Encontré los videos de mi mujer con el vecino
Todo está grabado en tres celulares distintos. Tres ángulos, tres perspectivas de la misma tarde de enero que yo no estaba ahí para ver porque me habían llamado de emergencia al trabajo y no volví hasta la noche.
Encontré los videos por accidente, la semana siguiente. Sofía había conectado su teléfono al televisor para mostrarme fotos de una reunión familiar, y al navegar entre las carpetas apareció una sin nombre, identificada solo por una fecha: 14/01. Ella se levantó a buscar agua a la cocina. Yo hice clic.
Lo primero que vi fue la pileta de Diego.
La reconocí de inmediato: ese mosaico turquesa desigual que él había puesto hacía dos veranos, la reposera de madera con el almohadón de lino raído, la bugambilia trepando por el muro del fondo que da a la medianera. Un lugar que yo conocía bien. Habíamos tomado cervezas ahí muchas veces, los cuatro, antes de que la ex de Diego se fuera y la cosa se pusiera rara entre ellos.
Mi mujer estaba recostada en esa reposera.
Llevaba un bikini que yo no le había visto antes: la parte de arriba blanca, de tela tan fina que no ocultaba casi nada, y la de abajo negra, triangular, bien ajustada. Tenía los ojos cerrados y una expresión de quien no espera nada pero está dispuesta a todo. El sol le pegaba de costado, proyectando su sombra larga sobre el piso de piedra alrededor de la pileta. Debían ser las cuatro y media, las cinco de la tarde.
El primer video duró dieciocho minutos. Lo miré dos veces antes de escuchar los pasos de Sofía en el pasillo.
Apagué el televisor. Ella entró con los dos vasos de agua. Me preguntó si me pasaba algo. Le dije que no, que me había distraído revisando el celular. Se sentó a mi lado, me apoyó la cabeza en el hombro, y yo la miré de reojo tratando de encontrar en su cara algún rastro de lo que acababa de ver.
No había nada. Solo Sofía, como siempre.
Esa noche, cuando se durmió, agarré mi teléfono y me mandé los tres archivos por correo. Los vi en el baño, con el brillo bajo y los auriculares puestos, sentado en el borde de la bañera.
***
En el primer video, grabado desde un trípode improvisado con el celular de Sofía apoyado en la mesa de resina, ella está sola al principio. Se estira, bosteza, se acomoda el sostén. Hay una copa de vino blanco en el suelo, junto a la reposera, casi vacía. El día está quieto: solo se escucha el filtro de la pileta y, de fondo, algún perro ladrando a lo lejos.
Diego aparece por el costado izquierdo del plano. Lleva un traje de baño oscuro y una remera gris que se saca mientras camina hacia ella y la tira sobre el respaldo de una silla. Sofía abre los ojos cuando lo escucha llegar y sonríe de una manera que yo reconozco: es la sonrisa que tiene cuando algo ya empezó mucho antes de que se note.
—¿Más vino? —dice él. Se lo escucha bien porque el día está en silencio.
—Después —dice ella.
Diego se sienta en el borde de la reposera, junto a sus piernas. Le pone una mano en el tobillo y la sube despacio: pantorrilla, rodilla, muslo. Sofía no se mueve. Lo mira desde abajo, con la cabeza apoyada en el almohadón, los ojos entrecerrados por el sol.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunta ella.
—El que necesitemos —dice él.
Mi mujer se incorpora un poco. Le rodea la nuca con una mano y lo atrae hacia ella. El beso que se dan no es tentativo, no es el primer beso de dos personas que se están conociendo. Tiene la seguridad de algo que ya pasó antes, la tranquilidad de quien sabe exactamente en qué terreno está parado.
Diego le pasa una mano por la cintura. Ella lo recibe pegándose más a él. Durante varios minutos solo se besan, despacio, sin urgencia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. De tanto en tanto se separan y él le dice algo al oído que no llega al micrófono, y Sofía sonríe, cierra los ojos, o mueve la cabeza afirmativamente.
La última vez que Sofía y yo nos besamos así fue hace cuánto tiempo. No recuerdo cuándo.
***
El segundo video está grabado desde otro ángulo, más cerca. Probablemente el teléfono de Diego, apoyado contra algo sobre la mesa. La imagen es más nítida y permite ver la cara de Sofía con mucha más claridad.
Para este momento ya están los dos recostados en la reposera, con Diego a su lado. Él tiene una mano dentro del sostén y ella tiene la cabeza echada hacia atrás, respirando por la boca. El sostén blanco, mojado de calor y transpiración, se trasluce completamente: los pezones oscuros y tensos, el pecho subiéndose y bajándose al ritmo de su respiración agitada.
