Creían que su hermanito era gay
Carla y Mariela eran el orgullo y la desesperación de la casa. Carla, la mayor, era alta y de melena castaña que siempre olía a champú caro; tenía una sonrisa que podía ser dulce o filosa según el día. Mariela, la menor, era más curvilínea, de pelo con reflejos cobrizos y una energía que no la dejaba quieta ni un segundo. Compartían todo: la ropa, los secretos y una convicción absoluta sobre su hermano.
A Tomás, al que de chicas llamaban Tomi, lo tenían clasificado desde siempre. Callado, flaco, prefería la computadora y los libros antes que cualquier otra cosa. No le conocían novia, hablaba bajito y, según el diagnóstico infalible de sus hermanas, sus gestos eran «demasiado delicados». Para ellas la conclusión era clarísima y la repetían entre risas en la pieza de al lado.
—Tomi es puto —decían, como quien comenta el clima.
Esa certeza se volvió, sin que lo planearan del todo, la base de un juego peligroso. Como creían que a su hermano no le interesaba para nada su cuerpo, se fueron volviendo descuidadas. O, mejor dicho, deliberadamente provocadoras. Con los padres trabajando hasta tarde, la casa quedaba para ellas tres, y eso era todo el permiso que necesitaban.
***
Empezó sutil. Salían de la ducha y cruzaban el pasillo envueltas en toallas chicas que se ajustaban con torpeza fingida justo frente a la puerta entreabierta de la pieza de Tomás.
—¡Tomi, cerrá la puerta que pasamos! —gritaba Mariela, mientras la toalla se le resbalaba un poco más de la cuenta y dejaba ver la curva del culo o el nacimiento de una teta con el pezón todavía duro por el agua fría.
Él, desde el escritorio, murmuraba un «perdón» y clavaba la vista en la pantalla.
Después escalaron. Se cambiaban en el living con la excusa de que la pieza estaba hecha un desastre. Carla se paraba frente al espejo grande, en ropa interior de encaje, giraba sobre sí misma y le preguntaba a su hermano, que intentaba mirar la tele.
—¿Este conjunto me hace gorda, Tomi?
Él negaba rápido con la cabeza, la mirada fija en la pantalla, pero las orejas coloradas como tomate. Ellas lo atribuían a la vergüenza de siempre.
El salto grande llegó con la ropa interior. Mariela, después de un día de calor, en vez de tirarla al cesto, dejó caer una bombacha usada «sin querer» sobre el brazo del sillón donde estaba sentado Tomás. La tela todavía tenía la marca húmeda del entrepierna, y el olor a chica sudada le llegó directo a la nariz.
—Uy, perdón, Tomi —dijo sin un gramo de arrepentimiento, recogiéndola despacio y rozándole el antebrazo con los dedos.
Él se puso tieso como un palo. A partir de ahí se volvió costumbre. Le dejaban prendas en la cama, en el respaldo de la silla, una vez hasta dentro de la taza vacía que tenía en el escritorio.
—Para que laves tu plato, vago —le dijo Carla con una risita.
Esperaban asco, incomodidad total. Pero Tomás solo callaba, la cara seria, y se deshacía de la prenda sin decir una palabra. Lo que ellas no sabían era que, apenas cerraba la puerta, se llevaba esas bombachas a la cara, respiraba hondo el aroma del coño de sus hermanas y se hacía la paja hasta correrse a chorros contra el vientre, imaginando cómo se las cogía a las dos.
***
Con el tiempo dejaron de conformarse con provocarlo de lejos. Lo trataban ya abiertamente como un muñeco sin deseos propios, alguien al que podían usar de utilería sin ninguna consecuencia. Y eso las fue volviendo más crueles.
