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Relatos Ardientes

Mi madrastra me pidió paciencia ese fin de semana

La casa entera dormía menos vosotros dos. Adriana estaba de pie frente a la puerta de su dormitorio, con una mano apoyada en el marco, y tú no sabías si dar el paso o volver a tu cuarto como cada noche desde que todo había cambiado entre los dos.

Su piel se erizó al percibir tu indecisión. La tensión entre vosotros era espesa, casi sólida. Sus ojos bajaron hacia tus manos, luego a tus labios y por fin a tus ojos. Contuvo la respiración sin apartar la mirada, congelada en mitad del pasillo.

Si vas a hacerlo, hazlo ahora.

Siempre te habías dicho que en la vida hay que arriesgar, igual que aquella primera noche en que cruzaste la frontera que se suponía os separaba. Así que no te quedaste atrás. Te acercaste y le robaste un beso suave, cerrando los ojos. Pero ese beso supo a poco, y te preguntaste si debías repetir.

El tiempo se había detenido para ambos. Vuestros labios se habían unido un segundo breve que la dejó sin aliento, paralizada, antes de que una oleada de emociones la inundara por dentro. Sus dedos se crisparon, y de pronto fue ella quien cruzó las manos en tu nuca y te atrajo de nuevo. Os besasteis una y otra vez, cada beso mejor que el anterior, con las lenguas enredándose ya sin disimulo. La mano de Adriana bajó por tu pecho y, casi sin querer, rozó el bulto duro que te crecía en el pantalón. Se le escapó un gemido ronco contra tu boca al notar lo empalmado que estabas por ella. Tú aprovechaste para colar los dedos bajo su camisón, subir por el costado y capturar una teta pesada, apretando el pezón hasta que se le puso duro entre tus dedos.

—Joder, Lucas… —jadeó ella con la voz quebrada—, se me moja el coño de solo tocarte.

Aquellas palabras te encendieron todavía más. La empujaste contra el marco de la puerta y le mordiste el cuello mientras tu mano seguía amasándole la teta, la otra bajando por su vientre hasta rozarle el pubis por encima de la tela. Ella arqueó la espalda, abriendo un poco las piernas, invitándote sin decir nada, y tu dedo se coló entre sus muslos, encontrando la humedad caliente que ya empapaba la braguita.

—Será mejor que no sigamos, Lucas —dijo ella rompiendo el contacto con un esfuerzo casi doloroso, consciente de que si la pasión crecía un poco más terminaríais en un lugar del que no podríais volver esa noche.

Os separasteis con el dolor de una despedida, aunque solo fuese momentánea.

—Buenas noches, Adriana —dijiste antes de girarte hacia tu habitación, con la polla dura y palpitando dentro del pantalón.

El rubor de sus mejillas era intenso, casi ardiente. La respiración le temblaba mientras te veía marchar, y una sonrisa torcida se le dibujó en el rostro.

—Buenas noches, Lucas —susurró, aunque ya te alejabas.

Entró en su cuarto y se quedó detrás de la puerta, esa que nunca cerraba del todo por si las niñas se despertaban. Se apoyó en la pared con la sensación todavía fresca de tus labios sobre los suyos, con la braguita empapada y los pezones marcados bajo el camisón. La tentación era fuerte, muy fuerte, y bajó una mano bajo la tela, se acarició el coño hinchado y se metió dos dedos, mordiéndose el labio para no gemir en voz alta pensando en tu polla. Pero se mantuvo firme. No podía perder el control. No esa noche.

***

Los días pasaban rápido y las semanas, en cambio, lentas. Niñas, colegio, demasiado trabajo. Apenas encontrabais momentos para la intimidad: una copa después de acostar a Martina y a Lucía, un masaje en los pies, unos besos alocados como dos adolescentes en la puerta del dormitorio. Os consolaba la promesa del fin de semana, cuando por fin tendríais tiempo de verdad.

Una tarde, Adriana se rió en voz baja mientras te observaba hacer el payaso con las niñas, los ojos brillándole de diversión.

—Eres imposible, Lucas. Consigues hacerme reír en cualquier situación —suspiró, y se acercó bajando la voz—. Creo que tenemos algo pendiente. Quién sabe, tal vez el fin de semana podamos resolverlo. ¿Te apetece?

—Sí, claro que sí —contestaste con la esperanza del desesperado, sintiendo cómo se te tensaba el pantalón solo de imaginarla desnuda debajo de ti.

Ella aún no se había abierto del todo a esa relación clandestina, pero tú confiabas en que cambiara, en que cediera por fin a la atracción que sin duda sentíais el uno por el otro. Era un tabú difícil de romper, pero al menos nunca te había dicho que no. Te daban escalofríos solo de pensarlo.

