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Relatos Ardientes

La mujer de mi amigo me tomó la mano bajo el agua

Llevábamos más de un año yendo al centro termal los sábados por la tarde, con el grupo de siempre. Tres parejas, algún invitado ocasional, el ritual invariable: dos horas de piscinas y vapor, después algo de comer o directamente a casa. Era una de esas costumbres que uno adopta sin demasiada reflexión y que después resulta difícil de abandonar.

Yo también iba solo, entre semana. A mediodía, después de esas mañanas de reuniones encadenadas que dejaban el cerebro sin energía útil para nada. El agua caliente, el silencio relativo, la sensación de que el cuerpo dejaba de pesar por un rato. Salía de allí capaz de volver a pensar.

Fue en una de esas sesiones cuando me encontré a Lorena.

La conocía desde hacía cuatro años, desde que Marcos empezó a traerla a las cenas del grupo. Era menuda, con ese tipo de presencia tranquila que no necesita afirmarse porque ya existe por sí sola. Morena, cabello corto a la altura de la mandíbula, una sonrisa que tardaba en aparecer pero que cuando llegaba reorganizaba un poco la cara. Trabajaba en auditoría financiera o algo parecido, y vestía con ese estilo de ejecutiva funcional que en ella resultaba completamente natural.

Charlamos durante la sesión y terminamos comiendo juntos en el restaurante del hotel. Me contó que venía varios miércoles al mes, casi siempre a esa hora, y que a veces coincidía con una pareja de conocidos también aficionados al termal. Le dije que yo venía los martes y jueves cuando podía. Antes de pagar quedamos en coincidir la semana siguiente.

***

Llegué diez minutos tarde. Lorena ya estaba en el vestíbulo con Carlos y Nuria, la pareja que había mencionado. De pie junto a los tornos de los vestuarios, con un traje de chaqueta gris oscuro y una falda ajustada por encima de la rodilla. Una camiseta fina de escote en pico por dentro. La clase de ropa de trabajo que no pretende ser provocadora y que por eso mismo lo es.

Las presentaciones duraron lo que tenían que durar y pasamos a dentro.

La sesión transcurrió en el orden habitual: piscina fría, piscina caliente, sala de vapor seco, sala de vapor húmedo, un rato de descanso con las toallas enrolladas al cuello. En algún momento de la tarde los cuatro acabamos en el jacuzzi de la sala interior, que estaba prácticamente vacío a esa hora. El agua llegaba hasta el pecho y las burbujas hacían un ruido constante y reconfortante.

Carlos y Nuria, al otro lado del jacuzzi, habían ido reduciendo la distancia entre ellos de forma tan gradual que resultaba casi hipnótica. Cuando me fijé bien, sus manos habían desaparecido por debajo de la línea del agua. Se besaban con la discreción justa de quien sabe que no está solo pero ha decidido que no le importa demasiado. Nuria tenía la boca entreabierta y la respiración cortada; se veía sin ver que la mano de Carlos estaba metida bajo su bañador, dos dedos moviéndose despacio dentro de ella, y que ella, con el brazo estirado por debajo del agua, le sujetaba la polla y se la corría con la muñeca en un ritmo lento y contenido.

Lorena miraba hacia el otro extremo de la sala con una expresión de quien finge estar en otro sitio.

—Llevan así desde que los conozco —dijo en voz baja, sin girarse—. Procuro no mirar, pero tampoco es fácil.

Yo llevaba un rato sin poder mirar a ningún otro sitio.

—No —admití.

—Cuidado —añadió, con una media sonrisa—. Esto acaba afectando aunque uno no quiera.

Apoyó la mano en mi muslo para subrayar el comentario, un gesto que empezó como algo casual y que se desplazó unos centímetros de más. Cuando quiso acomodarse donde esperaba encontrar el muslo, aterrizó sobre algo que no era el muslo. Sobre mi polla dura, apretada contra la tela del bañador, con la punta ya marcada.

