Mi sobrina volvió a casa y se cobró lo que quería
Llevaba ocho años sin ver a Carla cuando apareció en la puerta de mi casa con una maleta y una sonrisa que no recordaba en la niña a la que apadriné en su bautismo. Se había casado tres semanas antes, en una boda a la que no me invitaron por uno de esos enredos de familia que nunca se aclaran, y había decidido pasar unos días conmigo antes de instalarse con su marido en otra ciudad.
—Te has hecho mayor —le dije, todavía con la mano en el pomo.
—Y tú sigues igual, padrino —respondió, y pasó a mi lado rozándome el brazo más de lo necesario.
Carla tenía treinta y dos años, era menuda y de complexión delgada, pero con unas caderas y un pecho que desbordaban su figura. Se movía por el salón como si la casa fuera suya, mirándolo todo, tocándolo todo, dejando que su perfume se quedara flotando en cada habitación por la que pasaba. Yo la observaba desde la cocina mientras preparaba algo de cenar, y no podía evitar pensar que ya no quedaba nada de la cría que un día sostuve sobre la pila bautismal.
Esa primera noche cenamos, hablamos de su madre —mi hermana, con quien apenas me hablo— y de su marido, del que habló poco y sin demasiado entusiasmo. Cada tanto se reía, se inclinaba sobre la mesa y me dejaba ver más de lo que una sobrina debería enseñarle a su tío.
Esto no va a terminar bien, pensé. Y aun así no hice nada por evitarlo.
***
Al día siguiente, mientras ella se duchaba, me acordé de Mariana y fui a buscar el móvil al dormitorio. Mariana era una mujer que había conocido en otra boda, casada también, y que desde entonces no dejaba de escribirme. Tenía varios mensajes sin contestar.
«Hola. ¿No me respondes?»
Un minuto después.
«Ya no me haces caso. ¿No estará contigo esa de la boda?»
Pasado un buen rato había vuelto a escribir.
«Eres un cabrón.»
Y luego, como si no pudiera contenerse.
«No dejo de pensar en aquella noche en el hotel. En cómo me lo hiciste.»
El último decía simplemente: «Eres un sinvergüenza.»
Me hizo gracia. Casada hacía nada y, en lugar de disfrutar de su marido, perdía el tiempo provocándome a distancia. ¿Qué le respondía? Si le decía que estaba con otra, se pondría celosa. Si le ponía una excusa, se quedaría tranquila pero con la duda clavada. Decidí lo segundo a medias, lo justo para tenerla en ascuas, y dejé el teléfono boca abajo sobre la cama.
Cuando me di la vuelta, la puerta del baño se estaba abriendo. Carla salió envuelta en una toalla, con el pelo mojado pegado a los hombros y la piel todavía caliente del agua.
—¿Te has duchado otra vez? —pregunté, extrañado, porque ya lo había hecho por la mañana.
—Sí —dijo, con una sonrisa ladeada—. Necesitaba refrescarme. Estaba demasiado acalorada.
Se acercó despacio, sosteniéndome la mirada, y dejó caer la toalla al suelo sin un solo gesto de pudor. Se quedó así, desnuda en mitad del dormitorio, esperando a ver cómo reaccionaba yo.
—Joder, Carla —murmuré.
—¿Te gusto? —preguntó, y había una mezcla de provocación y de verdadera necesidad de oír la respuesta.
No contesté. Pegó su cuerpo al mío y me rodeó el cuello con los brazos. Sentí sus pechos aplastarse contra mi camiseta, los pezones duros, el calor húmedo de su piel traspasando la tela. Era mi sobrina. La niña a la que había apadrinado. Y, sin embargo, le agarré las nalgas con las dos manos y tiré de ella hacia arriba hasta que me rodeó las caderas con las piernas.
—Fóllame, padrino —susurró contra mi oreja, mordiéndome el lóbulo—. Fóllate a tu ahijada.
***
La besé y ya no hizo falta decir nada más. Buscó mi mano, la guió hacia abajo, y un segundo después se dejó caer sobre mí ensartándose por completo de una sola vez. Soltó un gemido largo, ronco, que me recorrió la espalda entera.
Empezó a moverse despacio al principio, balanceándose, y luego cada vez más rápido, buscándome la boca con una urgencia que no tenía nada de inocente. Nos besábamos como dos animales en celo: ella metía la lengua y yo se la atrapaba, la mía entraba en su boca y ella la mordía y la chupaba sin descanso.
De pie en mitad del dormitorio, la sostenía contra mí mientras ella subía y bajaba. Le abría las nalgas con las manos, le acariciaba el borde del culo con los pulgares, y la embestía desde abajo cada vez que se dejaba caer.
—Así, tío —jadeó—. Más fuerte.
Esa palabra, «tío», me golpeó como un castigo. Era la cría a la que había visto crecer en las fotos que su madre mandaba por Navidad. Pero el tacto de su piel, el roce constante de sus pechos contra mi cara y la presión de su sexo apretado contra el mío me obligaban a seguir, a cumplir con lo que me pedía sin permitirme pensar.
Sus piernas cruzadas a mi espalda eran sujeción suficiente, así que dejé de aguantarla y la embestí hacia arriba con todas mis fuerzas.
—Uf, uf, uf —resoplaba cada vez que entraba hasta el fondo.
—Sigue, sigue —pedía con la boca pegada a mi oído—. No pares.
Se agarraba a mi cuello como una lapa, restregándome los pechos por la cara, dejándose caer de golpe para que la penetrara más adentro. Llevaba años de matrimonios cortos y aventuras —me lo había dado a entender la noche anterior—, pero su cuerpo se ajustaba al mío de una manera que me arrancaba un placer que no recordaba haber sentido.
