La despedida de soltera que arruinó mi tranquilidad
Me llamo Carla, tengo veintiséis años, y lo que voy a contar pasó hace un par de veranos. Lo escribo porque a veces uno cree que la culpa se va con el tiempo y no es verdad. Hay noches que se quedan pegadas a la piel y vuelven cuando una menos las espera. Esta es una de esas noches.
Era un sábado de finales de julio. Celebrábamos la despedida de soltera de Lorena, mi mejor amiga desde el colegio. Habíamos compartido pupitre, novios, exámenes y un montón de noches que no se pueden contar en familia. Después de años huyendo del altar, por fin se casaba. Antes de eso, claro, le tocaba pasar por la última locura, y de eso nos encargábamos las demás.
Éramos quince chicas disfrazadas de enfermera, con cofia, medias blancas y faldas tan cortas que dejaban poco a la imaginación. Habíamos alquilado un microbús para no tener que conducir, y desde el primer kilómetro empezamos con el cava y los chupitos. Las bromas a Lorena no daban tregua: penes de plástico, listas absurdas de prendas, retos para cumplir durante la cena. Llegamos al restaurante con la risa floja y las mejillas calientes.
El local era pequeño pero coqueto, con luces cálidas y una tarima al fondo. Ya había estado allí en otra despedida y sabía que el ambiente iba a ser bueno. Compartíamos comedor con otro grupo de chicas y, sobre todo, con una mesa enorme de chicos que celebraban una despedida de soltero. Eran unos veinte y se hacían notar. Brindaban a gritos, cantaban canciones de fútbol y miraban hacia nuestra mesa cada dos por tres, evaluando el género.
A uno de ellos lo descubrí mirándome más de la cuenta. No era especialmente guapo, ni tampoco feo. Tenía la mandíbula ancha, el pelo oscuro y una mirada algo torcida, como si estuviera siempre a punto de proponer algo que no debería. Le sonreí un par de veces, casi por automatismo, y él bajó la vista enseguida. Nada más. La cena seguía y yo brindaba con mis amigas.
Entre el segundo plato y los postres llegaron los espectáculos. Empezaron por la mesa de ellos. Dos bailarinas subieron a la tarima al ritmo de una música a tope. Se fueron desvistiendo la una a la otra hasta quedarse en tanga morado. Una era morena, de ojos verdes y caderas estrechas. La otra, más bajita, con melena castaña y pechos que parecían imposibles. Los chicos rugían como si estuvieran en un estadio.
Las bailarinas bajaron a su mesa y empezaron a pasar uno por uno, frotándose contra las espaldas, dejando que les acariciaran un muslo o un pecho. Uno de los chicos sacó un billete y lo metió bajo el tanga de la morena. Ella, agradecida, lo subió a la tarima con otro compañero y aquello se puso turbio enseguida. Los desnudaron, los provocaron, los pusieron rojos como tomates. Nosotras gritábamos desde nuestra mesa, encantadas con la humillación pública. Cuando bajaron, las dos mesas aplaudieron a rabiar.
Apenas tuvimos cinco minutos para recuperar el aliento. Salieron los dos chicos. Y aquí cambió la cosa para mí.
Los dos boys estaban realmente buenos. Cuerpos trabajados, hombros anchos, ese tipo de espalda que no se construye solo con genética. Se quitaron la ropa con una soltura insultante y, cuando se deshicieron del slip, en la mesa se hizo un silencio raro, como si ninguna supiera dónde mirar primero. Lo tenían todo en su sitio, y de un tamaño que en mi vida real no había visto nunca.
Tengo que confesar algo. Llevaba unos días con la regla y no había estado con Mateo, mi novio, en más de una semana. Y Mateo y yo lo hacíamos casi a diario. Estaba cargada, frustrada, sensible. Cuando uno de los boys bajó hacia la mesa de Lorena y empezó a bailarle pegado, sentí una punzada en el bajo vientre que me asustó. Lorena, animada por las amigas, se atrevió a tocarle el glande con la lengua, una sola vez, como un beso largo. El chico cerró los ojos. Yo me mordí el labio hasta hacerme daño.
Pensé que aquella polla iba a estallar de un momento a otro. No estalló. El boy recogió la ropa, hizo una reverencia y se metió detrás del escenario. Volvieron los aplausos, los murmullos y un calor en las mejillas que no era solo del cava. Yo notaba la humedad entre las piernas y deseaba con todas mis fuerzas que esa noche acabara en una cama con alguien. Con cualquiera. Y eso ya era mala señal.