Se quedó completamente quieta un segundo. Después cerró la mano, apenas, lo justo para comprobar el tamaño y el estado, y sonrió.

Después se volvió hacia mí, sin apartar la mano.

—Veo que el aviso llegó tarde.

—Bastante tarde —admití.

—Nosotras tenemos ventaja en estas situaciones —respondió, recostándose contra el borde con los ojos entrecerrados—. El agua disimula todo.

Deslicé mi mano despacio bajo la superficie. La encontré en la parte interior de su muslo, en el borde del bañador. Aparté la tela con dos dedos y toqué directamente el coño: caliente, resbaladizo de una forma que no era agua, con los labios ya hinchados. Pasé el dedo corazón por la abertura, de abajo arriba, y la sentí abrirse un poco. Cuando llegué al clítoris me detuve ahí, con la yema apoyada, apenas moviéndola en círculos mínimos.

—Aquí tampoco se evidencia mucho —dije.

Ella no respondió con palabras. Cerró los ojos, dejó salir el aire por la nariz, y con la mano que tenía en mi bañador se coló por debajo de la cintura elástica y me agarró la polla piel contra piel. Bajo el agua nadie veía nada. Empezó a masturbarme con calma, con el puño cerrado justo, subiendo y bajando por toda la longitud, deteniéndose en el glande a apretar un segundo antes de volver a bajar. Yo seguí trabajándole el clítoris con dos dedos y colando un tercero dentro de ella, moviéndolo hacia dentro despacio, contra la pared de arriba. Su coño se apretó de golpe alrededor del dedo y noté cómo se le escapaba un temblor corto en el muslo.

Carlos anunció que se marchaban, que tenían que volver a la oficina. Sacaron las manos del agua con la misma discreción con la que las habían metido. Los cuatro nos despedimos con esa amabilidad levemente apresurada de quien tiene prisa de verdad. La pareja desapareció por el pasillo de los vestuarios. Lorena y yo nos quedamos solos en el jacuzzi durante un momento sin decir nada, con las manos aún donde estaban.

—¿Comemos? —pregunté.

—Claro —dijo ella, y me apretó la polla una última vez antes de sacar la mano—. Pero pide una habitación mientras me cambio.

***

Cuando Lorena apareció en el restaurante, yo llevaba un cuarto de hora sentado con la carta sin leerla. Seguía con los mismos pantalones de antes pero había cambiado la camiseta. La nueva era igual a la anterior en casi todo, salvo en lo que se notaba cuando se inclinó para dejar el bolso en el suelo junto a la silla: no llevaba nada debajo, y los pezones se marcaban duros contra el algodón fino.

No dijo nada al respecto. Yo tampoco.

La conversación fue aparentemente normal durante los primeros veinte minutos: trabajo, el grupo, el fin de semana siguiente. Pero había algo en el tono que no terminaba de encajar, como cuando dos personas hablan de una cosa mientras piensan en otra.

—¿Cuánto tiempo tienes esta tarde? —pregunté en algún momento entre el primero y el segundo plato.

Ella levantó la vista antes de responder.

—El suficiente para que me folles bien —dijo, muy bajo, sin cambiar la cara—. Habitación 214, ¿no?

Asentí. Llamé al camarero antes de que llegara el postre.

***

La habitación era pequeña y ordenada, con una ventana que daba a un patio interior. El tipo de habitación funcional que no intenta ser otra cosa. Lorena dejó el bolso en la silla del escritorio. Yo cerré la puerta y eché el pestillo.

No hubo mucha ceremonia.

Me volví y ella ya estaba cerca. La besé contra la pared, primero con cuidado y después metiéndole la lengua hasta el fondo. Sus manos me agarraron por las caderas y me pegaron a ella. Notaba su pelvis moverse apenas, restregándose contra el bulto que llevaba una hora sin bajar, con una intención muy precisa.

