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Relatos Ardientes

Lo que mi tía Marisol me enseñó esa mañana de agosto

Aquella mañana de agosto, en el pueblo del sur donde mi familia veraneaba desde que yo tenía memoria, me puse las zapatillas a las once y crucé las cuatro calles que separaban la casa de mis padres de la de mis tíos. Lo hacía cada día desde que habíamos llegado. Mi prima Lucía y yo solíamos ir a tomar el aperitivo a la plaza, a veces con sus amigas, casi siempre los dos solos. Tengo veintidós años. Ella tiene veinte. Nos llevábamos como hermanos.

Toqué el timbre dos veces y, al no contestar nadie, empujé la puerta. Estaba abierta, como siempre.

—¿Lucía? —llamé desde el recibidor.

Quien apareció no fue mi prima.

—Tu prima se fue a la playa, cariño —dijo mi tía Marisol asomándose por la cocina, secándose las manos en un trapo—. Se levantó al amanecer con sus amigas. Aitana, Carla y la otra, la nueva. No me dijo nada hasta esta mañana, ya sabes cómo es.

—Ah, vaya. Bueno, paso luego. Que aproveche.

—No, hombre, no. Anda, pasa. Te tomas algo conmigo, que tu tío también se ha ido todo el día con sus amigos a pescar al embalse. Estoy más sola que la una.

No supe decir que no. La verdad es que nunca había sabido decirle que no a mi tía Marisol. Tiene cuarenta y seis años, el pelo corto y rubio, la piel siempre morena por el verano y un cuerpo que se ha cuidado más de lo que cualquier mujer de su edad necesitaría cuidarse. Aquella mañana llevaba una falda blanca corta y una camiseta verde de tirantes, y por encima un delantal de cuadros que no disimulaba absolutamente nada de lo que pretendía disimular: unas tetas grandes, pesadas, que se movían libres bajo la tela cada vez que caminaba, y unos pezones marcados que se notaban a diez metros.

Me senté en el sofá del salón. Ella me sirvió una Fanta de naranja en un vaso alto, con dos cubitos de hielo, sin tener que preguntarme qué quería. Llevaba años sirviéndome lo mismo cada vez que pasaba por su casa.

—Pon la tele si quieres. O la consola de tu prima, ahí la tienes.

—Estoy bien así.

Se sentó a mi lado, no enfrente. Dejó el trapo de cocina sobre el reposabrazos y soltó un suspiro largo, como si llevara toda la mañana esperando a sentarse cinco minutos.

—¿Qué tal por la ciudad? —me preguntó—. ¿Sigues con aquella chica del año pasado?

—Hace meses que no, tía.

—¿Y eso?

—Las chicas de mi edad son complicadas.

Se rió. Una risa bonita, pequeña, de las que nacen en la garganta y no en la boca.

—Las mujeres somos complicadas siempre, cielo. Lo que pasa es que las jóvenes todavía no saben lo que quieren. Se enfadan por tonterías. Te miran el móvil. Lloran. Una mujer hecha sabe pedir lo que quiere y sabe dar lo que el otro necesita. Sabe abrir las piernas cuando tiene que abrirlas y sabe cerrar la boca cuando tiene que cerrarla. Eso es todo.

Una mujer hecha sabe pedir lo que quiere, repetí mentalmente. Llevaba todo el verano huyendo de la casa de mi tía cada vez que ella se inclinaba un poco, o me daba un beso demasiado cerca de la comisura, o me preguntaba algo poniéndome la mano en el muslo. Cada vez que volvía de allí me encerraba en mi cuarto, cerraba la puerta con pestillo y me hacía una paja pensando en ella, en sus tetas, en su culo apretado dentro de esos vestidos de verano, en cómo se le marcaría el coño si se sentara a horcajadas encima de mí. Me corría en cuestión de un minuto, empapando el papel. Era patético. Era inevitable.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—En nada.

—Mentira.

Se acomodó un poco más cerca. La falda blanca se le subió un par de dedos al cruzar las piernas y vi una franja de muslo que ya no era piel veraniega: era piel cuidada, suave, con esa luz de las mujeres que saben lo que el sol y la crema pueden hacer juntos.

—Tía…

—Dime, cariño.

—Nada.

Se inclinó hacia delante para dejar el vaso en la mesa baja y, al hacerlo, el escote de la camiseta se le abrió lo suficiente como para que viera que no llevaba sujetador. Le vi las dos tetas enteras, colgando pesadas, con los pezones oscuros y grandes apuntando hacia abajo. No estoy seguro de si fue a propósito. Hoy, con perspectiva, creo que sí. Aquella mañana habría jurado que fue casualidad.

