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Relatos Ardientes

Mi abuela y su amiga me enseñaron quién manda

—Abuela, me corro —jadeé, con los puños apretados contra el colchón.

Ella no aflojó. Al contrario, aceleró el movimiento de sus pies, envueltos en unas medias veladas negras que ya estaban tirantes por el roce. Las plantas subían y bajaban a lo largo de mi polla con una precisión que solo dan los años de costumbre, apretando justo donde sabía que yo no podía aguantar. Las plantas resbalaban por el glande hinchado, los dedos se cerraban sobre la punta y volvían a bajar, arrastrando el nailon por toda la longitud de la verga, y cada vez que las plantas se juntaban en torno a mi tronco yo sentía que el semen me subía desde los huevos como un latigazo.

—No te cortes, mi niño —susurró sin dejar de mirarme a los ojos—. Dáselo todo a la vieja ramera de tu abuela. Cágame los pies de leche, anda, empapa las medias, que para eso me las he puesto.

No resistí más. Me vacié sobre la suela de sus pies, manchándole los dedos, dejando las medias empapadas y brillantes. El primer chorro le cruzó el empeine y le bajó por el tobillo; el segundo se le enredó entre los dedos; los siguientes le cayeron a plomo sobre las plantas, formando un charco espeso que se filtraba por la trama del nailon. Yo gemía con la boca abierta, incapaz de cerrar las caderas, embistiendo hacia arriba contra sus pies mientras la última gota se me escurría por la vena de abajo. Remedios bajó la mirada hacia el desastre que yo había dejado en su piel cubierta de nailon y sonrió con esa satisfacción tranquila de quien acaba de ganar una partida que jugaba desde mucho antes que yo me despertara.

Se quitó las medias despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y se las llevó a la boca. Chupó el nailon empapado como quien chupa la salsa de un plato bueno, y saboreó la mezcla de su propio sudor y de mi leche mientras me miraba fijamente. Con la otra mano se abrió la bata, se subió el camisón hasta la cintura y se metió dos dedos en el coño. No tardó nada. Llevaba toda la mañana caliente, y yo solo era el último empujón que necesitaba. La oí gemir bajito, con las medias colgando de los labios, mientras los dedos le entraban y le salían haciendo un ruido húmedo que llenó el cuarto. Se corrió mordiéndose el nailon, con los muslos apretados y la cara roja, y cuando terminó se limpió los dedos en mi barriga y me los pasó por la boca para que yo también me la comiera a ella.

***

Así empezaban casi todos mis días desde que me había mudado de nuevo a la casa familiar. Yo era cocinero, trabajaba turnos cambiantes, y entre servicio y servicio había vuelto al cuarto que ocupaba de adolescente. Lo que nadie de la familia imaginaba era lo que ocurría tras esa puerta cada vez que mis padres salían a hacer la compra.

Mi abuela tenía sesenta y tantos y un cuerpo que llevaba con un orgullo casi insolente. Pero lo suyo no era el cuerpo. Era el mando. Le gustaba decidir cuándo, cómo y cuánto, y yo había descubierto, casi sin querer, que obedecerla me gustaba más que cualquier cosa que hubiera probado antes.

Todo había empezado con un detalle tonto, meses atrás. Una tarde la encontré quejándose de los pies después de una jornada larga y me ofrecí a dárselos un masaje. Ella me dejó hacer, observándome con una ceja levantada, y cuando mis dedos llevaban un rato amasando sus plantas notó, sin pudor ninguno, cómo se me marcaba el bulto del pantalón.

—Vaya, vaya —dijo entonces, sin escándalo, casi divertida—. Conque era eso.

No lo negué. No podía. Y desde aquella tarde se estableció entre nosotros un pacto silencioso en el que ella ponía las reglas y yo me limitaba a cumplirlas. Aprendí a pedir permiso. Aprendí a aguantar. Aprendí que la palabra «no» dicha por ella tenía un peso que ninguna otra mujer me había hecho sentir.

Esa mañana, después del despertar, me fui a duchar y a vestir con cuidado. Era un día especial. Venía a comer doña Amalia, una vieja amiga de mi abuela de toda la vida, casi una más de la familia. Las dos se conocían desde jóvenes y se reían de cosas que el resto de nosotros no entendíamos, con ese tono cómplice de quien comparte secretos viejos.

