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Relatos Ardientes

Acepté compartir esa nochevieja y no hubo vuelta atrás

Bien, querido colega, te cuento con el mayor detalle posible la nochevieja que pasé con Carla y nuestros amigos, porque sé que estas confidencias son lo único que de verdad te enciende. Y esta no fue una velada cualquiera.

Al principio me extrañó un poco que Rubén y mi esposa propusieran que nos juntáramos los dos matrimonios para fin de año. Rubén vendría con su mujer, Silvia, y con Bruno, el hijo de ambos, un muchacho de veinte años, alto y de espaldas anchas. Yo ni me hacía ilusiones: pensaba que la presencia del chico arruinaría cualquier intento de pasar a algo más explícito. Por mí no había problema. Hacía meses que disfrutaba viendo a Carla entregarse a Rubén, y lo trataba a él delante de mí con un desparpajo que me hacía latir el pecho.

De Silvia, en cambio, no sabía nada. Una mujer de casa, alegre y confianzuda, siempre con vestidos correctos y ni un gesto de más. Sospechaba que la noche terminaría con cada uno en su rincón y yo masticando las ganas. No imaginaba lo equivocado que estaba.

Sabía que entre Rubén y Silvia ya no había vida de pareja. Él llamaba seguido a casa, venía a visitarnos a menudo, o más bien a visitar a mi mujer. Por eso decidimos ir a Mar de las Pampas, donde tenemos una cabaña para las vacaciones, lejos de la capital y de las miradas conocidas. Antes acompañé a Carla a comprar los regalos: le eligió a Rubén dos conjuntos de verano, y yo, sin saber bien por qué, le compré a Bruno una musculosa y un slip. El muchacho empezaba a despertarme una generosidad rara.

Llegaron a casa cuando estábamos cargando los bolsos en el auto. Silvia bajó del taxi con un conjunto deportivo juvenil, muy distinto a lo que le conocía, casi provocativo para sus cuarenta y cinco años. Llevaba el pelo corto y la carita le brillaba de picardía, con los ojos chispeantes y la boca a punto de reírse.

Carla subió adelante conmigo y los otros tres atrás. Tras unos comentarios sobre el tránsito, mi esposa se quedó dormida. Miré por el espejo a Rubén y alcé las cejas, como preguntando qué iba a pasar. Él me hizo un gesto tranquilizador. Al rato el motor lo durmió también a él y al chico.

Silvia estaba justo detrás de mí. De pronto sentí su aliento en la nuca y una caricia lenta en el pelo.

—Estos dos ya cayeron —susurró—. Qué ocasión para nosotros, Damián, ¿no?

No supe qué responder.

—Es broma —rió bajito.

No me habría molestado que no lo fuera.

—Despacio, que el chico escucha —le pedí.

—Está dormido —dijo ella.

Lo estaba, o se hacía. Tal vez lo segundo.

***

Llegamos una hora antes de la medianoche. Rubén, con esa autoridad suya que siempre me sometía, me mandó a comprar bebida y comida mientras Carla acomodaba a todos en sus habitaciones. Volví cargado de exquisiteces y botellas de champán, lo que hizo que Silvia batiera las palmas y que mi esposa me mirara de reojo, prometiéndome con los ojos una noche larga.

Carla llevaba un jean ajustado, sandalias transparentes y un top anudado bajo el pecho, el pelo castaño suelto y sin maquillaje. Su forma de caminar provocaba no solo a Rubén, sino a Bruno, que no le quitaba los ojos de encima. El muchacho buscaba la mirada de mi mujer y la retiraba enseguida, para que el padre no lo notara. Silvia, seria, me hacía señas casi imperceptibles para que me fijara en eso. Entendí entonces que ella sabía todo: lo de su marido con mi esposa y lo del deseo de Bruno por Carla.

Lo que no entendí fue por qué a Silvia se le tensaba la cara cada vez que el chico le sonreía a mi mujer. Lo atribuí a la discreción. Estaba muy equivocado.

—Falta poco para las doce, me voy a cambiar —dijo Carla.

—Yo también —la siguió Silvia, y subieron juntas.

