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Relatos Ardientes

Mi tío me citó en su oficina un día de descanso

Esa mañana tocaba descanso, así que me levanté sin prisa, como cualquier domingo en el que nadie espera nada de una. Me quedé un rato larga en la cama, escuchando el ruido lejano de la avenida, antes de arrastrar los pies hasta la cocina del departamento.

Andaba todavía con la tanga de encaje rojo y una playera vieja que apenas me tapaba la mitad de las nalgas. El piso frío bajo los pies descalzos, el sol entrando por la ventana, y yo sin más plan que el café.

Me serví una taza humeante y, justo cuando le daba el primer sorbo, vibró el celular sobre la barra. Contesté sin mirar la pantalla.

Era Marcos. Mi tío.

—Buenos días, preciosa —su voz grave llenó el auricular—. Oye, te quiero en la oficina en veinte minutos. Hay pendientes y necesito que estés aquí.

Me quedé con la taza a medio camino de los labios. El café se me enfrió mientras procesaba lo que acababa de oír. No era la primera vez que mi tío usaba esa voz conmigo, pero sí la primera que se atrevía a citarme a solas.

¿Marcos me quería ver un día de descanso?

—Tío… pero hoy es mi día libre, yo…

—No, no, no. Nada de peros. Ya voy en camino. —Y colgó.

Me quedé mirando el celular como si me hubiera mordido. Conocía esa voz. La conocía bien. Mi tío Marcos no tenía pendientes de oficina un domingo a las nueve de la mañana. Lo que tenía era hambre, y por algún motivo había decidido que el menú de hoy era yo.

Me recogí el cabello en alto, me puse unos jeans y un suéter holgado, y dejé la tanga roja justo donde estaba. La tela me apretaba de una forma deliciosa, recordándome a cada paso que debajo de la ropa de domingo iba algo pensado para que lo arrancaran. Y, por cierto, mi tío estaba en mi lista de cuentas pendientes desde hacía meses.

Lo había visto mirarme en cada cumpleaños, en cada cena de domingo en casa de la abuela. Lo había visto seguir la línea de mis piernas cuando creía que yo estaba distraída, apretar el vaso de whisky cuando me reía demasiado cerca de su oído. Un hombre así no llama un día de descanso por pendientes de oficina. Llama porque ya no aguanta.

Y yo, que llevaba meses esperando exactamente esa llamada, no pensaba dejar pasar la oportunidad.

***

Llegué al corporativo y, antes de cruzar la puerta de vidrio, ahí estaba él. Apoyado en su auto deportivo, con los lentes de sol puestos y esa media sonrisa que conocía de las comidas familiares, la que ponía cuando creía que nadie lo veía mirarme de más.

Marcos es un hombre de la vieja escuela. Manos grandes, voz de mando, espalda ancha y una mirada que te desnuda antes de que digas hola. El tipo de hombre que no pide: ordena, y se sale con la suya porque está acostumbrado a que el mundo le diga que sí.

—Ven, vamos a desayunar algo y luego vemos los pendientes —dijo, abriéndome la puerta del copiloto.

Me subí despacio, dejando que el movimiento corriera el jean lo justo, que el filo del encaje rojo se asomara un segundo sobre la cadera. No fue casualidad. Nada de lo que hago frente a un hombre es casualidad.

Vi cómo se le iban los ojos a ese centímetro de tela. Vi cómo apretó la mandíbula. Sonreí para mis adentros y miré por la ventanilla como si no me hubiera dado cuenta de nada.

Arrancó. No fuimos a desayunar. No fuimos a la oficina. Tomó la avenida en sentido contrario y, sin una palabra más, enfiló directo hacia un hotel de paso a las afueras.

El trayecto fue en silencio. Él manejaba con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios, a un palmo de mi rodilla. No la movió. No hizo falta. Toda la conversación estaba ya dicha en la manera en que apretaba el acelerador, en cómo se le marcaba el antebrazo cada vez que cambiaba de marcha.

Yo miraba el paisaje correr por la ventanilla y sentía el encaje húmedo pegándose a mí. La anticipación es lo mejor de todo esto. El momento antes del momento, cuando ninguno de los dos ha dicho la palabra prohibida pero ambos saben exactamente hacia dónde van.

Pendientes, claro.

***

En cuanto la puerta de la habitación se cerró a nuestras espaldas, el aire cambió. Se volvió pesado, espeso, cargado con esa tensión que solo reconocemos las que vivimos para provocarla. Marcos se sentó en la orilla de la cama y empezó a desabrocharse el cinturón sin dejar de mirarme.

—Quítate ese trapo de hombre —dijo en voz baja—. Quiero ver qué te pusiste para mí.

No me apuré. Al contrario. Me quité el suéter centímetro a centímetro, dejé caer los jeans con una lentitud casi cruel, y me quedé frente a él bajo la luz que entraba por la cortina entreabierta. Las caderas anchas, los muslos firmes, y esa tanga roja que apenas contenía las ganas que llevaba encima desde que sonó el teléfono.

Lo escuché soltar el aire por la nariz. Esa fue toda la recompensa que necesitaba.

Caminé hasta él y me arrodillé entre sus piernas. Sentí la aspereza de su muslo contra mi mentón mientras le bajaba la ropa interior, y entonces lo tomé entero en la boca, sin advertencias, sin ceremonias.

