Mi hijo mayor cruzó la línea que no supe frenar
Según Tomás, fui yo quien empezó todo. No creo que sea así, pero sí me siento culpable de algo: de no haber frenado a tiempo, de haberle dado alas para que pasara lo que finalmente pasó. Hay silencios que valen tanto como un permiso, y yo me quedé callada demasiadas veces.
Fue un día cualquiera. Nos cruzamos de casualidad en un centro comercial a pocas cuadras de casa. Nos saludamos como siempre, con un beso en la mejilla y un «hola». Me propuso un café y nos sentamos a hablar de todo y de nada.
—¿Qué andás haciendo, mamá? —me preguntó.
—Lo mismo que vos, de compras. ¿Y vos?
—Vine a ver un celular. ¿Y vos qué buscabas?
—Mis cosas.
Se acercaba la hora de cierre y me levanté para irme. Se ofreció a acompañarme y lo rechacé, dije que tenía pendientes. Ante su insistencia, terminé confesándole que había ido a comprarme ropa interior en una tienda de esas de marca.
—Guau, mamá, no sabía que usabas ese tipo de cosas tan sensuales.
—No tenías por qué saberlo, Tomás.
—Te acompaño.
—Me sentiría incómoda.
—Dale, mamá, dejame ver ese lado tuyo.
Entré igual. Compré tres prendas: una verde agua, una negra y una blanca, todas pequeñas y atrevidas, muy del estilo del local. Mientras tanto, los ojos de mi hijo miraban atónitos la lencería que su madre se iba a poner. No bien salimos, soltó:
—Uf, mamá, qué sexy.
—Decíselo a tu padre.
—¿Le provoca algo?
—Nada.
—¿Y entonces para qué lo comprás?
—Por mí, Tomás. Por mí. Quiero sentirme bella, sensual, aunque tu padre ya no lo note.
—Sos bella, mamá. ¿Papá no lo ve, no lo siente?
—Supongo que van de la mano.
Se hizo un silencio. Estábamos saliendo cuando me detuvo, me tomó las manos y me habló al oído.
—Me gustaría vértelos puestos, mamá.
—Ni lo sueñes.
—Soñarlo es como hacerlo. ¿Por qué no, mamá?
—Es algo íntimo.
—Lo decís como si pudiera pasar algo.
Fue la primera vez que uno de los dos lo insinuaba, aunque fuera de forma indirecta. En lugar de pensar mi respuesta, le contesté lo primero que se me cruzó.
—Conociéndote, hay que cuidarse.
Fue incómodo. Nos miramos, y en sus ojos vi algo distinto: un fuego, una mirada que me asustó. «Me voy, es tarde», dije, y al darle el beso en la mejilla giró la cara. Nos besamos en la boca y, aunque no abrí los labios, sentí su lengua. Me separé incómoda.
—No vuelvas a hacer eso, Tomás.
—¿Porque estamos en un lugar público o porque soy tu hijo?
—Mucho de lo primero y algo de lo segundo.
—¿Entonces te gustó, mamá?
—Digamos que tu sorpresa no me disgustó.
***
A partir de ahí empezó a buscarme. Sabía que tres mañanas por semana yo trabajaba desde casa, sola, y se apareció sin avisar. Al ver mi cara de sorpresa, dijo que tenía clases por la tarde. No perdió el tiempo: me abrazó pegándose a mí, intentó besarme y no lo dejé. Forcejeamos un poco, entre mis «no, Tomás» y sus «un besito, mamá». Lo obligué a sentarse y a quedarse quieto.
—¿Qué querés, Tomás? Estoy trabajando.
—Ver cómo te queda tu ropa interior nueva.
—Eso no va a pasar.
—Lo soñé, mamá.
—Dejalo así.
—Cobarde.
—Tené cuidado. No sabés en lo que te estás metiendo. Ahora andate, tengo que trabajar.
—¿Y cómo me despido, mamá?
El momento era inimaginable, pero tenía algo de morbo, de prohibido, y eso lo hacía excitante. No pude evitar responder. Se levantó, nos besamos con lengua, apretando nuestros cuerpos. Cuando puso las manos en mi trasero, me solté. Yo estaba muy nerviosa; él también, porque cuando lo eché se fue en silencio, con una erección que tensaba sus jeans.
Estaba más que claro que mi hijo estaba caliente por mí y decidido a vivir algo prohibido. Y lo enfermo era que a mí me gustaba la situación. Que un muchacho de veintiséis se excitara por una mujer de cuarenta y siete que además era su madre me parecía morboso, retorcido, y eso me encendía. El tabú me estaba atrapando rápido, y no iba a tardar en hacerse carne en nuestras vidas.
