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Relatos Ardientes

El fetiche que compartía con mi hermana

Tenía que pasar tarde o temprano. Durante años escondí lo que sentía al rozar un pie de mujer, convencido de que era algo solo mío, un secreto raro y vergonzoso. Lo que jamás imaginé es que la persona que compartía exactamente esa misma debilidad vivía bajo el mismo techo que yo.

Me llamo Bruno y todo arranca un verano, el que cambió la forma en que miro a mi propia familia. Por aquel entonces tenía veintiún años y estudiaba arquitectura en Valencia, igual que mi hermana Carla, que me llevaba dos. Vivíamos a treinta kilómetros de la ciudad, en un pueblo tranquilo, y la facultad nos comía el tiempo entero.

Nuestros padres, Ricardo y Elena, llevaban toda la vida con un pequeño negocio: tres zapaterías repartidas por el centro. Carla y yo siempre habíamos sido ajenos a ese mundo, demasiado concentrados en los exámenes como para pisar el mostrador.

Mi hermana era mi referencia desde niño. Alegre, simpática, con una risa que se contagiaba. Y guapa de un modo que incomodaba reconocer en alguien de tu sangre. Alta, casi un metro ochenta, con un cuerpo que cuidaba en el gimnasio tres días por semana. Cuando se ponía tacones, las cabezas giraban a su paso.

De ella se sabían pocas cosas íntimas. Ningún novio, ninguna pareja conocida. Su vida giraba en torno a sus amigas inseparables de la facultad. Yo, en cambio, jugaba al baloncesto los fines de semana, y mi metro noventa me había abierto más de una puerta. Tenía amigas, de esas sin etiquetas ni promesas, y me parecía demasiado pronto para nada serio.

El día que empezó todo, mi madre llegó a casa con cara de apuro.

—Necesito que me echéis una mano —soltó mientras dejaba las llaves sobre la mesa—. Se me han ido dos chicas de golpe y arranca la temporada fuerte. Es cuestión de unas semanas, hasta que encuentre gente con experiencia.

—Mamá, yo no tengo ni idea de atender a nadie —protesté—. Nunca lo he hecho.

Por dentro, sin embargo, algo se me removió. La tienda en cuestión vendía únicamente calzado de mujer. Sandalias de verano, tacones, todo pensado para lucir el pie desnudo.

Carla fue más generosa y aceptó al instante.

—Venga, Bruno, no puede ser tan complicado —dijo dándome un codazo—. Encima a las clientas les va a encantar que las atienda un chico tan guapo, ¿a que sí, mamá?

—Ni te imaginas la clientela que tenemos —añadió Elena con una sonrisa—. Son zapatos preciosos, de esos que hacen ver bonito hasta el pie más cansado.

Acabé convencido enseguida. Tendría delante, en directo, justo aquello que en secreto me volvía loco. Y quizá, con suerte, podría tocar. En mis líos pasajeros, acariciar los pies de una chica me ponía la polla como una piedra, me llevaba a un punto que no sabía explicar. Ahora tenía la oportunidad de averiguar hasta dónde llegaba esa obsesión.

Lo que no sospechaba era que mi hermana arrastraba exactamente el mismo deseo.

***

Justo terminamos los exámenes y el uno de junio nos incorporamos. Carla conducía y yo iba de copiloto, nervioso como en un primer día de clase. La tienda estaba en plena plaza del centro, una zona turística y muy transitada.

Mi madre nos presentó a la encargada, Marta, una mujer madura de buen ver, con una sonrisa que tranquilizaba.

—Hola, chicos, qué guapos —dijo dándonos dos besos de cortesía.

—Yo no entiendo nada de zapatos, y menos de mujer —confesé—. Vas a tener que tener paciencia conmigo.

—Eso se aprende en tres días, ya lo verás —rió ella.