***

A veces el destino juega malas pasadas. El viernes, durante el almuerzo, una llamada de su madre lo cambió todo.

—¿Cómo dices, Adriana? —preguntaste por teléfono.

Cada día os llamabais a esa hora, aunque fuesen cinco minutos, solo para saber del otro. Pero aquel viernes su voz traía algo que enfriaba de golpe todas tus expectativas.

—Sí, Lucas. Me han llamado mis padres y dicen que vendrán a vernos este fin de semana.

El silencio que siguió también le rompía el corazón a ella, que sabía cuánto esperabais ese tiempo a solas.

—Lo sé, todo arruinado. Pero no desesperes, ¿vale? No será para siempre. Solo unos días —dijo, casi pensando en voz alta.

—Está bien, habrá otros fines de semana —respondiste finalmente, recomponiéndote.

—Nos vemos esta noche, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, Adriana —colgaste cabizbajo.

La noticia os golpeó como un balde de agua fría. Esa noche, sentados en vuestro sofá de siempre, tú te sentías hundido y ella maldecía su mala suerte.

—No desesperes —insistió mientras te abrazaba y te daba un beso largo, cargado de emoción—. Solo será el fin de semana. Después recuperaremos nuestro tiempo. Te prometo que valdrá la pena.

***

El sábado os levantasteis temprano para adecentar la casa. Adriana encargó un cáterin para la comida en el jardín, y tú limpiaste y ordenaste por todas partes. Las únicas despreocupadas eran las niñas, ilusionadas con ver a sus abuelos.

Adriana se ajustó el collar de perlas, nerviosa, y miró el reloj por cuarta vez.

—Gracias, Lucas. Sé que esto no será fácil, pero necesito que salga perfecto. Por favor, haz lo que te digo. Sonríe, sé amable… y por favor, por favor, no discutas con ellos.

Su mirada buscaba en ti cualquier señal de conformidad. Sentía una punzada de culpa por pedirte tanto, conociendo sus propios sentimientos encontrados hacia sus padres.

—Ya te he dicho que lo haré —protestaste, un poco nervioso ante la enésima repetición.

—Tú no los conoces. A veces pueden ser… cargantes —te advirtió.

Por fin llegaron. Las niñas los recibieron eufóricas, y los abuelos, cargados de regalos, se cebaron en besos y abrazos con sus nietas. Luego vinieron las presentaciones de rigor.

—¿Así que este es el hijo de Andrés? —dijo su madre mirándote de arriba abajo—. Cariño, ¿no tenías algo más formal que ponerte?

La primera en la frente. Tu ropa informal no parecía gustarle a Beatriz. Te miraba como si estuvieras cubierto de manchas de grasa, los ojos entrecerrados, la expresión más severa de lo habitual.

Adriana sintió que el estómago se le retorcía. Se apresuró a intervenir con una sonrisa forzada.

—Mamá, Lucas está bien así. Estamos en casa, no en una reunión formal. Además, ha estado ayudándonos con los preparativos toda la mañana. ¿No es amable de su parte?

Su padre te dio una palmada en la espalda, algo más cordial, aunque te apretó la mano con fuerza y su mirada también te escrutaba.

—¡Sí, sí, el hijo de Andrés! ¿Cómo estás, muchacho? ¿Te gusta vivir aquí con nuestra familia?

—Sí, señor. Su hija es muy cariñosa conmigo y con las niñas —dijiste sin pensar demasiado en tus palabras.

Ricardo levantó una ceja, la curiosidad brillándole en los ojos.

—Conque muy cariñosa, ¿eh?

—Bueno, quería decir con las niñas, señor. Se nota que las quiere mucho, como una madre.

Beatriz, en cambio, parecía analizar cada palabra, cada gesto tuyo. Frunció los labios, claramente disgustada.

—¿Y a ti también te querrá, no, hijo? —soltó.

La situación se tensó. Adriana sintió que el alma se le caía a los pies. Cómo has podido ser tan literal, Lucas.

—Claro, señora, aunque no es lo mismo, por supuesto —te apresuraste a corregir.

—Bueno, papá, mamá, ¿no tenéis hambre? —intervino Adriana para desviar la atención—. El almuerzo está listo, y tenemos tantos temas de los que hablar. ¿Qué os parece si vamos al jardín y empezamos a disfrutar del día?

***

La terraza recibía un sol radiante. Sin daros cuenta, Adriana y tú os sentasteis juntos, con sus padres enfrente y las niñas al lado.

