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Relatos Ardientes

Mi hermanastro cumplió lo que llevaba dos años soñando

Mi padre se había casado tres veces. Yo, hija de la primera, había crecido acostumbrada a verlo empezar de cero cada pocos años, con una mujer nueva en la mesa y una familia distinta a mi alrededor. Mi madre y él se casaron casi adolescentes —ella con dieciocho, él con veinte— y yo nací unos meses después de la boda, como suele pasar cuando dos críos se enamoran demasiado rápido. Con veintitrés cumplidos en marzo, había aceptado pasar un puente largo en la casa de campo que mi padre tenía con Cristina, su última esposa, en la sierra. Cuatro días de descanso, piscina y bosque. O eso decía la invitación.

Cristina tenía un hijo de un matrimonio anterior. Se llamaba Mateo, acababa de cumplir los veinte y medía cerca de uno noventa. Hombros anchos, sonrisa lenta, esa clase de gesto que parece amable y al mismo tiempo te deja sin saber qué pensar. Dos años atrás, cuando él tenía dieciocho y yo veintiuno, había abierto sin querer la puerta del baño en el piso de la ciudad. Mateo acababa de salir de la ducha. Lo vi entero, sin toalla cerca, con el pelo todavía mojado y el vapor pegado al espejo. Cerré la puerta a los dos segundos y me fui sin decir nada, pero la imagen no se borró. La cargué conmigo todo ese tiempo, como una piedra caliente que no podía soltar.

Madre mía, qué cuerpo —pensé aquella tarde, mientras intentaba que el corazón me bajara de las costillas.

Desde aquel día, los sueños se me llenaron de él. Soñaba que me empujaba contra una pared y me besaba sin pedir permiso, que se metía despacio dentro de mí mientras me sostenía la mirada, que terminaba aplastándome contra el colchón hasta dejarme sin voz. Esos sueños volvían en las noches en que dormía sola, con la mano metida entre los muslos y el silencio del apartamento alrededor. Sabía que estaba mal. Sabía exactamente por qué estaba mal. Y daba igual.

Llegué a la sierra un jueves por la tarde. Mi padre y Cristina me recibieron con abrazos y bromas sobre el tráfico de la carretera. Mateo estaba al borde de la piscina, sin camiseta, secándose el pelo con una toalla. La piel se le había puesto del color de la miel oscura después de todo el verano. Me miró desde lejos, levantó la mano y sonrió. Yo le devolví la sonrisa y procuré que mi cara no contara lo que estaba pensando.

—Vamos, deja la maleta en el cuarto del fondo, el que da al jardín —me indicó Cristina—. Es el más fresco.

Esa noche cenamos en la terraza. Yo llevaba un vestido de algodón fino que se me pegaba a las caderas. Cada vez que me inclinaba para servir el vino, sentía la mirada de Mateo bajar por mi escote y volver a subir. Cuando nuestros ojos se encontraban, ninguno de los dos apartaba la vista enseguida.

—¿Qué tal el trabajo, hija? —preguntó mi padre, ajeno a la corriente eléctrica que cruzaba la mesa.

—Todo igual —respondí, y me bebí media copa de un trago.

***

El viernes amanecí con la espalda dolorida del viaje y una inquietud que no se me iba. A media mañana, mi padre y Cristina salieron en el coche hacia el pueblo cercano. Tenían lista de la compra, una comida con amigos en una bodega y la promesa de no volver hasta el atardecer. Mateo y yo nos quedamos solos en la casa. Lo supe en cuanto el motor del coche se alejó por la pista.

Bajé a la cocina en pantalón corto y camiseta sin sujetador. Estaba preparando café cuando lo oí entrar detrás de mí, descalzo. Se quedó a un palmo de mi espalda, lo suficiente para que sintiera el calor del cuerpo sin que llegara a tocarme.

—Has cambiado mucho desde la última vez —dijo en voz baja, casi a la altura de mi oreja.

Me giré despacio, con la taza vacía todavía en la mano. Mateo estaba más cerca de lo que había calculado. La barba de tres días le sombreaba la mandíbula y los ojos no se le movían de los míos.

