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Relatos Ardientes

Mi suegro encontró lo que borré del móvil

Me llamo Marina, tengo veintinueve años y llevo cuatro casada con Hugo. Su padre, Gustavo, siempre me miró de una manera que me revolvía el estómago: ojos que se demoraban demasiado en mi escote, comentarios «inocentes» sobre lo bien que me sentaba un vestido ajustado, palmadas en la cintura que duraban un segundo más de la cuenta. Durante años me dije que era solo un viejo cómodo, un suegro de los de antes, de esos que confunden la confianza con el descaro. Me equivocaba. Tardé en entender hasta dónde llegaba.

Hugo y yo vivíamos en un piso estrecho del centro, pero los fines de semana subíamos a la casa de campo de Gustavo, en un pueblo perdido entre cerros. Aire limpio, silencio, una chimenea que olía a leña húmeda. Era lo único que de verdad me relajaba durante la semana. Aquel viernes, sin embargo, todo se torció. A Hugo lo llamaron de la oficina por una urgencia y tuvo que volver a la ciudad esa misma tarde.

—Me sabe fatal dejarte aquí —dijo, ya con las llaves en la mano—. Pero vuelvo el domingo a primera hora. Quédate, disfruta del campo.

—Tranquilo —mentí con una sonrisa—. Aprovecho para leer.

Cuando el coche de Hugo desapareció camino abajo, Gustavo apareció en el porche con las manos en los bolsillos. Me dedicó esa sonrisa lenta y pesada que me erizaba la piel.

—Solos tú y yo, nuera —dijo—. Como en los viejos tiempos.

No supe a qué viejos tiempos se refería. Forcé una risa y entré a la cocina con la excusa de preparar algo. Solo son dos noches, pensé. Aguanto lo que sea dos noches.

Esa misma tarde, mientras fregaba los platos del almuerzo, lo oí entrar detrás de mí. Sus pasos eran pesados sobre las baldosas. Olía a colonia fuerte y a un rastro viejo de tabaco. Se colocó a mi espalda, demasiado cerca, su cuerpo casi rozando el mío, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—Marina, bonita… sé lo que hiciste.

Se me heló la sangre. El plato que tenía entre las manos resbaló y golpeó el fondo del fregadero con un ruido seco.

—¿De… de qué hablas? —balbuceé sin atreverme a girarme.

Sacó el teléfono del bolsillo y lo levantó delante de mi cara. La pantalla mostraba una captura. Una conversación entera. Mensajes míos con Tomás, un compañero de trabajo. Fotos que le había mandado una noche tonta, después de un par de copas, cuando Hugo estaba de viaje y yo me sentía sola y estúpida. Palabras explícitas, promesas de que iba a chupársela hasta las pelotas en el baño de la oficina el lunes siguiente, de que me abriría de piernas encima del lavabo para que me follara sin condón. Todo borrado al día siguiente, arrepentida. Pero ahí estaba, guardado, intacto.

No le pregunté cómo lo había conseguido. Hugo, meses atrás, le había dado acceso a la cuenta familiar en la nube «por si algún día perdíamos el móvil». Gustavo siempre se las dio de moderno, de saber más de tecnología que su propio hijo. Yo nunca le di importancia. Qué ingenua.

—Tu marido no sabe nada de esto —dijo, con la voz baja y ronca pegada a mi oreja—. Y no tiene por qué saberlo… si te portas bien conmigo.

El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a oírlo él también. Intenté apartarme, deslizarme hacia un lado, pero me sujetó por la cintura con una mano grande y áspera, una mano de hombre que ha trabajado el campo toda la vida.

—No hagas tonterías, Marina. Si esto sale a la luz, Hugo te deja. Y no es solo Hugo. Pierdes la casa, pierdes la tranquilidad, a lo mejor hasta el trabajo cuando tu jefe se entere de con quién te escribes. —Hizo una pausa para que calara cada palabra—. Pero si eres buena conmigo, esto se queda entre nosotros. Nadie más lo verá jamás.

Me temblaban las piernas. Quería gritar, darle un codazo, salir corriendo hacia el coche que ya no estaba. Pero la imagen de Hugo leyendo esos mensajes, de su cara, de todo lo que se vendría abajo, me dejó clavada al suelo de la cocina.

—¿Qué quieres? —pregunté con un hilo de voz.