Bajé la boca por su cuello. Ella echó la cabeza hacia atrás y apoyó la nuca en la pared. Mis manos encontraron el borde de la camiseta y la levanté por encima de la cabeza. Debajo, como había sospechado, no había sujetador.

Sus tetas eran pequeñas y firmes, los pezones oscuros y ya duros antes de que los tocara. Le chupé uno entero, dejándolo entrar hasta el fondo de la boca, y lo mordí apenas con los dientes. Sentí cómo su espalda se arqueaba y cómo se le escapaba un jadeo. Cambié al otro y le hice lo mismo, más despacio, tirando del pezón con los labios antes de soltarlo. Su respiración se hizo más controlada, como si estuviera concentrada en no dejar que se le notara demasiado.

—Llevas toda la tarde así —le dije contra la piel.

—Y tú llevas toda la tarde con la polla dura —respondió, agarrándome por encima del pantalón para dejarlo claro—. Desde el jacuzzi.

No era un reproche.

Mis manos bajaron hasta el cierre de la falda. Lo solté y la tela cayó al suelo. Llevaba un tanga de encaje negro, fino, con una mancha oscura en el centro que no dejaba lugar a dudas. Pasé los dedos por el borde desde la cadera hasta el muslo interior sin apartar la tela, solo siguiendo el contorno. Ella se tensó ligeramente.

Moví el tanga a un lado. Estaba caliente, empapada, con el vello afeitado y los labios hinchados y separados. Recorrí la abertura con los dedos juntos, sin forzar nada, con la presión justa para que notara el recorrido de arriba abajo. Cuando llegué al clítoris dejó escapar un sonido corto, casi apagado. Metí dos dedos de golpe, hasta el fondo, y los curvé hacia arriba buscando el punto de dentro. Los saqué brillantes y me los llevé a la boca.

—Hace tiempo que no me follaban así —dijo, mirando cómo me chupaba los dedos.

No pregunté desde cuándo. Me arrodillé en el suelo, le arranqué el tanga por el lateral con un tirón, le abrí las piernas apoyándole una en mi hombro y le enterré la cara entre los muslos. Pasé la lengua plana por todo el coño, de abajo arriba, y me quedé en el clítoris chupándolo sin prisa. Ella se dobló hacia delante, con las dos manos en mi pelo, apretándome contra ella. Le metí la lengua dentro tan hondo como pude, la saqué, volví al clítoris. Alterné hasta que sus caderas empezaron a responder a un ritmo que ella marcaba sin pensarlo, empujando la pelvis contra mi boca, buscando más fricción.

—Así, así, no pares —murmuraba—. Me voy a correr, joder, me voy a correr en tu boca.

Se corrió agarrándose a mi pelo con las dos manos, con un temblor largo que le empezó en los muslos y le subió por todo el vientre. Le seguí chupando el clítoris mientras se corría, más suave, hasta que me apartó porque no lo aguantaba.

Me levanté. Ella me buscó la boca, se lamió su propio sabor, y de rodillas me bajó los pantalones y el bóxer de un solo tirón. Mi polla saltó fuera, dura y apuntando hacia arriba, con la punta ya mojada. Ella se quedó mirándola un segundo, sonrió, y se la metió en la boca entera, hasta el fondo, hasta que la sentí tocar el fondo de su garganta.

Empezó a mamar despacio, con toda la mano cerrada alrededor de la base y la boca haciendo el resto. Subía hasta la punta, dejaba la lengua un segundo en el glande, y volvía a bajar hasta hundir la nariz en mi pubis. Con la otra mano me agarraba los cojones, apretando lo justo. Me miraba desde abajo mientras me la chupaba, con los labios brillantes y la saliva cayéndole por la barbilla. Cada vez que llegaba al fondo se atragantaba un poco y tragaba, y esa contracción de la garganta alrededor del glande casi me hizo correrme en su boca la primera vez.