Faltaba media hora para abrir y Marta nos fue enseñando dónde estaba cada cosa, insistiendo en los modelos que más se vendían. Carla me miraba de reojo, segura de sí misma, o al menos eso aparentaba.

—Mira, Bruno, no tiene misterio —dijo cogiendo un par de sandalias—. Ven, tráemelas, yo me siento aquí como si fuera una clienta de las exigentes.

Mi madre y Marta nos observaban divertidas. Me arrodillé delante de ella.

—A ver, señorita, seguro que estas le quedan de maravilla —dije siguiendo la broma.

Carla me tendió el pie para que fuera yo quien la calzara. Lo sostuve con cuidado, deslizando la palma por toda la planta, dando un rodeo lento antes de introducirlo en la sandalia y atar la hebilla con una parsimonia que no era casual. Le pasé el pulgar por el arco, por el talón, por cada dedo, hundiendo la yema en la carne blanda hasta arrancarle un temblor que ninguna de las dos mujeres pilló.

Solo con ese roce, sentí cómo se me endurecía la polla bajo el pantalón, tensándose contra la tela hasta marcarse.

Era evidente que aquello me gustaba demasiado. Pero lo que me dejó helado fue la cara de mi hermana: los ojos entornados, los labios apretados, una expresión de placer que no encajaba con un simple probador de zapatos. Se le habían puesto los pezones duros, marcados bajo la blusa fina.

No dudé en ponerle el otro, esta vez todavía más despacio. En un descuido, sus piernas se entreabrieron lo justo para dejarme ver la tela clara de su ropa interior, apretada contra un coño que ya asomaba abultado bajo el algodón.

Esto se está yendo de las manos.

Mi madre y la encargada se habían quedado mudas, sin saber muy bien qué hacían. Yo subí la caricia hasta la pantorrilla, sabiendo que jugaba con fuego, decidido a seguir.

Carla se incorporó mientras yo permanecía agachado, las manos aún sobre el empeine.

—Me parece, señorita, que estos son sus zapatos —dije mirándola hacia arriba—. La hacen elegante, irresistible, diría yo.

Mi madre aplaudió y me dio un beso de aprobación. Marta seguía embobada. Carla empezó a desfilar por el pasillo con una sensualidad que helaba la sangre.

—Mamá, tu hijo es un crack —dijo—. No sabes lo que me ha gustado el descarado.

—Muy bien, hijo —contestó Elena entre risas—. Así hay que tratar a las clientas, jóvenes o mayores. Con esa dulzura vas a vender el doble.

Reímos todos. Yo flotaba, pero la verdad cruda era otra: los pies de mi hermana me habían capturado por completo. Quería lamerlos, morderlos, meterme los dedos en la boca uno a uno, chupárselos hasta ahogarme, perderme en ellos. Estaba tan cachondo que necesitaba bajar aquella presión como fuera.

Mientras los demás preparaban la apertura, me escapé al baño, me bajé el pantalón hasta las rodillas y me agarré la polla. La tenía tan dura que dolía. Me pajeé con una urgencia que casi me asustó, con los ojos cerrados, viendo los pies de Carla, imaginándolos rozándome los huevos, subiendo por el tronco, la planta blanda apretándome el glande hasta hacerme correr. Me corrí en dos minutos, un chorro espeso que me manchó los dedos y la camisa por dentro. Nunca en mi vida había acabado tan a gusto.

***

La jornada fue de lo más productiva. Carla atendía con un encanto natural y entre nosotros se instaló una especie de competición silenciosa, a ver quién resultaba más provocador. Fue entonces cuando reparé en algo que había pasado por alto durante años: mi hermana se volcaba demasiado cuando la clienta era una chica guapa. Se le iban los ojos a los tobillos, a los empeines, se demoraba abrochando hebillas sobre pies desnudos que aprovechaba para acariciar como quien no quiere la cosa. Nunca le había conocido un hombre. Empecé a atar cabos.