***
Al día siguiente se repitió la escena, con una diferencia: yo estaba de vestido. Empezamos tímidos. Me volvió a pedir ver cómo me quedaba la ropa nueva y le respondí que ni lo soñara.
—¿Entonces un beso, mamá?
—Solo un beso y te vas. ¿Prometido?
Nos besamos otra vez con mucha lengua, gemidos, bien apretados. Tomás tenía una erección dura y dejé que la frotara contra mí. Cuando metió las manos debajo del vestido e intentó bajarme la ropa interior, me solté.
—Basta, eso no. Sentate, tenemos que hablar.
Quedamos frente a frente en la mesa que usábamos de desayunador. Le tomé las manos.
—Tomás, ¿qué pasa? ¿Qué querés?
—Vos sabés, mamá.
—Decilo. Necesito escucharlo. ¿Qué querés hacer conmigo?
—Eso, mamá. Quiero estar con vos.
—Ya estás conmigo, igual que tus hermanos.
—De otra manera.
—¿Y cómo sería eso? ¿Qué haríamos?
No estaba dispuesta a darle respiro. Quería escucharlo de su boca, frente a mí. Se paró, señaló su erección y respondió muy nervioso.
—Tener sexo con vos, mamá.
Y se fue caliente, dando un portazo. Cerré los ojos. No podía creer lo que estaba pasando. ¿Mi hijo y yo en esto? Intenté concentrarme en el trabajo —soy editora en una revista de arquitectura—, pero por más que lo intentaba, esa frase no dejaba de retumbarme en la cabeza.
***
Por suerte, al día siguiente era sábado y almorzábamos todos juntos con sus abuelos, lo que de alguna manera garantizaba que no hubiera nada raro entre nosotros. Tal vez, en un ambiente tan familiar, la cosa se enfriaría.
Tomás llegó con chocolates para mí y su consabida bolsa de ropa para lavar; vivía en una residencia cerca de la universidad. Al agradecerle me susurró: «Dulzura para la dulzura». El almuerzo transcurrió entre escenas normales. Él jugaba con su hermana menor, Renata, de quince años, y con Iván, el del medio, de diecisiete. Cada tanto cruzábamos miradas. No las inocentes de madre e hijo: las suyas eran de deseo, las mías intentaban disimular lo asustada, vulnerable y excitada que estaba.
Al despedirse, sabiendo que ese fin de semana yo iba a estar sola, me preguntó al oído.
—¿Te veo el lunes, mamá?
—Sí —murmuré.
Estaba clarísimo que mi hijo me deseaba y que era correspondido, pero como madre todavía tenía defensas. El domingo llegaron algunos mensajes: «Te extraño, quiero verte», corazones, flores. Tenía que cortar esto, no podía seguir así. Me estaba matando. A los nervios se sumaba un nivel de excitación que me tenía húmeda todo el día.
Además, sentía rabia con mi marido. Diego se había descuidado, y mi hijo lo había notado. Hacía casi un año que no teníamos relaciones, y antes eran buenas; ahora todo parecía lejano. Diego había subido de peso y parecía haber perdido el interés por el sexo. No entendía cómo dos profesionales exitosos habíamos llegado a un punto en el que, si me acostaba con mi hijo, ya no habría retorno.
Y no es que me sintiera fea. Soy delgada, sin una gota de grasa, alta, de pelo claro y ojos achinados. Tengo un trasero pequeño y parado, los pechos firmes. De joven me sobraron oportunidades de ser infiel y nunca las tomé. Ahora, por primera vez, estaba a punto de hacerlo, y con mi propia sangre. Nunca había vivido algo tan estresante y tan caliente a la vez.
***
El domingo me encerré en mi cuarto y tuve una videollamada con mi consejero, un hombre mayor en quien confiaba desde hacía años. Le conté todo de la forma más ordenada que pude.
—¿Por qué lo besaste? —me preguntó.
—No pude evitarlo.
—¿Y qué te produce esto?
—Pavor y…
—Decilo.
—Excitación.
—¿Entonces estás decidida?
—No sé cómo decirlo. Quiero dárselo, pero me asusta.
—No. Lo que te asusta es que depende de vos. Eso es lo que te pesa.
—¿Y entonces qué hago?
—Proponele un trato. Nada de lo que yo te diga va a evitar que pase. Pero pedíle que sea por única vez. Eso importa, porque si no, se exponen a algo de lo que no se vuelve.
—¿Y si no lo cumplimos?
—Entonces tal vez necesiten ayuda. Eso ya me supera.
