Nunca diré su nombre, solo el apodo que me dejó
Hoy voy a hablar de él, pero nunca diré su nombre. No quiero que se sienta importante por si el destino lo trae alguna vez a leer esto. Que se quede con la duda, igual que yo me quedé con su recuerdo.
Cuando lo conocí, llevaba apenas un par de meses lejos de su tierra. Era marzo. Tenía la piel de ese color canela que no es negro pero tampoco blanco, y el pelo oscuro empezando a sembrarse de canas. Treinta y cuatro años, me enteré después. Yo tenía veintitrés y la arrogancia de quien todavía cree que el mundo le debe algo.
Nos cruzábamos seguido por el barrio y nunca nos dirigíamos la palabra. Pero yo sabía que me miraba. Le veía los ojos buscarme las tetas, bajar hasta el culo y volver con disimulo. Era discreto, casi tímido, y se notaba que respetaba a su esposa y a su hija. Eso lo hacía todavía más apetecible.
Una tarde estaba en el locutorio de mi madre, ese cuartucho con cinco computadoras viejas que olía a café recalentado. Él pasó junto a mí y su brazo rozó el mío. Yo llevaba una blusa azul que no me favorecía demasiado, pero dejaba la espalda al aire casi hasta donde empieza el culo, porque el pantalón era de tiro bajo. Blanca y casi rubia, me sentía un imán.
Me llamó la atención su cuerpo: maduro, serio, plantado. Y como siempre que un hombre me gustaba, decidí que lo mejor era tratarlo mal. Le clavé una mirada despectiva, de esas que casi nunca fallaban.
Para mi sorpresa, se giró y se disculpó.
—Perdona, Carla. No fue con intención —dijo.
Me quedé helada. Sabía mi nombre y yo todavía no sabía el suyo. Pero la niñata que era no se iba a rendir tan fácil.
—Fíjate por dónde andas —le solté.
Se puso serio, un poco dolido. Lo noté. Era mi manera de defenderme de lo que sentía.
***
Media hora después me recogió Diego, mi novio, que me había tenido plantada en la puerta. Fuimos al taller donde trabajaba y follamos prácticamente de pie, contra una estantería. Fue patético. Se corrió en menos de dos minutos y su polla, por grande que fuera, no me sirvió de nada. Mientras él jadeaba encima de mí, yo cerraba los ojos y pensaba en el otro. En su espalda ancha, en su piel canela, en ese culo firme que se le marcaba bajo el pantalón.
Al llegar a casa me metí en la ducha. Salí, me acerqué a la cama, dejé caer la toalla y me miré al espejo. Estaba buena, muy buena, y lo sabía. Me toqué pensando en su cara, en sus manos, en lo que me haría si pudiera. Me corrí mordiéndome el labio para no hacer ruido, y deseé como nunca tenerlo dentro.
***
La tarde siguiente discutí por teléfono con Diego. Justo cuando colgué, el imbécil de mi novio salió de mi cabeza porque entró él por la puerta del apartamento de mi madre. Era sábado y yo estaba en pijama, uno viejo y casi transparente, sin nada debajo. La computadora de mi madre tenía un virus y él se había ofrecido a repararla.
Trabajó dos horas en silencio mientras yo fingía leer en el sofá, espiándolo de reojo. Cuando terminó, me acerqué.
—¿Ya funciona? —pregunté.
—Sí. Ahora prueba el correo. Entra y conéctate.
Me senté frente a la pantalla. El cuerpo me temblaba tanto que ni la contraseña me salía al primer intento. Sé que lo notó. Cuando por fin entré, me pidió que le escribiera un mensaje de prueba a su cuenta. Le dije que no sabía qué poner, así que me lo dictó y yo mandé un simple «Hola».
—Funciona perfecto —dijo, revisando su teléfono—. Prueba todos los programas. Si tienes cualquier problema, me escribes.
Y me apuntó su número en un papel. Supe enseguida que era una excusa para tener cómo hablarme. Esa noche no pegué ojo.
***
El sábado siguiente me carcomía la ansiedad. Me sentía inexperta, inmadura, poca cosa para un hombre como él. Al final, junté valor y lo llamé.
—Hola, ¿cómo estás? Mira, tengo un problema. El procesador de textos no me funciona bien.
Mentira. Funcionaba de maravilla. Lo que pasaba es que yo estaba sola frente a la computadora de mi madre, con un video porno abierto en pantalla. A esa edad, ¿quién no lo hacía? En el video un tío le comía el coño a una rubia mientras otro hombre se la metía por detrás.
—Vale —me guió él—. ¿Ves el icono con forma de monitor que está en el escritorio?
—Sí, sí lo veo —respondí, minimizando un poco la ventana del video, aunque seguía viendo la escena. Mi mano izquierda jugaba con mi sexo por encima del pijama.
—Pues dale doble clic. Saldrá una ventana, tú dale a aceptar.
Su voz me tenía completamente mojada y el video terminaba de encenderme. No supe lo que hacía. Sin darme cuenta, le di permiso para ver mi pantalla en remoto.
—Entonces maximicé la ventana y vi que el cursor se movía solo —cuento todavía con vergüenza—. Pensé que lo había rozado yo, pero el puntero arrastró el video al centro de la pantalla y abrió el programa. Él lo estaba viendo todo. Quería que me tragara la tierra.