—Veo que os sentáis juntos. Os debéis llevar muy bien, ¿no? —observó Beatriz, a quien no se le escapaba una.

—Es que somos una familia, ¡qué más da el sitio! —saliste al paso mientras Adriana se quedaba muda—. Me alegra mucho conocerlos.

—¿Y dónde está tu padre, hijo? —se interesó Ricardo.

—Salió hace una semana en viaje de negocios. Vuelve la semana próxima.

Adriana seguía intentando sonreír, aunque con dificultad, bloqueándose por momentos. Tu mano se deslizó hacia su muslo, un toque breve y reconfortante, antes de regresar a su lugar.

—¿Otra vez de viaje? ¿Y recién casado con mi hija? —comentó Ricardo, intrigado.

Beatriz frunció el ceño, descubriendo nuevos detalles.

—Es una lástima que os deje aquí solos. Parece que no le preocupa demasiado su nueva familia —dijo con lengua viperina.

—Es un buen marido y padre, y se preocupa mucho por nosotros —respondió Adriana excusándolo—. Pero sabe que los negocios son vitales para la estabilidad de la familia, y por reciente que sea nuestra boda, ha tenido que salir.

El padre sonrió, complacido por las palabras de su hija. La madre, aún distante, asintió apenas. Adriana se relajó un poco.

—¿Sabes, muchacho? Andrés y yo somos amigos desde la universidad. Yo se lo presenté a mi hija cuando supe que tu madre había fallecido —dijo Ricardo.

—Entonces gracias a usted hoy somos una gran familia —contestaste, decidiendo ignorar el motivo que os había unido.

El hombre hizo una pausa y continuó, animado por tu interés.

—¿Sabes? Siempre me he preguntado cómo sería tener un hijo varón. Quiero a mi hija con locura, pero esa espinita se me quedó clavada —confesó con una punzada de melancolía.

Os mirasteis sorprendidos. Al menos a su padre le ibas a caer bien. Un apretón de manos furtivo bajo la mesa os dio fuerzas para continuar. Quedaba la madre, y ella era un hueso duro de roer.

—Vaya, papá, puede que Lucas se convierta en tu preferido —bromeó Adriana—. ¿Tú nunca quisiste un niño, mamá?

—¿Niños? En absoluto, querida. Siempre peleando y revolviendo todo. Prefería las hijas, más tranquilas, y así naciste tú —se jactó Beatriz sin pestañear.

Entre plato y plato, la madre empezó a hacer preguntas más incisivas, como si quisiera verificar cada una de tus respuestas. Se inclinaba hacia delante, atenta, mientras Ricardo te observaba también, aunque desde un ángulo muy distinto.

—Así que, Lucas, ¿qué planes tienes para el futuro? ¿Algún interés en particular? —preguntó ella, y ambos os pusisteis a la defensiva, porque la pregunta no era inocente.

—Mamá —se adelantó Adriana echándote un cable—. Estudia en la universidad, una ingeniería.

—Sí, señora. Quiero ser ingeniero y construir cosas útiles para el mundo —dijiste con tu mejor intención.

—Vaya, otro soñador que quiere cambiar el mundo —exclamó Beatriz con desdén.

Os mirasteis de nuevo y tirasteis la toalla. Con ella no hay manera, pareció deciros la mirada del otro.

—Mamá, no seas así con él. Es un chico muy inteligente, y las niñas están encantadas con su hermano mayor. ¿Verdad, niñas? —apeló Adriana al instinto de su madre.

Las pequeñas opinaron con la misma gracia que espontaneidad.

—¡Sí, abuela! Lucas es genial. Nos ayuda con los deberes, nos hace la cena y juega con nosotras. ¡Hasta nos enseñó a hacer tortitas! Las dos le queremos mucho —dijeron Martina y Lucía.

Tú y Adriana sonreísteis, y el abuelo también, enternecido al ver a sus nietas hablar tan bien de ti. Solo la madre seguía sin ablandarse, ni siquiera con el testimonio de las niñas.

—Ingeniería, ¿eh? ¿Y qué pasa si no lo consigues? ¿Y si no resultas tan «útil» como crees? ¿Qué harás entonces, Lucas, depender de tu madrastra para siempre? —La voz de Beatriz cayó como un cuchillo de filo afilado.

—Bueno, mi padre tiene dinero e influencias. Ya se ocupará de mí —respondiste sin soportar más la presión.

Entonces notaste la mirada de reproche de Adriana. No, Lucas, te lo dije, no te enfrentes a ellos. El silencio se volvió incómodo. La expresión de Beatriz cambió sutilmente, como si hubiera encontrado por fin lo que buscaba: una grieta.

