El olor de mi hermano me dejó sin voluntad esa noche
Lo que voy a contar es lo más íntimo que tengo, y aun así necesito sacarlo de adentro. Antes de empezar, debo advertir algo: esta historia gira alrededor de un fetiche extremo, uno que durante años creí que solo me pertenecía a mí. Puede que te desagrade. Puede, también, que te sirva para conocerte un poco mejor y descubrir hasta dónde sos capaz de llegar cuando el deseo te arrastra.
Me llamo Camila, tengo veintidós años y estudio en la universidad. Mi problema, si es que se puede llamar así, es que nunca aprendí a controlar mis impulsos. Desde que tengo memoria me gustaron los olores fuertes. No los perfumes ni las velas aromáticas: hablo de lo crudo, de lo que el cuerpo deja cuando nadie lo disfraza.
Creo que viene de la infancia, aunque odio explicarlo así porque suena a excusa. Mi padre llegaba agotado de su trabajo y muchas noches se dormía sin pasar por la ducha. De chica yo era pegajosa, me metía en su cama, y mientras él roncaba yo apoyaba la cara en su hombro y respiraba ese olor espeso a sudor y a jornada larga. No había nada turbio en eso, era una nena buscando refugio. Pero el cerebro guarda asociaciones que después no sabe soltar.
De grande descubrí la masturbación, y con ella entendí lo que esos olores me hacían. Me excitaban hasta dejarme temblando, al borde, con una sola inhalación profunda. Empecé a hacer locuras: oler cosas que no debía, en lugares donde no podía, robar ropa interior usada de quien fuera que viviera bajo el mismo techo. Llegué un verano a no bañarme durante días solo para reconocerme en mi propio olor. Era joven y estaba sola con eso. No le pido a nadie que lo entienda; solo cuento cómo fue.
El día que todo cambió empezó como cualquier otro de esos en los que una cree tener el asunto bajo control. Estaba preparándome para masturbarme y, como siempre, salí a buscar algo para apoyar sobre mi cara. Mi hermano Tobías había salido, su cuarto estaba vacío, y yo entré sabiendo exactamente qué iba a robar.
Buscaba dos cosas. Lo primero, algún papel o trapo que hubiera usado para limpiarse después de terminar. Lo segundo, ropa interior sin lavar. Revisé el cesto de basura junto a su escritorio y encontré un puñado; los metí en el bolsillo del pantalón sin pensarlo dos veces. Después me agaché y rastrillé debajo de la cama: remeras, medias, un bóxer enredado en una pelota. Estaba tan concentrada que no escuché la puerta.
—¿Buscabas esto? —dijo una voz a mis espaldas.
Me di vuelta de golpe. Tobías estaba parado en el marco de la puerta, con un bóxer suyo colgando de un dedo y una calma que me heló más que cualquier grito. Sentí que me moría. Las orejas me ardían, los ojos se me llenaron de lágrimas y la garganta se me cerró. Quería desaparecer.
—Tranquila —dijo él, bajando la mano—. No grites, no llores. Sentate.
Me senté en el borde de su cama porque las piernas no me respondían. Entonces me contó todo con una tranquilidad que casi daba más miedo que el enojo. Había empezado a sospechar hacía semanas, cuando notó que medias y ropa interior desaparecían. Dejó una cámara vieja prendiéndose en su escritorio durante el día, apuntando a la habitación, y me grabó entrando una, dos, tres veces. Ya sabía. Hacía rato que sabía.
Después vino el sermón. Que era peligroso, que podía meterme en problemas, que qué iba a pasar si en vez de él me descubría otra persona. Yo lo escuchaba con la cabeza gacha. Y en algún momento, no sé por qué, le conté la verdad. Le hablé del olor, de lo que me provocaba, de que no era un capricho sino algo más fuerte que yo. Esperaba asco. Esperaba que me pidiera algo a cambio de su silencio.
—No lo vuelvas a hacer —fue todo lo que dijo, y me dejó ir.
***
De vuelta en mi cuarto me masturbé como nunca. Algo había cambiado: ahora alguien lo sabía, y eso, en lugar de avergonzarme, me quemaba por dentro. Saqué del bolsillo los papeles que había robado y los apreté contra mi cara con las dos manos. Olían horrible, un olor denso, animal, y justamente por eso mi cabeza dejó de pensar en cualquier otra cosa.
Mis dedos se movían rápido, sin pausa, y el único ruido en la habitación era el de mi respiración entrecortada contra el papel y el de mi propia humedad. El olor de mi hermano me entraba por la nariz mientras llegaba a uno de los mejores orgasmos de mi vida. Me arqueé sobre la almohada y la marqué con mi sudor, y desde esa noche esa almohada fue mi favorita, porque guardaba mi olor mezclado con el suyo.
Quedé tirada sobre la cama, despierta pero quieta, mirando cómo la luz de la tarde se iba apagando contra la pared. Mi madre estaba afuera, mi padre seguía en el trabajo. La casa entera era mía. Y mi mente, en vez de calmarse, pedía más. No los papeles, no los restos. Quería la fuente directa. Quería la esencia pura, sin intermediarios.
