuelve atrás.

***

De regreso en Buenos Aires, la dinámica cambió. Nos volvimos adictos al riesgo. Lo hacíamos en la casa grande, con mis padres durmiendo a tres puertas. Lo hacíamos a la madrugada, contra el mármol de la isla de la cocina. Lo hacíamos en el escritorio del viejo los sábados a la siesta, mientras él jugaba al golf en el Jockey y mi madre estaba en la peluquería.

El episodio más fuerte fue hace cuatro meses. El cumpleaños número sesenta de mi padre había llenado el jardín: dos exministros, tres empresarios con tapa de revista, dos sacerdotes y media docena de tías con tapado de piel a pesar del calor. Catalina llevaba un vestido celeste con cuello redondo que la hacía parecer una virgen renacentista bajada de un cuadro.

Yo la arrinconé en la biblioteca con la excusa de mostrarle un libro de derecho canónico.

—Estás demasiado inocente para mi gusto allá afuera —le dije al oído, apretando mi cuerpo contra su espalda—. Me dan ganas de ensuciarte.

—Tomás, están todos abajo —gimió.

—Por eso mismo.

Cerré la puerta, pero no le di vuelta a la llave. Que alguien pudiera entrar en cualquier momento era exactamente lo que me prendía fuego. La levanté sobre el escritorio de caoba del viejo, corriendo a un costado los papeles del estudio y un portarretrato de la familia en Bariloche. Le levanté el vestido. No tenía bombacha. Ya sabía que la iba a buscar y se había preparado para mí.

Ese detalle, esa premeditación de la nena santa, me partió por dentro. Significaba que la chica del coro había muerto y que en su lugar yo había construido a una mujer insaciable, hecha a mi medida.

—Sos una mentirosa, hermanita —le gruñí al oído mientras me desabrochaba el cinturón—. Sonreís a las tías y al cura, pero estás mojada esperándome.

—Solo para vos, Tomi. Soy tuya. Hacéme lo que quieras antes de que entre alguien.

La penetré ahí mismo, sobre los contratos firmados del estudio, mientras el cuarteto de cuerdas tocaba amortiguado desde el jardín. Fue un acto rápido, con la respiración entrecortada y los dientes apretados. Ella me clavaba las uñas en los hombros, ahogaba cada sonido contra mi cuello. Yo la embestía con fuerza y miraba el retrato al óleo de mi padre colgado sobre la chimenea, sintiendo un poder absoluto. Estaba profanando lo más sagrado de su casa, debajo de sus narices, ensuciando el linaje del que tanto se vanagloriaba en los almuerzos.

Cada vez que escuchábamos pasos en el pasillo nos congelábamos un segundo, con el corazón a mil. El miedo a ser descubiertos nos apretaba el estómago y nos disparaba la adrenalina. Ella me apretaba más fuerte por dentro, como si su cuerpo entendiera el riesgo mejor que su cabeza. Era una ruleta rusa hecha de carne y de muebles antiguos.

Cuando terminé adentro nos quedamos abrazados unos segundos, sudorosos, recuperando el aire. Me miró con los ojos vidriosos, el rímel un poco corrido, los labios hinchados. Estaba destruida y estaba más linda que nunca.

—Acomodáte —le ordené, volviendo a mi voz de hermano mayor—. Tenés que bajar a cortar la torta.

Verla bajar la escalera de mármol cinco minutos después, otra vez impecable, sonriendo con cara de ángel a los invitados, mientras yo sabía que llevaba lo mío adentro, fue la sensación de poder más grande de toda mi vida.

***

Desde aquella tarde, el juego fue escalando. Ya no nos alcanza con escondernos. Ahora buscamos el riesgo como una droga más. Me masturba debajo del mantel en cenas de gala. Yo le mando audios obscenos al celular mientras está en clase en la facultad, describiendo con detalle lo que le voy a hacer cuando vuelva, obligándola a apretar las piernas en medio de un parcial oral de derecho romano.

La convertí en mi adicción y, peor todavía, en mi cómplice. Ya no toma decisiones sin consultarme. Rechazó a dos pretendientes que le presentaron en el club —los dos con apellido y herencia— porque, según dice, ningún hombre la hace sentir lo que la hago sentir yo.

Hijos nunca vamos a tener juntos. Catalina es muy joven y, aunque es devota, es pragmática como toda la familia. Toma las pastillas que yo mismo le compro en la farmacia de Junín y controlo que se las trague cada mañana frente a mí. Un embarazo sería el fin de la farsa, y la farsa es justamente lo que nos permite seguir disfrutando. La sospecha más mínima nos expulsaría del paraíso de un patadón.

Vivimos al filo de la navaja. Sé que esto es insostenible a largo plazo. En algún momento ella va a tener que casarse para guardar las apariencias, o tendré que hacerlo yo. Pero ya hablamos del tema una madrugada, mirando el techo de mi cuarto. Hicimos un pacto entre los dos: no importa con quién terminemos durmiendo, nosotros vamos a seguir siendo los dueños del cuerpo del otro hasta el final.

Yo voy a ser el tío preferido de sus hijos. Ella va a ser la tía cariñosa de los míos. Y en las reuniones familiares vamos a seguir encontrándonos en baños, bibliotecas y autos estacionados sobre Quintana, manteniendo prendido el fuego de nuestro infierno privado.

Somos monstruos, ya lo sé. Pero somos monstruos en paz dentro de nuestra propia oscuridad. Y mientras Buenos Aires duerme creyendo en sus valores y en su moral, nosotros nos seguimos riendo en silencio, enredados entre sábanas de lino, sabiendo que el amor más puro siempre es el que está más podrido por dentro.

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Comentarios (3)

NocheRoja7

tremendo relato... me quede enganchado hasta el final

diegoCba93

Por favor una segunda parte, necesito saber que paso despues. Muy bueno!!

Rolando_BsAs

La forma en que lo narraste hace que todo se sienta muy real. Ese ambiente de verano en la terraza lo pinte perfecto en mi cabeza. Sigue publicando!

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