Mi mejor amiga me llevó a la cama después del bar
Suena un reguetón pegadizo y la pista entera enloquece. Alguien me empuja desde atrás y el suelo se inclina. Las luces me bailan en los ojos. Me sube un calor desagradable desde el estómago y entiendo, con una claridad horrible, que voy a vomitar.
Cruzo la multitud apartando codos. El baño huele a desinfectante mezclado con perfume barato. Hay tres chicas frente al espejo riéndose y dándose retoques. El último cubículo está libre y me lanzo dentro con la falda de cuero subiéndoseme hasta el muslo. Apenas llego.
La tapa está abierta, por suerte, porque el vómito sale en una sola arcada larga. Me quedo en cuclillas para no tocar el suelo pegajoso.
—¿Carla? —oigo la voz de Nora detrás de mí.
Entra al cubículo y se agacha a mi lado. Me recoge el pelo con una mano y me lo aparta de la cara.
—Tranquila, reina. Échalo todo.
Vomito otra vez. Ya no queda nada, solo arcadas secas que me arañan la garganta. Cuando termino, me dejo caer sentada contra los azulejos fríos. Y entonces, sin previo aviso, me echo a llorar. Lloro como una niña pequeña, con hipos, con mocos, con todo lo que llevaba dentro desde hace meses.
Una rubia entra a curiosear y nos mira con la boca abierta.
—¿Qué miras? ¿Es la primera vez que ves a alguien con un mal trago? —le suelta Nora.
La rubia se va sin decir nada.
—No puedo más, Nora —sollozo—. He perdido a Tomás, he perdido el piso, voy a perder a Lucía si sigo así… y aquí estoy, borracha hasta las cejas, vomitando en un baño asqueroso después de bailar con tipos que no conozco de nada.
Nora se sienta a mi lado, en el mismo suelo cochambroso, y me abraza fuerte. Me deja llorar contra su hombro.
—Estás pasando un mal momento, Carla. Has perdido tu matrimonio, tu rutina, tu idea de quién eras. Es normal que te sientas rota. Es normal que intentes llenar el hueco con lo que sea.
Me acaricia el pelo y me limpia las lágrimas con el dorso de la mano.
—No eres una mala persona. Eres una mujer que se ha despertado después de años dormida. Has descubierto que tu cuerpo todavía siente, que todavía deseas, que todavía puedes ser deseada. Y eso da miedo, porque viene con culpa. Pero la culpa no te define.
Lloro más fuerte.
—Si Tomás usa todo lo que tiene contra mí… si me quita las visitas con Lucía… es muy capaz.
—No va a pasar —dice firme—. Está dolido, pero no es un monstruo. Es un soso, pero no es mala persona. Y tú vas a demostrarle que puedes ser una madre maravillosa aunque el matrimonio haya terminado. Paso a paso.
Me pasa un pañuelo y me ayuda a limpiarme la cara. Me mira a los ojos con una intensidad que me obliga a sostenerle la mirada.
—Eres fuerte, ¿me oyes? Has sobrevivido a un matrimonio que te asfixiaba. Vas a sobrevivir a esto también. Cuando estés lista, nos vamos a casa.
Me ayuda a ponerme en pie. La falda de cuero ha sobrevivido, milagrosamente. Salimos cogidas del brazo. Bea e Inés nos esperan junto a la barra con cara de preocupación, pero sin dramatizar.
—¿Estás mejor? —pregunta Bea cuando subimos al taxi—. Has echado por la boca hasta los churros del desayuno, tía.
Asiento. Todavía me tiembla un poco la voz, pero las arcadas han pasado.
—Sshí, eshtoy mejor. Perdonad, eh, que ehtabais ahí en pleno…
Las tres se miran y se descojonan.
—¡Vaya pedo llevas, reina!
Cuando el taxi deja a Bea e Inés en su portal, nos despedimos con una exhibición de besos casi fraternales. Es lo que tiene el alcohol.
—Vas a flipar con la resaca mañana. Dúchate antes de dormir, en serio.
—No me lo recuerdes.