Sin un gramo de miedo crucé el pasillo. Antes de llegar ya lo escuchaba: Tobías se estaba masturbando, creía estar solo otra vez. Empujé la puerta y lo encontré sentado frente a la computadora, sin pantalón, mirando un video. Pegó un salto y me gritó que me fuera, furioso, rojo de la vergüenza. Pero a mí me pareció el momento perfecto.
—Quiero que termines en mi cara —le dije, sin rodeos, sin temblar—. Más concreto: en mi nariz. Quiero sentir tu olor metido tan adentro que no me lo pueda sacar en horas.
—¿Qué? No. Estás loca —contestó, tapándose con la sábana—. Si se enteran los viejos nos matan.
—O sea que querés —dije despacio, mirándolo a los ojos—, pero tenés miedo de que nos descubran. No es lo mismo.
Se quedó callado, y en esa pausa entendí que tenía razón. Estuve casi una hora trabajándolo, sentada en su silla, paciente, repitiéndole que nadie iba a enterarse, que era una sola vez. Me costó. Al final llegamos a un trato que él mismo propuso para no quedar como el único raro de la casa: él me cumplía esta fantasía, y yo, alguna vez, le cumplía una a él. La que fuera. Sin derecho a decir que no.
***
Me arrodillé entre sus piernas. La regla, dijo, era clara: solo podía oler. Nada de manos, nada de boca al principio, él no quería más problemas de los necesarios. Hacía calor esa noche, un calor pegajoso, y él no se había duchado después del gimnasio. El olor que subía de él era brutal, casi insoportable, y mi cabeza ya estaba al filo de romperse. Hundí la nariz ahí y no me despegué hasta sentir que dejaba de estar tenso, hasta que su cuerpo entero se rindió a la sensación.
Cuando me dio permiso, empezó a tocarse, y yo subí la nariz hasta la punta de su miembro. El olor era pura gloria. Recorrí cada centímetro respirando hondo, como si quisiera memorizarlo, sin dejar un solo rincón sin reconocer. Una gota de su excitación se juntaba contra mi nariz y bajaba hasta mi labio; cuando había suficiente, pasaba la lengua y la probaba. Era delicioso, o tal vez para entonces mi cabeza ya no tenía un solo pensamiento racional adentro.
Empecé a masturbarme con una violencia que no me conocía. Tres dedos adentro, llegando tan lejos que dejé de sentir las piernas. Estuvimos así un rato largo, él respirando cada vez más fuerte y yo pegada a su cuerpo con la mente perdida en algún lugar muy lejos de esa habitación, castigándome como nunca antes lo había hecho.
—Ya está —murmuró de pronto—. Voy.
Era el momento que había esperado toda mi vida. Mi propio cuerpo estaba al borde, solo necesitaba ese empujón final. Tobías terminó con fuerza, y los dos primeros golpes me llenaron las fosas nasales; el resto quedó repartido por toda mi cara, dejándome empapada y arruinada. Pero lo único que yo registraba era el olor. Estaba en el cielo. En ese instante supe que iba a querer ese olor el resto de mi vida.
Él decía algo, no sé qué, mi cerebro había dejado de procesar palabras. Y fue peor cuando intenté respirar: al inhalar, todo lo que tenía en la nariz se deslizó hacia el fondo de mi garganta. Ahí terminé de perderme. Tragué, y esa sensación me empujó por encima del borde. Me corrí de rodillas en el piso de su cuarto, sacudiéndome, dejando una mancha húmeda sobre el parqué.
—Te tenés que limpiar —dijo él, alcanzándome algo.
La verdad es que no quería limpiarme. Quería quedarme así, suspendida en ese momento, para siempre. Pero, casi sin darme cuenta, agarré lo primero que me pasó y me sequé la cara. Cuando volví en mí y miré qué tenía en la mano, era mi mascarilla, la que uso obligatoriamente para entrar a clase. Estaba completamente manchada.
—Te quería matar —le dije, y él se rió bajito.
—Tranquila. Pensé que te iba a gustar —contestó—. Así, a donde vayas mañana, vas a tener mi olor acompañándote todo el día.
Lo quería matar y lo quería abrazar al mismo tiempo. Había cumplido el sueño más sucio que tenía guardado, y él, en lugar de juzgarme, había encontrado la forma exacta de atarme a esto sin una sola cuerda.
De vuelta en mi cuarto me masturbé otra vez, con la mascarilla puesta, respirándola hasta que casi no quedó rastro. No me importó que al día siguiente tuviera que levantarme temprano. Quería exprimir esa noche hasta la última gota.
***
A la mañana siguiente, bajo el agua de la ducha, volví a pensar en todo y por un momento me sentí mal, como quien sabe que cruzó una línea de la que ya no hay regreso. Y tenía razón en sentirlo: no había vuelta atrás. Lo que pasó esa noche no fue el final de nada. Fue apenas el comienzo de cómo mi mente aprendió a apagarse del todo con tal de alimentar mis deseos más oscuros. Pero esa es otra historia, y todavía no estoy segura de querer contarla.