La nevada que nos dejó solos a mi prima y a mí
De crío, cada vez que llegaban las vacaciones, mis padres me arrastraban hasta un pueblo perdido al norte de Soria. La casona de mis abuelos se convertía en una especie de albergue familiar: tíos, primos, sobrinos, todos amontonados durante quince días.
En verano, en Navidad o en Semana Santa, llegábamos a juntarnos hasta dieciséis personas. Entre ellas estaba Marta, mi prima.
Marta acababa de cumplir los diecinueve. Era bajita, espigada, sin curvas notables. No era guapa de cartel, pero tampoco fea: una melena castaña por los hombros, labios carnosos, los ojos muy oscuros y unas cejas espesas que nunca quiso depilar. Yo le sacaba año y medio, era moreno, con algo de gimnasio encima, y compartíamos las mismas cejas heredadas del lado paterno.
La casa era enorme y vieja, con siete habitaciones repartidas en dos plantas. El salón ocupaba media planta baja y la cocina y el baño quedaban en una construcción anexa, al otro lado del patio. En invierno había que cruzar el patio con la bata puesta para lavarse los dientes.
Marta y yo nunca habíamos tenido conversación. Cordialidad y poco más. Ella iba con tres o cuatro amigas a las que el pueblo entero consideraba raras; yo me juntaba con la cuadrilla grande, mixta, de los que íbamos a las fiestas hasta el amanecer. Nuestros mundos no se rozaban.
Hasta esa Navidad.
Pasado año nuevo, el pueblo se vaciaba. Yo solía volver con mis padres a Bilbao en cuanto terminaban las uvas, pero esa vez decidí quedarme hasta el día de Reyes. Marta vivía en Soria capital con sus padres y, como siempre, había venido a cuidar a los abuelos durante las fiestas.
El tres de enero, una hermana de mi abuela se puso mala en Burgos y la ingresaron de urgencia. Toda la familia salió pitando hacia el hospital. Marta y yo nos quedamos en la casa, sin discutirlo demasiado: para qué meternos seis horas en coche si en un par de días la sacaban del hospital.
Lo que no contábamos era con la nevada. Esa misma noche se desató una tormenta que cerró las carreteras de la sierra durante tres días. Mi prima y yo nos vimos solos en un caserón de catorce plazas, con un brasero, dos mantas eléctricas y un frío de los que pelan.
El primer día apenas hablamos. Cada uno fue a lo suyo. Al caer la noche, el termómetro de la entrada marcaba ocho bajo cero.
—Marta, ¿en qué habitación duermes? Te enchufo una manta eléctrica —le pregunté intentando ser amable.
—En la cama de mis padres, que es más grande —respondió sin levantar los ojos de la televisión, tapada hasta el cuello con una mesa camilla y el brasero a tope.
—¿Te las pongo yo?
—Ya subo yo, Hugo, déjalo.
—Vale.
Dejé las mantas a su lado y subí a mi cuarto. Era el más pequeño de la casa: dos camas individuales separadas por una mesilla de noche, sin sitio ni para un armario. Enchufé las dos mantas, dejé que calentaran y bajé de nuevo al salón.
—Joder, qué frío, Hugo —dijo cuando me senté en el sofá—. ¿Qué estás viendo?
—Una de Di Caprio.
—¿Está bien?
—Sí.
—Pues me la veo contigo.
No volvimos a abrir la boca hasta que salieron los créditos. Hora y media en silencio, con el brasero quemándonos los pies y el reloj de pared marcando un tictac que parecía el único habitante de la casa.
—No ha estado mal —dije estirándome—. Me subo a dormir.
—¡Mierda! —Marta se llevó la mano a la frente—. No he enchufado las mantas de mi habitación.
—Vente al cuarto pequeño. Juntamos las camas y compartimos. Es lo que hay.
—Gracias —dijo aliviada—. Ufff, menos mal.
***
Apagamos el brasero, subimos en silencio. Apartamos la mesilla y empujamos las dos camas hasta que quedaron pegadas. Cruzamos las mantas eléctricas a lo ancho, en lugar de a lo largo, para que cubrieran las dos.
Yo me metí en la cama pegada a la pared. Ella entró en la suya con bata y todo. El aliento se hacía vaho en el aire de la habitación.
—Voy a por más mantas y por el brasero de abajo —le dije saltando al suelo—. Así no hay quien duerma.
—¡Sí, por favor!
Extendí tres mantas más sobre las camas y prendí el brasero eléctrico en el suelo, entre las dos. La habitación tardó cinco minutos en convertirse en un horno.
—¿Mejor? —pregunté.
—Mucho mejor, Hugo. Menos mal.
—Cuando entres en calor avísame y lo apago, no vayamos a freírnos vivos.
