La Nochebuena que mi hermana no me perdonó
Aunque Daniela y Sofía ya estaban vestidas para la ocasión, mi madre anunció que todavía faltaba más de una hora para que la cena estuviera lista. La tormenta golpeaba los ventanales de la cabaña y el viento hacía crujir las vigas del techo.
—Vení, Bruno… necesito que me ayudes con algo —dijo Caro, tomándome de la mano.
Me arrastró escaleras arriba y nos metimos en el cuarto que compartía con Romina. Ahora lo teníamos para nosotros solos. Caro empezó a desnudarse de inmediato y, cuando se quitó toda la ropa, se tendió boca abajo en la cama. No hizo falta que me invitara: me desnudé yo también y me subí al colchón. Estaba arrodillado entre sus piernas, listo, cuando ella habló.
—Todavía no la metas, tenemos tiempo. Quiero que me hagas un masaje.
—¿Acaso tengo cara de masajista?
—¿Me la querés meter o no? Esas son mis condiciones. Si te gustan, bien. Si no, buscate otra.
Resignado, acepté. Me indicó que en el cajón de la mesita había un frasco de aceite. Le pregunté por qué había traído eso al viaje.
—Una marca de productos íntimos quiere que los muestre en mi contenido. ¿No es genial? Me van a pagar y todo. Pero antes los quiero probar, no voy a promocionar cualquier cosa.
Tenía sentido. Caro había trabajado un tiempo en una perfumería y algo sabía de cosméticos, aunque estos eran un poco distintos. Destapé el frasco y dejé caer un chorro sobre su espalda desnuda.
—¡Ay, qué frío! Así no se hace un masaje, Bruno. El aceite te lo ponés en las manos y después lo frotás sobre mi cuerpo.
—Está bien… aunque de la otra forma me parecía más fácil.
Me unté las manos y acaricié su espalda. La muy descarada levantó la cola, como una gata en celo. Mi verga palpitaba frente a esa abertura expuesta. Tenía unas ganas tremendas de penetrarla, pero decidí seguirle el juego. Ella se fue relajando mientras yo improvisaba lo mejor que podía. No soy bueno en esto, me aburre y no tengo paciencia. Aun así, debo reconocer que ver el cuerpo de mi hermana brillando por el aceite era estimulante.
Cuando le tuve toda la espalda cubierta, la puerta se abrió. Una cabellera rubia asomó adentro. Por un instante creí que era Daniela, pero no: era Sofía. Con ese vestido blanco se parecía todavía más a su hermana mayor.
—¿Qué hacen? —preguntó, acercándose con curiosidad.
—Bruno me está haciendo un masaje —respondió Caro con naturalidad—. Si querés, podés quedarte, pero cerrá la puerta.
Sofía no lo dudó. Cerró detrás de ella y se sentó a mi lado, en el borde de la cama. El vestido se le subió un poco; mantenía las piernas juntas, así que no se veía nada más. Miró mi verga erecta y lo cerca que estaba del sexo de Caro.
—¿Siempre te hace estos masajes… desnuda?
—Sí, ¿por qué no? Si hasta nos bañamos desnudos. ¿Qué problema hay?
—Me hacés acordar a mi hermana. A ella también le gusta andar desnuda todo el día.
—Si se quiere sacar la ropa, con gusto la ayudo —dije, sonriendo.
—Tarado —dijeron Sofía y Caro al unísono.
—Era un chiste.
—No lo era —respondió Caro—. Te morís por verle el sexo a Daniela. Se te van los ojos cuando ella anda cerca.
A decir verdad, puede que mi hermana tuviera razón. Aunque yo creía mirar a las dos por igual. También me habría gustado ver desnuda a Sofía.
—¿Y eso no trae problemas? —preguntó la rubia, señalando mi miembro—. Digo… estando tan cerca.
—Mientras la deje afuera, no me molesta. Él ya conoce las reglas, ¿no, Bruno?
—Ajá… —En realidad la regla era que yo se la podía meter cuando quisiera, pero con Sofía ahí no podía llegar tan lejos. Ya estábamos jugando con fuego.
—Pasame aceite por la cola también, no solo por la espalda.