De vuelta a casa, comentando las anécdotas del día, ella soltó el tema sin rodeos.

—Estoy un pelín celosa de ti, hermanito —dijo con la vista en la carretera—. ¿Te acuerdas de la rubia extranjera que atendí? Me preguntó si el próximo día podías atenderla tú. Estaba coladita, me lo dijo sin disimular.

—Anda, mira, si encima voy a ligar —bromeé. Y entonces, no sé de dónde saqué el valor, añadí—: Tengo que confesarte una cosa. Desde hace tiempo me pone cachondo un par de pies bonitos. Se me pone dura solo con tocarlos. Y los tuyos son una barbaridad.

Carla no apartó la mirada del asfalto, pero sonrió, y se mordió el labio.

—Ya me di cuenta hoy, Bruno. Se te marcaba la polla en el pantalón. Y te diré algo: a mí también me puso muy zorra que me los tocaras así. Se me empapó la braga entera. ¿Qué te parece si al llegar me das un masaje? Tengo los pies destrozados de estar todo el día de aquí para allá. Luego te lo devuelvo, con la boca si hace falta.

Asentí sin palabras. Volví a notar el tirón bajo el pantalón, la polla creciendo otra vez, apretada contra el muslo. No podía creer lo que estaba escuchando, y solo deseaba que el coche llegara cuanto antes.

La suerte se alineó. A medio camino entró un mensaje en el grupo familiar: nuestros padres se quedaban a cenar con un proveedor y volverían tarde.

***

Nada más entrar, cada uno fue a ducharse y ponerse cómodo. Carla gritó desde el pasillo que mamá nos había dejado la cena hecha. Yo me puse el pijama, sin nada debajo, como acostumbraba, la polla suelta bajo el algodón.

—Abre una botella de vino —dijo desde el baño—. El día se lo merece.

Serví dos copas y la esperé en el sofá. Cuando apareció con un pijama corto, me quedé sin aire. Radiante, sensual, con una media sonrisa que no era inocente. Bajo la camiseta fina se le adivinaban las tetas sueltas, los pezones puntiagudos. Se dejó caer en el otro extremo, levantó las piernas y apoyó los pies sobre mis muslos, rozando el bulto sin disimulo.

—Todo tuyo —murmuró, cerrando los ojos.

Calenté un poco de aceite entre las palmas y empecé a masajearla. El placer me recorría entero. Si me hubiera visto la cara, habría sabido al instante lo que estaba pasando dentro de mí. Acercaba el rostro a sus pies hasta que mi respiración los rozaba. Al tercer pase no pude más y saqué la lengua, la deslicé por el arco, lento, saboreando la piel salada, subiendo hasta los dedos.

—Joder, Bruno… —jadeó ella, abriendo los ojos de golpe—. Sigue, no pares.

Le metí el pulgar del pie en la boca y lo chupé entero, encerrándolo con los labios, dándole vueltas con la lengua. Después el segundo, y el tercero, hasta metérmelos todos de una y mamárselos como si fuera una polla. Carla arqueaba la espalda, se retorcía en el sofá, con la otra planta apretada contra mi bulto, frotándome la polla sobre la tela.

—Qué gusto, Bruno —susurró—. No pares. Sube un poco más, sigue.

Carla abría las piernas poco a poco. El pantalón corto cedía centímetro a centímetro, dejando asomar la tela blanca por los costados, ya oscurecida por una mancha húmeda en el centro. Ella suspiraba, agradecía, gemía bajito. Mis manos llegaban hasta la rodilla, pero ella me empujaba a subir, abriéndose todavía más.

—¿Quieres que siga más arriba? —pregunté con la voz tomada.

—No hables. Cómemelo.

Levanté sus piernas y las apoyé sobre mi hombro, acercándome hasta que mis rodillas rozaban su cadera. Mis dedos subieron por el muslo hasta acariciar el borde de la tela. Ella dio un pequeño respingo.