—Métemela entera —suspiró, casi sin aire—. Pártemela.
Se impulsó sobre mis hombros para subirse un poco y ponerme un pezón en los labios. No lo dudé: lo atrapé entre los dientes y apreté.
—Ahí, ahí —pidió, en lugar de quejarse—. Cómeme las tetas.
La mantenía en vilo, con mi sexo rozándola, mientras le mordía un pecho y luego el otro. De pronto me giró la cara hacia ella y me dio un beso largo, sucio, lleno de saliva y de dientes.
—¿Sabes que eres un cerdo? —preguntó, y me pilló por sorpresa.
No supe qué responder. Ella misma se dio la respuesta.
—Mi madre siempre decía que eras un cerdo. Que te liabas con sus amigas.
Entre frase y frase gemía, y yo paseaba la boca de un pecho a otro.
—Pero yo sé que lo decía por envidia —siguió, empujándomelos contra los labios—. Porque ella no podía tenerte.
Mi sobrina me descolocaba con cada palabra. Era descarada, indecente, y cada cosa que decía me encendía más.
***
De repente se dejó caer de golpe, clavándose hasta el fondo, y echó la cabeza hacia atrás.
—Sí —gimió—. Ya le habría gustado a mi madre que se la metieras así. ¿Lo hacías así con ellas?
Retomó el movimiento, saltando sobre mí, encajándomela una y otra vez sin dejar de gemir y de hablarme al oído.
—Una así es la que le hacía falta a mi madre —dijo entre jadeos.
Yo sabía que lo decía para provocarme, que estaba buscando el límite, y lo peor es que lo encontraba. Cada palabra suya me empujaba un poco más allá.
—Piensa que te la estás follando a ella —soltó, mirándome a los ojos—. Imagínatelo. Métemela más fuerte.
Algo se me nubló por dentro. La levanté por las nalgas y la dejé caer de golpe al mismo tiempo que empujaba hacia arriba, golpeándola con todo lo que tenía.
—Vas a romperme —gimió, y no sonaba a queja—. ¿Así se la harías a mi madre?
Era mi sobrina. Llevaba ocho años sin verla y la estaba follando como un salvaje en mitad de mi dormitorio, mientras ella me hablaba de mi hermana para calentarme todavía más.
—Toma —jadeé, empotrándola contra mí.
—Sigue, sigue —repetía—. Lo deseas más tú que yo.
La cría sabía exactamente qué teclas tocar, y las tocaba todas. Su sexo chorreaba de tal forma que, cada vez que nuestros cuerpos chocaban, se oía un golpe húmedo que llenaba la habitación.
—Eres tan provocadora como decía tu madre —solté, para desahogarme.
—Sí —respondió, mirándome con descaro—. Yo lo soy y lo reconozco. Ella lo es y lo esconde.
Me dejó pensando. ¿Era verdad lo que decía o solo otra forma de encenderme? Mi hermana siempre había sido una santa, alguien que jamás había hecho nada de lo que avergonzarse, al menos que yo supiera. Pero ya daba igual. En ese momento no había sitio en mi cabeza para nada que no fuera el cuerpo de Carla apretado contra el mío.
Tras varias embestidas más, se apretó contra mi pecho y soltó un gemido tan largo y tan fuerte que tuve miedo de que se oyera desde la calle. Sacudía las caderas como si no pudiera controlarlas, apretándome dentro de ella, negándose a soltarme.
—Ya, ya, ya —balbuceó—. Dios. No pares. No pares.
Se quedó temblando, con la cara hundida en mi cuello, hasta que el último espasmo la dejó floja entre mis brazos.
—Qué bueno —murmuró, todavía con la respiración entrecortada.
***
La bajé despacio, la sostuve hasta que las piernas le respondieron, y entonces la empujé con suavidad hasta dejarla de rodillas frente a mí. La agarré del pelo, no con fuerza, solo lo justo, y ella entendió al instante. Abrió la boca antes de que yo dijera nada.
—Termina lo que has empezado —le dije.
Lo hizo sin apartar los ojos de los míos. Me chupaba despacio, regodeándose, recogiendo con la lengua su propio sabor a lo largo de toda la longitud. Con una mano me acariciaba mientras con la lengua trazaba círculos en la punta.
—Estás cachondo, ¿eh, padrino? —dijo, separándose un segundo, con esa sonrisa de niña mala que no la abandonaba nunca.
—Cállate y sigue —respondí.
Y siguió. Cómo lo hacía. Era obscena, descarada, completamente impúdica, y daba gusto mirarla. No tardé mucho en sentir que ya no podía aguantar más; le avisé con un gruñido y ella, lejos de apartarse, apretó la boca y me sostuvo la mirada hasta el final, tragándoselo todo sin perder una gota.
Se incorporó despacio, se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano y se dejó caer en la cama a mi lado, satisfecha como un gato al sol.
—Mañana me voy con mi marido —dijo, mirando el techo.
—Lo sé.
—Pero todavía me quedan dos noches aquí. —Giró la cabeza y me clavó los ojos—. Y pienso aprovecharlas todas, padrino.
Cogí el móvil de la mesilla. Mariana había vuelto a escribir, otra ristra de reproches y de provocaciones que ya no me decían nada. Lo apagué sin contestar y lo dejé otra vez boca abajo.
Tenía a mi sobrina desnuda en mi cama, recién casada, contándome los días que le quedaban conmigo como quien cuenta un botín. Sabía perfectamente que aquello no debía estar pasando, que era una locura que no llevaba a ningún sitio bueno. Pero, mientras ella me buscaba otra vez la mano y se acomodaba contra mi costado, supe que iba a dejar que pasara las dos noches. Y probablemente alguna más.