Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Los videos que encontré de mi mujer con dos hombres

Lo encontré por accidente. Buscaba las fotos del viaje a Mendoza en la tablet compartida y di con una carpeta sin nombre, una de esas que quedan escondidas entre aplicaciones viejas y capturas de pantalla olvidadas. El ícono era gris, sin miniatura. La abrí sin pensar.

Había cuatro archivos de video. El primero duraba veintidós minutos.

Reconocí la habitación antes de reconocer a Elena. Era el dormitorio del fondo en la casa de Rodrigo, mi amigo de toda la vida, con esa lámpara de pie color cobre que tanto le gustaba a su exnovia. Después la reconocí a ella: su espalda, su pelo oscuro suelto cayéndole sobre los hombros, sus caderas moviéndose sobre alguien que estaba tumbado debajo.

No cerré la tablet.

Me senté en el borde de la cama y subí el volumen.

***

El hombre debajo de Elena era Marcos, el vecino del fondo, el que cortaba el pasto los sábados con auriculares y siempre saludaba desde la verja. Tenía veintiocho años, brazos anchos, y en ese momento estaba tumbado sobre las sábanas grises de Rodrigo con las manos en los costados de mi mujer, mirándola cabalgar sobre él con los ojos entrecerrados.

Elena se movía despacio al principio. Con ese ritmo que yo le conozco, el de cuando está completamente metida en lo que está haciendo y no le importa nada más. La cabeza levemente inclinada hacia atrás, los labios entreabiertos, la respiración audible incluso a través del micrófono del celular con el que Rodrigo lo estaba filmando todo desde un costado.

Rodrigo. Mi amigo de veinte años.

En el video, él se acercó al encuadre. Elena lo vio llegar y no se detuvo, pero extendió el brazo hacia él con una naturalidad que me dijo, sin lugar a dudas, que no era la primera vez.

Él le tomó la mano. Ella lo atrajo.

—Acercate —dijo con la voz ronca.

Lo dijo como se le pide algo a alguien con quien ya no hay vergüenza posible.

***

Rodrigo dejó el celular apoyado en algún lugar estable, porque el plano se fijó y la imagen quedó quieta, mostrando la escena completa. Elena seguía cabalgando sobre Marcos. Rodrigo se colocó de pie junto a ella y mi mujer, sin bajar el ritmo ni un segundo, giró la cabeza y lo tomó.

Lo tomó con la mano primero. Despacio, como evaluando.

Después con la boca.

Lo que vino a continuación duró varios minutos y yo no aparté los ojos ni una sola vez. Elena dividía su atención entre los dos hombres con una concentración que me resultó casi hipnótica: caía sobre Marcos, subía y bajaba con las rodillas clavadas en el colchón, y entre embestida y embestida volvía a Rodrigo, pasando la lengua lentamente, mirándolo a los ojos cuando lo hacía.

Rodrigo le pasó los dedos por el pelo. No la empujaba ni la dirigía. Solo la tocaba, con esa familiaridad tranquila que me revolvió el estómago y al mismo tiempo me hizo apretar la tablet con más fuerza.

Yo estaba excitado. No iba a mentirme al respecto.

***

En algún momento del video, Marcos empezó a hablar. No entendí todo lo que dijo, pero sí escuché a Elena reírse, un sonido breve y genuino que conocía bien, el de cuando algo la sorprende de verdad. Después se inclinó sobre él, le mordió el hombro con suavidad y le dijo algo al oído que la cámara no captó.

Lo que sí captó fue lo que pasó después.

Elena se incorporó del todo, despegándose de Marcos, y quedó arrodillada en el centro de la cama. Rodrigo subió al colchón detrás de ella. Marcos se acomodó debajo. Los tres intercambiaron una mirada que no necesitó palabras, esa clase de mirada que solo existe entre personas que ya saben exactamente lo que viene.

Rodrigo la rodeó por la cintura con un brazo y la guió hacia atrás, hacia él, mientras Marcos volvía a posicionarse. Elena respiró hondo. Apoyó las manos abiertas sobre el pecho de Marcos, los dedos extendidos, como buscando ancla.

—Despacio —dijo.

Y los dos hombres la obedecieron.

***

La penetración doble fue lenta. Rodrigo entró de a poco, centímetro a centímetro, con una pausa en cada avance que a Elena le arrancaba un sonido distinto cada vez: primero un suspiro contenido, después un quejido corto, después un largo silencio en el que solo se escuchaba su respiración.

Cuando los tuvo a los dos adentro al mismo tiempo, se quedó completamente quieta.

Marcos le rozó la mejilla con los nudillos. Elena cerró los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí —respondió ella. Y después de una pausa—: No pares.

Lo que siguió fue una de las cosas más intensas que vi en mi vida. Elena entre los dos hombres, los tres encontrando un ritmo común que al principio era torpe y después fue volviéndose fluido, casi sincronizado. Ella con la frente apoyada en el cuello de Marcos, los ojos cerrados, la boca abierta. Rodrigo sujetándola de las caderas desde atrás, moviéndose con cuidado, leyendo cada reacción de ella antes de ir más lejos.