Después de esa charla entré en una calma extraña. Caliente y decidida, sí, pero con cierta paz: íbamos a vivir una linda locura, nadie lo sabría, nos uniría más, sería por única vez y quedaría un recuerdo. En eso estaba cuando me entró un mensaje suyo.
—¿Lo de mañana sigue en pie?
—Más que nunca.
Acostada al lado de mi marido, entendí algo: lo que iba a pasar no podía pasar en la cama que compartía con su padre. Imposible. No sería capaz de mirar esas paredes después. Sentada en el baño, busqué un hotel discreto, un poco alejado de casa. Me gustaron las habitaciones: amplias, lindas, con un gran espejo frente a la cama. Le mandé el enlace a mi hijo y escribí: «Mañana, ahí, a las diez y media de la noche». Respondió con un aplauso.
***
Desayuné con mi marido y mis dos hijos menores. Estaba en otra, imaginando lo que iba a vivir. Tan distraída que le metí una lata de gaseosa equivocada en la vianda a Iván. No bien se fueron, me encerré en el baño.
Nunca me había preparado para tener sexo: con mi marido simplemente nos buscábamos y ya. Esta vez era distinto. No solo era mi hijo, le llevaba más de veinte años, y necesitaba verme y sentirme atractiva. Me puse una de las prendas nuevas, la verde agua, un corpiño finito, una blusa apenas escotada y unos jeans blancos ajustados. Giré varias veces frente al espejo. Se me veía un trasero precioso. «Estoy lista», pensé. «Tomás se va a dar un festín». Y él no se quedaba atrás: alto, de pelo negro como su padre, con una voz grave muy suya.
Tomé un taxi y partí. A los pocos minutos, otro mensaje.
—Llegué, mamá. ¿Qué hago?
—Esperame en la cafetería, llego en veinte.
En ese momento volvió a mi mente la promesa: era hoy y solo por hoy. Sería muy difícil mirar a sus hermanitos si me acostaba con él todos los días. Una travesura entre los dos, unos cuantos «te amo» y ya está. Serle infiel a su padre no me pesaba; me había descuidado. Mejor que fuera con Tomás, que es mi hijo, al que adoro, y con quien el secreto estaba más que garantizado.
Me registré y pagué en efectivo. Desde la recepción veía la cabeza de Tomás; no se había dado cuenta de mi llegada. Lo abracé por atrás y le besé el cuello con lengua. Para aflojar el ambiente le dije: «Llegó tu presa». «Y mi mamá», respondió. «Dalo por hecho. Hoy más que nunca, tu mamá».
Pedí dos cafés. No le gustó.
—Pensé que íbamos a subir.
—Tenemos seis horas, claro que vamos a subir. Pero antes tengo algo que decirte.
—¿Ahora?
—Estoy aterrada. Si querés que subamos, escuchame. Te lo voy a dar, quiero hacerlo, lo vamos a hacer… pero esta es una promesa: solo por hoy. Todas las veces que quieras hoy, pero solo hoy.
—¿Por qué, mamá?
—Es eso o nada. Vos decidís.
—Sí, mamá.
—Okey, bebé. Vamos.
***
Subimos en el ascensor con una pareja y un botones. Al caminar por el pasillo sentí los ojos de mi hijo clavados en mi trasero. Por primera vez pensé en lo que estaría pensando él, a minutos de tocar la carne que lo había traído al mundo. Lo sorprendente era lo tranquilo y dueño de sí que estaba.
Metí la tarjeta, se encendió la luz verde y entramos. Tomás trabó la puerta. Nos besamos y caímos sobre la cama. Él gemía «mamá» mientras me acariciaba entre las piernas; yo lo tocaba todo por encima de la ropa.
—Dame un minuto, voy al baño.
—Mamá, ¿justo ahora?
—Estoy nerviosa. Esperame.
Me lavé. Es muy fuerte para una madre preparar el cuerpo con el que parió a un hijo para entregárselo a ese mismo hijo. Es tan morbosamente intenso que supera cualquier palabra. Salí cubierta apenas por la prenda verde. Tomás quedó mudo.
—Así me veo —le dije.
—Mamá… —exclamó.
—Te lo voy a hacer sentir, bebé.
Qué puedo decir. Fue inolvidable. Nos besamos y nos recorrimos como poseídos. Nunca me habían acariciado tanto, en cada rincón. Yo tampoco me quedé atrás. Me tomó por detrás, conmigo en cuatro frente al espejo, y yo le gritaba que no parara. Me volvió loca. Fue imposible cumplir la promesa; los dos nos superamos. Mi consejero, después, me dijo que lo suponía. Han pasado dos años y nos queremos cada día más.