Mi hija descubrió cómo controlarme del todo
Suspiré mientras el taxi me dejaba en la puerta. No sé bien cómo terminé aceptando venir a esta maldita fiesta. Bueno, sí sé. Lo sé perfectamente. Reconocerlo, sin embargo, implica admitir cosas que prefiero mantener en la zona gris de mi conciencia.
El lugar era un galpón reconvertido en algún punto del barrio industrial, con neones violeta y una fila de entrada que doblaba la esquina. Adentro la música retumbaba con esa energía que hace vibrar el esternón. El tipo de la puerta me miró de arriba abajo —traje oscuro, cuarenta y cinco años bien cumplidos, la barriga que uno se lleva de recuerdo después de tantas cenas de trabajo— y abrió la reja sin decir nada. Los billetes tienen ese idioma.
Me acomodé en la barra y pedí una cerveza. El barman era difícil de clasificar: pelo cortísimo, maquillaje oscuro alrededor de los ojos, una sonrisa que no esperaba respuesta. Preferí no hacerme preguntas y me dediqué a examinar el lugar.
La gente tenía veinte, veinticinco años. Arneses de cuero. Cadenas metálicas. Ropa de látex que lo marcaba todo. Parejas —o lo que fuera— besándose contra las columnas, frotándose al ritmo de la música sin importarles nada ni nadie. Más allá, en los taburetes del fondo, una mujer con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, mientras un hombre arrodillado entre sus piernas hacía lo que hacía sin ningún apuro, como si fuera lo más normal del mundo. Puede que acá lo fuera.
Tomé un sorbo largo de cerveza. Entonces la vi.
Luciana estaba al fondo, cerca de los parlantes, besándose con otra chica. Una morena de caderas anchas, con un corset rojo que le marcaba la cintura. Mi hija tenía las manos en su cara, los dedos enredados en el pelo oscuro de la otra, con esa manera suya de besar que parece siempre una declaración de intenciones.
Sentí el estómago apretarse.
No era celos exactamente. Era algo más sucio que eso, algo que preferiría no nombrar en voz alta.
Como si sintiera el peso de mi mirada, Luciana abrió los ojos en medio del beso. Me encontró al instante desde el otro extremo del salón, con esa facilidad suya que siempre me resulta irritante. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos un segundo. Dos. Cinco. Y entonces sonrió.
Una sonrisa pequeña, casi imperceptible. Sin nada de inocente.
Me di vuelta hacia la barra y pedí otra cerveza. Pensé, no por primera vez, en lo absurdo de esta situación. En cómo llegué hasta acá. Hay una versión de mí que todavía la recuerda de chica, haciendo preguntas interminables en los viajes de verano, durmiendo en el asiento trasero del auto con su muñeca favorita. Una versión que se niega a actualizar el archivo.
La realidad es que hace cuatro años, en una noche que ninguno de los dos planificó, algo se rompió o se abrió entre nosotros —todavía no sé cuál de las dos cosas— y desde entonces existimos en este espacio sin nombre que nos inventamos juntos. No sé bien quién empezó. No sé si importa saberlo. Lo que sí sé es que desde esa noche, Luciana descubrió algo sobre mí que yo mismo tardé décadas en admitir.
Aprendió a usarlo con una precisión que me asombra y me aterra a partes iguales. No hubo conversación larga ni negociación: simplemente empezó a manejar los límites como si siempre los hubiera conocido. Y yo se lo permití. Primero una vez, después otra, y después dejé de llevar la cuenta.
***
Veinte minutos después, la morena del corset y Luciana se acercaron a la barra. Se acomodaron a mi lado como si la coincidencia fuera genuina. La morena pidió algo con hielo. Luciana no pidió nada. Se apoyó de codos sobre la barra y me miró de costado.
—¿Estás cómodo? —preguntó.
Voz tranquila. Casi amable. Como si preguntara por el tiempo.
No respondí. Tomé un sorbo de cerveza y miré hacia adelante. En el metal cromado de la barra podía ver su expresión reflejada: la comisura levantada, los ojos brillantes. Satisfecha. Eso era: satisfecha de verme ahí parado, rígido dentro del traje, sabiendo exactamente lo que yo llevaba puesto debajo de la ropa.
El aparato de castidad lo usaba desde esa mañana. Luciana me lo había enviado por mensajería el miércoles con una nota que decía simplemente «para el sábado». Sin firma. Sin más explicación. Como un recordatorio de agenda. Y yo lo usé. Por supuesto que lo usé.
También llevaba el vibrador que ella misma me había colocado antes de salir de casa. El controlador estaba en algún lugar de su cartera.
Cerré los ojos un segundo cuando sentí la primera vibración. Baja, discreta, pero suficiente para que tuviera que controlar la respiración. Un zumbido breve que subió por la columna y se instaló en algún lugar entre la incomodidad y otra cosa que no voy a nombrar acá.
Apreté el vaso con más fuerza.
A mi lado, Luciana giró hacia la morena y empezó a besarle el cuello. La chica cerró los ojos y reclinó la cabeza, dejando espacio. Luciana le pasó una mano por la cadera, despacio, sin apuro. Metódica, como hace siempre las cosas. La morena soltó un sonido suave cuando la mano de Luciana se deslizó por debajo de su falda. Un sonido que se perdió dentro de la música, pero que yo escuché porque estaba a menos de medio metro de ella.