Gustavo sonrió. Lo noté en su respiración más que en su cara, porque seguía a mi espalda.

—Quiero esa boca tan mona que usas para mentirle a mi hijo —dijo, girándome al fin hacia él—. Quiero que me la chupes. Aquí. Ahora. De rodillas. Y sin rechistar. Y luego quiero follarte ese coño de niña buena hasta que me pidas más.

***

Me empujó por los hombros, despacio pero sin margen, hasta dejarme de rodillas sobre las baldosas frías. El frío me subió por las piernas y me cortó la respiración. Por encima de mí, su cuerpo tapaba la luz que entraba por la ventana. El olor a colonia me golpeó de lleno, mezclado con el sudor del día de campo.

Se desabrochó el cinturón con una calma que me dio más miedo que cualquier grito. Bajó la cremallera. Metió la mano dentro del calzoncillo y sacó la polla despacio, casi con orgullo, dejando que la viera entera antes de acercármela. Era gruesa, pesada, más larga de lo que jamás habría imaginado en un hombre de su edad, con una vena marcada recorriéndola por debajo y el glande morado y brillante ya asomando del prepucio. Le colgaban debajo unas pelotas oscuras, grandes, cubiertas de vello canoso. Todo aquello quedó bailando a un palmo de mi cara.

—Abre —ordenó.

Cerré los ojos. Sentí cómo las lágrimas calientes me resbalaban por las mejillas, y abrí la boca. Él la agarró con la mano y se la frotó primero por los labios, embadurnándomelos con el líquido pegajoso que ya soltaba la punta. Me pasó el glande por la lengua, por la barbilla, me lo dio a oler contra el pómulo antes de volver a la boca.

—Sácala. Enséñame la lengua. Así, quieta.

Me apoyó el peso de la polla sobre la lengua, caliente, palpitando. La saboreé sin querer: salada, densa, con un sabor amargo de hombre mayor que me dio una arcada de pura vergüenza. Empujó despacio al principio, solo un poco, hasta que mis labios se cerraron alrededor del prepucio. Con la otra mano me agarró un puñado de pelo en la nuca y empezó a marcar el ritmo a su antojo, metiéndomela un poco más honda con cada vaivén.

—Chúpala bien, joder. Con lengua. Como se la chupas al otro en el móvil.

Obedecí. Le pasé la lengua por debajo, subí hasta la punta, me la tragué otra vez hasta donde pude aguantar. La piel era áspera contra el paladar, la vena palpitaba pegada a mi lengua. Él soltó un gemido grave, casi animal, y empujó más fuerte. La sentí golpear el fondo de la garganta y me atraganté, con los ojos llorosos, la saliva escapándose por las comisuras y goteando gruesa sobre mi camiseta. Un hilo largo cayó desde mi barbilla hasta el pecho.

—Así, joder —gruñó—. Quién lo diría. La mosquita muerta de mi nuera resulta que sabe mamar. Traga saliva, no la dejes escapar, guárrala.

Con la mano libre me agarró la mandíbula, me apretó las mejillas para hundirlas contra su polla, para sentir cómo lo apretaba dentro. Empezó a follarme la boca con embestidas lentas pero firmes, cada vez más hondas. Yo tosía, arqueaba la espalda, se me caía la baba a chorros. El rímel se me corría y me chorreaba en dos regueros negros por la cara. Él respiraba por la nariz, ronco, las caderas meciéndose contra mi cara sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo.

—Mírame —exigió.

Levanté la vista. Tenía la cara enrojecida, la frente perlada de sudor y una expresión que no olvidaré nunca: la de un hombre que sabe que ha ganado.

—Mi hijo nunca te ha follado la boca así, ¿a que no? —dijo entre jadeos, sacándomela un momento para pegármela por toda la cara, embadurnándome las mejillas con mi propia saliva—. Él es blando. No te agarra del pelo, no te la mete hasta el fondo. Yo no. Yo voy a usarte entera. Saca la lengua, lámeme los huevos.

Me obligó a agachar la cabeza y me acercó las pelotas a la boca. Se las lamí, una y luego la otra, calientes, con el vello raspándome los labios. Me metió una entera en la boca y la aguanté ahí, mientras él se sacudía la polla contra mi frente. Volvió a subirme por la barbilla, me obligó a abrir otra vez, y me la clavó hasta la garganta.

