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Relatos Ardientes

El camisón blanco que lo cambió todo entre nosotros

Me llamo Roberto y lo que voy a contar sucedió hace casi veinte años. Mi madre se llama Elena, aunque ese no es su nombre real. Ella tiene ahora más de sesenta años. Yo en aquel entonces acababa de cumplir los veintiséis.

Elena es una mujer de estatura media, pelo castaño claro, con ese tipo de cuerpo que uno podría llamar generoso: caderas marcadas, pechos abundantes, piernas bien torneadas. Para los cuarenta y cuatro que tenía entonces, se conservaba muy bien. No era la imagen que uno proyecta cuando piensa en la palabra «madre», o al menos no la imagen que yo tenía hasta ese verano.

Mi hermano mayor, Andrés, llevaba años viviendo en otra ciudad. Venía a visitarnos en Navidad y algún puente, pero lo habitual era que en el piso solo estuviéramos ella y yo. Mi padre había muerto cuando yo tenía veinte años, y desde entonces Elena se encargó de la casa con la misma eficiencia silenciosa de siempre: las comidas a su hora, la ropa lavada y doblada, la casa limpia.

Yo trabajaba en una empresa de logística, horario partido, y llegaba a casa sobre las siete de la tarde. La rutina era casi siempre la misma: ella me preguntaba cómo me había ido, cenábamos juntos, veíamos algo en la televisión y nos íbamos a dormir. Una vida tranquila, sin grandes sobresaltos.

Lo primero que noté fue en julio, una noche de calor pegajoso. Teníamos las ventanas y las puertas de los dormitorios abiertas porque con ese bochorno era imposible dormir bien. Yo estaba leyendo en la cama cuando, desde el cuarto de mi madre, llegó un sonido que al principio confundí con llanto.

No era llanto.

Eran gemidos. Bajos, casi inaudibles, pero inconfundibles una vez que el cerebro los clasifica correctamente. Me quedé inmóvil, con el libro cerrado sobre el pecho, sin atreverme a moverme. Elena se estaba masturbando.

La sesión duró bastante. Hubo un momento de silencio absoluto y luego el ruido suave de las sábanas al acomodarse. Después, nada. Solo el ventilador girando en su cuarto y el ruido sordo de la ciudad por la ventana.

Aquella noche tardé mucho en dormirme.

***

Durante las semanas siguientes comprendí que no era algo ocasional. Dos o tres noches a la semana, especialmente cuando el calor era más intenso, los sonidos llegaban desde su cuarto. A veces eran breves; otras veces, más prolongados, con esa cadencia que indica que el placer se repite más de una vez antes de apagarse del todo.

Una noche me levanté. No sé exactamente qué me impulsó. Me dije que iba al baño, que tenía sed, cualquier excusa que el cerebro fabrica para hacer lo que de todos modos ya ha decidido hacer. Me quedé de pie junto al marco de su puerta, que estaba entornada, y escuché.

Elena suspiraba en voz baja. Una respiración que se aceleraba y se cortaba. Alguna vez murmuraba algo incomprensible. En un momento dado soltó un pequeño sonido que se parecía a un nombre, aunque no pude distinguirlo bien.

Volví a mi habitación con el corazón acelerado y me quedé despierto otra hora larga.

Al día siguiente, en el desayuno, ella me miró con esa expresión un poco pícara que a veces tenía cuando quería decir algo sin decirlo.

—¿Dormiste mal? —preguntó, sirviéndome el café.

—Algo —dije yo.

—Yo también. Mucho calor.

Y ahí quedó la cosa. Pero en sus ojos había algo que no era del todo inocente. Le aguanté la mirada un segundo más de lo necesario antes de bajarla hacia el café.

***

Por las tardes, cuando llegaba del trabajo, Elena se duchaba antes de la cena. Era su costumbre desde siempre, pero yo empecé a prestarle una atención que antes no tenía. La puerta del baño quedaba entornada. El vapor escapaba por el hueco junto con el olor del gel que usaba, uno con aroma a vainilla que después de ese verano no puedo oler sin que algo se me mueva por dentro.

Una tarde me detuve en el pasillo. Solo unos segundos. Vi su silueta a través del vaho: los movimientos lentos del jabón sobre la espalda, la curva de las caderas. Seguí hacia mi cuarto como si nada hubiera pasado.

Era consciente de lo que estaba haciendo. Y era consciente de que era mi madre. Pero el cuerpo no negocia con esa clase de argumentos cuando ya ha tomado una decisión.

Empecé a pensar en ella durante el día, en la oficina, mientras revisaba hojas de ruta y hablaba con los transportistas. Pensaba en la curva de su cadera, en los pezones que alguna vez había visto marcarse bajo el camisón fino que usaba en verano. Me sentía culpable y excitado a partes iguales, y esa mezcla no ayudaba a concentrarse en el trabajo.

***

La noche que cambió todo empezó como cualquier otra. Habíamos cenado algo frío, porque con el calor nadie quería encender el fuego. Vimos un rato la televisión. Ella fue a ducharse.

Cuando salió del baño no llevaba el pijama de siempre.

Llevaba un camisón blanco. Corto, de tela fina, de esa que parece algodón pero que con la luz de frente se vuelve casi transparente. Le llegaba a mitad del muslo. Tenía el pelo aún húmedo, recogido con descuido sobre un lado del cuello. Se quedó de pie en el umbral del salón y sonrió.