***
Llegamos al piso de Nora con el mundo girando despacio. Subimos las escaleras agarradas a la barandilla. La llave entra en la cerradura al tercer intento y empujamos la puerta. El piso huele a vainilla y al perfume dulce que ella siempre lleva. Es un olor que me reconforta.
Me quito los tacones en la entrada. El suelo de madera me alivia los pies hinchados. Voy directa al baño, enciendo la luz y me miro en el espejo. Tengo la cara pálida, los ojos vidriosos, restos del rímel corrido. Abro el grifo y me echo agua fría hasta que me despeja un poco. Cojo el cepillo de dientes que Nora siempre me deja, le pongo pasta y me cepillo despacio, intentando borrar el regusto a ginebra y a vómito.
Está claro que llevo un pedo monumental. La cabeza me da vueltas como si estuviera en una noria. Al menos no he acabado abierta de piernas para un desconocido en el callejón del bar. He bailado, he reído, he coqueteado un rato con un moreno guapo, pero cuando la cosa se calentó demasiado, me aparté. Algo es algo.
Escupo, me enjuago, me lavo la cara otra vez. Me quito el top y la falda y los reviso. No están irreparables. Los tiro al cesto y me pongo una camiseta vieja de Nora, una que me llega por los muslos. Salgo descalza y voy a la habitación de invitados. Esa es mi habitación ahora, desde la separación. La cama individual me espera con sábanas limpias y la ventana entreabierta dejando entrar el aire fresco de la madrugada.
Me tumbo boca arriba, con los brazos abiertos, y miro el techo blanco que da vueltas perezosas. Cierro los ojos e intento respirar hondo.
Oigo la puerta abrirse. Pasos descalzos en la madera.
—¿Estás despierta? —susurra Nora.
Abro los ojos. Lleva un pijama corto, el pelo revuelto, los ojos brillantes por la ginebra. Se sienta en el borde de la cama y me mira con esa sonrisa suya que siempre me ha calmado.
—Siento haber jodido la noche —digo, con la voz pastosa—. No quería ser la aguafiestas.
Se ríe bajito. Me acaricia el brazo con la yema de los dedos.
—No has jodido nada, tonta. Lo hemos pasado bien. No todo es acabar follando, Carla. A veces es mejor bailar como locas, reír hasta que duela y volver a casa con tu mejor amiga.
Me giro de lado para mirarla. El mareo me hace girar la habitación un poco, pero su presencia me calma. Ella se tumba a mi lado, de frente, y el colchón se hunde. Estamos tan cerca que siento su aliento cálido, mezclado con el olor a coco de su champú.
—Gracias —susurro—. Por todo.
No me contesta. Solo me mira. Tiene los ojos encendidos, y de repente se acerca un poco más. Me besa en la frente, como una hermana. Después en la mejilla, más lento. Después en la comisura de los labios, casi rozándolos.
Sus dedos empiezan a trazar líneas invisibles en mi brazo, del hombro al codo y otra vez al hombro. Me giro un poco, confusa, pero ella apoya un dedo en mis labios y me pide silencio.
Los besos se hacen más largos. Baja por mi cuello, suaves, húmedos, y la piel se me eriza entera. Su mano roza el borde de la camiseta, sube por la cadera, se detiene en la curva donde empieza el muslo. Noto su cuerpo contra el mío, más pequeño que el de un hombre, pero con una calidez distinta, más envolvente. Sus pechos firmes se aprietan contra mi brazo a través del pijama fino.
Me acaricia el estómago por debajo de la camiseta, en círculos lentos alrededor del ombligo, bajando un poco más en cada vuelta. Tiene las manos suaves, una manicura corta pintada de rojo oscuro que me araña apenas y me pone la carne de gallina. Me mordisquea el lóbulo de la oreja y un escalofrío me recorre la columna hasta el sexo.
Me estoy calentando con mi mejor amiga.
Nunca antes había estado así con otra mujer. Y la verdad es que no me desagrada. Para nada.