Eso hice. Empecé a acariciarle las nalgas mientras a Sofía se le iban abriendo los ojos. No podía dejar de mirar cómo mi miembro rozaba el sexo y el culo de Caro, como si en cualquier momento fuera a entrar. Me excitó muchísimo, aunque a la vez me preocupó. No sé si me convenía que la rubia supiera tanto de la relación que tenía con mis hermanas.
Sofía quedó tan absorta que separó las piernas sin darse cuenta. Vi su sexo asomar, lampiño, perfecto. La verga se me puso aún más dura. Cuando notó que la miraba, bajó la vista a su entrepierna. Creí que se cubriría, pero en lugar de eso abrió más las piernas y me dejó verlo todo.
Qué hermosa rubia, por favor.
La situación se volvía insostenible. Yo me moría por penetrar a Caro y Sofía no se movía. Seguí con el masaje, fingiendo serenidad, mientras mi verga palpitaba con cada roce.
Hasta que nos salvó la campana.
—¡Sofía! ¿Dónde estás? ¿Venís a darnos una mano con la cena?
La voz de Patricia llegó desde el otro lado de la puerta. Golpeó, pero no se animó a entrar. Sofía se puso de pie de un salto.
—Tengo que irme.
—Ya era hora —susurró Caro, tan bajo que dudo que la otra lo escuchara.
La rubia salió y cerró la puerta, dejándonos por fin solos.
—Dale, metela de una vez, que no aguanto más. —Apunté hacia su sexo—. No, ahí no… la quiero por el culo.
—¿Así de rápido?
—¿Quién más que yo te lo va a entregar tan rápido? No te lo olvides.
Apunté al otro agujero y empujé. De pronto entró, como si su cuerpo se la hubiera tragado.
—¡Ay, por favor! —Perdón… ¿te dolió?
—No, no… estuvo buenísimo. Hacelo de nuevo.
El aceite resultó mejor lubricante de lo que imaginaba. Saqué la verga y volví a hundirla. Caro tuvo que morder la almohada para que el chillido no se escuchara en toda la casa.
—Definitivamente voy a promocionar esta marca.
—Si necesitás ayuda con eso… ya sabés.
—Sí, podemos grabar un video. En cuanto tengamos tiempo.
—¿Busco el celular y lo hacemos ahora?
—Si me sacás la verga, te mato. Ahora cogeme, y cogeme fuerte.
La tomé de la cintura y empecé a bombear con ganas, haciendo temblar la cama. Recé para que el viento tapara el escándalo. Su culo nunca había estado tan apetecible, brillaba como una perla y la verga se hundía con facilidad. Caro se masturbaba mientras yo la penetraba.
Estuve así unos diez minutos, hasta que la puerta se abrió.
—Sabía que los iba a encontrar acá —era Romina—. ¿Pueden bajar? Ya levantaron sospechas, se escuchan ruidos. Daniela preguntó tres veces qué eran. Y «las tablas del techo» no va a servir de excusa mucho tiempo.
—Andate, Romi, dejanos en paz —chilló Caro.
—Me incumbe porque esta es mi familia. Si las ven haciendo esto, vamos a tener que dar muchas explicaciones. Así que bajen. No porque yo lo diga, sino porque se va a armar un lío enorme.
—Romi tiene razón —dije, deteniéndome—. No podemos seguir. No ahora.
—Ufa…
***
Bajamos unos minutos después, ya cambiados. Cuando Daniela preguntó si también habíamos oído esos ruidos, le dijimos que sí, que era la tormenta, que no había nada de qué preocuparse. Creo que no nos creyó. Sofía se limitó a mirarnos en silencio, con una expresión que decía más que mil palabras.
Mi primera experiencia con un pavo navideño no fue tan buena como esperaba: la carne era seca y no sabía a pollo. Tampoco me quejo, comí hasta llenarme y todavía sobró.
—Mañana hacemos sándwiches con lo que quedó —dijo Patricia, mientras ella y mi madre, Mónica, levantaban la mesa.
—No creo que llegue a mañana —dije—. Después de medianoche siempre me da hambre.
—A mí me deprime irme a dormir temprano en Nochebuena —dijo Daniela—. Sé que estamos encerrados en esta cabaña, pero eso no significa que tengamos que aburrirnos.
—Yo no tengo ganas de nada —dijo Caro—. Después del brindis me voy a dormir.