—¿Qué te parece? —preguntó.

—¿Eso es nuevo? —conseguí decir.

—Lo compré esta semana. —Giró despacio, como si se estuviera probando algo en una tienda. El camisón se levantó un poco con el giro, lo justo para mostrar la parte baja de las nalgas—. ¿Te gusta?

Me gustaba. Me gustaba mucho más de lo que debería. La tela era suficientemente transparente para adivinar el contorno de los pechos, los pezones ya visibles y marcados. Las piernas quedaban al aire hasta donde la tela llegaba a cubrir, que era muy poco.

—Sí —dije.

Ella cruzó el salón y se sentó a mi lado en el sofá. Olía al gel de vainilla y a algo más, a calor de piel recién duchada. No puso la distancia habitual entre nosotros. Su muslo rozó el mío y se quedó ahí.

Ninguno de los dos dijo nada durante un momento. En la televisión, alguien hablaba del tiempo. Ola de calor para los próximos días.

—Roberto —dijo ella, en voz baja.

La miré. Tenía los ojos fijos en la pantalla pero los labios estaban entreabiertos y su respiración era un poco más rápida de lo normal.

—¿Qué? —pregunté.

—Llevo semanas escuchándote por las noches —dijo. Y añadió, sin girarse a mirarme—: Y sé que tú también me escuchas a mí.

No contesté. No había nada que contestar.

Ella entonces se giró y me miró directamente. No con vergüenza ni con reproche. Con algo que yo llevaba tiempo esperando ver sin saber que lo esperaba.

Nos besamos.

***

No fue un beso tímido ni confuso. Fue un beso largo, con las manos de ella en mi cara y las mías en su espalda, sintiendo el calor de su piel a través de la tela fina. Elena abrió la boca y el beso se fue haciendo más profundo, más urgente. Nos habíamos esperado demasiado tiempo, aunque ninguno de los dos supiera exactamente desde cuándo había empezado todo.

Le deslicé el camisón por los hombros con cuidado y cayó al suelo. Ella me quitó la camiseta con impaciencia. Nos tumbamos en el sofá y durante un buen rato solo nos tocamos, reconociéndonos en esa oscuridad relativa del salón con la pantalla apagada y la única luz que entraba desde la calle.

Le besé el cuello, la clavícula, el pecho. Elena tenía los pechos grandes y cálidos, los pezones duros bajo mi boca. Gemía de la misma forma que la había escuchado gemir desde mi cuarto, pero ahora era diferente: era algo que iba dirigido a mí, algo que yo le provocaba.

—Aquí —me dijo, guiando mi mano entre sus piernas.

Estaba caliente y húmeda. Pasé los dedos despacio sobre ella y se arqueó contra mi mano, cerrando los ojos. La escuché suspirar de esa forma que yo conocía de memoria pero que nunca había tenido tan cerca, tan dirigida hacia mí.

Le llevó tiempo llegar al primer orgasmo. Se tensó entera, apretó mi mano contra ella con fuerza y soltó el aire de golpe. Se quedó quieta un momento, con la frente apoyada en mi hombro y la respiración pesada.

—Ven aquí —dijo.

***

Hicimos el amor en el sofá y después en la ducha, con el agua tibia y el vapor y el olor a vainilla mezclado con el olor de los dos. Elena era activa y directa, sabía exactamente lo que quería y lo pedía sin rodeos. Fue una de esas noches en las que el tiempo se dobla y de repente son las tres de la madrugada sin que ninguno de los dos se haya dado cuenta.

Después, envueltos en toallas, nos sentamos en la cama de ella. El calor no había aflojado. Afuera la ciudad seguía con su ruido sordo de coches y voces lejanas.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí —dije. Y era verdad.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro. Yo la rodeé con el brazo. No dijimos nada más. A veces las cosas importantes no necesitan ser explicadas en voz alta, solo vividas.

***

Han pasado casi veinte años desde esa noche de julio. Elena sigue siendo mi madre. También es la persona con quien comparto la cama, las mañanas, las cenas y los veranos de calor. Andrés no sabe nada y nunca lo sabrá. No todo lo que existe entre dos personas necesita ser nombrado ante el mundo.

Algunos lo llamarían tabú. Algunos dirían que cruzamos una línea que no debía cruzarse. Puede que tengan razón. Pero esa noche, con el camisón blanco en el suelo y el calor pegado a la piel, dos personas que llevaban semanas escuchándose a través de las paredes decidieron dejar de fingir que no se oían.

Desde entonces, somos felices.

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Comentarios (7)

Jag

increible... de los mejores relatos que lei en este sitio en mucho tiempo

ElOchentero

La tension que se va armando al principio es lo que lo hace especial. Muy bien logrado!

CristinaLM

no pude dejar de leer, fluye muy bien. Gracias por compartirlo

Oscuro_BA

el titulo ya te engancha y el relato no defrauda. mas asi!!

Leandrito92

quede con ganas de mas, espero que haya una segunda parte. muy bueno!

SantiVzla

me genera sensaciones encontradas pero no pude soltar el celular hasta terminarlo jaja. tremendo relato

Maxi_Lector

Hay relatos que te dejan pensando y este es uno de ellos. La forma en que se va construyendo la tension antes del momento clave es simplemente perfecta. Felicitaciones, uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo.

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