—Vale.
Estuvimos unos minutos sin decir nada. Yo notaba el calor subiendo en oleadas y el techo de vigas de madera oscuro ahí arriba, como un cielo bajo.
—Hugo, ya puedes apagar el brasero. Tengo hasta calor, me voy a quitar la bata.
Salté al suelo, lo apagué y volví a meterme bajo las mantas. Aunque las camas estaban pegadas, cada una conservaba su sábana, su edredón y su manta de toda la vida. Por encima, las dos mantas eléctricas nos abrazaban a los dos.
—¿Tienes sueño? —pregunté por matar el silencio.
—No. ¿Y tú?
—Ni pizca. ¿Qué tal por Soria?
—Bien. ¿Y tú por Bilbao? ¿Sigues con Carolina?
—Qué va. Me dejó después del verano. Desde entonces solterón, que es como mejor se está. ¿Y tú? ¿Te has echado novio?
—¿Novio? —se rio bajito—. No sé ni lo que es eso, Hugo. Nunca he tenido. Bueno, creo que ya lo sabes.
—Eso es por ir con esas raras —dije con burla.
—Pues no creo. Dos de ellas tienen novio.
—¡Y una mierda! ¿Quiénes?
—Elena y Bárbara.
—No me lo creo. En mi vida hubiera pensado que esas dos hayan follado.
—Follar no sé. Tienen novio, sin más —dijo bajando la voz.
—Con dieciocho años se folla, Marta, no me jodas.
—Pues que yo sepa, no. O no me lo han contado.
—¿Y tú? —pregunté, y noté un pinchazo en el estómago al hacerlo.
—Yo tampoco —respondió sin inmutarse.
—¿En serio?
—No, ¿qué pasa? —contestó con un toque de ofensa.
—Nada, nada. Por curiosidad.
—Buenas noches, Hugo.
Se giró hacia el otro lado de la cama, dándome la espalda. Mis preguntas habían cerrado la conversación de un portazo. Me quedé mirando al techo, escuchando el viento empujar las contraventanas.
***
Marta se durmió enseguida. Yo no. Se movía como una lagartija de un lado a otro de su cama, y en uno de esos giros levantó las sábanas que nos separaban por la juntura central. Una de sus piernas, debajo del pijama, cruzó al territorio de la mía.
Mi cabeza, calenturienta por la conversación de antes, decidió acercar la suya. Apenas un roce. Ella no la retiró. Cerré los ojos y dejé que la imaginación se desbocara: por primera vez en mi vida pensé en mi prima como mujer. Ni siquiera me parecía guapa, joder, era mi prima. Pero el calor de su piel a través del pijama y la respiración acompasada al otro lado de la almohada me pusieron duro como una piedra.
No deberías estar pensando esto. Es tu prima. Para.
No paré. Fingí respirar dormido durante minutos eternos. Marta giró otra vez y su cara quedó a un palmo de la mía. Su aliento olía a pasta de dientes. Uno de sus brazos invadió mi mitad de la cama. Pasaron por mi cabeza ideas que jamás había tenido y que, en aquel momento, me parecían un juego sin consecuencias. En el siguiente giro, ella volvió a su lado y desapareció bajo el edredón. Tardé otra media hora en dormirme.
***
Al día siguiente Marta ya no estaba en la cama cuando abrí los ojos. Bajé a desayunar. Nos saludamos como si nada y el día transcurrió en una calma rara. Comimos juntos sin mencionar nada. Ella se pasó la tarde leyendo en el salón; yo en el ordenador, fingiendo trabajar.
Al caer la noche sí se acordó de enchufar las mantas eléctricas de la habitación de sus padres. Cenamos, vimos otra película y subimos cada uno a su cuarto. Pero diez minutos después llamó a mi puerta.
—¿Sí?
—Hugo, ¿puedo pasar?
—Pasa, dime.
—Las mantas no calientan. No sé qué les he hecho.
—Espera, voy —dije saltando de la cama y poniéndome la bata.
El problema saltó a la vista en cuanto entré: el ladrón del enchufe no estaba conectado a la pared.
—Marta, no las has enchufado, mira.
—¡No me jodas! —se llevó las manos a la cara—. ¿Ahora qué hago? Las sábanas están congeladas.
—Vente al cuarto pequeño, como ayer.
—Vale.
Volvimos a juntar las camas, trajimos un par de mantas más. Yo me metí en mi cama; ella, con el pijama gordo y la bata, se metió en la suya. Cruzamos las mantas eléctricas.
—¿Mejor?
—Qué va, Hugo, estoy helada.
—Mira —le hice un hueco a mi lado—, métete aquí conmigo hasta que entres en calor. Después te pasas a tu cama.
