Doña Marisol subió a regañarme y terminó en mi cama
Una tarde mi mujer dejó el correo abierto y me senté frente a la pantalla sin pensarlo demasiado. Lo que encontré me dejó frío durante horas: una cadena de mensajes entre Marisol —mi esposa, la santa de la casa— y Sebastián, el muchacho que había vivido dos meses en la habitación de arriba del apartamento. Las palabras de él eran una confesión escrita, detallada, sobre todo lo que había pasado entre los dos mientras yo dormía. La transcribo tal como estaba, sin tocar una coma.
***
«Señora Marisol, quiero dejar en este documento todo lo que vivimos en su apartamento, porque fueron noches y tardes que merecen quedar escritas. Que las recuerde siempre, igual que las recuerdo yo.
La primera vez fue un martes de noviembre. Llegué tarde, después de la una de la madrugada, riéndome a carcajadas con un compañero del trabajo. Veníamos de cervezas y los dos íbamos pasados. Hicimos ruido en la escalera, abrimos mal la puerta, se me cayeron las llaves. Usted apareció en el descansillo en bata, con el pelo recogido y la cara seria.
—¿A esta hora y en este estado? —dijo, y mi amigo bajó en silencio y se fue a la calle.
Me metí en mi habitación esperando que aquello terminara, pero usted subió detrás de mí. Yo me había tirado en la cama vestido. Se sentó a los pies del colchón y siguió con el sermón. Llevaba un camisón corto, vaporoso, que se le pegaba a las piernas. Cada vez que se inclinaba para subrayar una palabra, el escote dejaba ver la sombra de sus pechos. Yo escuchaba sin escuchar. Lo que crecía debajo de mi pantalón ya no respondía a la regañina, sino a la luz del pasillo recortando el contorno de su cuerpo.
—¿Me está oyendo siquiera? —preguntó, y se levantó para irse.
Pero el sueño, el alcohol y la prisa la hicieron tropezar. Cayó sobre mí. Una de sus manos fue a parar justo encima de mi entrepierna. Y se quedó ahí.
—Vaya con el inquilino —murmuró—. La tiene parada y muy dura.
No la retiró. Empezó a apretar despacio por encima de la tela, como quien comprueba algo que no termina de creerse. Yo me bajé los pantalones de un tirón y mi polla saltó delante de su cara. Usted se la quedó mirando un segundo largo, en silencio, antes de envolverla con la mano.
—Mucho más grande que la de mi marido —dijo en voz baja, sin levantar los ojos.
Subía y bajaba la mano a lo largo de mi verga con un ritmo lento, casi solemne, como si la estuviera memorizando. Después se agachó y se la metió en la boca. No fue una mamada de tantear: bajó hasta la base, me apretó con la lengua, subió, volvió a bajar. Pasaron minutos así, con su pelo cayéndome sobre el vientre y su garganta abriéndose para mí.
—Jamás se la he chupado así a él —susurró antes de volver a hundirme entre sus labios.
Me corrí en su boca sin avisar. Pensé que se apartaría, que se enfadaría todavía más. Hizo lo contrario. Se quedó allí, con la cabeza quieta, tragándolo todo. Después me lamió la punta con calma, recogiendo lo que se había escapado.
—Está rica —dijo, mirándome por primera vez desde abajo—. La suya está mucho más rica.
Mi polla seguía dura. Usted lo notó. Se enderezó, se quitó el camisón por encima de la cabeza y lo dejó caer al suelo. No llevaba nada debajo. Su cuerpo era el de una mujer que ha aprendido a vivir con él: caderas anchas, pechos que ya no apuntan al techo pero invitan a morderlos, un vientre suave, el pubis recortado con cuidado.
—Yo solamente me he acostado con mi marido en toda mi vida —dijo, mientras se trepaba a la cama—. Pero esto no lo pienso desperdiciar.
Se sentó encima de mí y se me clavó sin ayuda. Bajó hasta el fondo con una mueca de placer que jamás olvidaré. Empezó a moverse despacio, apoyándose con las manos en mi pecho, buscando el ángulo que le encajara. Cuando lo encontró, cerró los ojos y se dejó caer de lleno una y otra vez.
—Qué rico, qué rico —repetía bajito, casi para sí misma.
No tuve que hacer nada. Se follaba sola, marcando su propio ritmo, corriéndose dos veces seguidas con un temblor que le recorría los muslos. Cuando me derramé dentro, gimió como si por fin algo se hubiera completado. Después se levantó, recogió el camisón, entró un momento al baño del piso de arriba y bajó las escaleras de puntillas para meterse en la cama de su marido, que seguía roncando ajeno a todo.
***
El domingo me invitó a desayunar. Tortilla, café cargado, pan tostado con tomate. Su marido había salido temprano a jugar al pádel. No nos tocamos. Hablamos del barrio, del piso, de la factura del agua. Cuando se levantó a por más café, pasó por detrás de mi silla y me apoyó la mano en la nuca un segundo. Solo eso. Más tarde me confesaría que aquel desayuno era el agradecimiento, pero también un examen: quería saber si yo iba a saber callar.
