Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi madrastra me pidió paciencia ese fin de semana

La casa entera dormía menos vosotros dos. Adriana estaba de pie frente a la puerta de su dormitorio, con una mano apoyada en el marco, y tú no sabías si dar el paso o volver a tu cuarto como cada noche desde que todo había cambiado entre los dos.

Su piel se erizó al percibir tu indecisión. La tensión entre vosotros era espesa, casi sólida. Sus ojos bajaron hacia tus manos, luego a tus labios y por fin a tus ojos. Contuvo la respiración sin apartar la mirada, congelada en mitad del pasillo.

Si vas a hacerlo, hazlo ahora.

Siempre te habías dicho que en la vida hay que arriesgar, igual que aquella primera noche en que cruzaste la frontera que se suponía os separaba. Así que no te quedaste atrás. Te acercaste y le robaste un beso suave, cerrando los ojos. Pero ese beso supo a poco, y te preguntaste si debías repetir.

El tiempo se había detenido para ambos. Vuestros labios se habían unido un segundo breve que la dejó sin aliento, paralizada, antes de que una oleada de emociones la inundara por dentro. Sus dedos se crisparon, y de pronto fue ella quien cruzó las manos en tu nuca y te atrajo de nuevo. Os besasteis una y otra vez, cada beso mejor que el anterior, hasta que la razón se impuso.

—Será mejor que no sigamos, Lucas —dijo ella rompiendo el contacto, consciente de que si la pasión crecía un poco más terminaríais en un lugar del que no podríais volver esa noche.

Os separasteis con el dolor de una despedida, aunque solo fuese momentánea.

—Buenas noches, Adriana —dijiste antes de girarte hacia tu habitación.

El rubor de sus mejillas era intenso, casi ardiente. La respiración le temblaba mientras te veía marchar, y una sonrisa torcida se le dibujó en el rostro.

—Buenas noches, Lucas —susurró, aunque ya te alejabas.

Entró en su cuarto y se quedó detrás de la puerta, esa que nunca cerraba del todo por si las niñas se despertaban. Se apoyó en la pared con la sensación todavía fresca de tus labios sobre los suyos. La tentación era fuerte, muy fuerte, pero se mantuvo firme. No podía perder el control. No esa noche.

***

Los días pasaban rápido y las semanas, en cambio, lentas. Niñas, colegio, demasiado trabajo. Apenas encontrabais momentos para la intimidad: una copa después de acostar a Martina y a Lucía, un masaje en los pies, unos besos alocados como dos adolescentes en la puerta del dormitorio. Os consolaba la promesa del fin de semana, cuando por fin tendríais tiempo de verdad.

Una tarde, Adriana se rió en voz baja mientras te observaba hacer el payaso con las niñas, los ojos brillándole de diversión.

—Eres imposible, Lucas. Consigues hacerme reír en cualquier situación —suspiró, y se acercó bajando la voz—. Creo que tenemos algo pendiente. Quién sabe, tal vez el fin de semana podamos resolverlo. ¿Te apetece?

—Sí, claro que sí —contestaste con la esperanza del desesperado.

Ella aún no se había abierto del todo a esa relación clandestina, pero tú confiabas en que cambiara, en que cediera por fin a la atracción que sin duda sentíais el uno por el otro. Era un tabú difícil de romper, pero al menos nunca te había dicho que no. Te daban escalofríos solo de pensarlo.

***

A veces el destino juega malas pasadas. El viernes, durante el almuerzo, una llamada de su madre lo cambió todo.

—¿Cómo dices, Adriana? —preguntaste por teléfono.

Cada día os llamabais a esa hora, aunque fuesen cinco minutos, solo para saber del otro. Pero aquel viernes su voz traía algo que enfriaba de golpe todas tus expectativas.

—Sí, Lucas. Me han llamado mis padres y dicen que vendrán a vernos este fin de semana.

El silencio que siguió también le rompía el corazón a ella, que sabía cuánto esperabais ese tiempo a solas.

—Lo sé, todo arruinado. Pero no desesperes, ¿vale? No será para siempre. Solo unos días —dijo, casi pensando en voz alta.

—Está bien, habrá otros fines de semana —respondiste finalmente, recomponiéndote.

—Nos vemos esta noche, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, Adriana —colgaste cabizbajo.

La noticia os golpeó como un balde de agua fría. Esa noche, sentados en vuestro sofá de siempre, tú te sentías hundido y ella maldecía su mala suerte.

—No desesperes —insistió mientras te abrazaba y te daba un beso largo, cargado de emoción—. Solo será el fin de semana. Después recuperaremos nuestro tiempo. Te prometo que valdrá la pena.

***

El sábado os levantasteis temprano para adecentar la casa. Adriana encargó un cáterin para la comida en el jardín, y tú limpiaste y ordenaste por todas partes. Las únicas despreocupadas eran las niñas, ilusionadas con ver a sus abuelos.

Adriana se ajustó el collar de perlas, nerviosa, y miró el reloj por cuarta vez.