—Para —le dije, apartándola por los hombros—. Para o esto se acaba antes de empezar.

Se levantó riendo. La agarré por la cintura, la levanté en volandas contra la pared. Ella se apoyó con los muslos abiertos y se colocó alrededor de mí, buscando la punta ella misma con la mano y guiándomela hasta la entrada. La penetré despacio, encontrando el ángulo, y después de una embestida hasta el fondo. Exhaló largo, con la boca abierta contra mi oreja. Sus dedos se cerraron en mi espalda hasta clavarme las uñas.

—Así —dijo—. Fóllame así.

Empujé contra la pared. Ella respondió empujando la cadera hacia mí. Encontramos un ritmo que no necesitó ajustes: constante, con suficiente fuerza para que su culo golpeara contra la pared en cada embestida, y para que las tetas le rebotaran arriba y abajo pegadas a mi pecho. Cada vez que llegaba al fondo, su coño se contraía ligeramente a mi alrededor, apretándome, y eso hacía todo más difícil de controlar.

—Date la vuelta —dije.

La bajé al suelo. Se giró sin decir nada, con una naturalidad que no dejaba espacio para la duda. Puso las palmas abiertas en la pared, arqueó la espalda, sacó el culo hacia atrás y se quedó quieta, esperando, con las piernas separadas y el coño abierto y goteando entre los muslos.

La agarré por las caderas y le metí la polla de una sola embestida. Ella soltó un gemido que ya no intentó contener. Empecé a follármela por detrás con más fuerza, marcando cada embestida contra el fondo, viendo cómo se le arqueaba la espalda y cómo apretaba la mejilla contra la pared. Ella respondió marcando el ritmo tanto como yo, empujando la cadera en cada movimiento, buscando ella misma cada golpe. Con una mano se tocaba el clítoris al mismo tiempo, y su respiración se fue cortando en intervalos cada vez más cortos.

—Más fuerte —dijo—. Rómpeme.

Le agarré el pelo por la nuca con una mano y tiré hacia atrás lo justo para arquearla más. Con la otra le apreté una nalga y la separé para verlo mejor: mi polla entrando y saliendo, brillante de sus jugos, el culo apretándose alrededor de la base cada vez que llegaba al fondo. Le di una palmada en la nalga y ella respondió con un gemido más largo.

Llegó así, con la frente apoyada en la pared y los dedos trabajándose el clítoris a toda velocidad, con el cuerpo tenso y un grito corto que finalmente no contuvo. Su coño se cerró alrededor de mi polla en una serie de contracciones tan intensas que casi me arranca la corrida ahí mismo.

Yo llegué segundos después, hundido hasta el fondo, agarrándola por las caderas para que no se moviera, corriéndome dentro en varias oleadas mientras ella seguía apretándome de dentro. Cuando la saqué, un hilo de semen cayó por el interior de su muslo hasta la rodilla.

***

Nos tumbamos en la cama. El techo era blanco y no había nada interesante que mirar, pero lo miramos de todas formas durante un rato sin decir nada. Después Lorena rodó hacia mí y empezó desde el principio.

Bajó por mi pecho sin prisa, pasándome la lengua por los pezones, mordisqueándolos, siguiendo por el abdomen con besos húmedos. Su lengua se detuvo brevemente en el ombligo, siguió, y cuando llegó adonde iba lo hizo con una calma que no esperaba. Me tomó la polla en la mano —aún medio dura, aún pringosa de los dos— y se la llevó a la boca sin hacer ningún gesto de asco. Al contrario: cerró los labios alrededor y empezó a chuparla despacio, limpiándola con la lengua, saboreándonos a los dos a la vez. Sin urgencia. Concentrada, como si le importara más lo que yo sentía que llegar a algún sitio en concreto.

Cuando la tuvo dura otra vez, siguió chupándomela sin prisa, todo el rato, con la mano trabajando la base y la boca cubriendo el resto. De vez en cuando la sacaba y me lamía los cojones uno por uno, dejándomelos brillantes de saliva, y volvía a subir.

