Lo que el novio de mamá quería no era a mamá
El coche de Héctor llegaba siempre a las siete en punto. Era un BMW negro que brillaba bajo la lluvia de la tarde como el lomo de un animal al acecho. Carla lo observaba desde la ventana del piso de arriba, escondida tras la cortina, conteniendo la respiración cada vez que la puerta del conductor se abría.
Su madre ya estaba abajo, retocándose el carmín frente al espejo del recibidor, nerviosa como una adolescente en su primera cita. Carla sentía una mezcla de asco y fascinación que llevaba meses sin saber cómo nombrar. Héctor tenía cincuenta y dos años; su madre, cuarenta y cinco. Ella, apenas veintidós. Pero cuando ese hombre cruzaba el umbral, el aire de la casa se volvía espeso, difícil de respirar, cargado de algo que nadie se atrevía a decir en voz alta.
Su madre conocía de sobra la manera en que su novio miraba a su hija. Lo sabía y se hacía la tonta, porque estaba demasiado encaprichada de él como para arriesgarse a perderlo. A veces, en la oscuridad de su cuarto, incluso consentía que Héctor hablara de Carla mientras le hacía el amor. Todo con tal de conservarlo. Carla lo había escuchado más de una vez a través de la pared, y cada vez se odiaba un poco más por quedarse a escuchar.
Esa tarde había salido de la ducha envuelta solo en un albornoz blanco que se le pegaba a la piel húmeda. Bajó las escaleras descalza, sintiendo el frío de la madera bajo las plantas de los pies. Al asomarse al salón, esperaba encontrar a su madre. En cambio, era Héctor quien estaba allí, solo, hundido en el sillón favorito de mamá, con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en el televisor apagado.
—Tu madre ha ido al supermercado —dijo él sin volverse—. Me ha pedido que la espere aquí.
Su voz era una caricia áspera que le recorrió la columna vertebral. Carla desconfió de inmediato. Algo en el tono demasiado tranquilo de Héctor le decía que aquello podía ser una trampa cuidadosamente preparada.
—No creo que tarde —respondió ella, acercándose a la mesa para servirse un vaso de agua.
Lo hizo despacio, inclinándose un poco más de la cuenta, dejando que la abertura del albornoz se abriera apenas un dedo de más. Que mire, pensó, y al instante se asustó de sí misma.
Escuchó el tintineo del hielo contra el cristal, y después el crujido del sillón. Héctor se había levantado. Su sombra se proyectó sobre la mesa, sobre el vaso, sobre ella, cubriéndola por completo. Cuando Carla se giró, él estaba tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo.
—Eres demasiado guapa para que me conforme con que solo seas la hija de mi novia —dijo él, acortando la distancia—. Y estoy seguro de que puedo darte cosas que ese novio tuyo ni siquiera sabe que existen.
Levantó la mano y, con el dorso de los dedos, le recorrió la mandíbula hasta llegar al hueco del cuello. Carla no retrocedió. Al contrario, echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole la garganta, desafiándolo con un gesto que la sorprendió a ella misma.
—¿Y tú crees que es lo que necesito? —susurró, con la voz convertida en un hilo.
Héctor sonrió. Era esa sonrisa oscura que Carla había visto en sus peores sueños, en esos de los que despertaba con el corazón disparado y las sábanas revueltas.
—Sé que te mueres por entender por qué tu madre tiembla cada vez que cierro la puerta de su cuarto —dijo él, acercando los labios a su oído—. Sé que la oyes. Y sé que llevas meses imaginando qué podría hacer contigo.
No esperó respuesta. Su mano, grande y curtida, se cerró alrededor del cuello de Carla. No para hacerle daño, sino para fijarla en el sitio, para obligarla a sostenerle la mirada. El contraste entre la piel joven de ella y los dedos ásperos de él era una afrenta silenciosa a la ausencia de su madre, que en ese momento empujaba un carrito por algún pasillo iluminado a unas calles de distancia.
—Estoy loco por ti desde el primer día que te vi —murmuró Héctor contra su sien.