Mis padres llegaron primero, cargados de bolsas, hablando de tonterías y de planes para pasar el día en casa. Media hora después sonó el timbre y entró doña Amalia con ese estilo tan suyo que yo recordaba de siempre. Llevaba un vestido negro que le caía justo por encima de la rodilla, unas gafas de sol enormes que no se quitó hasta cruzar el recibidor, y unas sandalias de verano que dejaban a la vista una pedicura impecable, las uñas pintadas de un negro brillante.

No pude evitar bajar la mirada hacia sus pies. Y cuando volví a subir los ojos, ella ya me estaba observando por encima de las gafas, con media sonrisa. Lo había notado. Claro que lo había notado.

Había algo en doña Amalia que siempre me había puesto nervioso, ya de chaval. La forma en que cruzaba las piernas, la manera lenta de quitarse el reloj y dejarlo sobre la mesa, ese perfume dulce y pesado que se quedaba flotando en el recibidor mucho después de que ella hubiera pasado. De joven creía que eran imaginaciones mías. Esa tarde entendí que nunca lo habían sido.

Mientras yo terminaba de poner la mesa, las dos mujeres se sentaron juntas en el sofá y hablaron en voz baja, con las cabezas muy cerca. De vez en cuando una de ellas me miraba, soltaba una risa y volvía a su conversación. Yo fingía no darme cuenta, pero sentía la nuca caliente y el pulso acelerado, como si supiera que estaban decidiendo algo sobre mí sin contar con mi opinión.

—Qué grande está tu nieto, Remedios —dijo, alargando las palabras—. Y qué bien educado parece.

—No te creas todo lo que parece —contestó mi abuela, y las dos rieron.

***

Me esmeré en la cocina. Preparé una lubina al horno con patatas y un majado de ajo y perejil, un plato que volvía loca a toda la familia. Mientras servía, sentía las miradas de las dos mujeres cruzándose, hablando sin hablar, y un nudo de tensión se me iba apretando en el estómago. Algo se cocía entre ellas, y no era precisamente el pescado.

Comimos todos juntos, con conversación ligera y vino, y al terminar mis padres se acomodaron en el sofá del salón, vencidos por la siesta. Yo recogí, dejé la cocina impecable y me retiré a mi cuarto a tumbarme un rato. El calor de junio y el vino me arrastraron al sueño en cuestión de minutos.

No sé cuánto dormí. Lo que me despertó fue un placer húmedo y conocido que me subía desde la entrepierna. Aparté la sábana de golpe y allí estaba mi abuela, agachada sobre mí, comiéndome la polla como si fuera el postre que no había tenido en la mesa. Me la había sacado del calzoncillo y se la había metido entera en la boca, hasta la garganta, y subía y bajaba con la lengua pegada a la vena de abajo, chupando con las mejillas hundidas, haciendo un ruido de saliva que me erizaba la piel. Cada vez que salía a coger aire me pasaba la lengua por el glande y me miraba desde abajo, con los ojos brillantes, para asegurarse de que yo seguía despierto y consciente de quién me estaba mamando la verga.

Pero eso no fue lo que me dejó la boca seca.

En una esquina del cuarto, sentada en mi vieja silla de escritorio, estaba doña Amalia. Se había subido la falda del vestido negro hasta las caderas y tenía una mano metida entre los muslos, moviéndose despacio, sin prisa, mientras observaba la escena con los labios entreabiertos. Se había apartado las bragas a un lado y yo le veía perfectamente el coño abierto, los dedos que se hundían hasta los nudillos y salían empapados, brillando. Con la otra mano se pellizcaba un pezón por encima del vestido. No apartó la mirada cuando vio que yo me despertaba. Si acaso, se mordió el labio y siguió, moviendo la muñeca más deprisa, con un ronroneo bajo en la garganta.

—¿Ves, Amalia? —dijo mi abuela, soltándome un instante para hablar, con los labios brillantes de saliva y la mano cerrada en la base de mi polla—. Te lo dije. Mi nieto tiene un buen rabo. Gordo, duro, aguantador. Como los de antes.