—Gracias, Lucas. Sé que esto no será fácil, pero necesito que salga perfecto. Por favor, haz lo que te digo. Sonríe, sé amable… y por favor, por favor, no discutas con ellos.

Su mirada buscaba en ti cualquier señal de conformidad. Sentía una punzada de culpa por pedirte tanto, conociendo sus propios sentimientos encontrados hacia sus padres.

—Ya te he dicho que lo haré —protestaste, un poco nervioso ante la enésima repetición.

—Tú no los conoces. A veces pueden ser… cargantes —te advirtió.

Por fin llegaron. Las niñas los recibieron eufóricas, y los abuelos, cargados de regalos, se cebaron en besos y abrazos con sus nietas. Luego vinieron las presentaciones de rigor.

—¿Así que este es el hijo de Andrés? —dijo su madre mirándote de arriba abajo—. Cariño, ¿no tenías algo más formal que ponerte?

La primera en la frente. Tu ropa informal no parecía gustarle a Beatriz. Te miraba como si estuvieras cubierto de manchas de grasa, los ojos entrecerrados, la expresión más severa de lo habitual.

Adriana sintió que el estómago se le retorcía. Se apresuró a intervenir con una sonrisa forzada.

—Mamá, Lucas está bien así. Estamos en casa, no en una reunión formal. Además, ha estado ayudándonos con los preparativos toda la mañana. ¿No es amable de su parte?

Su padre te dio una palmada en la espalda, algo más cordial, aunque te apretó la mano con fuerza y su mirada también te escrutaba.

—¡Sí, sí, el hijo de Andrés! ¿Cómo estás, muchacho? ¿Te gusta vivir aquí con nuestra familia?

—Sí, señor. Su hija es muy cariñosa conmigo y con las niñas —dijiste sin pensar demasiado en tus palabras.

Ricardo levantó una ceja, la curiosidad brillándole en los ojos.

—Conque muy cariñosa, ¿eh?

—Bueno, quería decir con las niñas, señor. Se nota que las quiere mucho, como una madre.

Beatriz, en cambio, parecía analizar cada palabra, cada gesto tuyo. Frunció los labios, claramente disgustada.

—¿Y a ti también te querrá, no, hijo? —soltó.

La situación se tensó. Adriana sintió que el alma se le caía a los pies. Cómo has podido ser tan literal, Lucas.

—Claro, señora, aunque no es lo mismo, por supuesto —te apresuraste a corregir.

—Bueno, papá, mamá, ¿no tenéis hambre? —intervino Adriana para desviar la atención—. El almuerzo está listo, y tenemos tantos temas de los que hablar. ¿Qué os parece si vamos al jardín y empezamos a disfrutar del día?

***

La terraza recibía un sol radiante. Sin daros cuenta, Adriana y tú os sentasteis juntos, con sus padres enfrente y las niñas al lado.

—Veo que os sentáis juntos. Os debéis llevar muy bien, ¿no? —observó Beatriz, a quien no se le escapaba una.

—Es que somos una familia, ¡qué más da el sitio! —saliste al paso mientras Adriana se quedaba muda—. Me alegra mucho conocerlos.

—¿Y dónde está tu padre, hijo? —se interesó Ricardo.

—Salió hace una semana en viaje de negocios. Vuelve la semana próxima.

Adriana seguía intentando sonreír, aunque con dificultad, bloqueándose por momentos. Tu mano se deslizó hacia su muslo, un toque breve y reconfortante, antes de regresar a su lugar.

—¿Otra vez de viaje? ¿Y recién casado con mi hija? —comentó Ricardo, intrigado.

Beatriz frunció el ceño, descubriendo nuevos detalles.

—Es una lástima que os deje aquí solos. Parece que no le preocupa demasiado su nueva familia —dijo con lengua viperina.

—Es un buen marido y padre, y se preocupa mucho por nosotros —respondió Adriana excusándolo—. Pero sabe que los negocios son vitales para la estabilidad de la familia, y por reciente que sea nuestra boda, ha tenido que salir.

El padre sonrió, complacido por las palabras de su hija. La madre, aún distante, asintió apenas. Adriana se relajó un poco.

—¿Sabes, muchacho? Andrés y yo somos amigos desde la universidad. Yo se lo presenté a mi hija cuando supe que tu madre había fallecido —dijo Ricardo.

—Entonces gracias a usted hoy somos una gran familia —contestaste, decidiendo ignorar el motivo que os había unido.

El hombre hizo una pausa y continuó, animado por tu interés.

—¿Sabes? Siempre me he preguntado cómo sería tener un hijo varón. Quiero a mi hija con locura, pero esa espinita se me quedó clavada —confesó con una punzada de melancolía.

Os mirasteis sorprendidos. Al menos a su padre le ibas a caer bien. Un apretón de manos furtivo bajo la mesa os dio fuerzas para continuar. Quedaba la madre, y ella era un hueso duro de roer.

—Vaya, papá, puede que Lucas se convierta en tu preferido —bromeó Adriana—. ¿Tú nunca quisiste un niño, mamá?

—¿Niños? En absoluto, querida. Siempre peleando y revolviendo todo. Prefería las hijas, más tranquilas, y así naciste tú —se jactó Beatriz sin pestañear.