Rubén me pidió un whisky con hielo y se sentó como un rey. El viaje, las palabras de Silvia y las miradas de Bruno me tenían en ascuas. El muchacho dijo que quería ir al baño y, como no sabía dónde estaba, lo acompañé.

Apenas entró se quitó la camisa y dejó ver un torso firme, con una línea de vello que se perdía dentro del jean, que ya tenía un botón abierto. No quise irme. Se peinó frente al espejo y de golpe se dio vuelta, muy cerca de mí. Le apoyé la mano en el pecho y sentí lo suave del vello.

—¿Te das cuenta de que mi viejo se está cogiendo a tu mujer? —me dijo.

—Sí, lo sé.

—¿Y no vas a hacer nada?

—Me gusta. Y a ellos también.

—¿Sos puto?

—No. Soy un cornudo complaciente —le contesté.

Se hizo un silencio. Le bajé la vista a la bragueta sin querer; el bulto se notaba.

—¿Te gustaría que me la coja? —preguntó con la voz ronca.

—Sí, si ella quiere. ¿Tanto te gusta?

—Me tiene loco. Pero mi viejo me mata si me animo.

—Yo te ayudo —le dije.

Me ordenó que le desabrochara el pantalón. Lo hice con los dedos torpes. Cuando la saqué del slip, saltó como un resorte, dura y palpitante.

—Chupámela —me mandó, apoyándose en el lavabo con las piernas abiertas—. Rápido, que acabo enseguida.

Me arrodillé y empecé una mamada lenta, apretando la cabeza con los labios. Él me empujaba pidiendo más. Lo masajeé con la mano mientras seguía con la boca, y en cuestión de minutos se arqueó, se mordió el labio y se vació de golpe. Tragué sin pestañear, una y otra vez, hasta la última gota. Después le abroché el pantalón y bajamos.

Silvia me esperaba en la cocina.

—Te buscaba, faltan dos minutos —dijo.

Descorché el champán, lo serví y, con las doce campanadas, brindamos por el año nuevo.

***

Las dos mujeres bajaron de gala. Carla con un vestido corto de gasa fucsia, tan corto que dejaba ver las puntas del liguero, y dos breteles finos que le apretaban el pecho. Silvia, de negro transparente, largo, con sandalias de plataforma. Ninguna se había maquillado, no hubo tiempo, pero la piel les brillaba y los ojos también.

Me senté con Bruno a los lados de Carla; enfrente, Rubén y Silvia. Bebimos más de lo que comimos y las risas llenaron la cabaña. Rubén no solo miraba a mi esposa: por debajo de la mesa se decían cosas con las rodillas. Carla me habló al oído.

—Me está tocando mucho. Creo que me va a querer llevar a la cama enseguida.

Bruno apoyó un momento la mano en el antebrazo de mi mujer, pero una mirada de su madre lo hizo retirarla. Afuera estallaban los fuegos artificiales. Trajimos los postres, cerezas flameadas con coñac que prendí como una hoguera, anuncio de la que iba a estallar después. Y en eso, uno de los breteles de Carla se le cayó del hombro.

Ver a mi mujer con medio pecho descubierto frente a los hombres me aceleró el corazón, no por el seno, sino por la forma impúdica en que lo ofrecía. Bruno se puso colorado. Silvia se levantó, le dijo algo al oído a Carla y subieron juntas. Tardaron un buen rato.

Rubén miró algo en la tele y Bruno, con la excusa del sueño, se fue a su cuarto.

—¿Sabés por qué se fueron las chicas? —le pregunté.

—Para que pasemos mejor la noche. Decime, ¿estás ansioso por ver lo que le voy a hacer a tu mujer?

—No tanto. No sé cómo va a reaccionar la tuya.

Soltó una carcajada.

—¡Qué cornudo divino que sos! Mirá, no te ocupes de Silvia. Prepará el café como la otra vez y, cuando subamos, venís en un rato.

Carla bajó ondulante por la escalera, con un ruido seductor de tacones. Un corsé negro de encaje le levantaba el pecho, portaligas, medias negras y nada más. Una belleza: labios rojos, pelo recogido, las perlas que le había regalado el año que estuvimos en Estambul. Se sentó junto a Rubén, lo besó hondo y lo arrastró de la mano escaleras arriba. Al pasar me sacó la lengua.