A Adriana se le revolvió el estómago. Tu respuesta confirmaba lo que su madre ya creía, que eras un joven dependiente en lugar de alguien que se esforzaba por sí mismo. Quiso gritarle que no te tratara así, pero se mordió la lengua.

Su padre, que disfrutaba del almuerzo con sus nietas, levantó la vista perplejo ante la tensión repentina. Las niñas intercambiaron miradas de preocupación.

—Vamos, Beatriz —dijo Ricardo de pronto—. El chico es un buen chico, conozco a su padre desde hace años. ¿Qué tiene de malo que le eche una mano? ¿Acaso no pusimos nosotros a nuestra hija como directora de la empresa?

Al menos teníais un aliado en aquella extraña pareja. Buscaste otra vez la mano de Adriana, necesitabas su contacto, la miraste a los ojos y le dijiste en silencio: Lo siento tanto, no volverá a pasar. Ella te apretó la mano y arqueó las cejas, comprensiva.

Beatriz frunció el ceño, pero guardó silencio, derrotada por el momento. Su desaprobación seguía flotando en el aire como una nube oscura, aunque al menos dejó de atacarte.

—Solo digo que esperaría un poco más de iniciativa por su parte —murmuró al fin, cruzándose de brazos.

Luego cambió de tema con habilidad, guiando la conversación hacia asuntos más ligeros, mientras Adriana respiraba hondo, todavía preocupada pero agradecida por el respiro.

***

La comida dio paso a la sobremesa, a las copas y a los puros que fumaba Ricardo. Con él encontrabas más temas de conversación que con la madre, y mientras jugabas con las niñas, Adriana mantenía a raya a Beatriz.

Así cayó la tarde, y la noche llegó estrellada, aunque opacada por las luces de la ciudad. Furtivamente os cruzasteis en el pasillo camino de vuestros cuartos y, tras comprobar que no había peligro, os disteis un abrazo cálido que se transformó rápido en algo más. Ella pegó su cuerpo al tuyo y notó al instante la polla dura contra su vientre.

—Lo has hecho muy bien hoy, Lucas —te dijo ella, para insuflarte un ánimo que no tenías y que necesitabas, con la voz ya ronca.

—Qué bien sienta un abrazo tuyo cuando me siento tan perdido —admitiste, mientras tus manos bajaban a su culo y lo apretabas con fuerza sobre la bata de seda—. Siento haber flaqueado con tu madre. Es demasiado dura para mí.

—No, tú eres fuerte, te lo he dicho cien veces. Mañana seguramente se marchen. ¡Aguanta!

—Ojalá. Me muero de ganas de poder estar contigo, abrazarte aunque sea un rato en tu cama.

—Tonto, si se van te daré un rato muy agradable en mi camita —te dijo para animarte, y te besó.

Fue un beso que sabía a gloria, a maná caído del cielo tras un largo día en el desierto, y no supisteis parar. Sus manos se colaron bajo tu camiseta, arañándote la espalda, y tú metiste la tuya bajo la bata y le agarraste una teta desnuda, pellizcándole el pezón hasta que ella gimió contra tu boca. Adriana bajó los dedos y te desabrochó el pantalón con prisa, sacándote la polla que ya goteaba pre-semen por la punta. La rodeó con la mano y empezó a masturbarte despacio en mitad del pasillo, mirándote a los ojos con la boca entreabierta.

—Mira cómo la tienes por mí, cabrón… —susurró—, dura como una piedra.

—Es que solo pienso en meterte esta polla, joder —jadeaste tú apretándole el coño por encima de la braguita, notando la humedad calarle la tela.

Ella se mordió el labio y se arrodilló de golpe frente a ti, con los ojos brillándole de puro morbo. Te agarró la polla por la base, sacó la lengua y te lamió despacio desde los huevos hasta el glande, dando vueltas con la punta de la lengua alrededor de la corona antes de metértela entera en la boca. Tuviste que morderte el puño para no gemir mientras te la chupaba con hambre, con las mejillas hundidas, tragando cada centímetro. La saliva le caía por la barbilla y goteaba sobre sus tetas que se le habían salido de la bata. La follaste la boca despacio, con miedo, agarrándole el pelo y viendo cómo tu polla desaparecía una y otra vez entre sus labios pintados.

—Joder, Adriana, así… mama esa polla, mámala bien…

Ella te la sacó de la boca con un chasquido húmedo y te miró desde abajo, con la boca brillante y roja.

—Cállate, que nos van a oír —susurró, y volvió a metérsela hasta la garganta.