***
El microbús nos llevó a una discoteca cercana. Pedimos copas en la barra y nos repartimos por la pista. Pasó una hora, quizá un poco más. La calentura del restaurante había bajado y se había transformado en euforia alcohólica. Reíamos de cualquier cosa, bailábamos cualquier canción, abrazábamos a desconocidos como si fueran de la familia.
Mis amigas y yo, como siempre, fuimos las que rompimos el hielo en la pista. Yo me había soltado del todo. Bailaba con los ojos cerrados, dejándome llevar por la música, sintiendo el cuerpo libre por primera vez en semanas. La pista se llenó. El aire se cargó de sudor y perfume barato.
No me di cuenta de que alguien estaba pegado a mi espalda hasta que ya era demasiado evidente. Sentí un bulto duro contra mi trasero, una mano en mi cadera, una respiración cerca de la oreja. Giré la cabeza despacio y lo reconocí. Era él, el chico de la cena, el de la mirada torcida. Sonreía como si nos conociéramos de toda la vida.
Si eso es lo que pienso que es, estás bien servido, pensé. Y, en lugar de apartarme, le devolví la sonrisa.
Seguimos bailando. Al principio, los roces fueron casi accidentales, esa coreografía hipócrita en la que nadie reconoce lo que está pasando. Después dejaron de serlo. Sus manos pasaron de mis caderas a mis nalgas con una naturalidad insultante. Yo no dije nada. Me gustaba sentirlo agarrarme con firmeza, con esa seguridad de quien ya ha calculado que no va a haber un no.
Sus dedos empezaron a moverse en círculos sobre mi falda, círculos cada vez más amplios y bajos. Adiviné lo que pretendía y no hice nada para frenarlo. Mi cabeza seguía en la tarima, con el boy desnudo y la lengua de Lorena. Mi cuerpo estaba aquí, en una pista oscura, con un desconocido al que iba a dejar hacer lo que quisiera.
Por fin metió la mano bajo la falda. Apartó la tela del tanga y sus dedos encontraron mi clítoris a la primera. Abrí las piernas apenas un poco. Lo justo. La música se volvió un ruido lejano, las luces un destello sin forma. Solo existían esos dedos, lentos al principio y después más exigentes, y mi propia respiración rota contra su cuello.
Me corrí ahí, en medio de la pista, agarrada a su camisa para no caerme. Si él no me hubiera sujetado por la cintura, creo que habría terminado en el suelo. Estuve unos segundos con la cabeza pegada a su hombro, intentando recordar dónde estaba.
Me sacó de la pista de la mano y yo lo seguí como una sonámbula. Pasamos por delante de mis amigas y ninguna me vio, o fingieron no verme. Salimos a la calle, al aire fresco que me dio una bofetada de realidad. Me llevó hasta un coche aparcado a media manzana y abrió la puerta del copiloto. Entonces, por primera vez en toda la noche, dudé. Solo un segundo. Y entré igual.
***
Dentro del coche todo fue rápido y torpe. Me desabrochó la blusa con prisa, encontró el cierre del sujetador después de un par de intentos y dejó caer la tela entre nosotros. Sus manos eran gruesas, algo callosas. Me amasó los pechos con una fuerza que casi rozaba el dolor. Nos besamos sin ternura, como si tuviéramos un cronómetro encima. Yo misma me bajé las bragas hasta los tobillos y busqué su polla bajo el bóxer con más urgencia que deseo real.
No me dio tiempo casi a saborearlo. Apenas me penetró, después de dos o tres embestidas torpes contra el respaldo, se corrió dentro de mí soltando un quejido seco. Se quedó quieto, jadeando, sin saber qué decir. Yo tampoco dije nada. Lo que dos minutos antes era deseo se había convertido ya en otra cosa: incomodidad, asco propio, ganas de salir corriendo.
Me subí las bragas, me abroché la blusa como pude y abrí la puerta. Él balbuceó algo, una frase amable y mecánica, y se despidió con dos besos absurdos. No me preguntó el nombre. Yo tampoco se lo pregunté. Lo perdí de vista en la calle y no he vuelto a saber de él en toda mi vida.
