Diez años después sigo siendo la amante de mis hijos
Han pasado diez años desde que decidí contarlo todo sin guardarme nada. Hoy tengo sesenta y tres años y sigo viviendo en el mismo pueblo de la sierra, en la misma casa grande y vieja de paredes anchas donde nací, crecí y me convertí en la mujer que soy.
Mi marido murió hace cinco años, una madrugada de invierno, mientras dormía a mi lado. No voy a mentir a nadie: lo sentí, claro que lo sentí, pero no lo lloré como se llora a un gran amor. Para entonces hacía ya mucho tiempo que mi cuerpo y mi cabeza pertenecían por completo a mis dos hijos.
Marcos tiene ahora cuarenta y cinco años. Rubén, cuarenta y uno. Los dos siguen viviendo conmigo. Nunca llegaron a marcharse del todo. Marcos lleva una pequeña empresa de transportes y Rubén tiene una bodega en el pueblo de al lado. Salen por la mañana, trabajan, vuelven. Siempre vuelven a esta casa. A mí.
Con los años lo nuestro se ha vuelto más hondo y más tranquilo, y a la vez más sucio. Ya no queda ni una sombra de vergüenza entre nosotros tres. Duermo casi todas las noches metida entre los dos, con una mano de cada uno apoyada en mi cuerpo, como si me marcaran el territorio aun durmiendo.
A veces me toma uno mientras el otro me besa la nuca o me chupa los pechos. Otras me pongo a cuatro patas y uno me embiste por delante mientras el otro me abre por detrás. Mi culo, que siempre fue mi punto más sensible, sigue siendo su juguete favorito, el que se disputan medio en broma cada noche.
He cogido algo de peso con los años. Tengo los pechos grandes y pesados, los pezones largos y oscuros de tanto que me los han mamado. Las caderas se me han ensanchado, todo en mí se ha vuelto más blando, pero a ellos eso los vuelve locos.
Dicen que ahora hay más mujer donde agarrar, que estoy más caliente que cuando tenían veinte años. Y no mienten. A mi edad todavía me empapo como una jovencita; me cambio de ropa interior tres o cuatro veces al día, y ellos siguen oliendo mis prendas con la misma hambre de siempre.
La otra noche pasó algo que necesito contar, porque fue de lo más cerdo y a la vez de lo más bonito que hemos vivido los tres juntos.
***
Hacía un calor de esos que no perdonan, uno de esos veranos de tierra adentro en los que el aire pesa hasta de noche. Los tres estábamos desnudos en el salón, con todas las ventanas abiertas de par en par y solo el ventilador del techo removiendo aquel bochorno.
Habíamos bebido un par de copas de vino fresco y la conversación había ido subiendo de tono, como nos pasa siempre que cae la noche y se nos suelta la lengua.
De pronto, Marcos dejó la copa en la mesa y me miró con esa seriedad suya que avisa de que va en serio.
—Mamá, hoy quiero hacerte algo que no te hayamos hecho nunca los dos juntos.
Rubén soltó una risita con esa cara de pillo que tiene desde niño.
—¿Y qué se supone que es eso, hermano?
Marcos se levantó, fue a la cocina y volvió con un melón enorme y maduro que habíamos comprado esa misma tarde en el mercado. Lo partió por la mitad de un golpe seco con el cuchillo grande. La pulpa, jugosa y brillante, soltó un olor dulce que llenó el salón.
—Hoy vas a ser nuestro melón, mamá —dijo con la voz ronca.
Me hicieron tumbarme boca arriba sobre la mesa de madera del comedor, con las caderas justo en el borde. Me separaron bien las piernas, sin prisa, disfrutando de dejarme abierta y a la vista. Marcos cogió una de las mitades y, con cuidado, empezó a pasarme la pulpa fría y húmeda por entre las piernas.