Y volvió a metérsela en la boca hasta el fondo, con más ganas que antes, apretando los huevos con la otra mano.

—Mmmm, se ve tan rico, Reme —contestó la otra desde su rincón, con la voz espesa—. Tengo ganas ya de hacer eso que dijimos. Se me está poniendo el coño como una fuente.

—Pues ven aquí, no seas tímida. Que este niño tiene leche para las dos y de sobra.

Yo no entendía a qué se referían. Por un momento pensé que doña Amalia se sumaría a la boca de mi abuela, que se turnarían chupándome, que me pondrían la polla entre las dos lenguas. Pero la sorpresa fue otra. Las dos se sentaron en el borde de la cama, una a cada lado, se quitaron las sandalias y los zapatos, y empezaron a frotarme con los pies. Cuatro plantas, veinte dedos, dos pares de uñas pintadas de negro, todo rodeándome a la vez.

Una paja a cuatro pies.

Al principio se coordinaron sin hablar, como si lo hubieran ensayado. Las plantas de mi abuela me apretaban la polla por los lados, comprimiéndola, y las de doña Amalia subían y bajaban por encima y por debajo, resbalando por el glande, arrastrando la saliva que me había dejado la abuela un momento antes. Los dedos de los pies se me metían por debajo de los huevos, me los sujetaban, me los aplastaban con cuidado. Doña Amalia se escupió en la planta y volvió a colocarla, y el ruido húmedo del escupitajo contra mi carne me hizo temblar.

—Mira cómo se le pone la punta, Reme —murmuró Amalia, presionándome el glande con el pulgar del pie—. Está a punto.

—Aguanta, mi niño —me ordenó mi abuela, y me clavó las uñas del pie en el pellejo de los huevos, sin llegar a hacerme daño, solo lo justo para recordarme quién mandaba—. No te vas a correr hasta que yo te diga.

Doña Amalia se rio y me apretó los pies contra la polla con más fuerza, moviéndolos arriba y abajo a un ritmo que no me daba tregua. Yo apretaba los dientes, con las manos aferradas a las sábanas, mirando cómo esas cuatro plantas se me enredaban en la verga como si fueran manos, cómo los dedos me la ordeñaban a cuatro bandas.

No fui capaz ni de hablar. Estaba tan abrumado por la sensación, por la presión de las plantas resbalando por mi polla, por la imagen de esas dos mujeres mayores concentradas en mí como si fuera un juguete que llevaban años queriendo compartir, que no aguanté nada. Me corrí sobre los pies de ambas, salpicando los empeines, los tobillos, los dedos pintados. Las cuerdas de semen les cruzaron los tobillos, se les metieron entre los dedos, les gotearon por las plantas hasta manchar la sábana. Yo gruñí como un animal, arqueado, con las caderas levantadas del colchón, empujando la verga entre las suelas hasta que no me quedó una gota dentro.

—Mira cómo se ha puesto, qué poco aguante —se burló doña Amalia, y la humillación en su tono me encendió todavía más—. Con dos pares de patas y ya está seco. Este niño está muy verde, Reme.

—Ya lo enseñaremos —contestó mi abuela, mordiéndose el labio—. Todavía nos queda tarde.

Las dos apartaron los pies de mi polla y, sin pedir permiso, se inclinaron la una hacia la otra. Doña Amalia levantó el pie de mi abuela, se lo puso a la altura de la boca y le lamió el empeine de punta a punta, recogiendo con la lengua los hilos de semen que se me habían escapado. Después le chupó los dedos uno por uno, metiéndoselos hasta el fondo de la boca, con los ojos cerrados. Mi abuela le devolvió el favor: cogió el pie de Amalia, se lo apoyó en el pecho y empezó a lamer, a chupar, a besar cada dedo pintado de negro con una devoción que me dejaba sin aire. Se pasaban la leche de una boca a otra, se la escupían entre risas bajas, se besaban en la boca con la lengua fuera para compartir mi corrida como quien comparte un vino, dejando grabada en mi cabeza una imagen que sabía que no iba a poder olvidar nunca.