Pero el peligro era real, demasiado real. Con un esfuerzo enorme la levantaste del suelo y la empujaste dentro del cuarto de invitados que quedaba a un paso, cerrando la puerta con el pestillo. La estampaste contra la pared, le abriste la bata de un tirón y le comiste las tetas, chupando y mordiendo los pezones duros mientras ella te apretaba la cabeza contra ellas. Bajaste besando su vientre, te arrodillaste tú ahora, le arrancaste la braguita empapada y le enterraste la cara en el coño.

—Ay, Lucas, sí… cómeme el coño, cómemelo entero —jadeó ella tapándose la boca con una mano, la otra agarrada a tu pelo, apretándote contra su sexo.

Le abriste los labios con los dedos y le lamiste el clítoris despacio, dando vueltas con la lengua endurecida, chupándoselo hasta que las piernas le temblaron. Le metiste dos dedos en el coño mojadísimo, curvándolos hacia dentro, mientras seguías comiéndole el clítoris con hambre. Ella se retorcía contra la pared, tapándose la boca para no gritar, mientras un orgasmo brutal le sacudía el cuerpo y le empapaba los muslos.

—Métemela ya, por favor, métemela… —te suplicó sin aliento, tirando de ti hacia arriba.

La giraste contra la pared, le levantaste el culo, le abriste las piernas de un rodillazo y le clavaste la polla de una embestida honda que le arrancó un gemido ahogado. Su coño estaba tan mojado que entraste hasta el fondo sin resistencia. Adriana se mordió el antebrazo para no gritar mientras la follabas duro por detrás, con una mano agarrándole el pelo y la otra amasándole la teta que colgaba.

—Chsss, calla, calla… —le susurrabas al oído mientras la embestías cada vez más fuerte—. Tu madre está a diez metros, joder, mira lo que hago con tu coño…

—Cállate tú, cabrón, y sigue follándome, no pares, no pares…

El sonido húmedo de tus caderas golpeando su culo llenaba el cuarto. Le pasaste una mano por delante y le acariciaste el clítoris mientras la penetrabas, y ella se corrió de nuevo, apretando el coño alrededor de tu polla con tanta fuerza que casi te hace correrte. La giraste, la tiraste sobre la cama de invitados y le abriste las piernas de par en par. Te la volviste a meter mirándola a los ojos, con las tetas rebotándole a cada embestida, la piel enrojecida y los ojos vidriosos.

—Fóllame, hijo, fóllame fuerte —gimió ella agarrándose los tobillos, ofreciéndose entera.

Aquella palabra, «hijo», dicha así, con la voz rota de deseo, te llevó al límite. Aceleraste el ritmo, cada embestida más brutal que la anterior, viendo cómo tu polla entraba y salía brillante de sus flujos. Adriana se llevó los dedos a la boca, los ensalivó y se acarició el clítoris mientras la martillabas, y en pocos segundos se corrió otra vez, mordiéndose el labio hasta hacerse sangre para no gritar.

—Voy a correrme, Adriana, voy a…

—En la boca, córrete en mi boca —jadeó ella empujándote hacia atrás.

Se dejó caer al suelo de rodillas otra vez y se metió tu polla hasta el fondo justo cuando explotabas. Chorro tras chorro de semen caliente se le disparó en la boca y en la cara, y ella lo recibió todo con los ojos cerrados, tragando lo que podía y dejando que el resto le resbalara por la barbilla hasta las tetas. Cuando terminaste, te la sacó de la boca despacio, con un beso en la punta, y te sonrió mirándote desde abajo con los labios manchados de tu corrida.

—Menudo desahogo, tonto —susurró limpiándose con el dorso de la mano—. Ahora vete a tu cuarto antes de que nos pillen.

Os arreglasteis la ropa como pudisteis, temblando todavía. Os despedisteis en el pasillo con un último beso robado, temiendo que sus padres salieran a por agua o Dios sabe qué y os descubrieran.

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Comentarios(7)

DiegoLector

tremendo!!! me enganche desde el primer parrafo, no pude parar de leer

Maru_lectora

La tension que se siente en todo el relato es increible. Muy bien escrito, se nota que hay oficio

SebaCba

se hizo corto jaja, quede con ganas de mas :)

Marcos_BA

Por favor seguí con esto, la historia tiene mucho potencial. Quede justo en el momento mas intenso

AlvaroR_85

Ese momento de duda antes de que todo pase esta muy bien capturado. Me gusto mucho, saludos desde cordoba

curiosoMDP

buenisimo!! uno de los mejores de la categoria

NicolasT_Cba

Muy buen relato, con ganas de que haya continuacion. Saludos

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