Mi abuela y su amiga me enseñaron quién manda
—Abuela, me corro —jadeé, con los puños apretados contra el colchón.
Ella no aflojó. Al contrario, aceleró el movimiento de sus pies, envueltos en unas medias veladas negras que ya estaban tirantes por el roce. Las plantas subían y bajaban a lo largo de mi sexo con una precisión que solo dan los años de costumbre, apretando justo donde sabía que yo no podía aguantar.
—No te cortes, mi niño —susurró sin dejar de mirarme a los ojos—. Dáselo todo a la vieja ramera de tu abuela.
No resistí más. Me vacié sobre la suela de sus pies, manchándole los dedos, dejando las medias empapadas y brillantes. Remedios bajó la mirada hacia el desastre que yo había dejado en su piel cubierta de nailon y sonrió con esa satisfacción tranquila de quien acaba de ganar una partida que jugaba desde mucho antes que yo me despertara.
Se quitó las medias despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y se las llevó a la boca. Saboreó la mezcla de su propio sudor y de lo que yo le había dejado encima, y mientras lo hacía deslizó la otra mano entre sus piernas y se frotó con fuerza. No tardó nada. Llevaba toda la mañana caliente, y yo solo era el último empujón que necesitaba.
***
Así empezaban casi todos mis días desde que me había mudado de nuevo a la casa familiar. Yo era cocinero, trabajaba turnos cambiantes, y entre servicio y servicio había vuelto al cuarto que ocupaba de adolescente. Lo que nadie de la familia imaginaba era lo que ocurría tras esa puerta cada vez que mis padres salían a hacer la compra.
Mi abuela tenía sesenta y tantos y un cuerpo que llevaba con un orgullo casi insolente. Pero lo suyo no era el cuerpo. Era el mando. Le gustaba decidir cuándo, cómo y cuánto, y yo había descubierto, casi sin querer, que obedecerla me gustaba más que cualquier cosa que hubiera probado antes.
Todo había empezado con un detalle tonto, meses atrás. Una tarde la encontré quejándose de los pies después de una jornada larga y me ofrecí a dárselos un masaje. Ella me dejó hacer, observándome con una ceja levantada, y cuando mis dedos llevaban un rato amasando sus plantas notó, sin pudor ninguno, cómo se me marcaba el bulto del pantalón.
—Vaya, vaya —dijo entonces, sin escándalo, casi divertida—. Conque era eso.
No lo negué. No podía. Y desde aquella tarde se estableció entre nosotros un pacto silencioso en el que ella ponía las reglas y yo me limitaba a cumplirlas. Aprendí a pedir permiso. Aprendí a aguantar. Aprendí que la palabra «no» dicha por ella tenía un peso que ninguna otra mujer me había hecho sentir.
Esa mañana, después del despertar, me fui a duchar y a vestir con cuidado. Era un día especial. Venía a comer doña Amalia, una vieja amiga de mi abuela de toda la vida, casi una más de la familia. Las dos se conocían desde jóvenes y se reían de cosas que el resto de nosotros no entendíamos, con ese tono cómplice de quien comparte secretos viejos.
Mis padres llegaron primero, cargados de bolsas, hablando de tonterías y de planes para pasar el día en casa. Media hora después sonó el timbre y entró doña Amalia con ese estilo tan suyo que yo recordaba de siempre. Llevaba un vestido negro que le caía justo por encima de la rodilla, unas gafas de sol enormes que no se quitó hasta cruzar el recibidor, y unas sandalias de verano que dejaban a la vista una pedicura impecable, las uñas pintadas de un negro brillante.
No pude evitar bajar la mirada hacia sus pies. Y cuando volví a subir los ojos, ella ya me estaba observando por encima de las gafas, con media sonrisa. Lo había notado. Claro que lo había notado.
Había algo en doña Amalia que siempre me había puesto nervioso, ya de chaval. La forma en que cruzaba las piernas, la manera lenta de quitarse el reloj y dejarlo sobre la mesa, ese perfume dulce y pesado que se quedaba flotando en el recibidor mucho después de que ella hubiera pasado. De joven creía que eran imaginaciones mías. Esa tarde entendí que nunca lo habían sido.
Mientras yo terminaba de poner la mesa, las dos mujeres se sentaron juntas en el sofá y hablaron en voz baja, con las cabezas muy cerca. De vez en cuando una de ellas me miraba, soltaba una risa y volvía a su conversación. Yo fingía no darme cuenta, pero sentía la nuca caliente y el pulso acelerado, como si supiera que estaban decidiendo algo sobre mí sin contar con mi opinión.
—Qué grande está tu nieto, Remedios —dijo, alargando las palabras—. Y qué bien educado parece.
—No te creas todo lo que parece —contestó mi abuela, y las dos rieron.
***
Me esmeré en la cocina. Preparé una lubina al horno con patatas y un majado de ajo y perejil, un plato que volvía loca a toda la familia. Mientras servía, sentía las miradas de las dos mujeres cruzándose, hablando sin hablar, y un nudo de tensión se me iba apretando en el estómago. Algo se cocía entre ellas, y no era precisamente el pescado.