La giré para quedar en paralelo, cabeza contra pies. Le abrí los muslos con las manos y me la coloqué encima de la boca. Pasé la lengua por la abertura, de arriba abajo, hasta encontrar el clítoris otra vez. Ella respondió cerrando más la boca a mi alrededor y ahogando un gemido contra mi polla.

Estuvimos así un tiempo difícil de calcular, con ella comiéndome la polla y yo comiéndole el coño, cada uno respondiendo al otro. Le metí dos dedos mientras le chupaba el clítoris, curvándolos hacia arriba, y sentí cómo su cuerpo entero empezaba a tensarse. Su cuerpo se arqueaba con cada movimiento de mi lengua, sus caderas buscaban más presión con pequeños empujes hacia abajo, contra mi boca. El mío respondía con cada movimiento de la suya. En algún momento se corrió sin avisar, con un temblor que recorrió toda su espalda y un gemido ahogado que finalmente no contuvo, con la polla aún en la boca.

Cuando se incorporó, se colocó encima de espaldas a mí, ligeramente inclinada hacia mis pies, y se sentó sobre mi polla con calma. Se la introdujo ella misma, guiándomela con la mano, y bajó hasta hundirla del todo. Marcó el ritmo ella: lento, preciso, subiendo hasta la punta y volviendo a bajar hasta que mis cojones tocaban su culo, con movimientos que controlaba con una exactitud que no dejaba margen para nada. Desde abajo veía sus caderas moverse arriba y abajo, su culo estrecho, y podía sentirlo todo con una claridad que hacía difícil no pensar en nada más. Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a empujar hacia arriba en cada bajada, chocando contra ella, y ella respondió acelerando el ritmo.

Cuando notó que estaba cerca, se detuvo, se bajó de mí, se puso de rodillas entre mis piernas y me terminó con la boca y la mano al mismo tiempo, con la lengua trabajándome el glande y el puño subiendo y bajando por la base. Me corrí en su boca y ella tragó todo sin apartarse, apretándome con los labios hasta la última gota.

Terminamos cuando la luz del patio al otro lado de la ventana ya era de tarde avanzada.

***

Tres semanas después, en la cena mensual del grupo en casa de unos amigos, Lorena y yo hablamos de los beneficios del termal con una soltura que habría resultado sospechosa si alguien hubiera prestado atención. Pero Marcos servía el vino, mi mujer reía con algo que contaba alguien al otro extremo de la mesa, y la conversación general absorbía cualquier detalle.

—Deberían animarse algún miércoles a mediodía —dijo Lorena, dirigiéndose a la mesa en general—. A esa hora no hay nadie y el agua está perfecta.

—Quizás me lo planteo —dijo Marcos.

Lorena me miró un segundo antes de girarse hacia otro lado.

—Sin duda —dije yo—. Es de lo más relajante.

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Comentarios(10)

NocheRoja

que tension tan bien lograda, se te nota la mano. Bravo!

Silvia_84

Leí el título y sabía que iba a engancharme... no me equivoque. Sigue subiendo mas!!

MarcosT88

Increible como describís esa situación, el que estuvo en algo parecido sabe de que habla jaja. Me revivió algo.

ClarisaR

porfavor una segunda parte, no me dejes asi!!

TensionMaxima

esa incomodidad y excitacion al mismo tiempo... lo describiste perfecto. 10 de 10

PabloMV

buenísimo

lector_mx77

Me quedé pensando en esto todo el día. Así se escribe un buen relato, con tension y sin apurarse. Felicitaciones.

SofiRosa_x

ay no! me lo cortaste justo cuando empezaba lo bueno jaja esperando la parte 2

CarlosDelRío

El titulo ya dice todo y aun así sorprende. Tremendo.

LauritaM

me encantó, se siente natural sin forzar nada. lo volvería a leer tranquilamente

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