Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Su hijastra llegó a ayudarlo con la mudanza

Era un sábado plomizo de finales de diciembre, el invierno más áspero que se recordaba en la comarca. Afuera, la lluvia helada repiqueteaba contra los cristales como un puñado de alfileres y el viento se colaba silbando por las rendijas de la casa nueva. Esteban, de cincuenta y dos años, acababa de instalarse solo en el chalet de las afueras tras firmar por fin la separación. Las paredes recién pintadas todavía despedían ese olor punzante a esmalte, las baldosas del suelo le helaban las plantas de los pies y los ventanales grandes estaban empañados por el choque entre el frío de la calle y la calefacción que empezaba a rugir en la planta baja.

La estufa de leña crepitaba en un rincón del salón. Poco a poco iba ganando la batalla, llenando el aire de un calor seco y reconfortante que vencía al tufo a cartón húmedo y a disolvente. Esteban había pasado la mañana entera cargando cajas él solo, y la camiseta térmica gris se le pegaba ya a la espalda.

Cuando sonó el timbre, casi lo agradeció.

Daniela, su hijastra de veintiún años, apareció en el umbral envuelta en un abrigo negro de lana gruesa, una bufanda burdeos al cuello y unas botas altas que dejaron huellas húmedas en el recibidor. Detrás venía Noelia, una amiga a la que Esteban veía por primera vez: abrigo largo color arena, gorro de lana gris calado hasta las cejas y unos leggings oscuros que se marcaban bajo un jersey holgado. Las dos cargaban con dos cajas de pizza humeante y una bolsa cargada de cervezas.

—Hola, Esteban —dijo Daniela con voz suave, soltando el abrigo en el perchero de la entrada—. Vinimos a echarte una mano. Mamá me contó que estabas aquí solo con todo este lío… y no me parecía justo dejarte tirado en pleno invierno. ¿Cómo vas con las cajas?

Esteban dejó en el suelo una caja pesada y se limpió las manos en un trapo.

—Gracias, Daniela. De verdad que no hacía falta… pero pasad, que afuera está cayendo una helada de las buenas. Y tú debes de ser Noelia, ¿no? Encantado.

Noelia se quitó el gorro y sacudió la melena castaña, ondulada, que le caía hasta media espalda. Lo recorrió de arriba abajo con una curiosidad descarada: los hombros anchos, los antebrazos marcados, el pecho que se adivinaba bajo la térmica, la barba de tres días y unos ojos oscuros de calma firme.

—Así que tú eres el famoso padrastro… —dijo, alargando una sonrisa lenta—. Noelia. Daniela me ha hablado un montón de ti. No me había dicho que fueras tan… imponente. Ahora entiendo por qué me contabas tantas cosas, guapa.

Daniela se sonrojó y bajó la mirada.

—Noelia, por favor… que solo venimos a ayudar con la mudanza, ¿vale?

Empezaron a mover cajas de un cuarto a otro. Con el esfuerzo, el calor de la estufa subió rápido, y a los pocos minutos las tres respiraciones ya empañaban el aire. Daniela fue la primera en notarlo.

—Madre mía, qué bochorno empieza a hacer aquí dentro… —murmuró, quitándose el jersey de lana por la cabeza.

Quedó con una camiseta blanca de tirantes, fina. Por debajo se intuía un sujetador de encaje oscuro; el pecho, redondo y firme, se marcaba contra la tela, y los pezones empezaban a endurecerse con el contraste de frío y calor. Esteban apartó la vista a propósito y cargó la siguiente caja.

Noelia sonrió con malicia y se desabrochó el abrigo largo, dejándolo caer sobre un mueble.

—Pues yo también me estoy asando. Y mucho. —Se sacó el jersey holgado despacio, descubriendo un top negro ajustado de escote profundo. Tenía el pecho más voluminoso, pesado, con un canalillo pronunciado que ya brillaba de sudor—. ¿A que sí, Esteban?

Esteban levantó una caja de libros y, al hacerlo, los brazos se le tensaron de golpe. Noelia soltó un silbido bajo y dio un paso hacia él.

—Joder… mira esos brazos. Y ese pecho. Parece que nos podrías partir en dos a las dos, ¿no crees, Dani?

Daniela se mordió el labio inferior, pero no contestó. El ambiente se cargaba por segundos, espeso como el aire de la estufa. Esteban fingió concentrarse en la pila de cajas, aunque sentía las miradas recorriéndole la espalda como dedos.

***

Al final, harto del sudor que le empapaba la tela, se quitó la térmica de un tirón y la lanzó sobre una silla. Quedó desnudo de cintura para arriba: el torso ancho cubierto de vello oscuro, los pectorales tensos y brillantes, el vientre marcado por años de obra y gimnasio, los antebrazos surcados de venas bajo la luz tenue de la única lámpara que había montado.