Todo empezó en el sofá. Mariela, con shorts cortísimos, se tiraba encima de él simulando una pelea de chicos. Su cuerpo sudoroso se aplastaba contra el de Tomás, las risas agudas, las manos buscando hacerle cosquillas. Pero pronto dejó de fingir y se sentó directamente sobre su regazo, restregándose con la excusa de que él «ni se enteraba». La raja del culo, apenas cubierta por el short, se le clavaba justo encima de la bragueta.
—Mirá, Tomi, ni te inmutás —decía, moviéndose en círculos lentos—. Sos un tronco. ¿Te gusta el perfume de tu hermanita o no te dice nada, putito? ¿No te gusta cómo huele el conchi de tu hermana cuando transpira?
Él quedaba inmóvil, pero los puños se le cerraban sobre el borde del sillón hasta que los nudillos se le ponían blancos. Bajo el pantalón, la verga se le hinchaba dolorosamente contra el cierre, y Mariela, aunque no lo aceptara ni frente al espejo, sentía ese bulto duro subiéndole por la raja y se seguía moviendo un poquito más.
Carla no se quedaba atrás. Pasaba por detrás de la silla del escritorio, se inclinaba y le masajeaba los hombros con fuerza, dejando que sus tetas sueltas bajo la remera holgada se le restregaran contra la nuca. Los pezones, endurecidos por el roce, le marcaban dos puntos claros a través del algodón, y se los dejaba caer justo al lado de la oreja para que él los sintiera bien.
—Qué cuellito tan tenso tenés, Tomi. Si fueras un hombre de verdad ya te habrías dado vuelta a mirarme las lolas. Pero como sos como sos, esto ni te calienta, ¿no?
Otra tarde, Carla se subió descalza al brazo del sillón y le apoyó un pie en el regazo, jugando.
—Masajeámelo, hermanito. Que estuve todo el día en sandalias.
Él obedecía en silencio, los dedos firmes sobre el empeine de su hermana, la mandíbula apretada. Mariela, sentada encima, soltaba carcajadas.
—Mirá cómo lo tenemos, Carla. Nuestro Tomi es el mejor mueble de la casa. Seguro que ni nos registra.
Los detalles que ellas ignoraban seguían ahí, más intensos cada día: el puño cerrado, la respiración contenida, el brillo oscuro en sus ojos cuando creía que nadie lo miraba, fijo en la curva de una cadera o en la boca burlona de Carla. Ya no era deseo reprimido nada más. Era una furia paciente, una presión que crecía bajo la humillación constante. Una bomba a la que sus hermanas le seguían acercando la mecha, convencidas de que jamás iba a explotar.
***
Llegó un sábado agobiante. Los padres se fueron a una reunión familiar lejos y no volvían hasta la madrugada. Carla y Mariela decidieron refrescarse en la pileta del patio. Tomás se quedó en su pieza, como siempre. Ellas, creyéndose dueñas absolutas de la casa y de la «verdad» sobre él, subieron la apuesta. Entraron chorreando, sin secarse, en bikinis mínimos, las gotas corriéndoles por la piel, las telas pegadas al cuerpo marcando los pezones y la línea del sexo.
—¡Tomi! ¿No tenés calor? ¡Salí de esa cueva! —gritó Mariela, empujando la puerta.
Él estaba sentado en la cama con un libro, la postura rígida, una almohada sobre el regazo.
—Estoy bien —dijo, con la voz más grave de lo normal.
—Mirá cómo transpira —Mariela se acercó sin pudor, se sentó al borde y le puso la mano en la frente—. Estás ardiendo, Tomi.
Su pecho, apenas tapado por el triángulo del bikini, quedó a centímetros de la cara de él. Carla entró detrás.
—Sí, che, siempre encerrado. Parecés vampiro.
Tomás no contestó. Solo miraba fijo, la mandíbula apretada, respirando por la nariz. Mariela, jugando, le pasó la mano por el pelo.
—Pobre nuestro hermanito, acalorado por el verano.