La mano de Diego baja. Recorre el abdomen de Sofía, llega al elástico de la parte de abajo del bikini, duda un segundo. Ella inclina las caderas hacia adelante, hacia él, como respuesta.
Diego mete la mano.
Lo que sigue no se escucha con claridad, pero se ve en la cara de mi mujer. Cierra los ojos. Aprieta los labios. Después los abre de golpe y exhala lento. La mano de Diego trabaja despacio, metódica, sin apuro, y Sofía se muerde el labio inferior y agarra el borde de la reposera con la mano libre hasta que los nudillos se le ponen blancos.
—Ahí —dice en algún momento. Una sola palabra. Él no la mira porque está mirando lo que hace, pero no cambia el ritmo.
—Así —dice ella, y después no dice nada más.
Sofía llega con los ojos apretados, la espalda levemente arqueada, un sonido que sale de entre los dientes como algo que no pudo retener. Se queda quieta un momento, tensa, y después suelta todo el aire de golpe y se ríe en voz baja, esa risa de alivio que yo conozco bien y que hacía tiempo que no le escuchaba.
Diego le besa el hombro. Le dice algo al oído. Ella niega con la cabeza sonriendo, como quien dice que todavía no es suficiente.
***
El tercer video es el más largo. Veintisiete minutos.
Para ese momento ya están los dos en el suelo, sobre las toallas que pusieron frente a la reposera. La luz cambió: es más naranja, más rasante, son las seis y media o las siete. El vino está terminado. La bugambilia del fondo proyecta una sombra larga que los tapa casi por completo en algunos planos.
Diego está encima de ella. Sofía tiene las piernas enroscadas alrededor de su cintura y los pies cruzados sobre su espalda, tirándolo hacia adentro, marcando el ritmo con el cuerpo. Él se mueve con calma al principio, apoyándose en los antebrazos a ambos lados de su cabeza, mirándola. Ella lo mira también.
Hay algo en ese intercambio de miradas que me resultó más difícil de ver que todo lo demás. Más que las manos, más que los cuerpos. Esa mirada sostenida, sin apuro, de dos personas que se ven de verdad.
Sofía mueve los labios. No se escucha, pero se lee claramente: más fuerte. Diego entiende. El ritmo cambia.
Ella echa la cabeza hacia atrás. Él entierra la cara en su cuello. El único sonido que llega al micrófono es su respiración mezclada, el crujido suave de las toallas, el agua de la pileta moviéndose apenas con la brisa de la tarde.
Sofía tiene varias llegadas en ese video, y yo las reconozco todas porque la conozco. Son distintas entre sí, como siempre. La primera la pilla un poco por sorpresa: se ríe después con esa risa nerviosa que tiene cuando algo la supera. La segunda es más larga y construida, la busca activamente inclinando las caderas de cierta manera, y cuando llega cierra los ojos con fuerza y no los abre durante casi un minuto. La tercera es diferente: la hace aferrar los hombros de Diego con las dos manos, decirle algo al oído, y después quedarse completamente quieta, suspendida en algún lugar adonde yo no llego.
Diego termina poco después. Apoya la frente en el hombro de ella. Los dos se quedan así, sin moverse, mientras la luz sigue cambiando y la sombra de la bugambilia los cubre casi del todo.
***
Hay un momento al final del segundo video que no noté la primera vez.
Sofía está sentada en el borde de la reposera, recomponiéndose. Se ajusta el bikini, se pasa los dedos por el pelo húmedo. Diego está de pie junto a ella, con una mano en su hombro. Los dos miran el teléfono apoyado en la mesa.
Sofía estira el brazo, lo alcanza, lo levanta. Mira el video que acaban de grabar. Sonríe.
—Quedó bien —dice. Y lo guarda.
No lo borra. Lo guarda.
Desde entonces pienso en eso con frecuencia. Si fue un descuido o si fue a propósito. Si en algún lugar que ella no se admite del todo quería que yo lo encontrara.
No le pregunté. Todavía no le pregunté nada.
Lo que sí sé es que desde esa noche duermo diferente, y que cada vez que Diego aparece en su jardín de al lado regando sus plantas como si nada, yo lo miro desde la ventana y recuerdo exactamente la cara que pone mi mujer cuando está con él.
No sé si lo que siento entonces es lo que debería sentir.
No sé si debería haber apagado el televisor esa noche en vez de quedarme mirando hasta el final.
Y tampoco sé por qué, sabiendo todo lo que sé ahora, sigo sin borrar esos tres archivos de mi correo.