Sin previo aviso, su mano bajó con brusquedad, atrapó el nudo del albornoz y tiró de él. La prenda se abrió de golpe y dejó al descubierto el cuerpo de Carla, todavía tibio y húmedo, vibrando bajo la luz mortecina de la lámpara del salón. Él la recorrió con los ojos con una lentitud que rozaba el insulto, deteniéndose en sus pechos, que subían y bajaban al ritmo de una respiración que ya no controlaba.
—Es esto lo que querías cuando paseabas frente a mí con esa toalla mínima, ¿verdad? —preguntó con la voz ronca.
Carla intentó decir algo, pero él no le dio tiempo. La empujó contra la mesa del comedor, apartando de un manotazo los platos de porcelana de su madre, que tintinearon con un estrépito sordo. La sentó sobre el borde frío de la madera, le separó las piernas con un movimiento autoritario de las manos. Carla sintió el choque del barniz helado contra sus nalgas desnudas y, casi al instante, el calor abrasador de Héctor colocándose entre sus muslos.
No se desnudó de inmediato. Se desabrochó el cinturón con una calma que a ella la estaba volviendo loca, prolongando cada segundo, disfrutando del modo en que la respiración de la chica se aceleraba. Se liberó, ya completamente erguido, y se frotó contra ella, que estaba empapada por una mezcla de deseo y anticipación que la avergonzaba y la encendía a partes iguales.
—Mírame —ordenó él—. Te voy a hacer mía aquí mismo, Carla. Sobre la mesa donde cenamos en familia.
Ella obedeció, con los ojos empañados. Héctor la penetró de un solo impulso, profundo y seco, llenándola por completo. El gemido de Carla quedó ahogado bajo la boca de él, que la besó con una violencia hambrienta, reclamando su lengua mientras las caderas empezaban a golpear contra las de ella en un ritmo implacable.
Cada embestida era pesada, dominante, buscando el fondo de su vientre, recordándole con cada golpe que ahora era él quien dictaba las reglas dentro de aquella casa.
—Así… así, no pares —jadeaba ella, fuera de sí.
—Qué estrecha estás, qué mojada —gruñó él sin dejar de castigarla—. Y todo este tiempo fingiendo que me odiabas.
El sonido de la carne chocando contra la carne llenó el salón, mezclándose con los gemidos que Carla ya no podía contener. Arqueó la espalda y clavó las uñas en los hombros de la camisa de Héctor, sintiendo cómo el orgasmo empezaba a trepar desde la planta de los pies. Era un placer oscuro, sucio, amplificado por la certeza de que en cualquier momento las luces del coche de su madre podían barrer las ventanas del salón.
—Dime de quién eres ahora —exigió él, aumentando el ritmo de las estocadas, con la cara bañada en sudor, transformado en un animal que solo buscaba la posesión absoluta.
—Tuya… soy tuya —jadeó ella, entregándose por completo a la vibración que la recorría de la nuca a los talones.
***
La mesa de madera noble, esa donde cada domingo fingían ser una familia perfecta, crujía bajo el peso de los dos. Héctor la tenía completamente sometida, las manos grandes sujetándole los muslos para mantenerlos abiertos de par en par, exponiéndola entera a su embestida.
—Mírate —gruñó él, con la voz rota por la excitación—. Tan joven, tan apretada. ¿Esto es lo que envidiabas de tu madre? ¿Querías comprobar lo que se siente cuando un hombre de verdad te tiene a su merced?
Carla echó la cabeza hacia atrás, con la garganta expuesta, y soltó un gemido largo y agudo que rebotó contra las paredes del salón vacío. Sus dedos se hundían en el tapete de encaje de la mesa, arrugándolo, mientras sentía cada centímetro de él dentro de ella. Héctor no tenía piedad: sus estocadas eran largas, potentes, calculadas para alcanzar el fondo con un ritmo que la dejaba sin aliento.
—Más fuerte —pidió ella, perdiendo toda compostura—. Quiero que me lo hagas igual que a ella.
