Cuarenta y nueve y caí por el esposo de mi sobrina
Domingo por la mañana. Mi marido no sabe hacer otra cosa que ir a visitar a su hermana.
—Mi amor, vamos a ver a Beatriz. Llegó la sobrina con los niños y quiero saludarla —me dijo, asomándose desde el baño con la toalla todavía en el cuello.
—Bueno, vamos, pero no nos quedamos hasta tarde. Mañana trabajo y la última vez salimos pasada la medianoche.
—Te lo prometo. Una vuelta corta.
Nos arreglamos. Yo me puse un vestido fresco color hueso, sandalias bajas, un poco de perfume detrás de las orejas. Pensé en ponerme algo más cómodo, unos jeans y una blusa, pero al final ganó la coquetería. Una de esas decisiones tontas que una toma sin pensar y que después le cambian el día. Mi marido se peinó como si fuéramos a misa. Subimos al carro y manejó hasta la colonia donde vive mi cuñada, hablando todo el trayecto de cosas que apenas escuché.
Quién iba a imaginar lo que ocurriría esa tarde.
Cuando llegamos, ahí estaba Daniela, mi sobrina, con sus dos hijos correteando por el patio y un esposo al que yo no conocía. Adrián. Sentado en una silla de plástico bajo el laurel, hablando con mi cuñada como si llevara años en la familia.
Sentí algo en el vientre. Un hormigueo caliente que no supe explicar.
No podía quitarle los ojos de encima. Durante las presentaciones supe que tenía treinta años. Yo cuarenta y nueve.
Cuarenta y nueve, pensé. Y aquí estoy, mirándolo como una quinceañera.
No era un muchacho. Era un hombre hecho. Alto, moreno, con los brazos rellenando una camisa a cuadros que olía a sol y a campo. Sombrero norteño sobre la mesa, botas con la punta gastada de tanto andar a caballo. Las manos grandes, callosas, con esa marca del trabajo que a las mujeres de mi edad nos dice más que mil palabras bonitas.
La voz también tenía lo suyo: grave, lenta, con esa cadencia ranchera que estira las vocales y deja caer las palabras como si no tuviera prisa por nada. Hasta para saludar parecía estar haciéndome un favor.
Pero la hebilla era lo que me robaba la mirada. Grande. Plateada. Con la silueta de un caballo grabada en el centro. Literal. Hermosa.
Estoy hablando de la hebilla, ¿eh?, me reí por dentro.
En un momento Adrián se levantó. Justo frente a mí, a no más de dos metros. Mis ojos, como por instinto, se fueron derechos a su bragueta. A la hebilla. Pero debajo de ella… algo más. Un bulto que no era casual.
Hizo como si revisara que la cremallera no se le hubiera bajado. Y se acomodó. Despacito. Un segundo. Tal vez dos. Pero yo lo vi.
Yo, toda embobada, mirando ese espectáculo discreto como si fuera la mejor función del año.
Él se dio cuenta. Porque cuando retiró la mano, yo reaccioné tarde y subí la mirada de golpe hasta encontrarme con la suya.
Cruzamos miradas.
Una sonrisita de lado. De esas que lo dicen todo sin decir nada.
Y yo, sonrojada hasta las orejas, disimulando con un trago de refresco que casi se me va por el camino equivocado. Espero que solo él se haya dado cuenta, recé.
Se dirigió al baño con paso tranquilo, sin mirar atrás. Como si supiera perfectamente lo que dejaba ardiendo.
Y mi pensamiento se fue con él, sin pedirme permiso.
Seguro se fue a aliviarse, imaginé. Me lo vi ahí, encerrado, con la mano en la hebilla… y luego más abajo. Apreté las piernas bajo el vestido. Casi me mordí los labios. Dejé de oír lo que decía Beatriz, dejé de mirar a los niños, dejé de existir para todo lo que no fuera ese baño cerrado al fondo del pasillo.
Risas. Pláticas. Yo ausente.
Hasta que alguien me llamó.
—¿Tú qué opinas, tía?
Era Daniela.
—Sí, claro —respondí, asintiendo sin tener la menor idea de qué había dicho.
Todos se rieron. Yo me reí también, sin saber bien por qué. Y volteé, casi por reflejo, a ver si volvía aquel hombre del baño.
Cuando volvió, traía una manchita discreta en el pantalón, apenas un círculo más oscuro sobre la mezclilla. Pequeña. Húmeda. Pero como yo no le quitaba el ojo de encima, la vi de inmediato.
Y para colmo, se quedó ahí parado. Al lado de su esposa. Justo enfrente de mí. Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, estirando la tela. Como provocándome.
Mi cuñada se levantó de pronto.
—Voy a la tienda. Se nos acabó el hielo y faltan refrescos.
Yo solo quería salir de esa casa. Aire. Necesitaba aire.
—Yo la acompaño —me ofrecí—. Usted quédese, Beatriz, que ya bastante hizo con la comida.
Pero antes de que nadie respondiera, él habló.
—No, tía. Tú quédate. Yo me ofrezco, voy en mi camioneta —dijo Adrián, con esa misma sonrisita de lado.
Su esposa lo miró con cara de extrañeza.
—Tú ni conoces el rumbo, mi amor.
—Ah, pues que la tía me lleve —contestó él, sin perder la calma, mirándome a mí.