Aceleró el ritmo. Lo sentí endurecerse aún más dentro de mi boca, palpitando, más gordo, más caliente. Intenté echarme atrás por instinto, pero su mano en mi nuca me lo impidió.

—Quieta. Y trágatelo todo. Ni una gota fuera.

Terminó con un gruñido largo, gutural, que pareció salirle del fondo del pecho. El primer chorro me golpeó en el paladar, espeso, caliente, y el segundo se me fue directo por la garganta. No me soltó hasta el último segundo, hasta asegurarse de que no escapaba nada. Me obligó a tragar cada latido, sintiendo cómo la polla se contraía y descargaba dentro de mi boca. Cuando por fin la sacó, todavía cayó un último hilo blanco sobre mi lengua. Me sujetó de la barbilla.

—Enséñamelo. Abre.

Le enseñé la boca llena. Él sonrió.

—Ahora traga.

Tragué. Di una bocanada de aire, tosiendo, con el sabor amargo aún cubriéndome la garganta. Pero él no había terminado.

—De pie. Encima de la mesa.

Me temblaban las piernas. No pude ni protestar. Me levantó del brazo, me giró contra la mesa de madera y me empujó por la espalda hasta que quedé doblada sobre ella, con las tetas aplastadas contra el tablero frío. Me subió la falda de un tirón, hasta la cintura, y me bajó las bragas de un solo movimiento hasta las rodillas.

—Mira qué culo, joder. Y esto lo tiene mi hijo en casa y no lo aprovecha.

Sentí sus manos abrirme las nalgas, sin prisa, como quien examina algo suyo. Un dedo grueso me recorrió la raja de arriba abajo, se detuvo en el coño, tanteó los labios, comprobó que estaba mojada. Y lo estaba, aunque me quisiera morir de vergüenza por ello.

—Serás guarra. Mira cómo chorreas. Después de decir que no querías.

Me metió dos dedos de golpe, hasta los nudillos. Grité contra la madera. Los sacó, brillantes, me los pasó por los labios de la boca para que me chupara mi propio jugo, y volvió a metérmelos, esta vez moviéndolos en círculo, abriéndome.

Luego oí el roce del glande contra mi coño. Se lo pasó por la raja, arriba y abajo, tanteando, embadurnándose. Apoyó la punta en la entrada y empujó de una sola vez, hasta el fondo, sin miramientos. Solté un gemido ronco que no reconocí como mío. Era gruesa, me llenaba entera, me llegaba a un sitio al que Hugo nunca llegaba.

—Así, coño —gruñó, agarrándome de las caderas con las dos manos—. Este coño es mío también ahora. Repítelo.

Empezó a follarme fuerte, con embestidas secas que me hacían chocar la pelvis contra el borde de la mesa. Cada golpe me sacaba un jadeo entrecortado. Las tetas se me escapaban del sujetador contra la madera. Él se echó por encima de mi espalda, me metió una mano por debajo y me estrujó un pezón entre dos dedos ásperos.

—Dilo. Di que es mío.

—Es tuyo —susurré, con los dientes apretados y los ojos llenos de lágrimas.

—Más alto.

—¡Es tuyo, joder!

Se rió, ronco, y aceleró. Me la clavaba hasta el fondo y salía casi entera, para volver a hundirla de golpe. La cocina entera olía a sexo, a sudor viejo, al chapoteo húmedo de su polla entrando y saliendo de mí. Yo apretaba la mandíbula, pero el cuerpo me traicionaba: sentí el primer temblor subir desde las piernas, la garganta cerrarse, y me corrí encima de la polla de mi suegro con un gemido largo que no pude callar.

—Ahí está —jadeó él, satisfecho—. Ahí está la nuera obediente. Te has corrido, guarra. Como una perra.

No paró. Me agarró del pelo, tiró de mi cabeza hacia atrás para que arqueara la espalda, y me siguió embistiendo, cada vez más fuerte, hasta que noté cómo se ponía tenso. Sacó la polla en el último segundo, me tiró boca arriba sobre la mesa, se subió encima con una rodilla y se corrió a chorros por encima de mis tetas, del cuello, de la barbilla, de la boca abierta. Chorros gordos, calientes, que me caían por los pezones y me chorreaban hacia el ombligo.

—Buena chica —dijo, jadeando, mientras se sacudía las últimas gotas contra mis labios—. Límpiate esa carita antes de que vuelva Hugo.