Entonces Carla cometió el error fatal. Siguiendo el juego de tocar y provocar, deslizó la mano del cuello al pecho «para chequearle los latidos». Y al hacerlo, con el antebrazo corrió la almohada.
Lo que quedó a la vista no dejó dudas. El short estaba tensado de una manera imposible de ignorar, marcando con claridad el tamaño y la dureza de una verga que no tenía nada de delicada. Se le veía hasta la cabeza hinchada empujando la tela, y una mancha oscura de líquido preseminal en la punta.
El silencio se volvió espeso, eléctrico. La sonrisa burlona de Mariela se congeló. La mano de Carla quedó en el aire. Tomás levantó la mirada despacio. Ya no había timidez. Sus ojos oscuros, cargados de una intensidad que ellas nunca le habían visto, las recorrieron de arriba abajo, casi desnudas, mojadas y de pronto vulnerables.
—¿Puto, dijeron? —preguntó, con una voz baja y áspera que les erizó la piel—. ¿Les parece que esta pija es de un puto?
Ninguna pudo hablar. El juego había terminado. De golpe entendieron que no habían estado provocando a un hermano inofensivo. Habían estado semanas prendiéndole la mecha a una bomba.
***
Tomás no esperó. Con una velocidad que las sorprendió, le agarró la muñeca a Carla, que todavía flotaba cerca de su pecho. La fuerza la hizo jadear.
—Tanto que les gusta tocar —dijo, tirando de ella—. Tanto que les gusta mostrar el culo y las tetas por toda la casa.
Carla cayó sentada a su lado y sintió la dureza presionándole la cadera a través de la tela. Un escalofrío de miedo y de algo mucho menos decente le recorrió la espalda. La verga de su hermano era enorme, mucho más grande y gruesa de lo que jamás habría imaginado, y le latía contra la piel como un animal encerrado.
Mariela intentó retroceder, pero él estiró el otro brazo y la agarró de la cintura.
—¿Adónde vas? Si vos eras la que más jugaba. La que se sentaba encima creyendo que no la sentía cuando lo que hacía era refregarme el orto en la pija.
—Nos equivocamos, Tomi… —balbuceó Carla.
—Claro que se equivocaron —cortó él. Soltó la muñeca y le apoyó la mano en el muslo desnudo, subiendo despacio hacia el borde del bikini—. Pero ahora lo van a corregir. Las dos.
—¡Pará! ¡Somos tus hermanas! —saltó Mariela.
Tomás la miró con una calma fría.
—¿Y eso les importaba cuando se me restregaban encima? No. Porque para ustedes yo no contaba como hombre. Era un mueble. Bueno, ahora el mueble les va a demostrar lo contrario, y las va a coger a las dos hasta que no puedan caminar.
La mano que acariciaba el muslo de Carla se metió bajo la tela del bikini. Los dedos de Tomás encontraron el coño de su hermana mayor empapado, chorreando, con los pelitos húmedos pegados a la piel. Ella ahogó un grito que terminó convertido en gemido cuando él le abrió los labios con dos dedos y le pasó el pulgar por el clítoris inflamado. La humillación de semanas, la tensión acumulada, la habían dejado así sin que ella misma lo entendiera del todo.
—Mirá esto —dijo Tomás, mirando a Mariela mientras sus dedos jugaban entre los pliegues de su hermana mayor y se los enterraba uno, dos, tres, hasta los nudillos—. Tanto burlarse y la puta está más mojada que la pileta. Escuchá cómo suena.
El chapoteo de sus dedos entrando y saliendo del coño de Carla llenó la pieza. Ella gimió, avergonzada, pero las caderas se le movieron solas buscando esos dedos, coreografiando el vaivén, empalándose con el ritmo que su hermano le imponía. Mariela lo miraba con los labios entreabiertos y algo se le encendió en la boca del estómago, prohibido y eléctrico. Sin darse cuenta, ella también apretó los muslos.