—Tú también —dije.

Le puse la mano en el pecho. No fue una caricia, no fue un saludo: fue una decisión. Sentí su corazón debajo de la palma, dando saltos como un animal. Mateo bajó la cabeza y me besó. No fue un beso tímido. Me abrió la boca de golpe, me sujetó la nuca y me empujó contra el filo de la encimera mientras la otra mano me apretaba la cadera. Sentí el bulto crecerle contra el vientre, exactamente como lo recordaba de mis sueños.

—Arriba —murmuré contra su boca—. Mi cuarto.

Lo cogí de la muñeca y lo arrastré por el pasillo. En cuanto la puerta del dormitorio se cerró, me quité la camiseta y dejé que cayera al suelo. Él se quitó el pantalón corto sin desviar la mirada. Su cuerpo era el de un chico que había hecho mucho deporte y poca cosa más: piernas largas, abdomen plano, una línea de vello fino que bajaba hasta el pubis. Y, en medio, la prueba de que mis sueños no habían exagerado.

Me arrodillé delante de él sin pensarlo demasiado. Lo tomé con la mano, lo acaricié de arriba abajo y luego me lo metí en la boca. Sabía a piel limpia y a sol. Mateo soltó el aire de golpe y enredó los dedos en mi pelo, sin tirar, solo sosteniéndose.

—Joder, Marina… —susurró.

Lo seguí lamiendo despacio, deteniéndome en la punta, volviendo a bajar. Quería que recordara cada segundo. Cuando noté que empezaba a temblar, lo solté y me puse de pie.

—Túmbame —le dije.

Me empujó contra la cama. Me quitó la ropa interior con cuidado, casi con ceremonia, y se quedó mirándome unos segundos. Yo me sentía expuesta y a la vez completamente dueña de la escena. Le cogí la mano y la guié.

—Despacio.

Mateo aprendió rápido. Empezó por el clítoris con la yema de los dedos, dibujando círculos suaves que me obligaban a respirar más hondo cada vez. Cuando arqueé la espalda y se me escapó el primer gemido, bajó la cabeza y me lamió de arriba abajo, sin prisa, sosteniéndome los muslos abiertos con las dos manos. Me corrí contra su boca antes de poder avisarle. Fue un orgasmo largo, que me recorrió desde el vientre hasta los pies, y él no se apartó hasta que el último temblor se me apagó.

—Quiero estar dentro —dijo, subiendo a buscarme la boca.

—Hazlo —contesté.

Entró centímetro a centímetro, observándome la cara. Le clavé los talones en la parte baja de la espalda para que terminara de meterse del todo. Era más grueso de lo que estaba acostumbrada. Cuando empezó a moverse, lo hizo despacio, con embestidas profundas, midiendo el efecto de cada una. Yo le clavaba las uñas en los hombros y le pedía más sin palabras. Subió el ritmo. La cama crujía bajo nosotros y el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el cuarto entero. Me corrí por segunda vez agarrada a su nuca, mordiéndole el hombro para no gritar demasiado fuerte. Él no se detuvo. Siguió un rato más, hasta que un gruñido grave le subió desde el pecho y se vació dentro de mí con un último empujón.

Nos quedamos quietos un buen rato, sin separarnos, respirando despacio. Por la ventana entraba el ruido lejano de los grillos. Mateo me apartó un mechón de pelo de la cara con una suavidad que no encajaba con lo que acababa de pasar.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Mejor que en mucho tiempo —contesté.

***

Por la tarde, mi padre y Cristina seguían fuera. Nosotros nos metimos en la piscina con la excusa del calor. Mateo me cogió por la cintura debajo del agua, me pegó contra el borde y me besó como si todavía no hubiera tenido suficiente. Esta vez fue distinto: más brusco, más urgente. Me bajó la parte del bikini hasta los muslos, se acomodó entre mis piernas y empezó a moverse dentro de mí con el agua salpicando alrededor. Le mordí el cuello para no gemir. Sus manos me sujetaban las caderas con una fuerza que sabía que iba a dejarme marcas. Me corrí dos veces más antes de que él se vaciara otra vez, esta vez con los dientes apretados sobre mi clavícula.