—Te he visto el bañador apretado, ¿sabes? —dijo bajando la voz, sin mirarme—. Cuando vienes por las tardes a buscar a tu prima. Se te marca la polla entera. No hay quien no lo vea.

Sentí que la cara me ardía.

—Tía, por favor.

—Te lo digo por decir. No tienes nada de qué avergonzarte. Tienes veintidós años. A esa edad cualquier cosa os pone la polla como una piedra. Hasta el aire.

—No es el aire.

Lo dije sin pensar, y en el segundo en que terminé la frase supe que me había caído de un acantilado. Ella levantó la cabeza. Me miró. No sonrió.

—¿Y qué es?

—Tía.

—¿Qué es?

Tragué saliva. El sofá pesaba como un coche encima.

—Eres tú.

Estuvo un rato sin decir nada. Yo no me atreví ni a respirar. Pensé que iba a levantarse, a echarme de allí, a llamar a mi madre, a llamar a mi tío. Pensé que el verano terminaba en ese segundo y que nunca más iba a poder mirar a ningún miembro de mi familia a la cara.

En lugar de todo eso, me puso la mano sobre el muslo. Justo donde terminaba el bañador. Justo donde mi erección era ya imposible de disimular. Deslizó los dedos por encima de la tela y apretó el bulto entero, midiéndolo, sopesándolo, como quien comprueba que una fruta está madura.

—Lo sabía —dijo en voz muy baja—. Lo sé desde el verano pasado. La tienes gorda, cariño. Muy gorda.

—Tía…

—Calla un momento.

Su mano se movió un par de centímetros hacia arriba. Solo eso. Pero esos dos centímetros decidieron lo que iba a pasar a continuación. Luego siguió subiendo, se metió por debajo del bañador y me agarró la polla directamente, con la palma caliente y seca, y empezó a masturbarme muy despacio, arriba y abajo, sin dejar de mirarme a los ojos.

—¿Cuántos años hace que no te toca una mujer mayor que tú? —preguntó.

—Ninguna me ha tocado nunca.

Me miró otra vez. Esta vez sí sonrió.

—Pues mira qué suerte la tuya esta mañana. Vas a aprender lo que es una mamada de verdad, cariño. Y lo que es un coño de verdad.

***

Me arrodillé delante del sofá antes de que me lo pidiera. No sabía exactamente qué estaba haciendo. Sabía solo que me estaba dejando llevar, y que si paraba a pensar lo que estaba haciendo, no iba a poder seguir. Le subí la falda hasta la cadera. Llevaba unas bragas blancas, sencillas, sin encaje, sin nada. Esas bragas blancas me parecieron más obscenas que cualquier conjunto de los que había visto en mi vida. En el centro de la tela había una mancha oscura, ovalada, húmeda, que se extendía hasta la costura. Mi tía chorreaba antes de que le tocara siquiera.

—Despacio —susurró—. No tenemos prisa.

Le retiré las bragas hacia un lado, no se las quité. Se le abrió el coño delante de la cara como una fruta partida. Los labios grandes, morenos, gordos; los pequeños asomando rosados y brillantes de flujo; el clítoris ya hinchado, saliendo del capuchón, pidiendo a gritos que lo tocaran. Llevaba el pubis afeitado, con solo una franja finita de vello rubio arriba, cuidada como el resto de ella.

—Ábrelo con los dedos —me dijo—. Míralo bien primero. Quiero que te acuerdes de este coño toda tu vida.

Le abrí los labios con dos dedos. El olor me pegó en la cara. Empecé por la cara interna del muslo derecho, besando, mordiendo apenas, subiendo hacia la ingle, respirando encima del coño sin llegar a tocarlo. Ella echó la cabeza atrás contra el respaldo y dejó escapar un suspiro largo, controlado, como si llevara meses guardándolo. La olía, y olía a crema solar, a jabón, a hembra caliente, a coño de mujer madura que llevaba semanas sin follar bien.

—Deja de jugar y cómemelo, cariño —susurró—. Por favor.

Cuando llegué con la lengua a donde tenía que llegar, ella separó las piernas un palmo más y me sujetó la nuca con una mano. No empujó. Solo apoyó. Como diciendo: aquí, así, no te muevas.