El martes siguiente entré al apartamento sobre las cinco. Usted estaba en el sofá, hablando por teléfono con una hermana o una amiga, y me hizo una seña para que no dijera nada. Colgó al poco rato. No hablamos. Nos besamos en la sala, contra el respaldo, mientras yo le bajaba el pantalón de andar por casa y usted me tiraba del cinturón con una urgencia que no le había visto en aquella primera noche.
Bajé entre sus piernas y le comí el coño durante un buen rato. Usted gemía con la boca apretada, tratando de no gritar por la ventana abierta al patio. Me agarró del pelo, me clavó la cabeza contra ella, me marcó el ritmo con las caderas.
—Más fuerte ahí, pendejo —decía—. Mi marido no me chupa así, mi marido no sabe.
Cuando terminó de correrse en mi boca, me cogió de la mano y me arrastró a su cuarto. A su cama. A la cama donde dormía con él, donde llevaba más de veinte años acostándose con el mismo hombre. Aquello fue lo que más me marcó, no la sala ni el primer encuentro: que me llevara allí, que escogiera ese sitio para todo lo demás.
***
Las semanas siguientes se nos hicieron costumbre. Dos, tres tardes por semana, siempre antes de las siete, antes de que él volviera de la oficina. Aprendimos los horarios del otro como si fuéramos cómplices de un robo largo. Probamos todas las posturas que se nos ocurrieron: usted debajo, mirándome con los ojos entrecerrados; usted de medio lado, con una pierna alzada sobre mi hombro; usted boca abajo, levantando el culo y pidiéndome que la sujetara por la cintura.
La que más le gustaba era de rodillas. Decía que en esa postura podía sentirme entrar hasta el último rincón. La colocaba al borde de la cama, la sujetaba por las caderas y la embestía hasta que el cabecero golpeaba la pared. Usted enterraba la cara en la almohada para ahogar los gritos.
—Así, así, no pares —rogaba—. Rómpame entera.
En esa postura, viéndola desde arriba, descubrí algo nuevo: cada vez que la penetraba a fondo, su otro agujero se contraía y se abría apenas. Una tarde acerqué el dedo. Lo apoyé despacio. Usted no dijo nada, pero arqueó la espalda. Lo metí un poco. Suspiró.
—Hágame más, no pare —pidió en voz baja, casi avergonzada.
Metí dos dedos, después tres. Usted se mecía contra ellos como si quisiera tragárselos. Cuando le pregunté si lo había hecho antes con su marido, negó con la cabeza apretada contra la almohada.
—Nunca, jamás, no me deja —dijo—. Pero quiero la suya. Quiero la suya ahí.
Aquello me desarmó. Le puse aceite con cuidado, me coloqué de rodillas detrás de ella y entré despacio, milímetro a milímetro, esperando que respirara entre empuje y empuje. Estaba más estrecha que cualquier coño que hubiera tocado en mi vida. Cuando estuve dentro del todo, me incliné sobre su espalda y le susurré que ya estaba.
—Muévase ya —dijo—. No espere.
Empecé despacio y terminé embistiéndola sin tregua. Usted gemía contra la almohada, agarraba las sábanas, decía mi nombre mezclado con palabrotas. Cuando me derramé dentro de ella, se quedó quieta un momento muy largo. Se giró despacio, se sentó a mi lado y me miró con una cara que no le había visto: ni vergüenza, ni culpa, ni miedo. Una especie de calma extraña.
—Lo que ha hecho ahora —dijo— no se lo voy a regalar a nadie más.
***
Estuve dos meses más en el apartamento. Casi todas las tardes encontrábamos un hueco. A veces solo eran veinte minutos rápidos, contra la lavadora, con la ropa puesta a medias. Otras tardes nos dábamos horas: ducha juntos, masaje con aceite, usted encima fumándose un cigarrillo cuando ya no podíamos más.
Cuando me trasladaron de ciudad, la última tarde fue una despedida que no terminaba nunca. Hicimos todo lo que habíamos hecho antes, en el mismo orden, como si estuviéramos cerrando un círculo. Usted lloró al final. No mucho, no con escándalo, pero lloró. Yo también, aunque no se lo dije.
La recuerdo siempre, señora Marisol. La recuerdo cuando alguna chica del trabajo intenta llevarme a su casa y yo me invento una excusa. La recuerdo cuando paso por algún portal viejo con buzón de bronce. La recuerdo, sobre todo, cuando me cruzo con alguna mujer de su edad y veo en ella la sombra de aquella manera suya de morderse el labio antes de pedir.
Me enseñó a follar como nadie me había enseñado. Me enseñó también que el deseo no se rige por contratos, ni por anillos, ni por las paredes de un apartamento. Espero que su marido siga durmiendo profundo, y que algún otro inquilino aprenda con usted lo mismo que aprendí yo.»