Marcos le besó la frente. Ella levantó la cara y lo buscó en la boca.

Tuve que pausar el video.

***

Estuve así un minuto, con la tablet sobre las rodillas y la imagen congelada en el beso de mi mujer con el vecino. Me pregunté qué debería estar sintiendo. Traición, supuse. Debería estar sintiendo traición.

Pero lo que sentía era otra cosa. Algo más complicado, más físico, más difícil de nombrar.

Volví a darle play.

***

El video continuó. Elena había retomado el movimiento, ahora con más confianza, con esa entrega total que yo le conocía de los mejores momentos entre nosotros pero llevada a un registro distinto, más animal, más sin freno. Jadeaba en voz alta. Pedía. No con palabras siempre, a veces solo con el cuerpo, empujando hacia atrás contra Rodrigo o hundiéndose más sobre Marcos.

Hubo un momento en que Marcos se corrió, con un sonido largo y ronco, la cabeza hundida en la almohada. Elena lo sintió y eso pareció disparar algo en ella: se tensó toda, aferró sus hombros con las dos manos y tuvo un orgasmo que duró casi medio minuto, visible en cada músculo de su espalda, en la forma en que arqueó la columna hacia atrás hasta casi tocar la cabeza con el hombro de Rodrigo.

Rodrigo la sostuvo durante todo el proceso. Cuando ella terminó, le depositó un beso en la nuca.

Fue ese gesto el que más me afectó. Más que todo lo anterior.

***

El video siguió. Elena se recostó un momento, respirando, mientras Marcos se tumbaba a su lado completamente agotado. Rodrigo seguía arrodillado detrás de ella, la mano en su cadera, esperando.

Mi mujer giró la cabeza para mirarlo.

—¿Falta algo? —preguntó con una sonrisa.

Rodrigo señaló con la mirada. Elena entendió y se puso a cuatro patas sobre el colchón, despacio, con esa calma de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y lo está disfrutando.

Lo que vino después fue más íntimo que todo lo anterior, paradójicamente. Solo ellos dos. Rodrigo entrando por detrás con la misma paciencia que había tenido desde el principio, dejándola acostumbrarse, esperando que ella marcara el ritmo. Elena con la cara hundida en las sábanas al principio, después levantándola para hablarle a la cámara, mirando directo al lente como si supiera que alguien iba a ver ese video eventualmente.

—¿Te gusta? —preguntó. No a Rodrigo. Al lente.

A mí.

Me pregunté si lo sabía. Si me lo había dejado ahí adrede, esperando que lo encontrara, o si fue un descuido genuino. No había forma de saberlo todavía.

***

El video terminó con Elena desplomada entre los dos hombres, riéndose de algo que Rodrigo le dijo en voz demasiado baja para el micrófono. Marcos le pasó un brazo por encima y ella se acomodó contra él con la misma naturalidad de siempre, esa que tiene para ocupar espacios como si le pertenecieran.

Cerré el archivo.

Había tres videos más.

Los abrí todos.

***

No sé cuánto tiempo pasé ahí sentado en el borde de nuestra cama, con la luz apagada y la tablet tibia entre las manos. Afuera se escuchaban los autos de la calle. El reloj del living marcó las diez.

Elena llegó a las diez y media con bolsas del supermercado y una historia sobre el tráfico en la avenida. Me besó en la mejilla al pasar, dejó las bolsas en la cocina, y se asomó al dormitorio para preguntarme si quería cenar temprano.

La miré.

Ella me devolvió la mirada. Sin nada especial en los ojos, sin señal de nada. Solo Elena, con su pelo recogido y una mancha de algo en la manga de la campera.

—Sí —dije—. Cenar temprano está bien.

Ella asintió y desapareció hacia la cocina. Yo me quedé donde estaba un momento más, con el peso de lo que había visto todavía asentándose en algún lugar del pecho donde no terminaba de decidir si dolía o no.

Esa noche dormimos juntos como siempre. Ella se durmió rápido. Yo tardé horas.

Pero antes de cerrar los ojos, con la oscuridad del cuarto y el sonido de su respiración tranquila a mi lado, me di cuenta de una cosa.

Mañana iba a ver los otros tres videos otra vez.

Valora este relato

Comentarios (4)

MarceloRN

Dios mio... que manera de empezar. Me quede pegado hasta el final sin darme cuenta. Mas por favor!

Fede_nocturno

Tremendo relato. Esa sensacion de encontrar algo que no debias es demoledora, y lo transmitis muy bien. Espero que cuentes como siguio todo esto.

karinaLP

Algo parecido me paso a mi con el cel de mi ex, aunque no fue tan... cinematografico jaja. Muy bien narrado, se siente autentico.

Lua_MDP

Y despues que hiciste?? necesito saber el final!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.