El contraste de aquel frío contra mi calor me arrancó un gemido largo. Me untaron entera, despacio, cada pliegue, mientras el jugo me resbalaba por los muslos y goteaba al suelo formando un charco pegajoso bajo la mesa.
Luego Rubén tomó la otra mitad y me la acercó a la cara. Me hizo hundir la lengua en aquella carne dulce mientras sus dedos me abrían por detrás. Marcos se arrodilló entre mis piernas y empezó a comerme entera, chupando y tragando el jugo mezclado con lo mío, sin descanso.
Rubén hizo lo mismo más abajo. Hundió la cara entre mis nalgas y lamió todo lo que pudo, metiendo la lengua bien adentro, mientras yo gemía con la boca todavía llena de fruta.
Cuando ya estaba completamente embadurnada y fuera de mí, Marcos se incorporó. Se untó él mismo con el jugo del melón y me penetró de golpe, hasta el fondo. Rubén lo imitó por detrás. Los dos a la vez, despacio pero profundo, mientras sus cuerpos se rozaban por encima de mí y sus manos me apretaban los pechos hasta hacerme arquear la espalda.
Pero lo más fuerte vino después.
Marcos se retiró de mí, chorreando, y se hundió directamente en la mitad de melón que seguía sobre la mesa. Se movió varias veces dentro de aquella pulpa roja, como si fuera otro cuerpo.
Luego se acercó y me lo puso en la boca. Sabía a mí, a fruta madura y a él, todo a la vez. Mientras yo chupaba con ansia, Rubén hizo lo mismo por su lado: se hundió en la otra mitad del melón y luego volvió a mí, ahora resbaladizo y dulce.
Me tomaban los dos, uno por la boca y otro por detrás, mientras yo me hundía las manos llenas de pulpa entre las piernas. El jugo me corría por la cara, por los pechos, por el vientre. Debía parecer un animal cubierto de fruta abierta, y nunca me sentí más viva.
Cuando terminaron fue brutal. Marcos me llenó la boca mientras Rubén se vaciaba por detrás, los dos a la vez, gimiendo mi nombre como cuando eran críos y me llamaban desde la otra punta de la casa. Yo me corrí tan fuerte que solté un chorro que salpicó la mesa y el suelo, mezclándose con el jugo del melón.
Después nos quedamos los tres abrazados, sudados, pegajosos, oliendo a sexo y a fruta y a esa cosa nuestra que no tiene nombre. Me limpiaron con la lengua, despacio, como dos cachorros grandes lamiendo a su madre.
—Te queremos, mamá —me dijo Rubén al oído mientras me besaba el cuello.
—Y yo a vosotros, mis hombres —contesté con la voz rota—. Sois lo mejor que me ha pasado en la vida.
Y es la pura verdad. A mis sesenta y tres años sigo siendo la amante de mis dos hijos, y ellos siguen siendo mis hombres. Mi casa, mi cama y mi cuerpo son suyos cuando quieran.
***
Lo que voy a contar ahora pasó hace apenas un mes, y todavía no me lo creo del todo. Mi hijo Marcos, mi mayor, decidió dar un paso más en esta locura que vivimos desde hace tantos años. Y lo hizo a lo grande, como hace siempre las cosas él.
Resulta que su mujer, Lorena, y el hijo de ambos, Hugo, que acababa de cumplir los dieciocho, llevaban ya meses entendiéndose a escondidas. Marcos lo descubrió hacía tiempo y, en lugar de montar en cólera, se le encendió algo por dentro.
Dice que ver a su mujer con su propio hijo lo ponía a mil. Así que, después de darle vueltas unos días, tomó una decisión: iba a traerlos a casa. A los dos. A mí.
Una tarde de domingo nos reunió a todos en el salón. Marcos entró con Lorena de la mano, y detrás venía Hugo, un poco nervioso pero con los ojos brillantes, sin saber dónde meterse.