Cuando oímos el coche en la pista, ya estábamos secos, vestidos y sentados en la terraza, cada uno con un libro distinto y una sonrisa contenida.

***

El sábado por la mañana, mi padre y Cristina decidieron irse al bosque con unos amigos a recoger setas. Yo dije que prefería quedarme leyendo. Mateo dijo lo mismo, sin levantar la vista del móvil. En cuanto se cerró la puerta, lo encontré en la ducha. Me metí con él, vestida todavía con la camiseta enorme con la que dormía. Mateo se rio bajito, me la quitó de un tirón mojado y me levantó en brazos. Apoyó mi espalda en los azulejos fríos y empujó dentro de mí mientras el agua caliente nos caía encima.

—Llevo dos días sin pensar en otra cosa —murmuró.

—Yo llevo dos años —respondí.

Esa frase pareció encenderlo. Empezó a follarme con embestidas profundas, sosteniéndome el muslo con un brazo. Me mordió un pecho, me apretó el otro con la mano libre, y yo me agarré a su cuello mientras el agua se nos metía en la boca. Me corrí con un grito ahogado y casi pierdo el equilibrio. Él me sostuvo y siguió moviéndose hasta que también terminó, con la frente apoyada en la mía, sin dejar de mirarme.

Por la noche, después de la cena y de la última copa de mi padre, nos escapamos al jardín. Cogí una manta gruesa del salón. Mateo me siguió descalzo por el césped. Nos tumbamos lejos de la luz de la casa, debajo de un cielo lleno de estrellas que en la ciudad no se ven nunca. Allí me hizo el amor despacio, casi en silencio, mirándome a los ojos todo el rato. Sus caderas se movían a un ritmo lento que iba abriéndose camino sin esfuerzo. Me corrí susurrando su nombre contra su hombro. Él se vino poco después, con un gemido largo y profundo que me entró en el oído como una confesión.

***

El domingo era el último día. Por la mañana, mi padre se quedó en la cocina preparando un asado y haciendo llamadas de trabajo a la vez. Mateo me hizo una señal con la barbilla hacia el garaje. Bajé detrás de él. En cuanto cerró la puerta, me levantó y me sentó sobre el capó del coche.

—No podemos tardar —le advertí.

—No vamos a tardar.

Me subió la falda hasta la cintura, apartó la ropa interior a un lado y entró de un solo movimiento. Esta vez fue rápido y urgente. El coche se mecía suavemente con cada embestida. Le mordí el hombro otra vez, pidiéndole en silencio que terminara antes de que mi padre se diera cuenta del silencio. Me corrí mordiendo la tela de su camiseta. Él se vino al cabo de pocos minutos, jadeando contra mi oreja.

Por la tarde, antes de meter la maleta en el coche, subimos al cuarto una última vez. Esta despedida fue distinta a todo lo anterior. Me besó el cuello, los pechos, el vientre. Bajó hasta los muslos y se quedó allí un rato largo, hasta que me hizo correrme en su boca otra vez. Luego subió, me miró como si quisiera grabarme entera en la memoria, y entró despacio. No hablamos. Nos movimos juntos sin prisa, sin acabar de creer que aquello se terminaba.

Cuatro días. Cuatro días en los que cumplí cada uno de los sueños sucios que me habían acompañado durante dos años. Mateo no solo tenía un cuerpo capaz de volverme loca: también había aprendido a usarlo a una velocidad que asustaba. Me hizo el amor, me folló contra una pared, me llevó al borde una y otra vez. Y yo me corrí cada vez, exactamente como había imaginado.

Cuando me despedí el lunes por la mañana, mi padre me abrazó y me hizo prometer que volvería pronto. Cristina me dio un beso en la mejilla. Mateo se quedó un paso atrás. Antes de subir al coche, lo miré una última vez. No hizo falta que dijéramos nada. Su gesto me decía que aquello no había terminado, y yo ya estaba contando los días para volver a la sierra.

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