Llegué a casa pasadas las siete de la mañana. Me metí en la ducha y me froté hasta dejarme la piel roja. Quería borrar el olor, los restos, la huella. Me puse una camiseta vieja, unas bragas limpias y me deslicé en la cama al lado de Mateo. Él se removió, medio dormido, y deslizó la mano hacia uno de mis pechos.
—¿Qué tal ha ido? —murmuró con voz pastosa.
—Bien. Pero estoy muerta, me caigo de sueño —respondí, y le aparté la mano con suavidad fingida.
Esa noche no pegué ojo. La misma idea me daba vueltas en la cabeza, una y otra vez. No era solo la infidelidad, que ya era grave. Era haberlo hecho sin condón, con un desconocido del que no sabía ni el nombre, con un alcohol encima que me había anulado cualquier instinto de protección. No me preocupaba quedarme embarazada, llevaba años con la píldora. Me aterraba haberme contagiado de algo. Y, más aún, contagiárselo a Mateo.
***
El lunes pedí cita en el médico de cabecera. Le conté la verdad casi entera, omitiendo solo el detalle más vergonzoso. Me mandó pruebas de todo: VIH, hepatitis, sífilis, lo habitual cuando uno hace una tontería. Saldría a finales de mes. Hasta entonces, me dijo, ni un solo descuido con la pareja.
Las semanas siguientes fueron una pesadilla. Dormía mal, lloraba en el trabajo sin motivo aparente, me irritaba con cualquier cosa. Mateo lo notaba, claro que lo notaba. Por las noches buscaba mi cuerpo con la rutina de siempre y yo me las ingeniaba para escabullirme. Que si me dolía la cabeza, que si estaba con dolor de regla otra vez, que si había sido un día horrible en la oficina. Le acababa haciendo alguna masturbación rápida o una felación de compromiso para que se durmiera contento. Cada gesto me recordaba que estaba mintiendo. Cada mañana me odiaba un poco más.
Una noche, ya harto, se sentó en la cama y me miró con una seriedad que no le conocía.
—¿Pero qué te pasa últimamente, Carla? Voy a empezar a creer que tienes a otro.
—No —dije demasiado rápido—. No es eso. Es que…
—¿Es que qué?
—Nada. Ya te lo contaré cuando lo sepa yo.
—Ven aquí, anda —dijo, y me rodeó con los brazos.
Intenté apartarme, repetí que no podía, que no me apetecía. Él no insistió con fuerza, solo siguió acariciándome la espalda con esa paciencia suya de siempre. Y poco a poco fui cediendo. No por deseo. Por culpa. Porque negarle también era engañarlo.
Sus besos bajaron por mi cuello, por el escote, por el ombligo. Me lamió los muslos con esa voracidad lenta que solo le sale a él, acercándose despacio a las ingles, jugando con la lengua justo en el borde. Cuando por fin llegó a mi sexo, ya estaba completamente abierta para él. Me recorrió de arriba abajo, se demoró en el clítoris, me hizo gemir contra la almohada para no despertar a nadie del bloque.
Me corrí varias veces antes de que me penetrara. Lo hizo despacio, con esa delicadeza que siempre me había enamorado. Me abrazó mientras se movía dentro de mí, su pecho contra el mío, su respiración mezclada con la mía. Se vació en silencio, casi con dulzura, y se quedó dormido sobre mi hombro pocos minutos después. Yo me quedé mirando el techo hasta que entró la luz por la persiana.
***
Los resultados llegaron a las tres semanas. Todo negativo. Lloré en la sala de espera del centro de salud como si me hubieran anunciado una boda. Salí a la calle con el sobre en la mano y caminé sin rumbo durante una hora, dejando que el sol de la tarde me secara la culpa, aunque sabía que la culpa de verdad no se seca así.
Nunca le he confesado nada a Mateo. He pensado en hacerlo mil veces, sobre todo al principio, cuando cada cena tranquila parecía pedir a gritos una sinceridad que no me atrevía a ofrecer. Después fui aprendiendo a vivir con ello. No es un peso que desaparezca, pero pesa un poco menos cada año.
Aprendí dos cosas esa noche. La primera, que no hay copa que valga una prueba de VIH ni una pareja perdida. La segunda, más incómoda, es que dentro de mí había un deseo capaz de borrar todo lo demás en cuestión de segundos. Saberlo me asustó entonces y me sigue asustando ahora. Por eso lo escribo. Para no olvidar de qué soy capaz cuando se me apaga la cabeza.