Mi madre supo siempre lo que yo callaba
Escuché las llaves peleando con la cerradura y me dio tiempo justo a tirar las pantuflas debajo del sillón y a subirme el pantalón del pijama. Mi madre tardó tres o cuatro intentos en acertar con el cerrojo; cuando por fin la puerta cedió, yo ya estaba sentado fingiendo que miraba la televisión, con el corazón saltándome contra las costillas.
Entró con esa lentitud que solo tiene quien volvió de cenar con vino de más. Y entró espectacular.
Llevaba un top color granate, ajustado, casi de lencería, que parecía más un corsé que una prenda de salir. Los pantalones de satén negro se le pegaban a las piernas y le marcaban una silueta que yo no debería estar mirando como la miraba. Las botas de tacón le subían hasta media pantorrilla, y por debajo asomaban las medias de nylon negras que se le veían cada vez que daba un paso.
No pude apartar la vista cuando se apoyó en el marco para descalzarse. Primero una bota, después la otra, y al quedar en medias sobre el parqué solté el aire despacio para que no me temblara la voz.
Llevaba meses así. Meses notando cómo se quitaba los zapatos al llegar del trabajo y los dejaba tirados junto a la puerta, cómo cruzaba las piernas en la mesa, cómo se masajeaba un pie con la otra mano mientras miraba la televisión sin saber que yo la miraba a ella. Meses fingiendo que no pasaba nada, que era un hijo normal en una casa normal, mientras por dentro me ardía algo que no tenía nombre permitido. Meses cascándomela a escondidas oliendo sus zapatillas, meses corriéndome en sus medias sucias y lavándolas después con el pulso temblando para que no notara nada.
—Te pillé —fueron sus primeras palabras.
Sentí un frío en la nuca.
—No sé en qué me ibas a pillar —respondí, y la voz me salió media octava más aguda de lo que quería.
—No sé, dímelo tú. ¿Qué hace un mozo como tú un viernes por la noche, encerrado en casa con su madre y con sus… pantuflas?
La palabra me cayó encima como un balde. ¿Cómo sabía lo de las pantuflas? En mi cabeza se atropellaban mil preguntas por segundo. ¿Sabía lo que yo hacía a escondidas con su calzado, con sus pies, con sus fotos? ¿O era un comentario al pasar, una casualidad sin malicia? No tenía forma de saber qué versión de la noche estaba empezando.
—¿Mis pantuflas? —repetí, como si esa fuera la parte importante.
—Uy, cariño. Quise decir tonterías. Es el vino, que habla por mí.
Lo dijo con una sonrisa de medio lado que no tenía nada de inocente, mientras se dejaba caer en el sofá. Y entonces hizo algo que no había hecho nunca: estiró las piernas y apoyó los pies en lo alto del respaldo, las medias todavía puestas, los dedos flexionándose despacio, como si me estuviera invitando a algo que ninguno de los dos había nombrado jamás.
***
Me acerqué. No por el lado de sus pies, sino por el otro extremo, y me senté a la altura de su cabeza. Era una forma de mantener el control, de fingir que seguía siendo el hijo y no el hombre que llevaba meses conteniéndose.
—Tonterías las que te hace decir el vino a ti, Liliana —le dije, usando su nombre por primera vez en mi vida, mientras le acariciaba el pelo y le rozaba la mejilla con el pulgar.
Ella reaccionó girando la cara hasta apoyarla en mi regazo. Quedó a centímetros de mí. Sentí el calor de su respiración atravesando la tela del pijama, lento, regular, y supe que ella también lo sentía. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza, y no había manera de disimularlo: la polla se me hinchó de golpe contra el pantalón, marcándose entera, dura, gruesa, justo donde su boca quedaba apoyada.
Ella no se apartó. Al contrario, movió la cara un poco, apenas, lo suficiente para que sus labios quedaran a la altura exacta del bulto. Sentí el aire caliente de su boca pegándose a la tela, humedeciéndola, y un beso corto, apenas un roce, que me atravesó de arriba abajo.
—¿Hago palomitas? —solté, idiota, desesperado por romper la tensión.