La lamí con cuidado. Primero con la punta de la lengua, de abajo arriba, recorriendo toda la raja, chupando el flujo espeso que le salía sin parar. Luego la lengua plana, en toda la anchura, arrastrándose por los labios abiertos, empapándome la cara. Cuando llegué al clítoris lo rodeé despacio, sin tocarlo directamente, dando vueltas alrededor hasta que ella movió la cadera hacia mí buscándolo. Solo entonces se lo chupé, entero, metiéndomelo dentro de la boca como si fuera una polla en miniatura.

—Ay, hijo de puta —gimió—. Ahí, ahí, no te vayas de ahí.

Sin prisa. Aprendí en aquellos veinte minutos más sobre cómo se le come el coño a una mujer que en los cuatro años que llevaba follando con chicas de la facultad. Mi tía no fingía. Mi tía me corregía con la mano, con la respiración, con un quieto, así, no, ahí no, vuelve, más despacio, chúpalo, ahora métemela dentro. Cada gesto suyo era una clase. Cada suspiro suyo era una nota apuntada en un cuaderno que iba a llevarme conmigo el resto de mi vida.

Le metí un dedo. Estaba tan mojada que entró hasta el fondo sin resistencia. Metí un segundo. Se le apretó el coño alrededor y me clavó las uñas en la nuca. Empecé a moverlos hacia arriba, buscándole el punto rugoso de dentro, mientras seguía chupándole el clítoris con la boca abierta y la lengua vibrando encima.

—Así, cabrón, así, no pares, no pares, no pares…

Cuando se corrió, se corrió de verdad. Con un temblor largo que le subió por las piernas, le atravesó el vientre y le terminó en los hombros. Me apretó la cara contra el coño con las dos manos y me la restregó allí encima, moviéndose con la última convulsión, empapándome la barbilla y los mofletes. Me abrazó la cabeza así, sujetándome contra ella, durante casi un minuto, sin hablar, sin poder hablar, temblando en oleadas cada vez más pequeñas.

—Madre mía, cariño —dijo después, con la voz ronca—. Madre mía. Con esa lengua vas a matar a alguien.

***

Me levantó tirándome de la camiseta y me hizo sentarme donde ella había estado. Se arrodilló entre mis piernas, en la alfombra, con la falda todavía subida y las bragas caídas por un tobillo. Se quitó la camiseta verde por encima de la cabeza de un solo tirón y ahí, por fin, la vi entera: las tetas colgando pesadas, dos melones morenos de pezones oscuros y anchos, con un balanceo cada vez que se movía, marcadas por la línea del bikini. Me bajó el bañador hasta los tobillos sin dejar de mirarme. La polla me saltó fuera, dura, hinchada, con la punta ya brillante de un hilo de líquido preseminal. Ella se relamió al verla.

—Uy, cariño, qué polla tienes —dijo, agarrándomela con una mano y meneándola despacio—. ¿Sabes que llevo toda la semana pensando en esto?

—No.

—Pues llevo toda la semana. Cerrando los ojos por la noche al lado de tu tío pensando en meterme esta polla en la boca.

Empezó por la base. La lengua plana, despacio, hasta arriba. Otra vez. Y otra. Me lamió los huevos uno por uno, metiéndoselos en la boca con cuidado, chupándolos hasta que me arqueé en el sofá. Volvió a subir por el tronco, dejando un rastro de saliva brillante, y me lamió la punta con la lengua muy despacio, recogiendo el líquido que salía y saboreándolo con los ojos cerrados, como si fuera una copa de vino.

—Qué bien sabes, cariño. Qué bien sabes.

Solo después se la metió en la boca, y lo hizo con una calma que me dejó sin aire. Se la tragó entera, muy despacio, hasta que sentí la punta chocarle en la garganta y ella no se retiró. Se quedó allí, con la nariz apoyada en mi pubis, respirando por la nariz, con la polla clavada hasta el fondo. Después empezó a subir y a bajar, con las dos manos apoyadas en mis muslos, sin usarlas, chupándome solo con la boca, mojándome entero de baba, dejándola caer por los huevos hasta el ojete.

No era una mamada como las que me habían hecho hasta entonces. Era otra cosa. Era una mujer que llevaba veinticinco años haciéndoselas a un solo hombre y que sabía perfectamente lo que hacía. La mano derecha se me subió a la nuca y le llevé el ritmo yo, tirándole del pelo corto, follándole la boca despacio. Ella cerró los ojos y dejó que se la usara, con la barbilla babeando y las tetas balanceándose cada vez que le empujaba la cabeza.