—¿Te gusta? —me dijo.

—Sí, mi amor. Disfrutalo.

***

Me fui aturdido al cuarto y enseguida me llamó Rubén. Estaba desnudándose.

—Ayudame con el jean —dijo.

Cuando me arrodillé para sacárselo, su verga me rozó la cara. La tomé con la boca sin que me lo pidiera.

—Cornudo complaciente —murmuró—. Me acostumbraste a vaciarme antes de cogerme a tu mujer.

—¿Por qué te gusta? —pregunté.

—Porque así duro más y ella goza media hora larga. No baja de cuatro veces, y cuando yo termino, ella sigue temblando un minuto entero.

Mientras hablaba se ponía más duro. En un par de minutos acabó en mi boca, menos abundante que su hijo. La lamí hasta dejarla limpia y él salió desnudo por el pasillo, derecho al cuarto donde lo esperaba Carla. Al pasar frente a la puerta entreabierta escuché los primeros suspiros, los besos, el golpe rítmico de la cama contra la pared.

Me acosté a esperar el llamado que tanto deseaba. Pensé en Silvia, que parecía no darle importancia a nada, y en Bruno, que estaría escuchando con la fiebre subiéndole, pero de celos, no como a mí.

El pasillo se iluminaba apenas con la luz de la calle. De pronto una silueta se marcó en la puerta y un perfume inundó el cuarto. Era Silvia, con un camisón de seda estampado como piel de leopardo y, debajo, apenas una tanga. Se sentó en mi cama, me acarició la frente.

—Pobre Damián. Tu mujercita te pone los cuernos y a vos te gusta.

—¿Por qué pobre? Yo disfruto esto. Lo único que no me dejan es verlos juntos en la cama.

—¿De verdad querés ver? —dijo—. ¿Te gusta ver cómo cogen a tu mujer?

—El que sea. Sé que hasta tu hijo se la daría.

—No digas eso. No lo voy a dejar.

—¿Y a vos qué te importa? —respondí.

Me puso los dedos en la boca y sonrió. Algo en esa sonrisa no era de madre.

—¿Y solo viendo a tu mujer te calentás? ¿Con ninguna otra?

Adiviné lo que iba a decir, pero ella se levantó, meneó la cola que el camisón no cubría y se paró frente al espejo enorme de la pared. Se arregló el pelo, de espaldas, mirándome por el reflejo.

—Te vamos a hacer un regalo —dijo.

—¿Vamos?

Rió bajito e hizo un ruido apenas audible hacia la puerta. Entró Bruno, solo con un slip.

—¿Cierro? —preguntó.

—Está tu mamá —le dije.

No contestó. Se acercó por detrás de ella, se apoyó, le tomó los pechos y se los levantó. Silvia echó los brazos atrás y le acarició la cabeza.

—Por fin te decidiste —le susurró—. Creí que ya no tenías ojos para tu mami, con la otra babeándote.

Se refería a Carla. Una oleada de placer me recorrió: Silvia estaba celosa, y no de su marido. Lo que jamás habría imaginado se me hizo claro de golpe.

—Quiero verlos —dije, con la voz tomada.

Bruno retrocedió con su madre y se sentó en mi cama, al lado mío.

—Sacame el slip —me ordenó.

Me arrodillé delante de él mientras él le quitaba el camisón a Silvia y lo tiraba al piso. La inclinó un poco hacia adelante, hasta que la cara de ella casi rozó la mía, y la sentó despacio sobre él. Silvia me besó mientras lo recibía, con la lengua entera, jadeando sin despegar su boca de la mía. Después se acostó de espaldas sobre su hijo, abrió las piernas y me pidió la lengua. No lo pensé. Bajé la cabeza y la lamí al compás de las embestidas, hasta que estalló en convulsiones más fuertes que las de Carla, aunque más cortas. Bruno suspiró, dijo el nombre de su madre y se vació dentro de ella.

Quedaron un rato distendidos. Cuando él se levantó y fue al baño, le pregunté a Silvia desde cuándo.

—Desde hace bastante —dijo—. Lo de siempre. Una madre que cuida de más.