—Por mí no te preocupes —dijo, y deslizó la mano a lo largo de mi muslo, subiendo, sin prisa, hasta cerrar los dedos por encima del pantalón, alrededor de la polla, apretándola despacio mientras dejaba escapar un gemido ronco que me hizo cerrar los ojos.
Abrió las piernas. Una quedó colgando del reposabrazos, sobre mis rodillas; la otra subió hasta la cabecera del sofá, y el pie se le acercó a mi cara hasta casi tocarme la boca. La media tenía el olor del cuero recién quitado, del día entero encerrado en la bota, y a mí ese detalle, en lugar de espantarme, me terminó de perder.
—Uy, amor, casi te meto el pie en la boca —murmuró ella, fingiendo un descuido que no era ningún descuido.
Giré la cara. El pie quedó a milímetros de mis labios. Y dije la frase que no tenía vuelta atrás.
—Ni te preocupes, mamá. Si es el tuyo, me lo como entero, sin importar de dónde vengas.
***
La reacción no fue la que esperaba. Lejos de retirarse, apoyó el pie derecho directamente sobre mi verga, por encima de la tela, y un segundo después sumó el otro, los dos rodeándome la polla, presionando con la suavidad insoportable del nylon. Empezó a masajearme despacio, un pie subiendo mientras el otro bajaba, atrapándome entera entre las plantas, y yo me mordí el labio para no gritar. Bajé el pantalón del pijama y los calzoncillos de un tirón y le puse la polla desnuda contra las medias. Ella soltó una carcajada baja, sucia, y siguió apretándome, ahora piel contra nylon, con el pre‑semen manchándole los dedos.
—Mírate, hijo. Empapando las medias de tu madre. Cuánto tiempo llevabas queriendo hacer esto, ¿eh?
—Meses, mamá. Meses.
—Se nota. Estás durísimo. Tienes una polla preciosa, hijo. Muy grande para tu edad.
Yo no tardé ni medio segundo en tomarle el pie y llevármelo a la boca. Pasé la lengua por el empeine, por el talón, por la curva del arco, chupando el nylon hasta empaparlo de saliva, mordiendo despacio la almohadilla del dedo gordo mientras con la otra mano me la seguía cascando contra el otro pie. Le busqué el elástico de la media con los dientes y se la bajé de un tirón, dejándole el pie desnudo, blanco, oloroso, con los dedos abriéndose y cerrándose para mí. Me metí el pulgar entero en la boca y lo chupé como si fuera una polla, hundiéndolo hasta la garganta, y ella soltó un gemido largo, sorprendido.
—Ay, Bruno, hijo de puta, cómo chupas… Chúpamelos todos, uno por uno.
Le obedecí. Le lamí cada dedo, le pasé la lengua entre uno y otro, le mordí la planta hasta dejarle marcas rojas. Ella respiraba entrecortado, ronca, y sin dejar de mirarme se llevó la otra mano al pantalón de satén y se lo desabrochó. Se lo bajó lo justo para meter los dedos dentro de la ropa interior. Vi cómo empezaba a tocarse, cómo dos dedos se le hundían despacio en el coño y salían brillando, cómo se los llevaba a los labios y se los chupaba antes de volver a bajarlos.
—Mira lo que me has hecho, hijo. Mira cómo estoy.
Me acomodé entre sus piernas. Le arranqué el pantalón hasta dejárselo colgando de un tobillo y le abrí de par en par los muslos. El coño le brillaba entero, hinchado, con los labios abiertos y un hilo de flujo bajándole hasta el culo. Le lamí desde abajo hasta arriba, un lengüetazo largo, plano, que le arrancó un grito. Le clavé la lengua entre los labios, se la metí dentro, la saqué, se la enrollé alrededor del clítoris y empecé a chupárselo despacio, cerrando los labios encima como si mamara.
—Ay, hijo… ay, ay, no pares, cómeme el coño, cómemelo entero…
Le hundí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. Ella cerró los muslos contra mi cabeza, me apretó, me tironeó del pelo, y en menos de un minuto se corrió contra mi boca con un espasmo largo, empapándome la barbilla. Yo no la solté. Le seguí lamiendo mientras temblaba, mientras me pedía que parara y a la vez me clavaba los tacones en la espalda para que no parara.