—Sigue, sigue —me pedía sin aliento.

Ya no había vuelta atrás. Aparté la braga con un dedo y me encontré con un coño depilado, hinchado, brillando de tan mojado que estaba. Un hilo transparente le colgaba entre los labios. Le pasé el dedo entero por la raja, de abajo arriba, y ella arqueó la espalda como si le hubieran dado corriente.

—Métemela ya, Bruno, joder, no me hagas esperar —jadeó, mirándome con los ojos entornados—. No puedo más.

—Todavía no —le dije, con la boca a un palmo de su coño—. Antes te la como.

Le arranqué la braga de un tirón y hundí la cara entre sus muslos. La lamí de abajo arriba, saboreando el flujo espeso, chupándole los labios uno a uno antes de subir al clítoris. Lo tenía hinchado, duro, y en cuanto se lo apreté con los labios y le pasé la lengua en círculos, Carla soltó un gemido roto que resonó en todo el salón.

—Ay, hostia, así, así, no pares… —gimoteaba agarrándome del pelo, apretándome la cara contra el coño—. Chúpame, Bruno, chúpamelo todo…

Le metí dos dedos mientras seguía comiéndole el clítoris. La sentía apretarse alrededor de mis dedos, tirando de ellos hacia dentro. Le curvaba las yemas buscándole el punto, arriba, y ella se retorcía, se frotaba contra mi boca, empapándome la barbilla de flujo. Le mordí suave el capullo y explotó, un orgasmo largo y sucio que le sacudió las caderas contra mi cara mientras gritaba mi nombre.

—Ahora tú —jadeó cuando pudo hablar—. Sácamela.

Me bajé el pijama y la polla saltó dura, apuntando al techo, con el glande morado y una gota clara colgando de la punta. Ella me buscó con la mano, algo torpe al principio, luego con una decisión que me hizo temblar. Me la agarró por la base, se relamió los labios y se la metió entera de una, hasta el fondo, hasta que la nariz le tocó los huevos.

—Joder, Carla, para, despacio —le pedí—. Voy demasiado rápido, me voy a correr.

Ella sacó la polla con un chasquido y me miró con los ojos brillantes, un hilo de saliva colgándole de la comisura.

—Todavía no, hermanito. Antes quiero que me sigas comiendo los pies.

Acabamos desnudos, enredados en un sesenta y nueve que ninguno de los dos había planeado. Ella encima, con el coño empapado goteándome sobre la cara, chupándome la polla con una hambre que no le conocía. Yo le comía el chocho por atrás, con la lengua metida hasta el fondo, mientras le apretaba el culo con las dos manos y se lo abría. Pero lo que de verdad nos encendía estaba más abajo: en un momento dado ella deslizó la boca hasta mis pies y yo hice lo mismo con los suyos. Chupábamos, mordíamos, devorábamos como si llevásemos años conteniéndonos. Se me metía los dedos del pie en la boca, uno a uno, los lamía entre ellos, me pasaba la lengua por la planta hasta el talón, mientras yo hacía lo mismo con los suyos, chupándoselos con desesperación. Era nuestro idioma secreto, el que cada uno creía hablar a solas.

—Nadie me lo había hecho así —gimió contra mi piel, con mi dedo gordo entre los labios—. Nadie, joder, nadie.

Después volvió a subir a mi polla y se la metió en la boca hasta el fondo, pajeándome la base con una mano mientras con la otra me apretaba los huevos. Yo le comía el clítoris y le metía la lengua en el culo, alternando, hasta que se puso a temblar otra vez. El segundo orgasmo la sacudió entera, intenso, largo, con la boca todavía llena de mi polla. La sentí gritar contra el glande y esa vibración fue lo que me remató a mí. Aguanté lo justo antes de dejarme ir con su boca en mí, corriéndome a chorros hasta el fondo de su garganta. Ella se lo tragó todo, sin soltarme, chupando hasta la última gota, y después me lamió el glande limpio con una sonrisa perversa.