Sin decir palabra, se metió. Llevaba el pijama de invierno y la bata; un blindaje completo. Nuestros cuerpos no se tocaban, pero notaba su peso en el colchón y el calor que iba subiendo entre los dos.
—Perdón por lo de anoche —dijo después de un silencio—. Sentí que te reías de mí.
—No, qué va. Fui un bruto. Perdóname tú a mí. Los chicos tenemos el tacto en el culo, ya lo sabes. Y oye, tampoco te pierdes nada, está muy sobrevalorado.
—Pues tengo curiosidad.
Sentí cómo se me secaba la boca. Las palabras quedaron colgando en la oscuridad. No supe qué responder durante un par de segundos.
—¿Curiosidad de qué? ¿De besar? ¿De follar?
—De todo. ¿Duele?
—A los hombres, no. A las mujeres, depende —respondí, y al hacerlo noté la sangre acumulándose donde no debía—. Dicen que depende también del agujero.
—En las películas se ven aparatos enormes. Asusta.
—¿Qué películas?
—Esas. En el canal Calatayud, sobre la una de la madrugada, ponen porno. Alguna vez he caído pasando canales.
—¿Tú? ¿Viendo porno? —pregunté incrédulo.
—Sí. Sin más. A veces me da asco, otras me gusta. Es raro.
Yo estaba flipando. La Marta que había conocido toda la vida y la que estaba en mi cama no parecían la misma persona. Y, entre una cosa y otra, debajo del pijama estaba durísimo. Su cuerpo a cinco centímetros del mío. El olor de su pelo en la almohada.
—¿Y nunca has hecho nada con un chico?
—Solo besos. Cuatro besos.
—¿Solo? No será por falta de pretendientes.
—Hace más de un año me lié con un chaval de mi instituto, Adrián, y al lunes siguiente fue contándole a todo el mundo que besaba mal. No he querido volver a besar a nadie.
—Yo te puedo enseñar —dije, y me arrepentí en el mismo instante de decirlo.
—¿A besar? ¿Qué dices, Hugo? Se te ha ido la olla.
—Tranquila. Confía en mí —contesté con un hilo de voz, y giré la cabeza hasta que la mía quedó cerca de la suya.
—Hugo, en serio, ¿qué haces? Somos primos.
—Es un beso. Solo un beso. No pasa nada.
Me lancé a su boca guiado por su aliento. Nuestros labios chocaron torpemente. Ninguno de los dos abrió la boca. Me separé un instante y volví a buscarla. Esta vez presioné con la lengua hasta que la suya cedió. Marta no sabía qué hacer: sacaba y metía la lengua sin ritmo, y cuando encontraba la mía dibujaba círculos. Con la mano izquierda le acariciaba la mejilla para tranquilizarla. Nuestros cuerpos seguían a un palmo el uno del otro. Aguanté veinte segundos y me retiré.
—¿Te ha gustado?
—Sí. ¿Y yo qué tal lo he hecho?
—Bien, pero te falta práctica. Hay que ensayar más.
Volví a lanzarme. Esta vez sus manos buscaron mi brazo y mi nuca. Las bocas encajaron mejor, las lenguas dejaron de hacer círculos y se acompañaron. La saliva se mezcló. Cuando me separé, Marta tenía la respiración entrecortada.
—Me ha encantado —susurró—. ¿He mejorado?
—Mucho.
Me volví boca arriba. El corazón me iba a estallar. Sentí valor y miedo a partes iguales.
—¿Quieres seguir aprendiendo?
—¿A qué te refieres?
—Cierra los ojos. Confía en mí.
—Hugo, ¿qué vas a hacer?
Antes de que terminara la frase, me incliné y deslicé la mano dentro de su bata. Encontré su pecho derecho. Marta tenía el pecho pequeño, lo sabía de las camisetas del verano, pero el pezón estaba duro como un guijarro y se hinchó más al primer roce. Pasé al otro, repetí el masaje y noté la misma respuesta. Su respiración se había vuelto un susurro irregular.
Le levanté la camiseta del pijama y metí la mano por debajo. La piel ardía. Acaricié las dos tetas pequeñas, suaves, los pezones gordos y endurecidos. Volví a besarla, esta vez con menos miedo. Marta me agarró la nuca y me apretó contra ella; lo entendí como una invitación. Cuando me apartó la mano, paré.
—Es demasiado —dijo con la voz temblando.
—¿Es la primera vez que te tocan así?
—Sí. Me ha gustado mucho.
—Marta, ¿alguna vez has tocado tú algo a un chico?
—¿Te refieres a una polla?
—Eso, o el culo, el pecho, lo que sea.
—Nunca —respondió, y resopló.