—Vos, Mariela —ordenó él, sin dejar de garcharla con los dedos—. Cerrá la puerta con llave. Y volvé acá.
Hipnotizada, ella obedeció. Cuando volvió, Tomás le señaló el bikini con la barbilla.
—Sacátelo. Todo. Quiero verte en pelotas.
Con las manos temblorosas, Mariela deshizo los nudos. El top cayó y le quedaron las tetas al aire, redondas, con los pezones marrones parados como piedras. Después la bombachita del bikini, que le resbaló por las caderas y dejó a la vista un coño depilado prolijamente, con una franjita de vello en el pubis y los labios ya hinchados y brillantes.
—Bien —aprobó él—. Ahora arrodillate. Y mostrame la lengua.
Mientras seguía metiéndole los dedos a Carla, que ya empujaba las caderas contra su mano y jadeaba abierta de piernas sobre la cama, Mariela se arrodilló entre las piernas de su hermano. Tomás se bajó el short de una y la verga saltó afuera, gruesa, dura, con las venas marcadas y la cabeza morada de tanto aguantar. Un hilo de líquido preseminal le colgaba de la punta. El último resto de la teoría de sus hermanas se hizo pedazos ahí mismo.
—Chupámela —le ordenó—. Hasta la base. Y si te ahogás, aguantás.
Sin que se lo dijera dos veces, Mariela bajó la cabeza, sacó la lengua y le lamió toda la vara desde los huevos hasta la punta, recogiendo el hilo pegajoso. Después se la metió en la boca y empezó a chuparla, primero con miedo y después con hambre, ayudándose con las dos manos, agarrándose el pelo hacia atrás para que él pudiera ver cómo su hermanita se le tragaba la pija. Tomás soltó un gruñido grave, satisfecho, y le clavó una mano en la nuca para hundírsela más profundo.
—Así, puta. Bastante distinto a lo que se imaginaban, ¿no? Chupala bien, que este tronco es tuyo desde hoy.
Carla llegó al orgasmo bajo sus dedos. Un clímax violento la sacudió: las paredes de su coño se cerraron sobre la mano de su hermano, el cuerpo se le arqueó contra el colchón, y una descarga de flujo caliente le empapó la muñeca y le corrió por el antebrazo. Gritó sin importarle nada, mordiéndose el labio hasta hacerse doler, mientras Mariela seguía mamándola de rodillas con los ojos aguados y un hilo de baba colgándole del mentón.
***
Lo que siguió esa tarde no se pareció a nada de lo que ellas habían imaginado. Tomás las usó por turnos y juntas, cambiando posiciones y roles, dirigiéndolo todo con una seguridad que no le conocían.
Después de correrse Carla, la agarró del pelo y la puso al lado de Mariela, las dos arrodilladas frente a él sobre la alfombra.
—Ahora las dos. Turnándose. Y la que no chupe, me lame los huevos.
Las hermanas se miraron un segundo, coloradas, y obedecieron. Mariela le siguió mamando la punta mientras Carla le pasaba la lengua por el saco, chupándole uno y después el otro. Tomás las miraba desde arriba, con una calma de dueño, guiándoles la cabeza con las dos manos, alternando la verga de una boca a la otra.
—Miren cómo se turnan las hermanitas para chupar la pija del puto. ¿Se dan cuenta lo bien que se les da?
Después las hizo pararse. A Carla la dobló sobre el escritorio, boca abajo, con el culo levantado. Le arrancó de un tirón la bombacha del bikini y se la tiró a Mariela.
—Olela. Y no la sueltes.
Mariela hundió la nariz en la tela empapada del coño de su hermana mientras Tomás se acomodaba detrás de Carla, le abría los cachetes con las dos manos y le apoyaba la cabeza de la verga entre los labios chorreantes. La penetró de una sola embestida, hasta el fondo, y Carla soltó un aullido que rebotó en las paredes.