Cada vez que mi lengua bajaba por el arco del pie después, se le escapaba un sonido nuevo, más grave, más sincero que cualquier palabra que hubiéramos dicho esa noche. Sus dedos buscaban mi boca, se curvaban contra mis labios, y yo los recibía uno por uno, sin asco, sin pudor, con la certeza de que no había vuelta atrás. El olor del nylon sudado, del coño recién corrido, lejos de incomodarme, me confirmaba que esto era real, que no era una fantasía a oscuras en mi cuarto sino ella, entera, entregándose.
Echó la cabeza hacia atrás, los ojos entornados, y por un instante creí que íbamos a cruzar el límite del todo esa misma noche. Pero se detuvo. Retiró un pie, después el otro, se incorporó y se sentó frente a mí con las piernas cruzadas, mirándome con una seriedad que no le había visto en toda la velada.
—Bruno. —Bajó la mirada, como arrepentida—. Soy tu madre, hijo.
El nombre, dicho así, me dolió y me encendió a partes iguales. Tomé aire.
—Mamá… Liliana. —Me arrodillé delante de ella para quedar a su altura, con la polla todavía dura y brillante apuntándole a la cara—. Yo quiero ser tu hombre. Y quiero que tú seas mi mujer. No te imagino en brazos de otro. No soporto pensar que entre alguien a esta casa para follarte, para besarte los pies, para escucharte gemir como gemiste hace un minuto en mi boca.
Ella levantó la cabeza despacio. No me interrumpió. Le miraba la polla y se mordía el labio.
—Entérate bien, Liliana: hace meses que no te miro como a mi madre. Te miro como a la mujer que quiero cuidar, proteger, follar cada noche. Sí, me la casqué pensando en tus pies. Me corrí en tus medias sucias. Con tus fotos. Con tus zapatillas escondidas debajo de mi cama. Lo confieso entero, sin vergüenza. Y si tú aceptaras, te follaría cada día, como tú quisieras, como tú pidieras. Esos pies son mi delirio, mamá. Tú eres mi delirio.
—Hijo… Bruno…
Su cara era un cruce imposible de halago, de miedo y de algo más, algo que le brillaba en los ojos y que ella todavía no se animaba a poner en palabras. Empezó la frase tres veces y tres veces se quedó a mitad de camino. Al final no dijo nada: se inclinó, me agarró la polla con la mano y se la metió en la boca hasta la mitad, mirándome hacia arriba mientras la lengua le daba vueltas al glande.
—Yo también —dijo cuando la sacó, con un hilo de saliva colgándole del labio—. Yo también lo sé desde hace tiempo. Encontré las pantuflas. Vi las manchas, hijo. Vi cómo me miras cuando creo que no me miras. Y en vez de espantarme… —Tragó saliva—. En vez de espantarme, vine esta noche con las botas que sé que te gustan y sin bragas debajo del pantalón.
Volvió a bajar la cabeza y esta vez me la tragó entera, hasta el fondo, hasta que sentí la garganta cerrándose alrededor de la punta. La chupó despacio, con las dos manos, escupiéndola, jugando con los huevos, mamándome como si llevara años ensayando esto en su cabeza. Cuando me la sacaba de la boca me la frotaba contra los labios, contra las mejillas, contra los pies que ella misma se había levantado para atraparme entre las plantas otra vez, sonriendo con la polla apoyada en la cara.
—Fóllame la boca, hijo. Fóllamela.
La agarré del pelo y empecé a moverle la cabeza yo. Se la metí hasta el fondo una y otra vez, notando cómo se ahogaba, cómo se le saltaban las lágrimas, cómo la baba le caía en hilos hasta las tetas que se le habían salido del top. Ella me sostenía la mirada, empapada, roja, y no se apartaba. Cada vez que la soltaba un segundo para dejarla respirar, ella misma volvía a hundirse sola.
El silencio de después fue el más largo de mi vida. Afuera pasó un auto, la luz de los faros barrió el techo y se fue. Ella seguía arrodillada, con la polla todavía en la mano, con la boca abierta y brillante, esperando a que uno de los dos decidiera por los dos.