Él se retiró casi por completo, dejando solo la punta rozando la entrada empapada, y volvió a hundirse de golpe, arrancándole un grito que se quebró a la mitad. Las nalgas de Carla golpeaban el borde de la mesa con un ritmo frenético. Héctor bajó una mano y empezó a frotarle el clítoris con una presión brutal, sin dejar de moverse dentro de ella.
—Me corro —gimió Carla, con las piernas temblando sin control, rodeándole la cintura para atraerlo aún más hacia su fondo—. Me voy a correr ya, Héctor.
—Hazlo —le ordenó él al oído, con el aliento caliente quemándole la piel—. Córrete para mí. Empápame entero.
El orgasmo la golpeó como una descarga eléctrica, contrayendo sus músculos internos alrededor de él con una fuerza que la asustó. Carla soltó un alarido, el cuerpo arqueado, la mirada perdida en las vigas oscuras del techo. Héctor, al sentir las contracciones, dejó escapar un gruñido ronco y dio tres estocadas finales, brutales, antes de vaciarse dentro de ella con una sacudida densa y caliente que la hizo estremecerse de nuevo.
Permanecieron así unos segundos, unidos por el sudor y la respiración rota, en mitad del salón en penumbra. Después él se retiró despacio, dejando que el rastro de aquel encuentro manchara la madera pulida de la mesa.
***
Héctor se subió el pantalón con la misma frialdad con la que cada noche se sentaba a cenar a esa misma mesa. Se ajustó los puños de la camisa, recompuso el cuello, se pasó una mano por el pelo. En cuestión de segundos volvía a ser el novio impecable de mamá, el hombre que traía flores los viernes y hablaba de vinos en la sobremesa.
—Vístete —dijo sin mirarla—. No querrás que tu madre encuentre a su niña en este estado.
La palabra «niña» le cayó encima como un balde de agua helada. Carla seguía sobre la mesa, con las piernas todavía temblorosas y el albornoz tirado en el suelo, hecho un ovillo. El frío del barniz, ahora manchado por su propia entrega, le recordaba que la chica que media hora antes había subido las escaleras envuelta en una toalla ya no existía. La había dejado allí, sobre la madera, junto a los platos de porcelana de su madre.
Observó a Héctor abrocharse el cinturón con una parsimonia que la hacía sentir como un objeto recién usado y vuelto a guardar en su sitio. No había en él ni una sombra de culpa, ni un gesto de ternura. Solo la satisfacción serena de quien ha conseguido exactamente lo que quería sin pagar todavía ningún precio.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, recogiendo el albornoz del suelo y cubriéndose con un pudor absurdo, demasiado tarde.
Él se detuvo en el umbral del salón, de camino a la cocina, y se volvió apenas.
—Ahora nada —respondió—. Tu madre vuelve, cenamos, y tú decides si esto vuelve a pasar. —Sonrió de medio lado—. Pero los dos sabemos que vas a querer que vuelva a pasar.
Desapareció hacia la cocina con el mismo paso firme de siempre, como si lo único que hubiera ocurrido en esa casa fuera servirse otro whisky. Carla escuchó el chorro del grifo, el tintineo del hielo, la nevera abriéndose y cerrándose.
Subió las escaleras con las piernas flojas, sintiendo la humedad entre los muslos y el olor de Héctor pegado a la piel, un olor que ninguna ducha iba a quitarle del todo esa noche. Se metió en su cuarto y se sentó en el borde de la cama, mirándose las manos como si fueran de otra persona.
Diez minutos después oyó el motor del coche de su madre entrando en el garaje, el portazo, los tacones repiqueteando en el recibidor, la voz cantarina llamando a Héctor desde la puerta. Y la voz de él respondiendo, tranquila, cariñosa, perfecta.
Carla cerró los ojos. Sabía que esa noche, al otro lado de la pared, volvería a escucharlos. Y, por primera vez, supo que ya no podría seguir fingiendo que solo escuchaba por accidente.