Mi marido nunca me tocó, mi amante sí lo hizo todo
A los diecinueve estaba convencida de que Mateo era el amor de mi vida. Lo miraba dormir en las pocas tardes que se quedaba en mi cuarto y pensaba que ningún otro hombre podría conocerme jamás como él me conocía. Le había dado todo, salvo el cuerpo, porque me daba miedo y porque él decía que ya habría tiempo. Yo le creía. Yo le creí siempre todo.
Una mañana de octubre apareció con una cara que no le conocía. No me besó al entrar. No se sentó. Se quedó parado en la mitad de la sala como si la madera del piso le quemara los pies.
—Me caso —dijo—. Está embarazada. Tengo que casarme.
No recuerdo qué le contesté. Recuerdo el modo en que la luz de la ventana cortaba el polvo en el aire, y que tuve que sentarme porque las rodillas dejaron de sostenerme. Cuando se fue, no lloré enseguida. Lloré dos días después, en la ducha, y desde ese momento mi tristeza se transformó en otra cosa. Algo más útil. Algo que sabía hacia dónde ir.
Quería herirlo. Quería que la noticia le llegara, aunque ya no le importara. Quería que entendiera, de cualquier forma, que él no había sido el único capaz de cambiarme la vida.
***
Damián trabajaba en la oficina de mi tío. Era serio, callado, dos cabezas más alto que yo y vestía siempre con corbata, incluso los sábados. Tenía esa forma de mirar a las mujeres como si las estuviera midiendo para una tarea que ellas no entendían. Me resultaba físicamente desagradable. Olía a colonia barata y a tabaco frío. Cuando hablaba de su madre lo hacía con una devoción que me daba escalofríos.
Acepté casarme con él a los seis meses. No me preguntó si lo amaba. Yo tampoco le dije que no. Mi familia respiró aliviada; pensaban que la sombra de Mateo se desvanecería con un anillo.
La noche de bodas la pasamos en un hotel del centro. La habitación tenía cortinas pesadas, una alfombra que olía a polvo y un único velador encendido. Yo me había puesto un camisón blanco que mi madre me había regalado entre sonrisas cómplices. Damián se sentó en el sillón de la esquina y no se movió.
—Ven aquí —le dije, porque no se me ocurrió otra cosa.
No vino. Me miraba con una expresión que no supe leer entonces y que más tarde aprendí a llamar repugnancia. Esperó a que me sentara frente a él, con las manos sobre las rodillas como una niña en el primer día de escuela, y entonces habló por fin.
—Te explicaré cómo va a ser nuestra vida —dijo—. Quiero que lo entiendas y quiero que no haya equívocos.
Le temblaba un poco el labio. Pensé que estaba emocionado. Era otra cosa.
—El acto físico entre los esposos es algo degradante. Animal. Doloroso para la mujer. Los hombres que dicen disfrutarlo son enfermos. No voy a someterte a esa humillación. ¿Lo entiendes?
No lo entendía. Asentí porque tenía diecinueve años y porque toda mi vida me habían enseñado que cuando un hombre habla con esa convicción, una mujer asiente. Esa noche dormimos espalda contra espalda, separados por treinta centímetros de sábana fría, y yo me quedé despierta mucho tiempo mirando una mancha del techo, preguntándome qué era exactamente lo que se suponía que no me estaba pasando.
***
Pasaron tres años así. Damián salía temprano y volvía tarde. Cenábamos en silencio. A veces me besaba en la frente antes de dormir, como un padre. La casa estaba siempre impecable porque yo no tenía otra cosa con qué llenar las horas. Engordé un poco. Adelgacé un poco. Aprendí a peinarme yo sola para las fiestas, aprendí a sonreír a las primas embarazadas, aprendí a contestar con vaguedades cuando alguien me preguntaba si pensábamos tener hijos.
Por dentro me iba secando despacio. Como una planta a la que olvidan en un balcón sin sol.
Lucía era la única amiga que me quedaba del colegio. Vivía sola en un departamento del barrio sur y me invitaba a tomar café cada tanto, sin preguntarme demasiado y sin compadecerme nunca. Una noche organizó una cena en su casa, una de esas reuniones improvisadas en las que la gente termina sentada en el piso porque no alcanzan las sillas. Damián tenía un viaje de trabajo. Fui sola.
Tomás estaba parado al lado de la ventana, con una copa de vino en la mano, hablando con un hombre de barba al que no conocí jamás porque no volví a mirarlo. Tomás se rio de algo, levantó la cabeza, y sus ojos se cruzaron con los míos por encima del living atestado de gente.
No exagero si digo que en ese segundo se me detuvo algo en el pecho. Como si llevara años conteniendo la respiración sin saberlo y alguien hubiera empujado, por fin, una ventana cerrada.
Lucía me lo presentó dos minutos después, sin notar nada. Tomás hablaba con la mirada baja, como si le diera vergüenza mirar a una mujer durante demasiado tiempo seguido. Tenía las manos largas y limpias, una sonrisa lenta y una manera de inclinarse cuando alguien hablaba que daba la impresión de estar escuchando con todo el cuerpo.
—¿Te llevo a tu casa? —me preguntó cuando empezaron a irse los primeros invitados.
—No vivo lejos —mentí.
Vivía a cuarenta minutos en colectivo. Acepté de todas formas.
***
Nos vimos tres veces antes de que nada pasara. Cafés a media tarde. Una caminata por el parque con el cuello de los abrigos levantado. Una conversación larguísima sentados en el banco de una plaza, mientras yo le contaba pedazos de mi vida y él escuchaba sin interrumpirme nunca, como si no le sobrara una sola de mis palabras.