Conocía ese tono y hacía tiempo que no lo escuchaba. Sentí un escalofrío. Así era Caro cuando nos llevábamos mal, antes de aquel encierro largo que nos cambió a todos. Vivía de mal humor, se enojaba por cualquier cosa. ¿Y si la simpatía que le trajo el aislamiento ya se estaba perdiendo? Me costó mucho construir la relación que tengo hoy con ella. No quería perderla.
—No seas así, Caro —dijo Mónica, intentando sonar amable—. Queremos una linda Navidad en familia.
—¿Y qué más puedo hacer acá? Ni siquiera tengo un cuarto para mí sola. —Patricia agachó la cabeza—. No me sale fingir buen humor. Terminamos en una cabaña en el medio de la nada, con gente que ni conocemos. Un poco nos arruinaron el viaje, ¿no?
La cara de Patricia y sus hijas era de pura angustia. Ninguna se animaba a mirar a nadie a los ojos.
—Caro tiene razón —dijo Patricia, rompiendo el silencio—. Les pido perdón en nombre de mis hijas. No queríamos arruinarle las vacaciones a nadie. Chicas, abusamos de la hospitalidad de esta gente. Vamos al cuarto y nos quedamos ahí. Ellos pagaron por esta casa y merecen su intimidad… y nosotras se la estamos quitando.
Sin levantar la cabeza, sus dos hijas asintieron. Daniela se mordía el labio y Sofía fruncía la boca, como si aguantara las ganas de insultar a alguien. Probablemente a Caro. Y así de fácil mi hermana arruinó la Navidad.
La casa quedó en silencio cuando Patricia y sus hijas se encerraron en el cuarto del fondo. No podíamos seguir sentados en el living, con un pan dulce que nadie quería tocar y una sidra que se entibiaba. Tenía que hacer algo. Y entonces me acordé de un detalle: hacía un rato, Caro había tomado a Sofía de la mano y se habían metido juntas en una habitación.
—¿Qué pasó con Sofía? —le pregunté a Caro. Romina y Mónica giraron la cabeza para mirarla.
—No pasó nada. —De todas mis hermanas, Caro es la que mejor conozco. Sé cuándo miente.
—Entraste desnuda a un cuarto con ella… ¿y no hicieron nada?
—Lo digo en serio: nada —respondió, a la defensiva.
—Parecía que te llevabas muy bien con ella. Y ahora resulta que te molestan ella y toda su familia.
—Es que molestan. Estas eran nuestras vacaciones. Romi también se hartó, ¿no?
—Daniela es un poco pesada con eso de venir a cada rato a preguntar si necesitamos algo —dijo Romina—. Pero lo hace por cortesía. Quizás sea su forma de disculparse.
—¿No será que a alguna de ustedes le gusta? —pregunté.
—Daniela no tiene pinta de lesbiana —dijo Caro.
—Todas las mujeres somos un poco lesbianas —dijo Romina.
—Claro que no, Romi. Yo no soy… —La forma en que la miramos lo dijo todo—. Bueno, sí, me calientan las mujeres, pero eso no significa que a todas les pase lo mismo.
—¿Por eso te enojaste con Sofía? ¿Porque no quiso acostarse con vos?
—No, nada que ver. Yo solo quería hablar.
—Vamos, Caro, no me mientas. La mirás todo el tiempo.
—Como si vos no hicieras lo mismo.
—Sí, es hermosa. Daniela también. Pero Sofía tiene algo especial. Detrás de esa cara seria hay una chica sensible.
—¿Acaso te gusta? —espetó Caro.
—¿Y habría algún problema? —interrumpió Romina—. Es preciosa, de la misma edad que él. ¿Por qué no habría de gustarle?
—Porque es una boba sin personalidad.
—Mirá quién habla… la que le copió todos los gustos al hermano.
—¿De qué hablás? —La cara de Caro se puso roja.
—Te la pasás leyendo los mismos libros que Bruno. Le usabas la consola hasta que te compraste una propia. Y los cómics, Caro. Siempre decís que son una pavada, y te vi mil veces guardándolos en la mochila para llevártelos a tu casa.
Eso era cierto. Caro había desarrollado un gusto enorme por los cómics de superhéroes y siempre me preguntaba cosas de sus personajes favoritos. Cuando no hablábamos de sexo, hablábamos de eso. Nunca lo había pensado, pero sus gustos cada día se parecían más a los míos.