Entre plato y plato, la madre empezó a hacer preguntas más incisivas, como si quisiera verificar cada una de tus respuestas. Se inclinaba hacia delante, atenta, mientras Ricardo te observaba también, aunque desde un ángulo muy distinto.

—Así que, Lucas, ¿qué planes tienes para el futuro? ¿Algún interés en particular? —preguntó ella, y ambos os pusisteis a la defensiva, porque la pregunta no era inocente.

—Mamá —se adelantó Adriana echándote un cable—. Estudia en la universidad, una ingeniería.

—Sí, señora. Quiero ser ingeniero y construir cosas útiles para el mundo —dijiste con tu mejor intención.

—Vaya, otro soñador que quiere cambiar el mundo —exclamó Beatriz con desdén.

Os mirasteis de nuevo y tirasteis la toalla. Con ella no hay manera, pareció deciros la mirada del otro.

—Mamá, no seas así con él. Es un chico muy inteligente, y las niñas están encantadas con su hermano mayor. ¿Verdad, niñas? —apeló Adriana al instinto de su madre.

Las pequeñas opinaron con la misma gracia que espontaneidad.

—¡Sí, abuela! Lucas es genial. Nos ayuda con los deberes, nos hace la cena y juega con nosotras. ¡Hasta nos enseñó a hacer tortitas! Las dos le queremos mucho —dijeron Martina y Lucía.

Tú y Adriana sonreísteis, y el abuelo también, enternecido al ver a sus nietas hablar tan bien de ti. Solo la madre seguía sin ablandarse, ni siquiera con el testimonio de las niñas.

—Ingeniería, ¿eh? ¿Y qué pasa si no lo consigues? ¿Y si no resultas tan «útil» como crees? ¿Qué harás entonces, Lucas, depender de tu madrastra para siempre? —La voz de Beatriz cayó como un cuchillo de filo afilado.

—Bueno, mi padre tiene dinero e influencias. Ya se ocupará de mí —respondiste sin soportar más la presión.

Entonces notaste la mirada de reproche de Adriana. No, Lucas, te lo dije, no te enfrentes a ellos. El silencio se volvió incómodo. La expresión de Beatriz cambió sutilmente, como si hubiera encontrado por fin lo que buscaba: una grieta.

A Adriana se le revolvió el estómago. Tu respuesta confirmaba lo que su madre ya creía, que eras un joven dependiente en lugar de alguien que se esforzaba por sí mismo. Quiso gritarle que no te tratara así, pero se mordió la lengua.

Su padre, que disfrutaba del almuerzo con sus nietas, levantó la vista perplejo ante la tensión repentina. Las niñas intercambiaron miradas de preocupación.

—Vamos, Beatriz —dijo Ricardo de pronto—. El chico es un buen chico, conozco a su padre desde hace años. ¿Qué tiene de malo que le eche una mano? ¿Acaso no pusimos nosotros a nuestra hija como directora de la empresa?

Al menos teníais un aliado en aquella extraña pareja. Buscaste otra vez la mano de Adriana, necesitabas su contacto, la miraste a los ojos y le dijiste en silencio: Lo siento tanto, no volverá a pasar. Ella te apretó la mano y arqueó las cejas, comprensiva.

Beatriz frunció el ceño, pero guardó silencio, derrotada por el momento. Su desaprobación seguía flotando en el aire como una nube oscura, aunque al menos dejó de atacarte.

—Solo digo que esperaría un poco más de iniciativa por su parte —murmuró al fin, cruzándose de brazos.

Luego cambió de tema con habilidad, guiando la conversación hacia asuntos más ligeros, mientras Adriana respiraba hondo, todavía preocupada pero agradecida por el respiro.

***

La comida dio paso a la sobremesa, a las copas y a los puros que fumaba Ricardo. Con él encontrabas más temas de conversación que con la madre, y mientras jugabas con las niñas, Adriana mantenía a raya a Beatriz.

Así cayó la tarde, y la noche llegó estrellada, aunque opacada por las luces de la ciudad. Furtivamente os cruzasteis en el pasillo camino de vuestros cuartos y, tras comprobar que no había peligro, os disteis un abrazo cálido.

—Lo has hecho muy bien hoy, Lucas —te dijo ella, para insuflarte un ánimo que no tenías y que necesitabas.

—Qué bien sienta un abrazo tuyo cuando me siento tan perdido —admitiste—. Siento haber flaqueado con tu madre. Es demasiado dura para mí.

—No, tú eres fuerte, te lo he dicho cien veces. Mañana seguramente se marchen. ¡Aguanta!

—Ojalá. Me muero de ganas de poder estar contigo, abrazarte aunque sea un rato en tu cama.

—Tonto, si se van te daré un rato muy agradable en mi camita —te dijo para animarte, y te besó. Un beso que sabía a gloria, a maná caído del cielo tras un largo día en el desierto.

Os despedisteis en el pasillo, temiendo que sus padres salieran a por agua o Dios sabe qué y os descubrieran.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.