—Carla —me dijo por el teléfono, sin alterarse—, ahora funciona bien. Quizá era por los videos que estabas viendo.
Colgué tan rápido como pude. Cerré todo y me fui a la cama muerta de la vergüenza. Al rato me llegó un mensaje, supongo que para tranquilizarme.
«No te preocupes, es normal y no diré nada. Esto nunca pasó. Cuídate, y un abrazo a tu madre. Dile que no le cobro la reparación.»
Me masturbé tres veces esa noche, imaginando que era él quien me había pillado en persona.
***
La siguiente vez que lo vi fue para venderle dos entradas para un concierto. Yo iba a ir con Diego, que ya era el padre de la criatura que llevaba dentro: estaba embarazada de un mes y lo sabía. Aun así, le ofrecí las entradas. Él me compró dos, para él y su esposa, y al pagarme rozó mis dedos de una manera que no tenía nada de casual. Lo miré y le respondí con una sonrisa pícara.
El día del concierto llegó con ella. Una mujer bajita, muy guapa, de ojos negros y pelo lacio. Sentí unos celos absurdos. Mi estúpido novio andaba a lo suyo y no me prestaba la menor atención. De pronto noté una mano en mi hombro desnudo. Llevaba una blusa que dejaba la espalda al aire y una falda a juego, sin nada debajo.
—¿Quieres tomar algo, Carla? —me preguntó al oído.
—Lo haría con gusto, pero estoy embarazada. De un mes.
—Felicidades —dijo, y sonó sincero—. Me alegro por ti. Aunque eres un poco joven todavía. Pero mejor así.
Me sentí mal sin saber por qué. Él lo percibió y me abrazó. Sus manos fuertes se posaron en mi espalda desnuda, su pecho se ajustó contra el mío, y no pude evitar soltar un suspiro que delató lo mucho que me encendía tenerlo tan cerca. Se apartó, prudente.
—Ven, quiero presentarte a mi esposa.
No la encontramos entre la gente, y la verdad es que fue mejor así.
***
El martes siguiente nos cruzamos por casualidad en el centro. Lo acompañé un rato, charlamos, y terminé llevándolo en mi coche hasta su casa. Pero al llegar al portal, se quedó quieto.
—¿Sabes qué? No quiero subir. Estoy enfadado con ella, prefiero darle espacio. ¿Vamos a algún lado?
—Sí, claro —contesté, con el corazón en la garganta.
Tomé una carretera que llevaba a unos chalets cerca de mi casa. Me detuve en una esquina solitaria y apagué el motor. Lo juro, lo único que salió de mi boca fue:
—Hoy no me he depilado.
Y entonces nos besamos como dos locos. Me tocaba los pechos, me amasaba las nalgas, me recorría entera hasta llegar a mi sexo, que ya estaba empapado. Me aparté un segundo.
—Sabes que, además de tener las piernas y el coño peludos, estoy embarazada, ¿verdad?
—Sí, Carla, lo sé —dijo, frenando—. Calmémonos. Pensemos las cosas, quizá esto es demasiado precipitado. Me muero por follarte, pero me da miedo enamorarme todavía más.
Por toda respuesta, llevé la mano a su bragueta y la liberé despacio. Apareció una polla limpia, hermosa, de buen grosor pero sin exageraciones, circuncidada. La mano no me cerraba del todo. Era perfecta.
Me lancé sobre ella. La chupé y la chupé, sin descanso, hasta que se vació en mi boca. No sé ni cómo, pero me lo tragué todo hasta la última gota. Y perdí la cabeza cuando vi que, después de correrse, seguía igual de dura.
Como pude me bajé el pantalón, lo dejé colgando de una pierna y me abrí sobre él. Me senté encima y la guie dentro de mí. Nos comíamos la boca mientras yo subía y bajaba, aplastándome contra su cuerpo. Me folló así un buen rato, media hora quizá, bombeando sin tregua. Sentía mis muslos resbalar de lo mojada que estaba, hasta que me corrí con un temblor largo y él volvió a vaciarse dentro de mí.
Me quedé quieta, exhausta, con los pezones rozando su camisa. Él no paraba de besármelos, y su polla seguía sin ablandarse, ni por asomo.
—No puedo más —le dije—. Y tengo miedo de hacerle daño al bebé.
—Es verdad, lo olvidé —respondió, y la sacó con cuidado, todavía firme.
—¿Nunca se te baja? —pregunté, fascinada.
—No, no se me baja si estoy con una belleza como tú.
Me acomodé como pude mientras sentía el semen escurrirse por mis muslos. Manché el asiento, la ropa, las manos, el volante. El coche entero olía a sexo. Le pregunté lo primero que se me ocurrió.
—Dime una cosa, ¿cuánto hace que no haces el amor?
—Desde que le fui infiel a mi mujer, con una prima suya.
—Joder, tío. ¿Tienes la cuenta atrasada o qué?
Bajó la mirada con una mezcla de remordimiento y tristeza, y después de un silencio largo me contestó con una media sonrisa.
—Déjalo, flaca.
Desde esa tarde me llama flaca. Y aunque nunca diré su nombre, ese apodo todavía me eriza la piel cada vez que lo recuerdo.