—Estás delicioso —dijo, dejándose caer a mi lado.

Después nos quedamos quietos, recuperando el aliento, acariciándonos los pies el uno al otro como si nada más existiera.

—Tienes el mismo fetiche que yo —dije, todavía incrédulo.

—Desde hace años, Bruno. Me vuelven loca los pies de mujer. —Hizo una pausa y me miró fijo—. Soy lesbiana. Nunca he estado con un hombre. Y por primera vez en mi vida, lo deseo. Te deseo a ti. Quiero que me folles, hermanito. Quiero que me rompas.

Aquella confesión me dejó sin defensas, y con la polla otra vez dura.

—Para mí sería un honor —respondí, y la besé por primera vez de verdad, despacio, buscándonos, saboreando en su boca el gusto de mi propia leche.

***

La levanté en brazos y la llevé a su habitación sin dejar de besarla. No hacían falta más preámbulos: los dos estábamos al límite. La tumbé boca arriba en la cama, le abrí las piernas de par en par y le pasé la polla por la raja empapada, restregándole el glande en el clítoris hasta hacerla gimotear.

—Métemela, joder, métemela ya —suplicaba—. No aguanto más.

Entré en ella despacio, notando cómo su coño se abría a mi paso, apretándome centímetro a centímetro, virgen de polla pero no de deseo. Me la tragó entera hasta los huevos y se quedó quieta un momento, con los ojos muy abiertos, adaptándose.

—Joder, qué llena estoy —jadeó—. Fóllame, Bruno, hazlo.

Empecé a moverme buscando su ritmo, primero suave, después más fuerte, hundiéndosela hasta el fondo con cada embestida. Sus gemidos retumbaban contra las paredes de la casa vacía. Le agarré las piernas por los tobillos y se las levanté juntas contra mi pecho, chupándole los pies mientras la penetraba, mordiéndole los dedos, lamiéndole el arco al ritmo de las embestidas. Ella se retorcía, se agarraba las tetas, se pellizcaba los pezones, gritando.

—Ay, sí, así, joder, cómeme los pies mientras me follas, no pares…

La puse a cuatro patas y se la metí por detrás, agarrándola de las caderas, embistiéndola con toda la polla, viendo cómo se le movía el culo con cada golpe. Le di una palmada en la nalga y ella soltó un gemido ronco. Le agarré una mano y se la llevé a la espalda, tirando del brazo mientras la clavaba contra el colchón.

—Más fuerte, más fuerte, rómpeme —pedía, con la cara aplastada en la almohada—. Fóllame como si fuera una puta.

La monté a horcajadas sobre mí, la puse a cabalgarme, viéndole las tetas botar delante de la cara, chupándoselas mientras ella se empalaba de arriba abajo, buscándose el clítoris con los dedos. Se corrió otra vez, apretándome tan fuerte que casi me arrastra con ella. Perdí la cuenta de las veces que se estremeció.

Al final la tumbé de lado, le levanté una pierna, se la apoyé en mi hombro y le seguí dando con la polla mientras le lamía el empeine, mordiéndole los dedos del pie. Cuando noté que ya no podía más, salí a tiempo y ella, lejos de soltarme, me tumbó, se puso entre mis piernas y terminó lo que faltaba con la boca. Me la chupó con los ojos clavados en los míos, pajeándome la base a dos manos, hasta que me solté a chorros en su lengua. Ella me repartió parte de la corrida sobre los pezones, se los lamió, y después me plantó un beso húmedo sobre el vientre, embadurnado de semen. Volvimos a besarnos, riéndonos del desastre, fundidos en la misma cama.

—Me has hecho muy feliz —dijo apoyando la cabeza en mi pecho—. Nunca había disfrutado tanto. Te quiero, hermanito.