Cuando terminaron de limpiarse entre ellas, se ocuparon de mí. Se turnaron también para chuparme y dejarme limpio. Mi abuela me metió la polla blanda en la boca primero y me la lamió entera, recogiendo con la lengua hasta la última gota que se me había quedado en la piel; me chupó los huevos uno por uno, me pasó la lengua por la ingle, por la vena de abajo, y cuando notó que la verga empezaba a hincharse otra vez me la sacó de la boca y se la ofreció a Amalia como quien pasa un plato. Doña Amalia la agarró por la base, se la escupió encima, y se la tragó hasta que la nariz le rozó el pubis. Se estuvo ahí un rato, tragando, con las lágrimas asomándole a los ojos, y luego subió despacio, con la lengua pegada. Yo me retorcía bajo sus bocas, medio muerto, y ellas alargaban la tortura solo por el gusto de verme sufrir.

***

Cuando por fin recuperé algo de fuerzas, los tres bajamos al salón a por agua. Veníamos descalzos, con la ropa a medio poner, riéndonos en voz baja como críos que han hecho una travesura. Justo por ir descalzos, nadie en el piso de abajo nos oyó bajar las escaleras.

Y por eso oímos nosotros primero los gritos que venían del salón.

—¡Una puta! ¡Soy una puta y me encanta! ¡Solo sirvo para tragarme la leche de mi marido y de quien él me ordene!

Me quedé clavado en el último escalón. Doña Amalia me puso una mano en el hombro y mi abuela, lejos de inmutarse, sonrió como quien reconoce una vieja melodía.

Nos asomamos con cuidado. En el salón, sobre el mismo sofá donde se suponía que dormían la siesta, estaba mi madre a cuatro patas, con la falda subida hasta la cintura y las bragas colgando de un tobillo, siendo penetrada por detrás por mi padre. Él la sujetaba de las caderas y le clavaba la polla hasta el fondo, bombeando con una intensidad que hacía temblar los cojines y que le arrancaba a ella gemidos ahogados contra el respaldo. Cada embestida le sacudía las tetas por dentro de la blusa desabrochada, y el sonido húmedo del coño de mi madre tragándose la verga de mi padre llenaba el salón como si estuvieran solos en el mundo.

—¿Dónde quieres la leche, zorra? —jadeaba él, con la mano abierta en la nalga.

—Donde tú decidas —respondió ella, con la voz quebrada—. En la boca o en los pies. Tú mandas. Cágame de leche donde te dé la gana, cariño, pero no pares.

Sentí la mano de mi abuela cerrarse sobre la mía. Me incliné hacia ella y le susurré la única pregunta que tenía sentido en ese momento.

—¿Tú sabías esto?

Remedios me miró con esos ojos que llevaban toda una vida decidiendo por los demás.

—Mi niño —dijo, acariciándome la mejilla—, ¿de dónde te crees que has aprendido tú a obedecer?

Doña Amalia soltó una risa baja a mi espalda y nos empujó suavemente hacia el umbral del salón.

—Venga —dijo—. No os quedéis ahí mirando. En esta familia no se mira desde la puerta.

Y por primera vez en toda la tarde, fui yo el que se dejó llevar sin entender del todo qué venía después.

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Comentarios(11)

LucianoK

tremendo relato, de los mejores que lei ultimamente aca

Curioso_Lect

no me esperaba ese giro al principio pero despues ya no pude parar de leer. Buenisimo

Valentina_22

continuacion!!!! necesito saber que pasa despues

ClaraDeseos

me encanto el ambiente que crea la historia, se siente real sin ser burdo. Sigue escribiendo asi

lechtor77

De los pocos relatos donde el protagonista no esta en control todo el tiempo. Eso le da un sabor completamente diferente a lo habitual. Me gusto mucho, esperando mas entradas de este estilo

ElGauchoBq

excelente!!!

MorboBaires

me recordo a algo que lei hace tiempo y que no pude olvidar. Este tiene el mismo efecto jaja. Muy bueno

FernandoBA

El inicio engancha de entrada. Quizas un poco corto pero vale la pena leerlo entero. Gracias por compartirlo

Karlita_88

que fantasía, me puse a mil leyendo esto

NachoCriollo

Para cuando la segunda parte?? La historia quedo a medias y quiero saber como termina

Noctambul_X

bueno bueno bueno. No esperaba que fuera tan adictivo pero aca estoy, releido dos veces jaja

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