Me quedó todavía un rato encima, respirando fuerte, con la polla goteando sobre mi vientre. Me pasó dos dedos por la cara, recogió una gota de semen y me la metió en la boca. La chupé sin pensar. Él sonrió.

Me quedé un instante tumbada, incapaz de moverme, las nalgas ardiendo y el coño palpitando. Entonces señaló con la barbilla hacia la encimera. Su teléfono estaba apoyado contra el frutero, la cámara orientada hacia nosotros, el punto rojo de grabación todavía encendido.

—Por si se te ocurre cambiar de idea —añadió tranquilamente, guardándolo—. Ahora tengo algo todavía mejor que unas fotos. Tengo a mi nuera pidiéndomela.

***

Me levanté temblando, con las piernas flojas y el semen chorreándome todavía por dentro de los muslos. Arranqué un trozo de papel de cocina y me limpié la cara y las tetas como pude, frente al reflejo borroso del cristal de la ventana. Detrás de mí, Gustavo se sirvió un dedo de whisky y se sentó a la mesa —la misma mesa donde acababa de follarme— con la naturalidad de quien acaba de leer el periódico.

—Venga, nuera —dijo, removiendo el hielo—. Prepara algo de cena. Hugo llega el domingo, pero no quiero que mañana te vea con esa cara de funeral. Disimula. Se te da bien disimular, ¿no?

No le contesté. Saqué verduras de la nevera y empecé a cortarlas solo por tener las manos ocupadas, por no pensar. El cuchillo temblaba contra la tabla. Él me observaba desde la mesa, en silencio, dando sorbos lentos, disfrutando de algo que iba mucho más allá del whisky.

Esa noche cenamos los dos casi sin hablar. Él comentó el tiempo, la cosecha del vecino, lo cara que estaba la luz. Yo asentía con monosílabos y miraba el plato. Cada vez que alzaba la vista, me encontraba con sus ojos esperándome. Antes de subir a la cama me agarró del brazo en el pasillo, me pegó a la pared y me metió la mano por debajo del pantalón del pijama sin decir nada, solo para comprobar que seguía mojada. Sonrió al notarlo. No hizo falta que dijera nada más: sabía que volvería a por mí en mitad de la noche, y así fue.

El domingo, cuando el coche de Hugo apareció por fin camino arriba, salí a recibirlo con la mejor de mis sonrisas. Me besó en la mejilla, me dijo que me había echado de menos, que la próxima vez no me dejaría sola. Yo lo abracé fuerte, tragué saliva y sentí, fantasma y persistente, el sabor de su padre todavía en el fondo de la garganta y el escozor entre las piernas de haberme dejado follar tres veces más en apenas dos noches.

Gustavo apareció en el porche, secándose las manos en un trapo. Miró a su hijo, le palmeó la espalda con cariño y luego, por encima del hombro de Hugo, me dedicó un guiño lento.

—La próxima que vengáis —dijo, sonriendo a los dos—, ya sabes que esta es tu casa, Marina. Tú aquí siempre tienes trabajo.

Hugo se rió, ajeno a todo, y le dio la razón a su padre. Yo asentí en silencio.

Y supe, con una certeza fría que me bajó por la espalda, que aquello no había sido más que el principio.

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Comentarios(9)

FernandoMdq

tremendo final, no me lo esperaba para nada!!

Gisel_lectora

Dios mio que comienzo… quedé pegada desde el primer párrafo. Se siente real, no forzado. Muy bien escrito.

lector_pampa77

Se me hizo cortisimo. Necesito la segunda parte, hay que saber que paso despues!!

NicoRosario_84

Algo parecido me paso a mi, aunque mucho mas inocente jaja. Igual me enganche de entrada con la historia.

CarlosRV

buenisimo!!! sigue asi

LuciaBaires

Me encanto la tensión que se arma desde el principio. Rara vez un relato me tiene asi de enganchada, esperando que haya más.

Tramposo23

El suegro sabia exactamente lo que hacia jaja. Clase magistral.

CordobesJR

Muy buen relato, hay algo en esa dinámica que te atrapa sin que te des cuenta. Ojala tenga continuación, quedó en un momento muy bueno.

curiosa_stgo

Y el marido llegó a enterarse de algo? Dejaste con la intriga total

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