—¡Ay, Tomi, la puta madre! ¡Me la partís!
—Aguantá, guacha, que recién empezamos.
Empezó a cogerla con embestidas largas y profundas, agarrándola de la cintura, haciéndola golpear el escritorio con cada envión. El culo de Carla se sacudía contra su pelvis con un sonido húmedo y pesado, plaf, plaf, plaf, y los papeles del escritorio salían volando. Le agarró el pelo de la nuca y le tiró hacia atrás para arquearle la espalda, y así la clavó más hondo todavía. Mariela, con la bombacha pegada a la cara, se metió una mano entre las piernas y se empezó a tocar sin poder aguantarse, mirando cómo su hermano le hacía pedazos el coño a su hermana.
—Vos, Mariela —dijo él sin dejar de moverse—, subite al escritorio. Abrí las piernas y ponele el coño en la boca a tu hermana.
Mariela se trepó, se sentó sobre los papeles y separó los muslos justo frente a la cara de Carla. Tomás le agarró la cabeza a la mayor y se la empujó contra el sexo de su hermana.
—Comela. Comé el coño de tu hermanita como te lo comés vos misma cuando pensás en mí.
Carla, con la verga de Tomás martillándole el coño desde atrás, sacó la lengua y empezó a chuparle a Mariela, que enseguida se retorció y empezó a gemir agarrándose de los pelos de su hermana. La imagen era brutal: las dos hermanas conectadas por la boca, y él atrás, cogiéndose a una mientras hacía que se comieran entre ellas.
—Así, putitas. Las quiero ver bien pegadas. Bien hermanas.
Cambió de agujero sin avisar. Sacó la verga chorreando de Carla y se la metió a Mariela en la boca, para que se probara el sabor del coño de su hermana. Mariela chupó desesperada, y él aprovechó para tirarse a Carla sobre la cama, ponerla boca arriba y levantarle las piernas hasta los hombros. Volvió a clavársela, esta vez cara a cara, mirándola a los ojos mientras le partía el coño.
—Decime que soy el hombre de la casa. Decime que sos la puta de tu hermano.
—Sí, Tomi, sí… sos el hombre… soy tu puta, la puta de mi hermano… seguí, no pares, cogeme más fuerte —jadeaba Carla, las tetas rebotando con cada envión, las uñas clavadas en la espalda de él.
Mientras cogía a Carla, hizo señas a Mariela para que se sentara sobre la cara de la mayor. Las dos hermanas quedaron así, apiladas: Carla debajo, cogida y comiendo coño; Mariela arriba, montada en la boca de Carla y besándose con Tomás por encima. Los tres cuerpos se movían al mismo ritmo, sudorosos, la pieza cargada de olor a sexo, a coño, a corridas.
Después de un rato, Tomás sacó la pija empapada de Carla, se paró en la cama y se agarró él mismo mientras las dos hermanas volvían a arrodillarse frente a él, esta vez pegadas por las mejillas, mirando hacia arriba con la boca abierta y la lengua afuera, como habían visto que se hacía. Él se corrió con un rugido grave, chorros largos y espesos de semen que cayeron sobre las dos caras, en la frente de Mariela, en la boca de Carla, en las tetas, colgando en hilos entre sus labios.
—Trágenlo. Todo. Y después se lo pasan de boca a boca. Quiero ver.
Carla y Mariela, sin dudar, juntaron las lenguas y se pasaron la corrida de una boca a la otra, en un beso profundo, sucio, mientras Tomás las miraba desde arriba con la pija todavía dura goteándoles semen encima.
La tarde se hizo noche. Cuando Tomás cayó por fin en la cama, agotado, sus hermanas quedaron a su lado, los cuerpos brillantes de sudor, el aire cargado del olor del sexo y de algo que ninguna de las tres iba a poder nombrar en voz alta nunca. Tenían las tetas y los cachetes marcados con manchas de semen ya seco, los coños hinchados y rojos, las gargantas ronchas de tanto chupar y gemir.