Uy. Todo se acomodó a mi favor. O al suyo. O a los dos. No sé. Pero nadie sospechó nada.
***
Salimos al patio. Me abrió la puerta de la camioneta y me ayudó a subir. Sus dedos rozaron mi cintura un segundo de más, justo en el costado, donde la tela del vestido se ajustaba. Pude haber jurado que apretó. Apenas. Lo suficiente para que yo lo recordara después.
Se subió. Cerró la puerta con un golpe seco. Arrancó casi de inmediato y aceleró por la calle de tierra que lleva a la avenida.
El motor ronroneaba. Yo también, por dentro.
El olor del carro tampoco ayudaba: cuero gastado, un poco de gasolina, ese aroma masculino que se queda pegado a las camionetas de los hombres que trabajan al aire libre. Bajé la ventanilla un dedo, pero el aire de afuera estaba más caliente que el de adentro.
Después de dos cuadras, sin pensarlo demasiado, puse la mano en su pierna. Sentí el calor del muslo a través de la mezclilla. Duro. Firme. No dijo nada. No movió la cara. Siguió manejando, con la otra mano relajada sobre la palanca de velocidades.
Subí un poco más la mano.
Entonces él soltó el volante un instante y puso la suya sobre la mía. Pensé que la quitaría. Que me pondría un alto con educación, con respeto, con eso de «tía, no podemos».
Pero no.
La subió. Hasta su entrepierna.
La sentí. Dura. Caliente. Latiendo bajo la tela como un animal escondido.
—Te gustó —dijo, con la voz grave, ronca—. Mi hebilla.
Sonreí. Me mordí el labio.
—Está muy grande —respondí, sin apartar la mano.
—¿La hebilla?
—Todo.
Aceleró más. El camino se hacía corto. Demasiado corto.
—¿La quieres probar? —preguntó, otra vez con esa sonrisita de lado.
Mi corazón latía en la garganta. Y más abajo también, golpeando con una urgencia que no recordaba desde hacía años.
—Sí —respondí, apenas un susurro.
Y él giró el volante. No hacia la tienda. Hacia un camino de terracería que se desviaba a la derecha, hacia un lote baldío rodeado de mezquites y silencio. Hacia ningún lado. Hacia todo.
Se detuvo debajo de un árbol grande, lejos de la carretera, donde solo se oían los grillos y el motor enfriándose con pequeños chasquidos metálicos.
Sin preguntar, se bajó el cierre y se la sacó.
Wow.
Se veía deliciosa. Brillaba de tan mojada en la punta, un hilo de humedad recorría todo el largo. Y ese olor… a hombre de campo, a tierra, a sudor limpio, a piel que llevaba horas guardada. Me mataba.
Me quedé mirando, sin respirar, con la boca entreabierta como una boba.
—Dale unos besitos —dijo, con la voz más ronca todavía—. Pruébala. Si te portas bien… puede ser tuya cuantas veces quieras.
Tragué saliva. Me incliné sobre la palanca de velocidades, sintiendo el cinturón apretarme el pecho. Mis labios temblaban. Le di un beso suave en la punta. Salado. Caliente. Vivo.
Otro más. Apenas una lamida con la punta de la lengua, lenta, midiendo el sabor.
Él gimió bajito. Ese gemido me recorrió entera, desde la nuca hasta los pies, y se quedó instalado entre mis piernas.
Iba a tomar más. Iba a hundirme. Iba a perderme en ese carro, en ese hombre, en esa traición que no había planeado pero que llevaba esperándome toda la mañana.
Pero entonces…
Mi celular vibró en la cartera.
Un mensaje.
Lo miré sin querer, por puro reflejo de mujer casada.
«Te traes un refresco de uva, porfa», había escrito mi marido.
Cerré los ojos. Maldije por dentro a san José, a la santísima trinidad y a todos los refrescos del mundo.
—Nos vamos a tener que regresar —le dije a Adrián, con la voz rota.
Él me miró. Frunció el ceño. También había visto el mensaje de reojo.
—Unos minutos más —pidió, casi como una súplica—. Aprovechemos. No quiero que termine así.
Yo tampoco quería. Pero el miedo y el deseo se peleaban dentro de mí, y el miedo, que es más viejo, iba ganando.
—No se puede —respondí—. Si tardamos, se va a dar cuenta. Y tu esposa también.
Él suspiró. Se pasó la mano por la cara, despacio, como si tratara de borrar lo que estaba sintiendo.
—Mejor nos aguantamos un rato —dijo al fin—. Y al rato, en la casa, buscamos otro pretexto. La tarde es larga, tía. Algo se nos ocurre.
Accedí con un suspiro tan largo como el suyo.
Le di un último besito a esa delicia. Largo. Húmedo. Con la lengua entera esta vez. Un beso de despedida que prometía volver, que prometía mucho más, que prometía no quedarse así.
Él gimió otra vez. Se acomodó. Se subió el cierre con cuidado, mirándose el pantalón para que no quedara ninguna marca delatora.
Y arrancó.
De regreso a la tienda. De regreso a la casa de Beatriz. De regreso al refresco de uva, al esposo de una y a la sobrina del otro. De regreso a la mentira.
Pero con la certeza, los dos, de que eso no había terminado.
Para nada.