Pensé en todo lo que iba a cambiar a partir de ese momento. En que no habría forma de volver a mirarla en el desayuno como antes, ni de despedirla por la mañana con un beso en la mejilla sin que ese beso significara otra cosa. Pensé en el secreto que íbamos a cargar los dos, en lo que nadie podría saber jamás, y descubrí que esa clandestinidad, en lugar de asustarme, me ataba todavía más a ella. Lo prohibido no era un obstáculo. Era parte de lo que la hacía irresistible.
La tumbé en el sofá y le abrí las piernas. Le arranqué la otra media de un tirón y le apoyé la polla en la entrada del coño. Estaba tan mojado que se me hundió sola, hasta el fondo, de un solo empujón. Ella arqueó la espalda, clavó las uñas en el cuero del sofá y soltó un grito que se comió a medias mordiéndose el brazo.
—Ay, hijo mío, ay, qué grande la tienes, qué grande…
Empecé a follármela despacio, con embestidas largas, hondas, notando cómo el coño le apretaba entero cada vez que salía y volvía a entrar. Ella me subió los pies a los hombros, todavía con una media puesta, y yo giré la cara para lamerle el empeine mientras seguía metiéndosela. La combinación me volvía loco: el sabor del pie en la boca, el coño caliente y apretado alrededor de la polla, los ojos de mi madre mirándome desde abajo con la boca abierta.
—Más fuerte, Bruno, más fuerte… fóllame como te la casqueaste pensándome, hijo… así, así…
Aceleré. Le agarré las caderas y empecé a clavársela a fondo, contra el sofá, hasta que los muelles empezaron a chirriar. Le cambié la postura sin sacársela: le di la vuelta y la puse a cuatro patas contra el respaldo. Le vi el culo, blanco, redondo, brillándole el flujo entre las nalgas. Le escupí encima y volví a hundírsela de golpe. Ella gritó agarrada al respaldo, con las tetas colgando, y empezó a echarme el culo contra la polla al mismo ritmo con el que yo la embestía.
—Sí, mamá, así, así se folla a un hijo…
—Cállate y méteme, cabrón, méteme entera…
Le metí el pulgar en la boca por atrás y se lo pasé por el culo, apretando apenas. Ella no se apartó. Se abrió más, echó el culo todavía más contra mí, y sentí cómo se corría por segunda vez, apretándome la polla en espasmos que me dejaron a punto de reventar. Aguanté unos segundos más, la saqué a tiempo y me arrodillé sobre ella. Ella se giró de golpe, se sentó sobre los talones, se metió los pies pegados uno contra otro y me ofreció los dedos abiertos, la boca abajo esperando.
—Córrete en mis pies, hijo. Córrete todo lo que tengas guardado.
Me la agarré con las dos manos y me la sacudí tres, cuatro veces contra las plantas de sus pies. La corrida me subió desde los huevos como un latigazo. Le llené los empeines, los dedos, el arco, el nylon de la media que le había dejado puesta en un tobillo, y todavía me quedó para tirarle un chorro largo a la boca abierta. Ella se rió, tragó, se pasó la mano por la barbilla y se llevó los dedos empapados de semen a los labios para chupárselos uno a uno, mirándome.
—Menudo cerdo tengo por hijo —susurró, y se agachó a lamerse los propios pies, limpiándome la corrida con la lengua.
Le tomé un pie con las dos manos cuando terminó. Esta vez no como un fetiche escondido, sino despacio, mirándola a los ojos. Le bajé lo que quedaba de la media centímetro a centímetro, hasta dejarle el pie desnudo sobre mi palma, y le besé el empeine sin apuro, como quien besa por primera vez a alguien que esperó demasiado.
—Entonces no me hagas esperar más —dije contra su piel.
Ella cerró los ojos. Y cuando los volvió a abrir, ya no quedaba en ellos ni una sombra de la madre que decía ser hacía un minuto. Quedaba la mujer. Quedaba el deseo. Quedaba todo lo que los dos habíamos callado durante demasiado tiempo, por fin sin nada de qué disimular.
—No te hago esperar —susurró, y me tomó de la nuca para acercarme—. Pero esta noche mandas tú. La próxima, mando yo. Y la próxima te quiero en mi cama, con la polla dentro toda la noche, sin sacármela ni para dormir.
Y por la forma en que lo dijo, supe que iba a haber una próxima. Y muchas más después de esa.