Luciana no me miraba. No necesitaba hacerlo. Sabía que yo no me iba a mover.
Observé, sin querer observar, cómo la muñeca de mi hija se movía en un ritmo constante bajo la tela. La morena se aferró al borde de la barra con los nudillos tensos. Le temblaban las piernas. Intenté mirar hacia otro lado y no pude sostenerlo más de cinco segundos antes de volver.
—Mirá —dijo Luciana en voz baja, sin dejar de moverse.
No era una sugerencia.
La morena terminó con un estremecimiento y un jadeo corto que se convirtió en risa nerviosa. Luciana retiró la mano despacio. En el reflejo de la barra vi mi propio ceño fruncido, la mandíbula apretada, el vaso de cerveza que estaba aplastando entre los dedos.
Me levanté del taburete. Necesitaba aire, o al menos la ficción de que podía elegir irme.
No llegué ni a girar del todo cuando la vibración aumentó de golpe. Fuerte. Demasiado. Una intensidad que no había sentido en toda la noche. Un sonido salió de mi garganta sin que yo lo planificara, y tuve que apoyar una mano en la barra para no perder el equilibrio. Miré hacia los lados por puro reflejo. Nadie me prestaba atención; la música hacía su trabajo mejor que cualquier pantalla.
La vibración bajó de nuevo al mínimo.
Me di vuelta. Luciana tenía el pequeño controlador apoyado sobre la barra, a la vista de cualquiera que mirara, sin ningún esfuerzo por ocultarlo. Me hizo un gesto con la cabeza: acercate.
Fui.
La morena ya se había escabullido hacia la pista. Luciana esperó con los cuatro dedos levantados, ligeramente húmedos, con una expresión que no admitía negativa. Incliné la cabeza. Empecé por el índice y terminé en el meñique, limpiando despacio, sintiendo el sabor salado y áspero de la otra mujer en la lengua, mientras Luciana me miraba desde arriba con esa calma suya que siempre resulta más desconcertante que cualquier insulto.
Cuando terminé, me acarició el pelo con la mano ya limpia. Un gesto breve, casi paternal.
—Buen chico, Hernán.
Eso fue todo.
—Pagá la cuenta y nos vamos. Te dejo en casa antes de que se despierte tu mujer.
Pagué. Mi consumición y la suya, claro. Salimos a la madrugada fría sin decir nada más.
***
En el auto, ninguno de los dos habló. Luciana manejaba con una mano en el volante y la otra sobre el cambio, mirando la calle. Yo miraba las luces de los semáforos reflejarse en el parabrisas mojado.
No soy un hombre que se queje. Jamás me quejé de nada con Luciana, y sería ridículo empezar ahora. Ella fue siempre así conmigo: directa, sin margen para la negociación, sin necesidad de explicar nada. Pero tampoco puedo decir que soy víctima de algo, porque esa sería la mentira más grande que podría construir. Estoy acá porque quiero estar. Porque cuando intento no estarlo, termino igual.
Conmigo fue siempre una forra, egoísta, calculadora. Pero jamás le recriminé nada, porque a sus ojos yo no soy un hombre íntegro, y los dos lo sabemos. Soy alguien que eligió esto. Que lo sigue eligiendo cada vez.
Frenó frente a mi edificio. Motor al mínimo. La calle vacía a esas horas.
Antes de que abriera la puerta, Luciana me agarró del brazo. Me atrajo hacia ella y me besó. Un beso largo, sin urgencia, con esa concentración suya que hace desaparecer todo lo demás. Sabía a vodka y a algo que no supe identificar. Cuando se terminó, me soltó y volvió a mirar hacia adelante, como si nada.
—Bajate.
Bajé. Me quedé parado en la vereda, mirándola por la ventanilla. Veinticinco años y una mirada que me evalúa como si yo fuera algo que encontró y decidió quedarse, pero siempre con la libertad implícita de devolverlo cuando quisiera.
—El domingo hay asado en lo de la abuela —dijo—. No llegues tarde. Y dale mis saludos a mamá, papá.
Sonrió de costado, con esa sensualidad sin esfuerzo que todavía me cuesta creer que existe en el mundo. Arrancó antes de que yo pudiera procesar la frase. Las luces traseras del auto se perdieron al doblar la esquina, rumbo al departamento donde la esperaban su marido y mi nieto.
Encendí un cigarrillo. El primero en toda la noche. El humo subió recto en el aire quieto de la madrugada.
Desde arriba llegó el sonido de una ventana abriéndose. Mi mujer se asomó con la bata sobre los hombros y una sonrisa tranquila, la misma que tiene cuando espera a alguien que quiere.
—¿Ya llegaste? —preguntó—. ¿Cómo estaba Luciana?
Miré la esquina vacía donde el auto de mi hija había doblado. Luego alcé la vista hacia mi mujer.
—Bien —respondí—. Está bien.
Subí las escaleras despacio, el cigarrillo a medias entre los dedos, el sabor de Luciana todavía en la boca. El vibrador apagado, el aparato inmóvil y frío contra la piel. Y la certeza, renovada una vez más, de que este secreto es lo único que voy a guardar con absoluta fidelidad el resto de mi vida.