Me contó que, siete años atrás, Rubén la había dejado para correr detrás de una chica de diecinueve, y que ella, en plena madurez y sin nadie, había encontrado en el hijo a quien reemplazara al padre. El chico la provocaba con la mirada, con el cuerpo, con los suspiros. Una historia que, como tantas, parece siempre la misma.

Charlamos un buen rato, ella desnuda a mi lado. Me confesó que Rubén le había pedido meses atrás que se acostara conmigo, para que yo me olvidara de Carla y se la dejara solo a él. Se tranquilizó cuando le dije que mi mujer y yo nos amamos, y que todo lo que hacemos es para nuestro propio gozo, pero que ya no me alcanzaba si no la veía a ella. Su mano bajó y encontró mi verga, que con el contacto empezó a despertarse.

—¿En qué pensás? —preguntó.

—En lo que hacen al lado.

***

Silvia se levantó y fue hasta la habitación de al lado, donde todavía se oían risas y jadeos. Unos golpecitos en la pared eran la señal. Empujó la puerta sin llave y me hizo entrar de la mano. Los dos amantes estaban acostados, la cabeza de Carla en el pecho de Rubén.

—Entrá, cornudo, a ver si nos das una buena limpieza —dijo él.

Me arrodillé y lamí a mi mujer, después a él, mientras Rubén repetía que hiciera un buen trabajo. La pija se me paró como nunca. Silvia se recostó junto a Carla y se buscaron las lenguas.

—¿Te animaste? —preguntó mi esposa.

—Sí, mi amor. Y Damián vio todo.

Carla me tomó la mano.

—¿Te gustó? —me dijo—. Pero quiero verte a vos disfrutar.

—Mejor —exclamó Rubén—: lo hacemos entre todos.

Bajé a preparar café. Silvia me acompañó, excitada, abrazándome, pidiéndome que le chupara los pezones.

—¿No te alcanzó con tu hijo? —le dije.

—Con él lo hago siempre. Quiero algo nuevo.

Bruno bajó al sentirnos, vio a su madre desnuda contra mí y nos llevó a los dos al living. Se sentó, se quitó el jean y me ofreció la verga, que tomé enseguida.

—Así, cornudo —me decía—. Y después me cojo a tu mujer.

—Estás loco —le reía Silvia.

—Dejame, mami, que esa hembra me tiene loco. Por favor.

—Bueno, hijo. La cogeremos entre los dos, mientras Damián mira. ¿Te gusta, Damián?

—Sí —dije, ya duro.

Subimos casi corriendo. Cerramos la puerta y, en la penumbra, los cinco cuerpos se enredaron. Bruno, que no había acabado conmigo, se abalanzó sobre Carla y la penetró de un golpe, haciéndola estremecer. Yo la besé y ella me pasó a la boca el resto de Rubén que aún guardaba. Silvia besaba la cola de su hijo, que se movía desesperado, mientras Rubén observaba complacido la escena entera.

En un minuto el muchacho profirió un gemido gutural, se arqueó y se vació dentro de mi mujer, que explotó en otro orgasmo, irían cinco esa noche. Después me tocó el turno de siempre, lamer lo que quedaba. Creo que esa noche me alimenté como un rey.

Cuando todo se apaciguó, Silvia le abrió las piernas a Carla y me miró.

—Acá la tenés. Disfrutala.

Con el recuerdo de todo lo que había visto, se me paró firme, y entré en ella con dulzura. En un par de minutos, con un beso largo, acabé por fin, y me di el gusto de mi vida: con mi mujer al lado de su amante, que esa vez no era un hombre, sino otra mujer tentadora.

Qué ironía, ¿verdad? Ya te contaré la segunda noche. Esa fue todavía mejor.

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Comentarios (5)

Gustavo_MDZ

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

SofiLectora

Me encanto como narraste ese momento inicial, se nota que es real. Los detalles te meten dentro de la historia desde el principio.

ElPlayero22

La nochevieja mas movida que lei hasta ahora jaja, tremendo. Seguí así!

BiCuriosaBA

Siempre me pregunte como se siente dar ese primer paso... muy bien narrado el dilema interno al comienzo

Roby_norte

increible!!! Mas relatos asi por favor

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