Estaba duro, caliente, demasiado grande para tragarlo de una. Me llené con él hasta que se me cortó la respiración y jadeé con cada succión, marcando un ritmo lento que lo hacía retorcerse.

Marcos me agarró del cabello recogido y tiró con fuerza, llevándome más profundo a cada empujón, decidiendo él el compás.

—Maldita sea, qué boca tienes —gruñó, los dedos hundidos en mi nuca—. Me vas a dejar seco antes de empezar.

Las embestidas se volvieron brutales, sin tregua, como si quisiera atravesarme. Yo me dejé hacer, mirándolo desde abajo con los ojos llorosos y una sonrisa que no podía esconder. Me encantaba sentir que perdía el control, ese hombre tan dueño de todo, deshaciéndose por mi boca.

Y entonces lo noté tensarse. Esa rigidez en los muslos, ese temblor que delata a un hombre a punto de estallar.

Me aparté.

Él intentó tumbarme sobre la cama para tomarme de una vez, pero le puse una mano en el pecho y lo frené en seco. Me di la vuelta, me arqueé y le mostré el trasero envuelto en aquel encaje rojo que ya estaba empapado por mi propio deseo.

—No… todavía no, semental —le susurré con la voz más perversa que tengo guardada—. Primero tienes que bautizar a tu sobrina.

Lo escuché contener un gemido.

—Quiero que llenes este encaje con tu leche —seguí, moviendo las caderas despacio—. Quiero que me marques antes de reclamarme entera. Quiero llevar tu firma debajo de la ropa cuando vuelva a casa.

Marcos soltó una carcajada ronca, casi animal. Le encantó mi descaro, mi falta total de vergüenza.

—Eres lo peor que ha parido esta familia —dijo, y lo dijo como un elogio.

Se tomó la verga con una mano y, con la otra, me abrió las nalgas para tensar el hilo rojo contra la piel. Pero antes de terminar, tomó mi celular de la mesita.

—Esto va para tu perfil —dijo, encuadrando la foto—. Que tus seguidores vean lo que eres.

El flash. El clic. Y después, el rugido.

—Disfruta tu bautizo —gruñó.

Sentí los chorros calientes y espesos golpeando contra la tela roja. Una, dos, tres descargas que empaparon el encaje y lo pegaron a la piel. El olor inundó la habitación, denso y masculino, mientras los hilos blancos resbalaban por la cara interna de mis muslos.

—Mírate —dijo él, todavía con la respiración entrecortada, contemplando con un orgullo oscuro cómo su marca cubría mi lencería—. Ahora sí pareces lo que eres.

Se dejó caer sentado en la cama. Me miró un largo rato, con una mezcla de deseo y desprecio que me erizó la piel entera.

—Mi padre tenía razón sobre ti —murmuró—. Eres mucho peor de lo que cualquiera imagina. Anda, vístete. Y ni una palabra de esto a tu abuela.

Me llevé dos dedos al muslo, recogí lo que él había dejado y me lo llevé despacio a los labios, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—No te preocupes, tío —ronroneé—. Esto queda entre nosotros. Será nuestro pequeño secreto.

Vi cómo tragaba saliva. Vi cómo, por un instante, el hombre de la voz de mando no supo qué decir.

***

Y así, sin más, la mesa quedó servida.

Salí de aquel hotel con la tanga roja empapada por dentro y una sonrisa que no se me borró en todo el camino de vuelta. Marcos creía que me había usado. La verdad es que ahora lo tenía a él en la palma de la mano: una foto, un secreto, y el hambre encendida de seguir coleccionando hombres de la misma familia.

Porque eso es lo que hago. Voy juntando piezas, una a una, en silencio, mientras en las reuniones todos sonríen y nadie sospecha cuántos de ellos ya pasaron por mis manos.

En la próxima cena de domingo me sentaré a la mesa con mi suéter más recatado, le pasaré la fuente a la abuela y le preguntaré a Marcos por el trabajo como si nada. Él me sostendrá la mirada un segundo de más. Yo le sonreiré con toda la inocencia del mundo. Y los dos sabremos que, debajo del mantel, hay un secreto rojo y empapado que nos une para siempre.

Esa es la parte que más me gusta: el después. Cargar el pecado bajo la ropa de domingo, frente a toda la familia, y que nadie lo note. Saber que tengo a un hombre entero pendiente de mi silencio. Saber que volverá a llamar, porque los que prueban esto siempre vuelven a llamar.

Y a ustedes, que me leen y me siguen, les confieso esto como les confieso todo lo demás. Aquí sigo, recolectando, contando mis pecados, subiendo las fotos que tanto me piden. Esta tanga, por cierto, fue cortesía de ustedes, así que ya saben: mientras más me consientan, más lencería verán, y más carne, y más deseo.

Hay mucho por contar todavía. Mucho.

Nos vemos por allá y se quedan a leerme por aquí. Besos donde más les gusta.

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Comentarios (5)

Romana_BA

Que buenisimo, me lo lei sin parar!! la tension que se arma desde la primera linea engancha demasiado. Muy buen relato.

NochePrima

por favor que tenga continuacion, me quede con las ganas de saber mas...

Augusto_BA

Lo que mas me gusto fue cómo se describe el nerviosismo antes de llegar, eso se siente muy real y no forzado. Escribi mas!

xena_lectora

increible!! de los mejores que lei en este sitio, muy bien narrado

CarlosNacht

La protagonista sabe lo que quiere jajaja. Muy buen relato, espero que haya mas entradas.

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