—Es casualidad —se defendió Caro—. Bruno tiene el cuarto lleno de tomos. Durante el encierro me aburrí y empecé a leer uno. Y me gustó, fue divertido.
—Lo dudo. Empezaste a sentir interés por ellos cuando te enamoraste de Bruno.
—Yo no me enamoré de nadie. Es mi hermano.
—Y bien que te lo coges.
—Callate. Vos también, y con mamá te pasás el día en la cama.
—Carolina, bajá la voz —intervino Mónica—. Nos van a escuchar. No quiero discutir esto con invitadas en casa, y menos en Nochebuena. Falta poco para las doce. Vamos a preparar el brindis. Bruno, andá a buscar a Patricia y a sus hijas. No las voy a dejar encerradas en plena Navidad.
—Me parece bien.
Caro y Romina se quedaron sentadas, intercambiando miradas incendiarias. Mónica fue a buscar la sidra y las copas, y yo subí la escalera con pasos rápidos. Me moría por ver de nuevo a Sofía con ese vestido tan sugerente.
Abrí la puerta del cuarto y me quedé congelado, como si hubiera pasado la noche a la intemperie.
Patricia estaba en el centro de la cama, recostada en las almohadas, completamente desnuda. Se frotaba el sexo con dos dedos y besaba la boca de Daniela. Sus lenguas se enredaban mientras las dos mantenían los ojos cerrados. Daniela y Sofía conservaban sus vestidos, pero los tenían subidos hasta el ombligo, y cada una se acariciaba a sí misma. Más allá del beso entre madre e hija, no había otro contacto, pero las tres compartían la misma cama. He visto muchas escenas explícitas en mi vida, sobre todo después del largo encierro con mis hermanas y mi madre. Y, sin embargo, este momento tenía una magia especial.
Sofía fue la única que giró la cabeza hacia mí. Cuando me vio, chilló.
—¡Mamá!
Patricia y Daniela se detuvieron en seco. Las tres me miraron con los ojos desencajados, paralizadas, sin atinar a cubrirse. A Patricia ya la había visto desnuda, así que tal vez no le molestaba tanto. Pero las otras dos… Daniela miró hacia la ventana cerrada, como si planeara saltar por ella. Sofía se puso roja como un tomate.
—Ah, perdón… no quería interrumpir. Es que… ya casi son las doce, y mi mamá dijo que brindáramos todos. No le hagan caso a Caro, tiene cambios de humor muy bruscos, siempre fue así. Ustedes no molestan. Si quieren bajar, bajen. Si no… se pueden quedar acá.
Cerré la puerta y me alejé sin saber cómo procesar todo eso. Desde que llegamos vivía con miedo de que Patricia y sus hijas descubrieran nuestro secreto. Fui imprudente, hice cosas frente a ellas que no debí. Y jamás imaginé que sería al revés: que yo descubriría el de ellas.
Fue el brindis más incómodo de mi vida, y eso que en mi familia todos los brindis lo son. Patricia y sus hijas evitaban mirarme, preferían fingir demencia, hacer de cuenta que lo que vi nunca pasó. También esquivaban a Caro, que seguía claramente enojada. Romina tenía cara neutral y la mía debía ser de pura confusión. La única que sonreía era Mónica, y creo que era la primera vez en mi vida que veía a mi madre sonreír mientras todos los demás estaban serios.
—Por más navidades en familia y por que la paz llegue a nuestros hogares…
—Mamá, es un brindis, no una misa.
Mónica fulminó a Caro con la mirada.
—En fin, solo queríamos decirles que no tienen que quedarse encerradas. Lo de Caro fue un exabrupto. Nosotros no opinamos igual.
Caro frunció los labios y esquivó mi mirada, señal clara de que estaba enojada conmigo. Seguramente después pagaría las consecuencias. Daniela bebió tímidamente de su copa, Patricia vació la suya de un trago y Sofía ni siquiera la probó. La dejó en la mesa, caminó hacia mí, me tomó del brazo y prácticamente me arrastró fuera del living. Sentí los ojos de Caro clavados en la nuca.
—¿Le contaste a alguien? —preguntó, cuando estuvimos solos en la cocina.
—No soy tan chismoso —dije, mientras comía uno de los sándwiches que habíamos reservado para la trasnochada.
—Nosotras no hacemos esas cosas, ¿sabés?