Estábamos tan a gusto que nos quedamos dormidos sin pensar en las consecuencias. Y las consecuencias tenían nombre.

Serían las dos de la mañana cuando la puerta se abrió con sigilo. Mi madre, de pie en el umbral, nos contemplaba desnudos, con las sábanas hechas un ovillo a los pies de la cama, la polla mía todavía a medio empalmar sobre el muslo y el coño de Carla brillando de semen a la luz del pasillo.

—Vaya par de dormilones —dijo en voz baja—. Veo que ni habéis cenado.

Me quedé petrificado. Carla se puso roja hasta las orejas.

—Mamá, lo siento —balbuceó mi hermana.

—Yo no, hija. Quizá hoy has descubierto algo que merecía la pena descubrir.

Yo no entendía nada.

—¿Alguien me explica qué está pasando? —pregunté, todavía aturdido.

Elena se sentó al borde de la cama, tranquila, como si aquello formara parte de un plan que se le había escapado de las manos.

—Tu hermana se negaba a probar con un hombre —dijo mirándome—. No había forma de convencerla. Y yo tenía claro que, si alguna vez lo hacía, tenía que ser con alguien en quien confiara de verdad.

—Ahora soy bisexual, mamá —murmuró Carla, abrazándose a ella—. Aunque me sigan gustando las mujeres. Y me ha follado como una bestia.

—Me parece perfecto, ya lo sabes —contestó mi madre, y le dio un beso en el pelo. Luego se volvió hacia mí con una media sonrisa, deslizando la mirada por debajo de la sábana—. ¿Y quién se iba a resistir a este hombretón, eh? Con lo que tiene entre las piernas, cualquiera.

Hasta ese momento no había caído en que ambos seguíamos desnudos. Tiré de la sábana, sin saber dónde meterme, pero mi madre me la apartó de un manotazo, riéndose, y me acarició el muslo con la palma abierta, muy cerca de los huevos.

—Me habéis utilizado —protesté, notando cómo la polla volvía a despertar bajo su mano—. Sois unas tramposas.

—Venga, anda, que no me digas que no te ha gustado —rió Elena, bajando la vista hasta mi bulto—. Vuestro padre no sabe nada, y así debe seguir. Lo que hagáis entre vosotros es asunto vuestro. Y si alguna vez necesitáis a alguien con más experiencia —añadió acercando los labios a mi oreja—, ya sabéis dónde encontrarme. Tengo unos pies que a lo mejor también os gustan.

Carla y yo nos miramos sin saber si reír o esconder la cabeza bajo la almohada.

—Pues la próxima vez —dije al fin, devolviéndoles la sonrisa, con la polla otra vez dura bajo la mirada de las dos— os pienso tener a las dos.

Y así terminó aquel primer verano detrás del mostrador. El que lo cambió todo entre nosotros.

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Comentarios(9)

Pablin_Norte

tremendo relato!!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer

LecturaSecreta

Por favor seguí, quedé con muchas ganas de saber qué pasó después entre ellos

Seba_GBA

Me recordó a esa sensacion de cruzar un limite sin querer y darse cuenta demasiado tarde. Muy bien narrado, se siente autentico.

DiegoRos

corto pero intenso, me gusto bastante

CuriosaNocturna

Lo que mas me gusto es como describis ese momento exacto en que algo cambia sin vuelta atras. Esa mezcla de culpa y no poder parar es lo que hace que estos relatos sean tan adictivos. Muy buena escritura, esperamos mas.

Rodrigo_Mdq

¿vas a escribir una segunda parte? quedaría genail

AnabelMar

Que combinacion... me dejo sin palabras. muy bueno!!!

totomdp

jaja termine de leer y me quede pensando un rato. tiene algo que engancha, no se bien qué pero funciona

Fermín_C

Buen relato, aunque me hubiera gustado un poco mas de desarrollo al principio. El desenlace fue lo mejor sin dudas.

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