—Te dejo tocar lo que quieras. Yo he tocado, ahora te toca a ti. Es lo justo.
Marta se incorporó un poco. Su mano derecha empezó por mi pecho, bajó por los abdominales, subió hasta el cuello y volvió a bajar. A veces apenas rozaba, a veces apretaba. Le cogí la muñeca y se la guie hasta el pantalón del pijama. Al primer contacto la apartó como si le hubiera quemado. Volví a llevarla. Esta vez se quedó.
—¿La puedes mover? —preguntó al notar que se me marcaba debajo de la tela.
—Si la tocas, más.
Empezó tímidamente, por encima del pijama. Fue ganando confianza. Apretaba con dos dedos, después con toda la mano. Notaba cómo crecía aún más bajo su palma y cómo el preseminal humedecía la tela. Estaba en una nube absurda, irreal, hecha de calor, de oscuridad y de algo que no debíamos estar haciendo.
—¿Te gusta que te toque así? —preguntó.
—Mucho. Espera, ven —le aparté la mano—. Túmbate boca arriba.
Obedeció. Me puse encima de ella y volví a besarla con más hambre. Le mordí el labio inferior. Notaba la saliva alrededor de las bocas. Su mente no daba abasto para procesar todo lo que estaba pasando a la vez. Aproveché para bajar la mano por el abdomen y meterla por dentro del pantalón del pijama. Gimió.
Subí la presión de los besos para tapar la suya, no fuera a despertar el silencio del pueblo. Mis dedos encontraron el vello, el calor, la humedad de su sexo. Estaba empapada. La toqué por encima, sin entrar, dibujando círculos. Marta dejó de gemir para empezar a temblar. Su mano izquierda buscó la mía por debajo del pantalón del pijama y volvió a aferrarse, esta vez sin ropa por medio. Me la movía a tirones torpes, sin ritmo, pero suficiente.
Estuvimos así varios minutos. Después se quedó quieta y me apartó la cara.
—Hugo, no sé qué estamos haciendo.
—Nada. Estás conociendo tu cuerpo, eso es todo.
—Me está encantando.
—¿Quieres dar un paso más? —pregunté.
—¿A qué te refieres? ¿A follar?
—No. A probarnos. A vernos.
—No sé, Hugo. Me encantaría, pero me da miedo.
—Empiezo yo. Si te incomoda, paro.
—Vale… ¿me desnudo?
—Los dos.
Nos quitamos la ropa torpemente y la fuimos amontonando sobre el edredón. Desnudos bajo cuatro mantas, en aquella habitación helada, empezamos a explorarnos. Me puse sobre ella y bajé directo a los pezones que tanto me habían trastornado un rato antes. Estaban duros antes incluso de que mi lengua los rozara. Dibujé círculos, los chupé, salté de uno a otro. Marta se retorcía. Sus gemidos sonaban contenidos, como si tuviera miedo de despertar a los muros.
Bajé la cabeza por debajo de las mantas, lamiendo el ombligo, hasta llegar a su entrepierna. Descubrí allí una mata de vello que ni siquiera había imaginado. Mis dedos abrieron paso hasta una humedad densa. Marta separó las piernas sin que se lo pidiera. Mi boca encontró su sexo. Pasé la lengua de abajo arriba, intentando separar los labios para llegar al fondo. Marta había dejado de gemir: ahora gritaba bajito, ahogada en la almohada.
Mi lengua jugó con cada pliegue. Localicé el clítoris y me concentré en él, alternando succión y círculos. Marta arqueó la espalda. Mi cabeza, atrapada bajo el calor sofocante de las mantas, se asfixiaba y no me importaba. Intenté penetrarla con la lengua sin éxito. Volví al clítoris. Subí el ritmo. Marta arqueó la espalda otra vez y se corrió con un grito ahogado que rebotó contra el cabecero. Seguí lamiendo unos segundos. El placer se le había convertido en hipersensibilidad: me agarró la cabeza y tiró hacia arriba.
Salí de debajo de las mantas como quien sale de una cueva. Me tumbé a su lado, jadeando.
—Te ha gustado —dije.
—Muchísimo —contestó extasiada—. Creo que me he corrido en tu boca. Perdón.
—No pidas perdón. Me ha encantado.
—Ahora te toca a ti. ¿Te ayudo con una paja? No sé si me atrevo a probarte. Me da vergüenza, y nunca lo he hecho.
Decidí no presionar. Quedaban días por delante encerrados en esa casa, con la nieve cerrando los caminos y el resto de la familia atrapada en Burgos. No tenía sentido quemarlo todo en una noche.
—Una paja está bien.
Aquella fue, en realidad, solo la primera de muchas. Pero esa parte la cuento otro día.