—Me dio la impresión de que sí —respondí, encogiéndome de hombros. Sofía se puso roja, no sé si de vergüenza o de furia.
—Es tu culpa. Todo es tu culpa.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Vos me metiste estas ideas en la cabeza. Desde que te vi con tu hermana, acá mismo, no puedo dejar de pensar en eso. No era porque estuvieras desnudo… es que ella te estaba tocando.
—Ya te dijo que es un poco cariñosa.
—No le creo. Sé que hay algo más. Sobre todo porque, después de eso, me llevó hasta el cuarto y me dijo que no me acercara a vos.
—Sí… eso suena a Caro. ¿Y vos qué le contestaste para que se enojara tanto?
—Le dije que si yo te quiero, te voy a tener, y que me importa muy poco lo que ella opine.
Me quedé boquiabierto.
—¿Vos… querés acostarte conmigo?
—Antes no, pero ahora sí. Solo para demostrarle a esa tonta que no maneja mi vida… aunque creo que sí maneja la tuya.
—A mí nadie me maneja, mucho menos mi hermana.
—Entonces, dale. Demostralo.
Sofía dio media vuelta y se apoyó sobre la mesada central. Bastó la inclinación de su cuerpo para que el vestido blanco se le subiera. Apareció uno de los sexos más perfectos que vi en mi vida: apenas se le notaban los labios, una masa esponjosa y pálida partida al medio.
—¿Acá? ¿Estás loca?
—Tu familia ya te conoce de arriba abajo. ¿Te da miedo que te vean?
—No lo decía por mi familia, sino por la tuya.
—Mi mamá y mi hermana ya me vieron desnuda mil veces. Dale, ¿me vas a coger o no?
La miré con detenimiento. Mi verga empezó a palpitar. Tenía algo de miedo, con su madre y su hermana tan cerca, pero no podía decirle que no a semejante rubia. Era preciosa y había algo en su actitud que me volvía loco.
Saqué la verga y en segundos la tuve dura. Ella se inclinó más, levantó el vestido dejando sus nalgas pálidas a la vista y separó las piernas. Apunté con el glande y empujé despacio. Sentí una resistencia enorme. Estaba muy apretada, supuse que por los nervios, aunque la tenía mojada: hacía un rato se había estado masturbando.
Hundí la verga un poco y Sofía soltó un chillido suave, como el viento colándose por una rendija. Volví a presionar mientras ella repetía «dale, dale, metela». Y de pronto entró. Y al entrar sentí que algo se rompía.
—¿Sos… virgen?
—Callate y metela toda, dale…
No lo podía creer. Era su primera vez. ¿Por qué se había mostrado tan decidida? Las vírgenes no suelen comportarse así. Aun así no quería detenerme. Si era su debut, quería que fuera memorable. No me gustaría que ella le contara a sus amigas que su primera vez fue una decepción.
Saqué la verga para darle tiempo a dilatarse. Había un hilito de sangre, mínimo. Volví a meterla, sintiendo cómo su cuerpo se abría de a poco. Fui ganando ritmo con paciencia, dejando que se adaptara. Desde el living llegaban los murmullos de la conversación y yo sabía que era cuestión de tiempo antes de que Mónica viniera a buscar más sándwiches o sidra. Aun así no me detuve. La tomé de la cintura y empecé a bombear. Ella apoyó la cabeza contra la mesada y suspiró.
—Esto es… mucho mejor de lo que me imaginaba…
—¿Por qué ahora? —le pregunté.
—Porque estoy harta de ser virgen. No aguanto más a mi hermana contándome sus anécdotas, cuando lo único que hago yo es masturbarme. Uf… sí… así…
Me moví más rápido. Su sexo ya estaba lo suficientemente dilatado como para mantener un buen ritmo.
—Pero… ¿por qué así? ¿Por qué de esta forma?
Sofía no alcanzó a responder. En el arco que separaba la cocina del hall había alguien. Giré la cabeza y me encontré con Caro. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Caro… ¿pasó algo?
Me miró con una expresión que no pude descifrar, una mezcla de rabia y angustia. Pensé que se había peleado con Mónica otra vez. Pero no lo supe, porque sin decir una sola palabra giró sobre sus talones y volvió por donde había venido. La escuché subir la escalera. El portazo retumbó en toda la casa.
Bueno… esto se va a poner peor de lo que ya estaba.