Comimos todos juntos, con conversación ligera y vino, y al terminar mis padres se acomodaron en el sofá del salón, vencidos por la siesta. Yo recogí, dejé la cocina impecable y me retiré a mi cuarto a tumbarme un rato. El calor de junio y el vino me arrastraron al sueño en cuestión de minutos.
No sé cuánto dormí. Lo que me despertó fue un placer húmedo y conocido que me subía desde la entrepierna. Aparté la sábana de golpe y allí estaba mi abuela, agachada sobre mí, devorándome con la boca como si fuera el postre que no había tenido en la mesa.
Pero eso no fue lo que me dejó la boca seca.
En una esquina del cuarto, sentada en mi vieja silla de escritorio, estaba doña Amalia. Se había subido la falda del vestido negro hasta las caderas y tenía una mano metida entre los muslos, moviéndose despacio, sin prisa, mientras observaba la escena con los labios entreabiertos. No apartó la mirada cuando vio que yo me despertaba. Si acaso, se mordió el labio y siguió.
—¿Ves, Amalia? —dijo mi abuela, soltándome un instante para hablar—. Te lo dije. Mi nieto tiene un buen rabo.
Y volvió a su tarea con más ganas que antes.
—Mmmm, se ve tan rico, Reme —contestó la otra desde su rincón, con la voz espesa—. Tengo ganas ya de hacer eso que dijimos.
—Pues ven aquí, no seas tímida.
Yo no entendía a qué se referían. Por un momento pensé que doña Amalia se sumaría a la boca de mi abuela, que se turnarían sobre mí. Pero la sorpresa fue otra. Las dos se sentaron en el borde de la cama, una a cada lado, se quitaron las sandalias y los zapatos, y empezaron a frotarme con los pies. Cuatro plantas, veinte dedos, dos pares de uñas pintadas de negro, todo rodeándome a la vez.
Una paja a cuatro pies.
No fui capaz ni de hablar. Estaba tan abrumado por la sensación, por la presión de las plantas resbalando por mi sexo, por la imagen de esas dos mujeres mayores concentradas en mí como si fuera un juguete que llevaban años queriendo compartir, que no aguanté nada. Me corrí sobre los pies de ambas, salpicando los empeines, los tobillos, los dedos pintados.
—Mira cómo se ha puesto, qué poca aguante —se burló doña Amalia, y la humillación en su tono me encendió todavía más.
Las dos apartaron los pies de mi sexo y, sin pedir permiso, se inclinaron la una hacia la otra. Doña Amalia levantó el pie de mi abuela y lo lamió, limpiando lo que yo había dejado. Después mi abuela hizo lo mismo con ella. Se turnaron, despacio, lamiéndose los dedos entre risas bajas, dejando grabada en mi cabeza una imagen que sabía que no iba a poder olvidar nunca.
Cuando terminaron de limpiarse entre ellas, se ocuparon de mí. Se turnaron también para chuparme y dejarme limpio, una tarea que alargaron más de lo necesario, solo por el gusto de ver cómo me retorcía bajo sus bocas.
***
Cuando por fin recuperé algo de fuerzas, los tres bajamos al salón a por agua. Veníamos descalzos, con la ropa a medio poner, riéndonos en voz baja como críos que han hecho una travesura. Justo por ir descalzos, nadie en el piso de abajo nos oyó bajar las escaleras.
Y por eso oímos nosotros primero los gritos que venían del salón.
—¡Una puta! ¡Soy una puta y me encanta! ¡Solo sirvo para tragarme la leche de mi marido y de quien él me ordene!
Me quedé clavado en el último escalón. Doña Amalia me puso una mano en el hombro y mi abuela, lejos de inmutarse, sonrió como quien reconoce una vieja melodía.
Nos asomamos con cuidado. En el salón, sobre el mismo sofá donde se suponía que dormían la siesta, estaba mi madre a cuatro patas, siendo penetrada por detrás por mi padre. Él la sujetaba de las caderas y bombeaba con una intensidad que hacía temblar los cojines.
—¿Dónde quieres la leche, zorra? —jadeaba él.
—Donde tú decidas —respondió ella, con la voz quebrada—. En la boca o en los pies. Tú mandas.
Sentí la mano de mi abuela cerrarse sobre la mía. Me incliné hacia ella y le susurré la única pregunta que tenía sentido en ese momento.
—¿Tú sabías esto?
Remedios me miró con esos ojos que llevaban toda una vida decidiendo por los demás.
—Mi niño —dijo, acariciándome la mejilla—, ¿de dónde te crees que has aprendido tú a obedecer?
Doña Amalia soltó una risa baja a mi espalda y nos empujó suavemente hacia el umbral del salón.
—Venga —dijo—. No os quedéis ahí mirando. En esta familia no se mira desde la puerta.
Y por primera vez en toda la tarde, fui yo el que se dejó llevar sin entender del todo qué venía después.