Noelia se quedó muy quieta un instante, con los ojos abiertos de par en par.

—Ahora sí que lo veo claro. Daniela no exageraba ni un poquito.

Se acercó sin prisa y le rozó el brazo con las yemas de los dedos, como quien comprueba la dureza de una piedra.

—Solo estamos ayudando con la mudanza… pero con este calor, ¿no te sobra ropa, Esteban? —susurró, con la voz más grave y ronca—. ¿O prefieres que te llame de otra forma? Porque Daniela me ha contado que a ella le gusta llamarte de cierta manera cuando piensa en ti a solas…

Daniela dejó escapar un jadeo suave.

—Noelia…

Pero Noelia ya había deslizado la mano por el pecho sudoroso, siguiendo la línea de vello hasta el borde del pantalón de trabajo. Esteban se tensó entero. No la apartó.

—¿Te molesta que te toque un poco? —preguntó ella, con los ojos clavados en los suyos—. Solo para comprobar si estás tan duro como aparentas…

Esteban tragó saliva. El sonido fue audible en el silencio.

—Noelia… esto no…

Ella sonrió y rozó el bulto que ya crecía bajo la tela.

—Shhh… si solo nos estamos entrando en calor. Mira cómo se te pone. Dani, ven aquí. Ayúdame a quitarle el pantalón a tu padrastro.

Daniela se acercó temblando, las manos en la cintura de Esteban. Entre las dos bajaron la cremallera. La polla, gruesa y recorrida de venas, saltó libre, ya completamente dura y brillante en la punta.

Noelia la envolvió con la mano y empezó a masturbarla despacio, de arriba abajo.

—Qué rica… gruesa, dura… justo como me la habías descrito —murmuró mirando de reojo a su amiga.

Se arrodilló sobre las baldosas frías y pasó la lengua plana por la cabeza, lenta, recogiendo el sabor salado.

—Mmm… arrodíllate conmigo, Dani. Prueba.

Daniela se desabrochó el sujetador y lo dejó caer; el pecho quedó al aire, los pezones duros. Se arrodilló junto a su amiga y se llevó la polla a la boca, succionando con timidez al principio, casi con cuidado.

—Así… —susurró entre lametones, levantando un segundo la vista—. Siempre tuve curiosidad…

Noelia se unió: las dos lenguas cruzándose sobre el tronco, besándose a veces con la punta entre medio, la saliva goteando abundante por las bolas pesadas. Esteban hundió los dedos en el pelo de ambas, una en cada mano.

—Las dos a la vez… —gruñó, con la voz ronca—. Despacio… así… qué boca tenéis…

Las dos aceleraron el ritmo, turnándose para tragarla hasta el fondo de la garganta, las manos masajeando las bolas y el perineo. Esteban sentía el orgasmo trepar como una marea que no iba a poder contener mucho más. La respiración se le quebró.

—Joder… me corro… —jadeó—. No paréis… ninguna…

Noelia sacó la polla de la boca un instante y la masturbó rápido con la mano, mirando a Daniela.

—Ponte bien, anda. Lo recibimos las dos juntas. Abre la boca.

Las dos se colocaron de rodillas frente a él, las caras pegadas, las bocas abiertas, las lenguas fuera, el pecho temblando con cada respiración entrecortada. Esteban se masturbó con fuerza, la polla latiéndole en el puño.

—Ahí va…

Explotó con un gruñido hondo. Los primeros chorros, espesos y calientes, cayeron sobre la lengua de Daniela; el siguiente salpicó el pecho de Noelia; el último cruzó las dos caras de lado a lado, dejando un hilo blanco desde la mejilla de una hasta la barbilla de la otra. Siguieron varios más, hasta cubrirles los labios, la nariz y el pecho. El semen resbalaba por los pezones, mezclándose con el sudor.

***

Noelia y Daniela se miraron, sonrieron y se besaron hondo, compartiendo lo que les quedaba en la boca en un beso lento y baboso, las lenguas enredadas, los hilos blancos estirándose entre sus labios.

Esteban jadeaba todavía, la polla aún latiéndole en la mano, mirando cómo las dos se limpiaban la cara y el pecho la una a la otra, recogiendo cada gota con los dedos y chupándoselos después.

Daniela alzó la vista, el semen brillándole en los labios.

—Gracias por dejarnos ayudar con la mudanza.

Noelia se limpió una gota de la comisura con el dedo y se lo llevó a la boca.

—Y la próxima vez traemos más pizza… y a lo mejor alguna sorpresa. Esto solo fue el calentamiento.

Esteban las ayudó a levantarse y las atrajo contra el pecho sudoroso, una a cada lado, mientras la estufa seguía crepitando en el rincón.

—La casa nueva ya empieza a oler a hogar —dijo, y por primera vez en semanas, lo sintió de verdad.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.