—¿Todavía piensan que soy puto? —preguntó él, una mano apoyada en el vientre de cada una, los dedos jugando distraídos con los pelitos del pubis.
Negaron con la cabeza, sin fuerzas. En sus ojos ya no había burla. Había respeto, un poco de miedo y una atracción peligrosa por el poder que su hermano acababa de mostrar.
—Bueno —dijo Tomás, cerrando los ojos—. A partir de ahora, cuando se muestren, cuando me toquen, cuando abran las piernas, va a ser porque yo lo digo. ¿Entendido?
Un «sí» susurrado, doble, fue toda la respuesta.
***
La semana siguiente fue un torbellino de secretos. Al principio aturdidas, Carla y Mariela descubrieron rápido que lo prohibido calentaba más que cualquier culpa. Con los padres siempre ausentes, la casa se volvió el escenario de una rutina nueva.
Tomás ya no se escondía. Daba órdenes con una calma que las hacía temblar. La primera regla era vestirse como él quería cuando estaban solos los tres: en tanga y sin corpiño, o directamente en bolas, dependiendo del humor. Al principio protestaban con risitas nerviosas, pero una mirada oscura las callaba y obedecían.
Una tarde las llamó al living y las hizo arrodillarse frente al sillón, en cuatro patas, culo en alto y cara contra el piso. Se sentó, se abrió el pantalón y sacó la pija que ya tenía dura de solo verlas humilladas.
—Vengan. Las dos. A trabajarme la pija.
Carla y Mariela se acercaron gateando, apuradas, peleándose sin pelearse por llegar primero. Se turnaban con la boca y las manos: mientras una lo tenía adentro hasta el fondo de la garganta, la otra le lamía los huevos o le chupaba el perineo. Después cambiaban sin que se lo dijera, ya coordinadas, como si hubieran hecho esto siempre.
—¿Quién manda acá? —preguntaba él, agarrándolas del pelo por turnos y hundiéndoselas hasta que se atragantaban y se les llenaban los ojos de lágrimas.
—Vos, Tomás —respondían en coro, con la voz ronca, la baba colgando, la corrida chorreándoles ya por el mentón.
—¿Y qué son ustedes?
—Tus putas. Las putas de nuestro hermano.
—Más fuerte.
—¡Las putas de nuestro hermano! —gritaron las dos, y él se corrió sobre las dos caras al mismo tiempo, marcándolas otra vez.
La humillación verbal las ponía tan al límite como el sexo mismo. Les gustaba que las pusiera en su lugar, que las obligara a admitir en voz alta lo lejos que habían llegado por haberse calentado con su propio hermano. Después las hacía chuparse entre ellas, o coger a una mientras la otra miraba y se tocaba, o cogerse a las dos seguidas sin sacar, pasando la pija de un coño al otro hasta que las tres se derrumbaban en la alfombra, hechas mierda y felices.
***
La vida doble empezó al día siguiente, en la cena familiar. Carla y Mariela sentadas frente a frente, una normalidad estudiada. Los padres hablaban del trabajo, de las cuentas. Tomás comía callado. Pero bajo la mesa deslizó un pie, primero al muslo de una, después al de la otra, acariciándolas por encima del pantalón hasta encontrarles el pubis y presionar ahí, con firmeza. Las dos se tensaron, cruzaron una mirada rápida de complicidad y bajaron la vista para esconder la sonrisa, sintiendo cómo se les humedecía la bombacha ahí mismo, en la mesa, delante de los padres.
Afuera todo seguía igual: tres hermanos comunes, una familia más. Adentro, detrás de la puerta cerrada, un secreto que ninguno de los tres pensaba abandonar. El que durante años habían tratado como un mueble se había convertido en el centro de todo, y la mecha que ellas mismas habían encendido ya no se iba a apagar.