—Tía, voy a…

—Aguanta.

Apretó la base con la mano. Frenó todo. Me miró desde abajo, sin sacársela de la boca, con los ojos entrecerrados, esperando. Volvió a empezar, esta vez más rápido, chupando solo la punta con los labios apretados, meneándome la base con la mano, dando vueltas a la cabeza del glande con la lengua.

—Tía, por favor.

—Aguanta, cariño. Aguanta otro poco. Quiero verte reventar.

Aguanté. No sé cómo, pero aguanté. Ella me hizo tres o cuatro paradas más, sacándomela de la boca en el último segundo y apretándomela con dos dedos por la base, riéndose bajito cada vez que me veía retorcerme. Después me sujetó los huevos con una mano y volvió a tragársela entera, moviendo la cabeza rápido, chupando y tragando saliva a la vez para que se le apretara la garganta.

Cuando por fin me dejó, lo hizo con la boca abierta y la lengua fuera, sin moverse, mirándome todo el tiempo, meneándomela con la mano a un palmo de la cara. Le caí encima como si llevara dos meses sin tocar a nadie. El primer chorro le pegó en el labio de arriba y le cruzó la mejilla hasta el ojo. El segundo le cayó dentro de la boca. El tercero y el cuarto le fueron a parar a las tetas, y ella se los estregó por los pezones con la mano libre, sin dejar de meneármela para sacarme hasta la última gota. No retiró la cara. No tragó hasta que terminé del todo. Se limpió lo que le quedaba en la mejilla con dos dedos y se los metió en la boca, chupándoselos delante de mí.

—Qué buen sabor tiene mi sobrino —dijo después, limpiándose la comisura con el pulgar—. Y qué cantidad, hijo, qué cantidad. Menos mal que tu tía te ha enseñado a aguantar.

***

Lucía no volvió hasta las nueve de la noche. Mi tío llegó a las once con una bolsa de truchas y una sonrisa de cerveza. Cenamos los cuatro en la terraza, hablamos del tiempo, hablamos de la pesca, hablamos de a qué hora salía el bus al día siguiente para la fiesta del pueblo de al lado. Mi tía me sirvió la ensalada sin mirarme una sola vez. Mi tía me dio las buenas noches con un beso en la mejilla, exactamente igual que me lo daba todas las noches. Mi tía cerró la puerta detrás de mí con la misma media sonrisa de siempre.

Pero al día siguiente, a las once de la mañana, volví a llamar al timbre. Y al siguiente. Y al siguiente. Aquel agosto Lucía se fue de fin de semana al campo con sus amigas, y yo pasé las cuarenta y ocho horas más largas, más lentas y más felices de mi vida con mi tía, en su cuarto, en la cocina, en la ducha, sin reloj, follándola por delante y por detrás, corriéndome dentro y encima de ella, aprendiendo a comerle el culo, a metérsela sin manos, a hacerla acabar solo con la lengua tres veces seguidas. Lo que aprendí allí dentro no lo cuento aquí. Es otra historia y, además, no me corresponde solo a mí contarla.

Han pasado tres veranos desde aquello. He vuelto al pueblo cada uno. Lucía se casó hace dos años. Mi tío sigue yéndose a pescar al embalse cada mañana de agosto. Las chicas de mi edad me siguen pareciendo complicadas, sí, pero sobre todo me siguen pareciendo apuradas, ansiosas, con prisa por terminar lo que empieza. Yo, desde aquella mañana de agosto, ya no tengo prisa por nada. Aprendí, entre una falda blanca y un delantal de cuadros, que el deseo bien hecho no corre. Espera. Toma su tiempo. Y, cuando llega, llega entero. Y se traga hasta la última gota.

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Comentarios(7)

rodrigo_baires

tremendo relato, me dejo sin palabras!!! quede enganchado desde el primer parrafo

lector001

Por favor que haya una segunda parte... quede con ganas de mas

JuanPabloT

Bien escrito, me recordo a esas vacaciones de verano donde todo podia pasar. Gracias por compartir

Marcos86

Increible. Uno de los mejores que lei aca, muy natural y sin ser burdo

NocheViajera

Que bien narrado, la tension desde el comienzo hasta el final es perfecta. Segui asi!

GonzaOK

Hay segunda parte? Necesito saber que paso despues jajaja

DulceTormenta

Lo lei de un tiron y me sorprendio gratamente. La manera en que se desarrolla la escena inicial es increible, muy natural. Ojalá haya mas relatos asi de bien escritos

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