—Mamá —me dijo Marcos con esa voz grave que usa cuando habla en serio—, Lorena y el chaval ya se entienden desde hace tiempo. Y yo quiero que entren en esto con nosotros. Quiero que seas tú quien los reciba. Quiero que conozcan a la mejor mujer de esta familia.
Lorena me miraba con los ojos muy abiertos, entre asustada y encendida. Es una mujer guapa, morena, de buen cuerpo y pechos firmes, pero se quedó clavada en el sitio cuando me vio sentada en el sillón, cubierta solo con una bata fina, abierta por delante.
—Dios mío, Reme… —murmuró sin poder apartar la vista—. No me habían dicho que… que eras así.
Me reí bajito y me abrí un poco más la bata, dejando que mis pechos cayeran libres. Están más caídos que antes, claro, pero siguen siendo enormes, con esos pezones largos y oscuros que se ponen duros con solo mirarlos.
—Ven, hija —le dije con voz suave pero firme—. Acércate.
Lorena se acercó como hipnotizada. Se arrodilló delante de mí, me tomó los pechos con las dos manos, sopesándolos, acariciándolos como si no terminara de creérselos. Luego se inclinó y empezó a chuparme los pezones con verdadera hambre. Gemí. Me pierde que me mamen los pechos así.
Mientras tanto, Hugo no se quedaba atrás. Se sentó en el brazo del sillón, a mi lado, y metió la mano directamente entre mis piernas. Cuando me separó los labios con los dedos se quedó con la boca abierta.
—Reme… no había visto nunca a una mujer como tú —dijo con la voz temblorosa—. Y cómo te mojas… madre mía.
Yo ya estaba empapada. Mi flujo espeso le mojaba los dedos. Hugo se deslizó hacia abajo y empezó a lamerme con ansia de chaval inexperto, todo lengua y ganas, mientras su madre seguía devorándome los pechos.
Marcos, sentado enfrente, se tocaba despacio, disfrutando del espectáculo que él mismo había montado.
Entonces pasó lo más fuerte. Hugo se puso de pie, se bajó los pantalones y se acercó a mi boca sin decir una palabra, todavía duro como una piedra. Yo abrí los labios y me lo metí hasta el fondo. Empecé a chupárselo con ganas, haciendo ruido, babeando, mientras Lorena me mamaba los pechos y me metía dos dedos.
Marcos se acercó entonces y me susurró al oído:
—Déjate ir, mamá. Córrete para ellos. Enséñales cómo se corre de verdad una mujer.
Eso fue suficiente. Entre la boca llena, los dedos de Lorena y sus labios en mis pezones, me corrí como una loca, un orgasmo de esos que me dejan temblando entera durante un rato largo.
Empecé a soltar chorros a borbotones. No era otra cosa, era ese flujo espeso que echo cuando me corro muy fuerte. Salía a presión, salpicando la cara de Hugo, los pechos de Lorena, el sillón entero. Chorro tras chorro, sin poder parar, mientras gemía con el chaval todavía en mi boca.
Lorena alucinaba.
—¡No me lo puedo creer, Reme! ¡Estás eyaculando como una fuente!
Hugo no aguantó más y se vació en mi boca, joven y abundante. Tragué todo lo que pude, mientras seguía corriéndome y soltando más jugo.
Cuando por fin pude respirar, tenía la cara, los pechos y los muslos completamente empapados. Lorena se acercó y me besó en la boca, probando el sabor de su propio hijo mezclado con mi saliva. Luego bajó y se bebió todo lo que yo había soltado, sin dejar ni una gota.
Esa tarde fue solo el principio. Ahora los cinco somos una sola cosa. Lorena se ha vuelto loca conmigo, dice que nunca había visto a una mujer madura tan encendida, tan sin reparos. Y Hugo no se cansa de volver a casa de su abuela con cualquier excusa.
Yo, a mis sesenta y tres años, me siento más mujer, más amada y más deseada que nunca en toda mi vida. Y mientras el cuerpo me responda, así seguiremos.