La cuarta vez me invitó a cenar a su casa.
Cocinó él. Pasta, una ensalada simple, una botella de vino tinto que me sirvió despacio en una copa demasiado grande. Comimos en la mesa de la cocina hablando en voz baja, como si hubiera alguien más en el departamento al que no quisiéramos despertar. Después de los platos puso música. Una canción vieja, lenta, de esas que se bailan apoyando la frente en el hombro del otro.
—¿Bailás? —me preguntó.
Yo nunca bailaba. Damián decía que era ridículo. Le dije que sí.
Me apoyé contra él como si me hubiera apoyado mil veces antes. Sentí el calor de su pecho a través de la camisa y olí el perfume de su cuello: madera, algo cítrico, y debajo de todo eso el olor limpio de su piel. Empecé a marearme y no era el vino.
Me besó por primera vez en el cuello, justo debajo de la oreja, y se me escapó un sonido que nunca había hecho. Algo entre un suspiro y una protesta. Tomás levantó apenas la cara y me miró, preguntando sin preguntar. Asentí.
Empezó a desabrocharme los botones del vestido sin dejar de mirarme. Cada botón que cedía lo seguía con la boca: la clavícula, el hueco del cuello, el inicio del pecho. Cuando el vestido cayó al piso, me besó los pezones uno por uno, con una lentitud que me parecía imposible de soportar. Yo no sabía qué hacer con las manos. Las puse en su pelo, lo agarré, lo solté, las volví a poner.
Me llevó en brazos hasta el dormitorio. Me recostó en la cama y siguió desvistiéndome sin apuro, como si tuviera toda la noche, como si tuviéramos toda la vida. Cuando me sacó la ropa interior se quedó un momento mirándome, sin tocarme, y eso fue casi peor que cualquier caricia.
—Decime si querés que pare —dijo.
No quería que parara. Quería gritarle que dejara de preguntar. Le agarré la muñeca y le bajé la mano por el vientre.
Me encontró el clítoris con la yema de un dedo y supe entonces qué era esa palabra. Hasta esa noche había sido una hipótesis, algo que tal vez existía en los cuerpos de otras mujeres. Empezó a mover el dedo en círculos lentos mientras me besaba la boca, la lengua de él contra la mía con un ritmo que coincidía con el del dedo, y yo empecé a temblar de una forma nueva. Las caderas se me movían solas. Hacía un ruido que no reconocí como mío.
Cuando bajó la boca y me lamió, perdí cualquier resto de pudor. Le agarré la cabeza con las dos manos y me apreté contra él. El primer orgasmo me sorprendió como una caída. Grité, creo. Lloré un poco después, no sé bien por qué.
Tomás subió a besarme. Estaba sonriendo. Me corrió un mechón de pelo de la frente y se metió en mí despacio, milímetro a milímetro, mirándome a los ojos todo el tiempo. Hubo un dolor breve, agudo, y después una sensación de plenitud que me hizo cerrar los ojos. Empezó a moverse y yo empecé a contestarle con el cuerpo, sin saber cómo había aprendido a hacerlo. Él me sostuvo en ese borde mucho tiempo, hasta que el segundo orgasmo me agarró sin aviso y me lo llevó con él.
Después nos quedamos abrazados, sin hablar. La cama olía a nosotros. Yo no tenía palabras para nombrar lo que acababa de pasarme. A los veintidós años, en un departamento con la ventana mal cerrada y una mancha de salsa en el mantel de la cocina, alguien acababa de devolverme un cuerpo que siempre había sido mío y nadie me había entregado.
Esa noche dormimos enredados. Hacia el amanecer Tomás se despertó duro contra mi cadera y esta vez fui yo la que se le subió encima, todavía adormecida, todavía incrédula, mientras él me sostenía la cintura con las dos manos y me miraba como si yo fuera la cosa más rara y más buena que había visto nunca.
No salimos del departamento durante tres días.
***
Han pasado años. Damián no sabe. Damián no va a saber nunca. Sigue creyendo que el silencio entre nosotros es un acuerdo de personas decentes, y de alguna manera lo es. Yo cumplo con mi parte del trato: cocino, sonrío en los cumpleaños familiares, le dejo la camisa planchada los lunes. Él cumple con la suya: no me toca, no me mira, no me pregunta nada.
Tomás y yo nos vemos cuando podemos. A veces son tardes robadas en su departamento. A veces son fines de semana enteros, cuando Damián viaja, y entonces no nos vestimos hasta el domingo a la noche. Hemos aprendido a movernos en los huecos del calendario sin dejar rastros. No se nos cae un mensaje en el celular equivocado, no se nos cruza una mirada en la calle frente a un conocido. Es nuestro oficio.
A veces, cuando estoy en la cocina lavando los platos y escucho a Damián resoplando frente al televisor en la otra habitación, pienso que tendría que sentir culpa. Pruebo a sentirla. La busco como quien busca un objeto perdido. No la encuentro. En su lugar hay otra cosa: una especie de calma cómplice, un secreto que llevo apretado contra el pecho y que me sostiene los días.
Nadie conoce esto que escondo en el fondo de mí. Ni mi madre, ni mi mejor amiga, ni el cura al que dejé de ir hace mucho. Es mío. Es de Tomás. Es de la mujer que aprendí a ser una noche de septiembre, con una copa de vino tinto en la mano y una canción vieja sonando en la cocina de un hombre al que todavía amo en silencio.