Su mano baja por mi muslo, lo aprieta, sube por la cara interna y se detiene justo antes de llegar al borde de las bragas. Yo no me muevo. No sé si quiero que siga. O sí lo sé, y me da miedo aceptarlo.
Me gira la cara con la mano y me besa en los labios. Primero suave, labios contra labios. Después con la lengua rozando el borde. Abro la boca sin pensar y su lengua entra, cálida, sabiendo a noche de ginebra. Es distinto al beso de un hombre: más suave, más exploradora, menos invasiva.
Su mano baja por mi pecho y roza un pezón con la palma. Se endurece al instante. Me masajea, pellizca despacio, y el placer sube lento, como una marea. Su otra mano traza la línea del ombligo hasta el elástico de las bragas. Se detiene ahí, esperando.
Me sorprende a mí misma deseando que siga.
Baja la mano dentro de las bragas, me separa los labios y roza el clítoris con la yema, en círculos lentos que me hacen jadear contra su boca. Estoy mojada. Mucho. Lo nota ella, lo noto yo. Su cuerpo se pega más al mío, su pierna se entrelaza con la mía.
Me mete un dedo despacio, hasta el fondo, y lo curva para rozar ese punto que conoce mejor que cualquier hombre con el que he estado. Yo le acaricio la espalda bajo el pijama, le subo la mano por el culo, lo aprieto como ella hace conmigo. Es firme, redondo, cálido.
Le quito la parte de arriba del pijama y le acaricio los pechos. Tiene los pezones oscuros y duros, sin marcas de bikini. Se los masajeo igual que ella me hizo a mí y arquea la espalda contra mi mano.
Baja la cabeza, me besa el pecho, lame un pezón, lo chupa, lo muerde con cuidado. Sus dedos aceleran dentro de mí, el pulgar presiona el clítoris. El mareo del alcohol se mezcla con el placer y todo gira, pero en el buen sentido.
***
Me giro hacia ella y le quito las bragas despacio. Levanta las caderas para ayudarme. Ahora está desnuda del todo. Su cuerpo es precioso: piernas largas, vientre plano, monte de Venus con una línea fina de vello rubio.
Me quedo mirándola, fascinada. Es como mirarme a mí misma, pero diferente. Le acaricio el vientre, bajo por la cadera, por la cara interna del muslo. Ella abre las piernas sin que se lo pida.
Está empapada. Separo los labios con dos dedos, despacio. El clítoris está hinchado, brillante. Lo rozo con el pulgar y Nora gime mi nombre. Meto un dedo, luego dos, y los muevo curvándolos para buscar ese punto que sé que existe porque ella me lo acaba de hacer a mí.
Bajo la boca. Primero un beso en la cara interna del muslo, luego más cerca, luego lamo de abajo arriba. Sabe dulce, salada, a mujer. A ella. Subo al clítoris, lo chupo, le meto tres dedos. Me agarra del pelo, me empuja contra su boca, levanta las caderas.
Se tensa. Se arquea. Y se corre con un gemido largo que me llena la boca de su sabor.
Sigo lamiendo suave hasta que me aparta porque está demasiado sensible. Me mira con los ojos vidriosos.
—Ven aquí —susurra.
Me subo encima, cuerpos pegados, pechos contra pechos. Me besa profundamente, saboreándose en mi boca. Sus manos bajan por mi espalda, me abren, me aprietan.
—Eres preciosa, Carla —susurra, frotando su mejilla contra la mía—. Mira lo despacio que vamos a ir.
—Hazme correr ya —le pido, perdida.
—Todo a su tiempo, cielo. Es tu primera vez con una mujer. No vamos a tener prisa.
Me muerdo el labio para no protestar. Estoy al borde, lo sé. Pero ella se aleja, baja por mi vientre, lame la cara interna de mis muslos sin tocar lo que tanto deseo. Cada beso es un mensaje retorcido que llega a mi sexo sin atravesarlo, y el orgasmo se retrasa, se hincha, se acumula.
Cuando por fin baja la boca a mi clítoris, no embiste. Lo saborea. Su lengua dibuja círculos finos, precisos, sin la urgencia masculina. No hay barba que raspe, ni manos que aprieten para mantenerme quieta. Sus dedos entran despacio, dos primero, luego tres. Es un abrazo interno, cálido, que me invita en lugar de exigirme.
El placer es más lento, más profundo. Una ola que sube poco a poco y que me inunda sin prisa. Siento su lengua explorando cada pliegue, su aliento caliente, sus gemidos cuando yo extiendo la mano y le acaricio el sexo, dos cuerpos sincronizados sin haberlo hablado.
Cuando la primera convulsión me parte por la mitad, no es como con un hombre. Es más largo, más ondulante, una marea que me cruza la columna como un rayo y me hace gritar contra la almohada. Me corro alrededor de sus dedos, apretándola, mojándole la muñeca. El cuerpo entero me tiembla durante un minuto que parece eterno.
Ella se incorpora despacio y me besa los párpados, la frente, los labios.
***
Nos quedamos abrazadas, cuerpos sudados, las respiraciones acompasándose poco a poco.
—No es la primera vez que me pasa, ¿sabes? —dice de repente, con una sonrisa traviesa.
La miro de reojo.
—¿El qué?
—Sentirme atraída por una mujer.
Me siento extraña, como si hubiera cometido un pecado más en una lista que ya pesa demasiado.
—¿Has estado con chicas antes?
—Sí. Alguna vez. ¿No era evidente?
Tardo un segundo en contestar. No me lo imaginaba. Aunque, pensándolo bien, tampoco me imaginaba esto de mí, y aquí estoy.
—¿Y siempre es así?
Sonríe.
—Siempre es así de intenso. Es diferente. Los hombres son más directos, más rudos. Una energía más impulsiva. Con una mujer todo se hace más pausado, más sensual. Cada roce tiene otro significado. Depende del momento. Si me apetece algo duro, busco a un tío. Si quiero algo así, prefiero a una mujer.
—Joder, tía, creo que necesito otra copa.
—Suficiente alcohol por hoy, reina. Ahora a dormir. ¿Quieres que me quede contigo o prefieres dormir sola?
—Me encantaría que durmieras conmigo. ¿Te importa?
—Al revés. Me apetece.
Justo cuando los últimos temblores empiezan a calmarse, mi teléfono vibra en la mesita con un pitido agudo. Es WhatsApp. No le he hecho caso en toda la noche; lo dejé en silencio al salir del bar, pero la vibración basta para iluminar la pantalla.
Nora levanta la cabeza de mi pecho, el pelo rubio cayéndole sobre los ojos.
—Déjalo —murmura, besándome el hombro—. Mañana será otro día.
Pero algo me empuja a alcanzarlo. Estiro el brazo, lo cojo, y la pantalla me ilumina la cara con esa luz fría. Tres llamadas perdidas: todas de Tomás. Catorce mensajes sin abrir.
Se me corta la respiración, como si la borrachera se me hubiera evaporado de golpe. Nora nota el cambio.
—¿Qué pasa? —pregunta, voz suave pero alerta.
Abro la app con el dedo temblando. Los mensajes son de Tomás, uno detrás de otro, como una ráfaga. El primero, de las 22:45, cuando estábamos bailando como locas:
«Hola. ¿Qué tal estás? Pensaba que mañana podrías ver a Lucía. Te he llamado y no contestas.»
Educado. Casi conciliador. Pero el siguiente, a las 23:30, ya cambia de tono.
«Nada, oye, pásalo genial, ¿eh? Vete a zorrear tranquila después de haber destrozado nuestra familia.»
A las 00:15:
«¿Tú sabes el daño que nos has hecho?»
A las 00:45:
«Hala, pásalo bien. Qué contenta estará la guarra de tu amiga.»
Y el último, de hace media hora, justo cuando yo estaba perdida entre las piernas de Nora:
«Si es que la culpa es mía por intentar ser bueno contigo. Lo único que mereces es penar en el puto infierno.»
Suelto el teléfono boca abajo sobre la sábana. Nora me abraza por detrás y me besa entre los omóplatos. No hace falta que diga nada. Mañana será otro día.